jueves, 24 de diciembre de 2009

Saludos

Les deseo a todos una feliz navidad y un mejor 2010. Que se cumplan sus deseos en el año que viene. Nos vemos en 2010. Abrazos fraternos.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

El Aqularre y la ruptura


El aquelarre y La ruptura .

Ami acurrucada en el sillón de la sala, hablaba por teléfono. Al hacerlo se comía las uñas del anular y el dedo medio de su mano izquierda. Su rostro denotaba desasosiego.
La voz en el auricular evidentemente le transmitía inquietud. Respondía con monosílabos, con un evidente desgano.
Después de colgar, aún la voz de Vale resonaba en sus oídos. El gusano comenzaba a reptar, nuevamente a horadar, silencioso y constante. El restituido muro de la confianza, mostraba grietas. Varios lo habían visto en la moto con ella, otros lo cruzaron al salir de su casa. Evidentemente , las chicas tenían razón, la estaba tomando por una idiota.
Ella era la única ciega que no quería admitir que Fran la engañaba, con ésa.
Como era posible que en todos estos años no se diera cuenta, si ahora en el recuerdo, los ojos de ella brillan de lujuria al mirarlo. Como una serpiente enroscada en una rama, mirando acercarse a su presa. De repente el sentimiento de desilusión que la había dominado meses atrás, cuando Vale le acercó el primer dato, se fue transformando en furia. En una furia que nacía de su propia autoestima dañada. De sentirse burlada.
Cerró los puños con fuerza y los apoyó en sus parietales. La habitación comenzó a esfumarse tras un cristal sucio, en la medida que las lágrimas brotaban de sus ojos y caían pesadas sobre su regazo. Su cuerpo convulso por el llanto, pareció empequeñecerse , acurrucada en el sillón de la sala desierta.
Permaneció largo tiempo quieta , con la cabeza apoyada en sus rodillas flexionadas.
El sueño comenzó a invadirla, profundamente dormida, soñó cosas horribles.
Se encontraba en un gran salón , con una larga mesa servida como para un festín.
Algunas personas se encontraban alrededor de la mesa. Ami no podía distinguir sus rostros, con la escasa luz que daban unos candelabros . Se sentía con sus piernas entumecidas , sus movimientos eran penosos, como si el aire tuviera la consistencia del agua o más aún del barro, ejerciendo gran resistencia a sus pasos. Nadie parecía verla .
Escuchaba el murmullo de las voces, la estridencia aguda de alguna risa de mujer.
Se desplazaba en medio de aquellas personas en un salón que cada vez se ampliaba más y más , hasta casi no tener limites visibles. Personas indiferentes ante su presencia como si Ami fuese invisible. Quiso hablar y notó que de su garganta no brotaba la voz.
Invisible y muda. Sobre la mesa aquella se veían fuentes de diversos tamaños, con distintos manjares. Altas copas tubulares y botellas dispersas sobre el mantel blanco. Sintió hambre. Con la dificultad de su marcha de astronauta, pudo acercarse a la mesa lentamente. En una fuente de losa blanca, distinguió unos pastelitos de hojaldre almibarados con grageas multicolores. Similares a los que comía en casa de su tía Carmen, muerta hace muchos años. Tomó uno en sus manos torpes y se lo llevó a la boca, sintió el sabor dulce en sus papilas, y fué transportada a la vieja y oscura cocina
de aquel antiguo caserón de campo. Ami pasaba casi siempre las vacaciones de invierno en su época de primaria, en la casa de su tía Carmen en el distrito Montoya . En verano , solo algunas veces, pues volvían sus primos que vivían en Buenos Aires, y como decía la tía “ No tenían comodidad”. Los pasteles eran un manjar esperado por la niña, y su tía una repostera experta y deseosa de complacerla.
Después de su muerte, Ami la recordó siempre con mucho cariño. En la medida que el pastel se desarmaba en su boca, Ami comenzó a mirar las otras fuentes , no podía distinguir su contenido, solo veía los borrosos rostros de los contertulios que tomaban bocadillos de las mismas y la miraban con una sonrisa que apenas se distinguía( o al menos eso le parecía a ella , en ése sueño, en el que de a ratos parecía invisible) Deambuló al borde de la mesa, como mareada, con una torpeza que parecía aumentar a cada paso. Las fuentes parecían cubiertas de un humo gris azulado y cuando introdujo, su mano en una de ellas, la retiró bruscamente , al notar las peludas patas de las arañas y las membranosas alas de los murciélagos. A través del cristal, en otra fuente notó el reptar de las culebras . Y pudo ver como una mujer delgada, vestida con lentejuelas , retiraba una de ellas y se la introducía en su boca, viva, luego de dejarla colgar con su mano sobre su rostro levantado. Mordiendo el cuerpo serpenteante , con una sonrisa.
Ami , presa de la desesperación, intentó correr entre aquella gente extraña y horrible, cuando de repente cerca de una gran puerta de dos hojas, con herrajes de bronce lo vio a Fran de espaldas acompañado de una mujer. Pero éste se alejó, del brazo con ésta, cuando se abrieron las altas hojas de madera lustrada, la más alta de las mellizas Ardiles giró la cabeza sobre su hombro y le sonrió , con una mueca burlona y en sus ojos brillaba la lascivia. Cuando las puertas se cerraron Ami se vio rodeada por aquellos seres sin rostro , que comenzaron a empujarla y estrujarla. Entonces despertó bajo la mirada de su madre, que parada a su lado, le preguntaba por la cena.
Ami se levantó aún somnolienta y bajo el doble efecto de la conversación con Vale y de su pesadilla, de la que aún quedaban pegados retazos pestilentes en su espíritu .
Se dirigió a la cocina y como autómata colocó la mesa y sirvió los alimentos. Su madre salió del baño, con una remera turquesa descolorida y estirada. Se sentó a la mesa y comenzó a comer callada y ausente, ajena a los pensamientos y pesares de su hija. Ami sabía que cuando estaba con ése estado de ánimo lo mejor era no hablarle. Permaneció a su vez en silencio, con la mente vacía y el estómago cerrado a todo alimento. Miró la comida sobre el plato y se le representaron los inmundos manjares de su sueño. Luego que su madre se levantara, lavó la vajilla, ordenó todo y se dirigió a su habitación.
La misma sólo estaba iluminada por la luz del velador. Colocó un disco compacto en el radio grabador y Divididos sonó “ Qué ves, que ves cuando me ves, cuando la mentira es la verdad….” Y ella lloró en silencio, hasta que ahogada en sus lágrimas y en esa extraña rabia que la invadía, muy tarde se durmió.

El final fue como todos los finales. Triste. Definitivo. Fran apoyado contra la pared por su hombro derecho, permanecía con la cabeza baja, mirando el suelo, escuchando.
Ami gesticulaba junto a él de espaldas al cordón de la vereda. Él escuchaba en silencio. Ella hablaba expectante. Esperando quizás una respuesta, una reacción que terminara con la dinámica destructiva del diálogo que había comenzado. Respuesta que no llegaba y era como si se fueran hundiendo cada vez más en ése piélago de desolación, incomprensión y desamor . Serían para siempre dos náufragos de su pasión.
Desterrados de la felicidad. Bifurcados. Solos.
Fran poco a poco, se acorazó en su dolor, en la profunda laceración que las palabras de ella provocaron en su espíritu. Rebelado contra la injusticia, temblando íntimamente con la rabia del gratuitamente acusado. Del ofendido. Los pensamientos se arremolinaban en su mente con la fuerza de un huracán. Torbellino de protestas que no lograban llegar a sus labios, sellados. Cuando levantó la mirada la vio frente a él hablando, palabras para él incompresibles, ya que sólo comprendía el inconmensurable dolor de su alma.
Vio las lágrimas rodar por sus mejillas y experimentó el impulso de abrazarla, de acunarla en sus brazos de hombre, de arrancarle a besos sus dudas y sus reproches . Pero giró sobre sí , cruzó la calle ciego y sordo, montó su Agrale negra 125 usada, regalo de su madre, y se fue.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Fragmento para compartir

El Encuentro.

Hace unos años un amigo encontró entre las cosas dejadas en un desván por el fallecido Honorio Argentino Robledo, quien fuera funcionario de la dirección de cultura de la provincia durante el gobierno de Onganía lo siguiente. El título original del texto está poco legible por los efectos de la humedad y los roedores sobre el papel pero parece ser: “Confesión” o “Confieso” o “ Inconfesable” algo así. Escrito de puño y letra por el ex funcionario arriba mencionado. Y dice lo siguiente:
“El Dr. Elejalde, se acomodó en su silla con el sobre de papel madera entre sus manos, se quitó sus anticuados anteojos con marcos de carey y gruesos cristales verdosos.
Me dirigió una de esas miradas a las que el denominaba “significativas”.
Él les atribuía a las mismas los más diversos significados, por lo que a pesar de su intención de comunicar algo, era muy difícil tener la certeza de qué era ese algo.
De lo que sí se podía tener certeza era de que el contenido del sobre que ahora había dejado sobre el escritorio , no era de su agrado. O por lo menos no se ajustaba a los cánones que él juzgaba ineludibles en la redacción de texto alguno.
Al Dr. Elejalde no le temblaba la voz para criticar tanto al alumno de la educación primaria que había efectuado una redacción sobre La Escuela o Mi perro, como al novelista o ensayista de renombre internacional , si lo escrito por ellos no se ajustaba a los estrictos patrones del buen gusto, la moral y las buenas costumbres, que él estaba decidido a imponer en todos los ámbitos que se encontraran bajo su control.
No había trepidado en retirar de las bibliotecas públicas e incluso de las privadas cientos de textos, dejando estantes enteros vacíos. Él afirmaba que ponía ésas obras a resguardo de lectores incautos que leyéndolas se vieran influidos por las ideas allí contenidas y corrieran el serio riesgo de arruinar sus vidas por seguir conductas acordes a aquellas.
Tanto él como su brigada de colaboradores, encabezada por el Vasco Echeverría y compuesta por seis analfabetos que no corrían el riesgo de intentar leer el material incautado, examinaban los libros in situ y muchas veces con los títulos o a veces incluso con el color del lomo y tapas ya podían inferir de que tipo de material se trataba por lo que eran depositados en una carretilla que tenía la rueda delantera de goma, como un gesto de delicadeza que el Dr. Elejalde tenía hacia los dueños de casa o a las instituciones a las que su tarea sin descanso lo acercaban. Un vez repleta la carretilla, su carga era trasladada al furgón que manejaba el propio Echeverría, ya que era el único que contaba con la licencia habilitante. Elejalde se quedaba labrando el acta rodeado de los otros miembros de la brigada que hacían las veces de testigos y luego dejaban su impresión dígito pulgar derecha junto a la firma del funcionario.
Existen muchas leyendas del sitio en que eran depositados estos volúmenes perniciosos.
Algunos afirmaban que eran depositados en enormes barracones en las afueras de Nogoyá o tal vez de Gualeguay o Paraná. Otros, como una variante de la misma versión afirmaban que como primer paso se acopiaban en distintos puntos de Entre Ríos para luego ser transportados en ferrocarril hasta su destino definitivo. Por lo que no era descabellado pensar que quizás existían barracones en distintos puntos del territorio pero que no eran sitios definitivos, bibliotecas prohibidas, sino meros destinos transitorios. Hace poco tiempo me contaron que probablemente el Dr. Elejalde o quizás alguien de jerarquía superior a él tenían un convenio con el Instituto Provincial de la vivienda y habían encontrado el método de construir viviendas con los libros. Por lo que se empleaban cuadrillas especializadas de analfabetos o incluso de ciegos.
No falta quien afirme que en oportunidad de clavar un clavo para un cuadro, se desprendió un trozo de revoque que le permitió ver el lomo del Quijote de la Mancha o de La Montaña Mágica ,Madame Bovary o El ruido y la furia , el Martín Fierro o Los siete Locos, Rayuela o La muerte de Artemio Cruz. Bakunin, kropotkin o Malatesta así como Marx, Lenin o Sartre están destinados exclusivamente a los muros de las capillas de los cuarteles, donde están a buen resguardo. Con doble seguridad, terrenal y celestial. Es lo que algunos dicen.
Otros en cambio afirman que se utilizan como combustible para las calderas de los Hospitales, Reformatorios y Comisarías. Que incluso los distintos textos son clasificados de acuerdo a su valor calórico, que como es obvio es dado por el material, el número de páginas etc. Por lo que éstas tareas además de su objetivo higiénico sobre el tejido social favorecen la mano de obra y el trabajo para cientos de hogares.
En fin nadie tiene certezas. Son solo versiones que se comentan a escondidas.
El Dr. Elejalde rugió de repente una queja sobre el contenido deleznable de aquel sobre, diciendo que en sus largos años como “Corrector preventivo de desviaciones literarias” (tal era el cargo que ostentaba) pocas o ninguna vez se había encontrado con tamaña retahíla de palabras soeces e ideas ponzoñosas como las contenidas en ése texto. A pesar de haber tenido que lidiar con los más diversos libros, de los más diversos géneros y épocas. Su rostro se tornó de un rojo vinoso cuando volvió a tomar el sobre en sus manos, con un gesto que mezclaba asco y furia. Me lo arrojó sobre el escritorio y me pidió con un gesto, ahora desdeñoso de su mano, que lo examinara.
Temeroso abrí el sobre con cuidado y extraje cuatro hojas de su interior. Me causaron tal impresión que permanecieron en mi memoria como lo hacen las imágenes de un hecho horroroso que hemos tenido por fuerza que presenciar. Grabadas por el asco. Espero que el escribirlo me libere en parte de tan pesada carga.
Que transcribo no sin cierto temor a ser descubierto y con un dejo de remordimiento por que sea mi memoria la que salve de las llamas lo siguiente. Ni siquiera se, si me atreveré a leerlo luego de escrito. Pero una secreta morbosidad me obliga a esta escritura casi automática.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Un fragmento para ustedes.

La aguja de hielo

En la habitación en penumbras, Calamaro cantaba “ Quiero, que ésta noche te quedes conmigo…” Él tenía el antebrazo izquierdo cruzado bajo su cuello y con el índice de la mano derecha dibujaba círculos en sus aréolas y rozaba sus pezones con la palma de la mano suavemente. Ella con los ojos cerrados parecía dormitar.
De pronto giró su cabeza y abrió sus ojos , que para él eran como soles, con voz suave preguntó
- ¿Me quieres mucho, como antes?
- Te quiero más que a mi vida- contestó él
Ella lo miró por un instante, él creyó ver una sombra de duda cruzando sus pupilas. Luego ella sonrió y lo besó en los labios atrayéndolo hacia sí, quemándolo con aquella piel suave y ardiente , de la que emanaban los aromas del amor y la pasión. Y nuevamente se entrelazaron con desesperación, cómo si fuera la última vez. Cómo si uno de ellos partiera al destierro.
Cuando Vale había llegado ésa mañana al aula le dijo que tenía algo que contarle. Ami pensó que se trataría de cualquier cosa, menos lo que finalmente le dijo, mientras caminaban tomadas del brazo por el patio de mosaicos grises. Al escucharlo fue como si algo dentro de ella se hubiese roto, un fino cristal que se quebró. La duda, esa termita que todo lo horada , ese gusanito inquieto que corrompe la confianza.
Ami se quedó pensativa, luchando con la ambivalencia de sus sentimientos , por un lado no creía nada de lo que su amiga le había dicho. Pero la duda estaba ahí , debilitando el encofrado de su relación con Fran, y sintió una profunda amargura .
Una amargura extraña , nueva, la de la desilusión. Y ahora que le había preguntado por su amor, no vio otra cosa que verdad en sus palabras, en la ternura de sus ojos. Se sintió abandonada por ésa sensación que la acompañó durante todo el día , y el deseo desesperado de sentirlo dentro suyo la poseyó, como una pulsión ajena a toda voluntad.
Las noches de invierno son frías . La escarcha de la helada cubría el asiento , Fran la desprendió con su pañuelo. El motor no encendió con el primer intento debido a la temperatura reinante. El manillar estaba helado al igual que las palancas , poco a poco sus manos comenzaron a sentirse insensibles , endurecidas. Pero no era ésa la sensación que lo embargaba, era otro el frío el que sentía, un frío que no dependía de la estación del año ni de la madrugada. Un frío que perforaba su pecho, desde que vio la duda en sus ojos. Como si fuera una fina aguja de metal gélido. ¿Qué pasaba con Ami? ¿ por qué actuaba de forma extraña? El viento de la noche golpeaba su rostro transformándolo en una máscara rígida y lo hacía lagrimear. A eso atribuyó su visión, la segunda, (la anterior yacía olvidada por el tiempo y las vivencias posteriores). La bruma cubría la calle , hasta la altura del eje de la rueda delantera, formando volutas que ocultaban el pavimento y se deshilachaban al paso del vehículo, aumentando el frío de la noche y creando una sensación de desolación. Cuando Fran llego a su casa envuelto en la neblina espectral abrió el portón lateral , introdujo la moto hasta la galería y al volver para cerrar, lo sorprendió ver la calle despejada, sin rastros de aquello que la invadía instantes antes.
El aire denso de la helada, transmitía el ladrar de perros lejanos y dejaba ver una luna blanca y distante. Una bandada de siriríes surcó la noche, dejando el sonido de sus graznidos agudos. El chico entró en silencio en su casa, se dirigió a su cuarto, que era como un agregado tardío y se acostó. Tardó mucho tiempo en calentarse y más aún en dormirse, era la presa de una inquietud extraña.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Olvido.

¿Cómo olía el perfume de tu pelo? Quizás a limones o a rosas o a olas.
¿Tu piel que perfume despedía en las tardes quietas de cigarras y ciruelas? Es que de repente no me acuerdo y eso me duele más que tu partida. Te fuiste tambien del lugar secreto en que te tenía prisionera. No recuerdo la melodía de tu voz y eso enmudece mi alma. Muchacha de sombra, te me perdiste en la noche.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Los Perros y el cazador

Monte Santiagueño mediados de 1996

“Volverán a la tarde, ladrarán como perros” Salmo59-6

A pesar de ser principios de Agosto el calor era insoportable en el apostadero.
Flores Schneider estaba impaciente., hacia dos horas que esperaba la aparición de ésa maldita chancha por el sendero. No soportaba más esperar, la paciencia del cazador no era su fuerte, a él lo entusiasmaba la aventura, el vértigo, el enfrentarse con su presa el disparar su fúsil. Descendió por la escalera de madera y comenzó a caminar por el estrecho sendero, sus perros entrenados lo seguían sedientos de sangre. De pronto inquietos comenzaron a ladrar y salieron disparados tras la maraña de espinas. Flores Schneider corrió tras ellos, habían identificado la chancha, seguro que sí.
Guiado por el estruendo de los ladridos divisó su jauría que rodeaba el animal bajo un algarrobo enorme, apuró aún más su carrera, de pronto el suelo cedió bajo su pie derecho, una cueva había atrapado su bota, al caer con todo el peso escucho el crepitar de su pierna al fracturarse, tocó su pantalón húmedo de sangre tibia y palpó el extremo distal de su tibia fracturada emergiendo de la piel “Carajo” dijo.”Como salgo de ésta” pensó. Con esfuerzo paso sus manos debajo de la rodilla derecha y traccionó la pierna y el píe fuera del hoyo. “Seguramente podré arrastrarme hasta el apostadero donde están los muchachos” pensó .Realizó varios disparos para llamar la atención pero nadie concurrió seguramente pensaban que estaría ultimando al jabalí .Comenzó a arrastrarse de regreso, un extraño silencio se produjo en el monte. El aliento del animal en su nuca tibio y húmedo, como el beso apasionado de una mujer pero con el hálito inmundo de la muerte. El Dogo lamió su pierna lastimada Flores Schneider agradeció al cariñoso animal con una palmada en la cabeza, fue su último acto voluntario antes de la mordida inicial, pronto la jauría entera se arrojó sobre él.
Cuando lo encontraron solo quedaban huesos y vísceras, el cuero cabelludo estaba casi intacto bajo el casco de corcho. Un viento húmedo y cálido revolvía la hojarasca, una sombra se movía en la espesura con el silencio de la muerte. Uno de las baqueanos fue el encargado de sacrificar los perros. A cientos de kilómetros en la campiña entrerriana una mujer temblorosa y agitada levantaba el teléfono con su mano derecha para recibir la terrible noticia de la trágica muerte de su esposo, con la mano izquierda apretaba la cabeza de su amante entre sus muslos abiertos. En la espesura del monte vecino extraños chillidos cortaban el silencio del atardecer.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Un cuento para compartir.

El viejo

Estacionó la camioneta detrás de un Duna blanco. Rogó que luego arrancara pues esa mañana había tenido que empujarla. Con el tránsito de esa hora sería muy engorroso hacerlo en ese lugar. Tomó la carpeta con los bosquejos que estaba un poco sucia con grafito. Trató de limpiarla pero fue inútil, tomó un trapo que tenía junto al parabrisas y lo volvió a intentar, el resultado fue desastroso ahora al grafito se le agregaba un trazo de grasa como hecho con un pincel ancho. Maldijo en voz baja, abrió la carpeta sobre el asiento de cuerina negra y extrajo los bosquejos. Arrojó la carpeta impresentable al piso del vehículo del lado del acompañante. Arrolló los papeles formando un cilindro y cerró la puerta, la cerradura hace meses que no funcionaba, pero llamarlo al cerrajero significaría mucha plata, que no estaba dispuesto a regalar. Últimamente los cerrajeros cobraban muy caro y los pocos que había en la ciudad estaban de acuerdo en sus tarifas astronómicas. Una especie de oligopolio, pensó. Después de todo era poco y nada lo que le podrían sacar si abrían la puerta y él dudaba seriamente que alguien quisiera robar su vehículo. Su estado calamitoso era el mejor seguro contra robos. Solo un ladrón desesperado y loco podría elegir aquella camioneta. Cruzó la calle a unos veinticinco metros de la esquina cuando el tránsito se lo permitió. Caminó hasta el negocio donde le habían encargado los carteles de publicidad.
Abrió la puerta vidriera de hierro e ingresó. En el local varios jóvenes esperaban ser atendidos en el sector de fotocopiadoras. Unas mujeres recorrían los estantes de la juguetería unos metros a su izquierda. El dueño no estaba. Lo que le confirmó con apuro e indiferencia la muchacha que sacaba fotocopias. Evidentemente de muy mal humor. Él asintió con la cabeza, y con los bosquejos en la mano comenzó a recorrer el local, aburrido y desilusionado. El hombre le había pedido por favor que lo fuera a ver a esa hora, debido a sus ocupaciones le sería difícil atenderlo en otro horario, y ahora no estaba. Se detuvo frente a un cartel gris fotocopiado sobre una hoja A 4 que mostraba el borroso rostro de un anciano, que por la nitidez de la fotografía, podía ser cualquier anciano, un viejo perdido. Un teléfono al pie del cartel apenas legible indicaba el número en el cual se agradecería cualquier dato sobre su paradero.
Un viejo perdido. Pensó en su abuelo, en aquellos ya lejanos años de su juventud temprana. Dudó en volver a preguntarle a la copista por el horario de llegada de su patrón, pero desistió de la idea al ver el rostro ceñudo de la muchacha. Abrió la puerta y en un momento estuvo nuevamente en la vereda. Miró los carteles del parque, del otro lado de calle Alem, todos hechos por él y decidió que sería buena idea pasar por el municipio quizás pudieran pagarle aunque sea parcialmente sus trabajos. Ya estaban bastante atrasados. Un cheque por parte de la deuda sería una buena noticia a esa altura del mes. Varios proveedores lo acosaban telefónicamente. Necesitaba realizar cobranzas, además por la tarde tenía que realizar un trabajo en Febre. Un trabajo que había pintado como muy bueno y que poco a poco se fue degradando, por los cambios de opinión del propietario, hasta convertirse en una porquería que solo se había decidido realizar por una cuestión de seriedad profesional. Después de todo el viejo le pagaba puntual, si quería un adefesio en el jardín de su casa era su problema, no de él. Era algo así, como si le hubieran encargado diseñar un complejo de torres para oficinas y se hubieran finalmente decidido por imitar la villa 31. Cuanto antes cometiera aquel crimen contra la estética mejor. La camioneta milagrosamente encendió al primer intento, se alejó por 9 de julio.
Días después en el tablero de su escritorio terminaba el diseño del cartel que por fin el dueño del maxiquiosco se había decidido a encargarle. Hizo un alto en su tarea y se decidió a prepararse unos mates. Le vendrían bien se sentía cansado de tanto trabajar. Un alto, un pequeño recreo. Encendió el televisor y vio al presentador del noticiero local, con su invariable saco y corbata, realizando una nota en un campo deportivo. Chicos corrían tras una pelota en un ejercicio desordenado del fútbol, un estado embrionario del deporte que apasionaba a la gente. Niños ajenos a la teorización de directores técnicos y periodistas, embrujados por esa esfera de cuero esquiva, cuya posesión deseaban en forma casi instintiva, como pequeñas bestias salvajes en presencia de una presa apetecible, que saciaría días de hambre. Se detuvo en esas imágenes sin prestar atención al reportaje que le realizaban a uno de los organizadores de aquellas jornadas fútbol infantil. Se distrajo recordando. Recordando tiempos en que él había corrido por canchas parecidas a ésa. En que había bebido también el viento tras el pájaro esférico, el del vuelo errático y caprichoso. El de la locura en el arco de enfrente y la desazón en el propio. Sonrió para sí, casi sin desearlo. Sonrió por esa ternura que nos causa la evocación de épocas felices. La apertura involuntaria de ésos recipientes de dicha enquistados en nuestra memoria, que nos impregnan con su aire fresco después, mucho después de haberse convertido en lejanos puntos atrás en el camino. En ese camino que invariablemente nunca volveremos a pisar. Ese camino unidireccional que es la vida. Los fracasos vinieron después. Quizás por que el destino se aferra a aquello de “él que ríe último ríe mejor”. Quizás por que sí nomás. La nota hacía tiempo que había terminado y el hombre de saco ahora estaba en el estudio leyendo unos papeles, invitaciones y cosas por el estilo. Él no prestaba atención a sus palabras. Solo salió de aquel marasmo cuando la pantalla se cubrió con la imagen gris, de aquél viejo anónimo. El perdido. Ese viejo que podía ser Juan, Pedro o José. Que podía ser cualquiera. La vejez homogeniza los rostros. Roba la identidad. Va convirtiendo las personas en despojos opacos, arrugados y grises de lo que fueron. En carbones apagados, todos iguales, que pudieron ser algarrobos o ñandubays, pero que ahora eran todos residuos negro grisáceos. Iguales. Sometidos al rasero del tiempo, quizás como un castigo a la persistencia, la persistencia de seguir viviendo. Anotó maquinalmente el teléfono que aparecía al pie de la fotografía. Y volvió a pensar en su abuelo. Y tomando mate en el sillón de cuerina verde que estaba en la cocina se internó en aquellos recuerdos agridulces.
Sentado en una silla tijera de madera al lado de aquel viejo que jugaba al truco en el club. Una especie de lazarillo humano. Para conducir a aquel anciano querido de nuevo a la casa. Afectado por la ceguera de su intelecto, que lo adentraba en un progresivo crepúsculo. Que lo acercaba a la noche interminable de la tumba. En los tiempos de la silla de madera, él no pensaba esto que ahora se le ocurría sentado solo en su cocina de divorciado. Él solo sabía que tenía que llevar de nuevo al abuelo a la casa. No demasiado tarde, para que mamá no se enoje. En la casa o en el club el abuelo no parecía perdido, pero en la calle si. Salía caminando con cualquier rumbo, buscando lugares inexistentes desde hacía años en calles que ya no reconocía. Incluso creyéndose en otra ciudad. Era como toar una nave en la borrasca. Nave que cabecea y bandea en mares de senilidad. Pensó que estaba demasiado cansado que quizás debería irse a pasear a Corrientes donde un amigo lo había invitado. Estas crisis de melancolía, lo hacían sentir viejo. Él siempre había pensado que los que recuerdan el pasado son los viejos, los jóvenes casi lo desechan. Era por eso que éste tipo de cosas lo ponían de mal humor. Lo abatían. Dejó el mate sobre la mesada y volvió a su tablero dispuesto a ocuparse del futuro. Solo que la imagen de aquel viejo perdido lo rondó por el resto del día. Realizaba un esfuerzo conciente por alejar aquella foto gris. La foto de su abuelo. Terminó el diseño a la vieja usanza y luego lo trasladó al software, donde le daría los toques finales y el soporte definitivo. Luego todo era casi automático. Sabía que esa forma suya de trabajar era una rémora dañina de la época en que su trabajo era casi artístico. Sabía además que en la actualidad los programas de diseño le brindaban una infinita cantidad de posibilidades. Y que su proceder era, por lo menos, ineficiente. Pero en alguna parte de él, habitaba ese troglodita que amaba las Rotring, los escalímetros, los letrógrafos, las paralelas y todos esos artefactos antidiluvianos. Sonrío nuevamente luego de pensarlo. Y se hizo el firme propósito de no pecar más, de no caer en las tentaciones de lo obsoleto. Sabiendo al mismo tiempo que no cumpliría con ello. Que el troglodita que habitaba en las cavernas de su interior, era un adicto. Un ser incapaz de prescindir del placer que aquellos instrumentos le causaban. Todavía tenía que viajar a Febre a instalar aquella monstruosidad que le habían encargado. Una especie tarea inconfesable. Una sola cosa se había permitido. No lo firmaría. Probablemente muchos sabrían que él era el autor de aquello, pero no lo podrían corroborar con su firma. Era una concesión a su conciencia sucia.
Esa misma tarde terminaría con aquello. Un trago amargo era mejor beberlo rápido para que casi no estimulara las papilas gustativas. Terminó su tarea con el cartel del maxiquiosco, lo almacenó en el ordenador y lo copió en un disco compacto. Tomó el teléfono y llamó al capataz de su cuadrilla para que estuvieran listos a las dos de la tarde, irían a Febre sin demoras.
El sol caía a pleno sobre la ruta 26 cuando cruzó frente al Polideportivo acompañado de los operarios. Una brigada de estudiantes de la escuela de policía salía al trote en formación. Era parte del contingente que rastrillaba los campos en busca del viejo perdido, le hizo saber uno de sus acompañantes. El miró casi con indiferencia a todos aquellos muchachos de cabeza rapada, vestidos con lo que podía ser una indumentaria deportiva, de color oscuro. Pensó en lo poco adecuado de tal vestimenta a esa hora de la tarde. Se deshidratarían antes de rastrillar una cuadra, pensó, sin escuchar los otros comentarios de sus ayudantes. Estos decían que el viejo era maltratado por su mujer y sus hijas. Como Barreda. Si, como Barreda afirmaban y se reían en forma descarada. Uno de ellos sugirió que quizás el viejo no tenía escopeta.
El nuevamente se había alejado con la imagen desvaída de su abuelo. Hacia esos territorios de la memoria, donde acechan los monstruos del ayer. Llegó a su destino de forma casi inconsciente y se sumergió en su tarea. A su alrededor los otros trabajaban sin descanso, riendo y mofándose de una y otra cosa. Con la alegre camaradería de los trabajadores manuales. Había leído por ahí que el trabajo manual redime a los hombres de los pecados de la razón. O quizás, pensó, los vuelve más inocentes, más alejados de los sinuosos caminos del pensamiento. Les da esa belleza pura de las cosas simples alejada de toda complejidad. Los dota de la vitalidad de la acción, del movimiento físico. Tan distinto a ese otro movimiento interno, intangible, el de la mente humana. No obstante encontrarse abstraído en estas disquisiciones pudo darse cuenta que el artefacto publicitario que estaba montando era mucho más horrible de lo que él había imaginado. Casi al final de su tarea evitaba observarlo más de lo estrictamente necesario para dirigir la instalación. Miró un caballo que pastaba en la vecindad y pensó que quizás el animal pudiera dejar la impronta de su bazo al pie de aquella obra. Justamente en eso meditaba cuando se encontró con el dueño del adefesio, con una inexplicable sonrisa de satisfacción en sus labios y extendiéndole un cheque por el trabajo. A su lado un personaje vestido al estilo de los exploradores ingleses de las películas clásicas admiraba la instalación, con elogios desmedidos, seguramente dirigidos al dueño y no a él, quiso suponer, sin poder disimular el rubor que invadió su rostro. El extraño acompañante lo tomó del brazo, lo apartó del grupo de trabajadores y del desquiciado dueño. Le rogó que lo acompañara a Victoria para mostrarle el lugar donde quería emplazar un gran cartel en su emprendimiento inmobiliario. Él le explicó que tenía que volver a Nogoyá con urgencia, pero ante la insistencia del sujeto accedió a acompañarlo. Indicándole a su capataz que volviera con la camioneta y despidiéndose de su cliente. Subió al importado alemán del explorador inglés y emprendieron el camino hacia Victoria, en todo el viaje el hombre le habló de su emprendimiento inmobiliario, que según él cambiaría la fisonomía de la zona y le explicó con lujo de detalles lo que pretendía, tres carteles gigantescos como los que se encuentran en la panamericana, con una gran columna central que sostendrán un prisma con la publicidad. Él lo miraba escéptico pues más o menos de la misma forma había empezado el viejo de Febre, para luego terminar en lo que terminó. Al llegar a la rotonda donde termina la ruta 26 en el ingreso de Victoria, doblaron hacia la izquierda tomando la ruta 11 como quien se dirige a Gualeguay o Rincón de Nogoyá, más o menos a 12 kilómetros el Mercedes se detuvo frente a una tranquera doble pintada de blanco. Descendieron del coche y mientras escuchaba las explicaciones de su inesperado cliente, vio bajo un árbol aquella figura acurrucada contra el tronco de un ombú. Una figura casi miserable. Como incorporada a aquel paisaje de la tarde, como una lomada más o el río que se veía hacia el sur. Una figura gris. La de su abuelo. O la de cualquier viejo, extraviado en los laberintos ruinosos de su memoria decrépita. Las palabras del explorador inglés se colaban esporádicamente en sus pensamientos y de pronto se encontró alejándose de éste que continuaba con su monólogo de espaldas mirando su propiedad. Se paró frente al anciano mugriento. Lo miró y vio sus ojos lacrimosos. Le preguntó su nombre y recibió la respuesta que temía. Luego pensó si realmente ese hombre huía de la violencia familiar como decían sus colaboradores. Si había elegido la libertad. O si se trataba de otro viejo perdido, que confundía las calles y buscaba lugares extraviados en el pasado. Lugares muertos. Inexistentes. De pronto el viejo se puso de pie guardó sus manos en los bolsillos del pantalón y se alejó caminando hacia el este. Notó que el explorador lo llamaba con amplios ademanes de su mano. Volvió junto a él y le explicó que estaba tratando de lograr otra perspectiva del lugar. El viejo bajaba ya la loma y pronto se perdió de vista.
De regreso a su estudio, permaneció largo rato pensativo luego de darse un baño. ¿Realmente ayudaría al perdido? ¿O restituiría el reo a su prisión? Pensó en su abuelo, mirando tras los cristales. Sentado en aquella cocina cálida y soñando quien sabe con que cosa, que ya nunca encontraría. Tomó el teléfono celular y observó las teclas, conciente que en ellas estaba el futuro de aquel hombre. Él se constituiría en una especie de juez de su destino. Recordó la nostalgia de aquellos ojos celestes, añorando libertades de juventud. Tomó aquel papel con el número telefónico, miró nuevamente el teclado y finalmente lo arrojó al cesto. Volvió a su tablero, a pensar en el futuro.

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domingo, 25 de octubre de 2009

Un cuento para ustedes

Una carta absurda.

Estimado profesor Corbalan:
He meditado mucho sobre su teoría. Creo que si se demostrase verdadera, aún hoy tendría consecuencias mucho más importantes y cercanas que las que usted expuso en nuestra reciente charla.
Sus sesudos estudios me han dejado en un estado de permanente turbulencia del espíritu. Lo que para muchos es algo casi indiferente, lo considero crucial, con inimaginables consecuencias para la humanidad.
Mirando desde el balcón los transeúntes, me es difícil creer que caminen tan campantes por las aceras o conduzcan sus automóviles con total naturalidad ante la verdad que se cierne sobre sus existencias. Como una espada de Damocles he imaginado. Y he sonreído, con esa sonrisa entre paternal y cínica que tenemos los poseedores de esa revelación que escuché de sus labios.
Respetuosamente profesor, me animo o mejor dicho me atrevo a afirmar(porque expresar lo que voy a expresar ante una eminencia gris como usted, que ha realizado el que yo considero el más importante descubrimiento de los últimos dos milenios es al menos una osadía de mi parte) usted profesor Corbalan no es conciente de la magnitud de su descubrimiento. ¿Ha sopesado por ventura, las consecuencias de lo que usted afirma?. Usted dinamita los cimientos de gran parte de la historia de occidente, con una humildad digna de los próceres del conocimiento. Y a la vez, es quizás un visionario. Un hombre (cuesta creer que usted sea un simple mortal)que desde las murallas del conocimiento, de la investigación incansable y metódica, del buceo por los intrincados atolones de cientos y quizás miles de bibliotecas. Desde esa muralla dispara contra las máscaras pétreas de las mentiras del pasado, desenmascara los embozados rostros de pérfidos historiadores que han creado una mitología disfrazada de verdad. Un sofisma histórico. Que me atrevo a calificar de atroz. Pero usted profesor, desde las alturas de su talento alcanza a avizorar a la vez el futuro. Por eso no dudo en llamarlo un visionario.
Yo, profesor, deseo poder volver a reunirme con usted para discutir con más amplitud este tema, tengo preparados distintos trabajos que quisiera que usted conozca, pues todos derivan de su teoría. Se que a usted le resulta harto difícil contestar mis cartas. No piense ni por un momento que no lo comprendo.
He leído con estupefacción las diatribas de Acevedo, con respecto a usted y a su trabajo. Considero que se deben a un espíritu menor. Contaminado por la envidia. Mi impresión es que las mentes estrechas, encasilladas en visiones estrictamente ortodoxas , plenas de prejuicios no están en condiciones de comprender planteos tan revolucionarios como el suyo profesor Corbalan. El móvil de Acevedo no es otro que la descalificación de su persona, en la que hace hincapié, sin tener argumentos sólidos que refuten lo por usted expuesto. Es que le vuelvo a decir, usted no tiene la real magnitud de las consecuencias de sus afirmaciones. Imagino a Acevedo temblando por las noches, insomne, pensando en la debacle de sus trabajos y el riesgo al que se expone su supuesto prestigio, al despeñarse por las hondonadas del ridículo.
Le advierto profesor, que tampoco me dejo engañar por los cantos de sirena de Cáceres en su artículo del diario La Nación, pues como usted habrá notado no realiza ninguna adhesión contundente a su postura. Considero que lo de Cáceres es una postura por demás ambigua. Una especie de travestismo histórico, un “ni” disimulado en una hipérbole de elogios hacia usted, pero manteniendo distancia de sus afirmaciones.
Por lo tanto considero, que tanto Acevedo como Cáceres se suman a la recua de historiadores ortodoxos que rebuznan a diario en los pasillos de la facultad.
Es que a partir de su obra profesor, o quizás debería decir de su Obra con mayúsculas,
he hundido más aún el bisturí en las fláccidas carnes de la mentira histórica. Y debo anticiparle, por este medio, luego se lo ampliaré largamente en la reunión que seguramente tendremos. Que mi cirugía llegó al hueso de la falacia. Y estoy en condiciones de realizar afirmaciones categóricas, que demás está aclararlo solo son réplicas del terremoto que usted provocó.
Por eso profesor Corbalan mi espíritu está azotado por turbulencias huracanadas, tengo en mi la inquietud del náufrago que ve tierra en el horizonte luego de largas jornadas en el mar. Se unen la esperanza de poder revelar la verdad y el temor de ser incapaz de hacerlo. Es que temo que ese pulpo conformado de mentirosos a través de los siglos, nos alcance con sus tentáculos. Probablemente existe una secta que reúne en la actualidad (y seguramente en el pasado) a toda esta caterva de farsantes.
Y es inimaginable hasta donde pueden estar enquistados en los distintos estratos del poder. A eso se debe mi temor profesor, y seguramente me veré tentado a destruir esta carta sin enviarla como lo hice con anterioridad. Y nunca más me comunicaré con usted, para no ser instrumento de éstos grupos que merodean a nuestro alrededor. Y quedaremos usted y yo como dos islotes en el piélago de la ignorancia. Asediados por esta neoinquisición.
Por los Acevedo, por los Cáceres y por tantos otros . Personeros del orden establecido.
Deberemos mantener una reunión secreta Profesor Corbalan, tal vez arrodillados en alguna iglesia o en medio de alguna multitud de activistas políticos. Camuflados. Disimulados.
Y nos diremos el uno al otro que la historia no existe y dejaremos que sigan husmeando entre pilas de papeles inútiles , de recopilaciones de la nada, como ratas en los desvanes de lo perdido. Y seguiremos mirando desde nuestros balcones a la gente indiferente, caminar , conducir , comprar electrodomésticos. Vivir lo ilusorio, sin conocer la verdad que usted me ha revelado Profesor Corbalan.
Afectuosamente.


Su discípulo.

martes, 20 de octubre de 2009

Fragmento para compartir.Las Brumas del Destino

Elena

Cuando la mujer volvió a su casa encontró a Ami en el sillón de la sala con los auriculares puestos, la saludó y cómo ésta no le contestó se acercó levantando uno de los micro parlantes. Ami levantó la cabeza, sonrió y saludó a su madre. Luego de un rato ambas mujeres, madre e hija se sentaron en la cocina a comer tarta de jamón y queso fría y a mirar televisión. Tinelli , estaba imperdible, a la madre le encantaba éste programa, pues afirmaba, le limpiaba la cabeza de tantas broncas que la invadían en su trabajo en la Estación de Servicio. Desde que su marido la había abandonado, por otra mujer más joven , para Elena , el silencio era mal compañero , un acompañante que le acercaba espectros del pasado, que le traía a la superficie de la conciencia viejos pensamientos, que había rumiado durante años y cuyo jugo amargo impregnó cada una de sus células, convirtiéndola en una mujer opaca, descreída y fundamentalmente triste.
Cuando veía a su hija, secretamente envidiaba su juventud, su lozanía , sus ímpetus juveniles. Pero sobre todo envidiaba sus ilusiones, y se decía a sí misma que pronto esa mocosa vivaz, se convertiría en algo parecido a ella , que tarde o temprano la vida le sacaría la silla y quedaría sentada en el fango de la realidad, embadurnada de las miserias y las pestilencias del mundo de los adultos. A cada mariposa la espera su parabrisas se decía, mientras miraba el juvenil rostro de su hija donde los rasgos de su ex marido se expresaban cada vez con más notoriedad. De alguna manera ése maldito recibiría su castigo a través de los sufrimientos femeninos de su hija. ¡ Es muy fácil ser varón pensaba! Como un picaflor, van de planta en planta, no soportan el peso de los hijos en la panza y en la columna, no los paren. No menstrúan. No se vuelven menopáusicos. Al fin de cuentas, pensaba Elena, Dios a sido injusto en la repartición de cargas entre los sexos. ¡Claro si Dios es varón! . Ami miró a su madre , que permanecía callada desde hacía largo tiempo, le tocó el antebrazo con el vaso de gaseosa, ésta le devolvió una sonrisa , casi una mueca. Y Ami sintió una vez más ésa distancia, ése abismo que existía entre las dos y que nunca había logrado comprender, pero que percibía cada día de su vida, desde que tenía memoria.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Fragmento para compartir

El Éxodo de los Oludos

Los niños descalzos caminaban por la tierra abrasiva de las serranías, su piel salpicada de pústulas amarillentas, sus pies cubiertos de excoriaciones. Las viejas sucias y harapientas caminaban con la cabeza gacha , envueltas en sus ropas negras, de tanto en tanto rascaban su cabeza ,mata grasienta y pululante de piojos. Asían sus hatos con manos crispadas, las venas azuladas transparentándose en su piel de pergamino
Los hombres, magros, sudorosos, con los ojos midriáticos del espanto cerraban la marcha, atreviéndose apenas a mirar hacia atrás. En el Este la gruesa columna de humo negro se elevaba al cielo. Villa La Ola terminaba de hundirse en las fauces del fuego que llegó del mar. Una marcha errante sin destino, una huída, diáspora de los aterrados que ingresaban en el olvido o la negación.

martes, 8 de septiembre de 2009

Fragmento para compartir Las Brumas del Destino

La caída.

A lo lejos logró vislumbrar la salida, oscuras figuras aparecían y desaparecían. Marchándose hacia los confines de su campo visual. Palpó la rugosa superficie de la pared a su lado, tratando de buscar un punto de apoyo. Un puerto, aunque sea precario, en aquella tempestad de los sentidos. Logró avanzar unos pasos. Bruscamente el piso se levantó hacia él, golpeándolo en la frente y la nariz. Luego permaneció vertical como una pared impidiéndole continuar. Recordó el camino cubierto de hierbas que avanzaba entre hileras paralelas de viejos paraísos, con sus rugosos troncos , socavados, con secretas oquedades y cubiertos de protuberancias ,cómo cúpulas abolladas, que les daban una pátina de antigüedad, parecían impregnar el aire de misterios olvidados, de fuerzas que a través de ocultas puertas al pasado, retornaran del ayer. Manos lo asían por los hombros y trataban de tirarlo hacia atrás , él se aferraba como un gato, a la pared piso. La tarde de invierno era recorrida por ráfagas impregnadas de una fina llovizna que le azotaba el rostro mientras caminaba. La casa se recortaba sobre las nubes grises , rodeada de casuarinas , flanqueada por un viejo molino de viento herrumbrado y por un galpón de chapas de zinc que milagrosamente se sostenía en pie. El frotaba sus manos por el frío, al marchar con zancadas dubitativas por el largo sendero. El jinete lo cruzó al paso en sentido contrario, parecía más joven que él, la cabeza cubierta por un gorro de lana negro que le cubría hasta la mitad de las orejas y le disminuía la frente hasta convertirla en una pequeña franja de piel sobre las cejas negras y nutridas. El cuello polar rojo le cubría la boca y la campera impermeable del mismo color envolvía su cuerpo con holgura, sus ojos parecieron sonreírle, como sonríen los rostros. Las manos lograron girarlo, ese gusto, ese gusto comenzó a invadirlo, deslizándose tibio por su boca. ¿Por qué reía? Porque si bien no podía ver sus labios su rostro reía. Las arrugas de los ojos hacían presentir la sonrisa, al igual que las pequeñas arrugas perpendiculares a la nariz. ¿Por qué reía? Cabalgando en aquella tarde desapacible , penetrado por las heladas partículas de agua, en un paisaje que anunciaba pantanos y barriales. Los paraísos comenzaron a quedar atrás reemplazados por casuarinas plantadas de forma intercalada, formando en conjunto una guarda griega. Cada una enfrente tenía un espacio vacío y sin embargo formaban un conjunto perimetral adecuado. Giró la cabeza par ver al jinete que ya trasponía la tranquera en el otro extremo del sendero, doblando hacia el norte hacia el puente del arroyo Malo.
Donde al atardecer, según relatan, se encienden los árboles, devorados por llamas inmateriales y los caballos se rebelan sin atreverse ha trasponerlo hasta la llegada del nuevo día , pues en esas horas entre el crepúsculo y el alba, el lugar es de las ánimas en pena que se reúnen sobre la calzada y se sientan en sus barandas. Poco a poco, solo un punto rojo acercándose a aquel lugar encantado. ¿ Por qué reía?
El gusto comenzó a bajar por su garganta. Sombras se movían delante de sus ojos, indefinidas, borrosas, emitiendo sonidos ininteligibles, el frío lo comenzó a sentir en la frente , un frío de color blanco, un frío que todo lo transformó en una mancha blanca que apenas dejaba ver en sus contornos las figuras difuminadas. Un frío que caía en pequeños torrentes sobre su pelo, como el gusto en su garganta. El frío y el gusto. Comenzó a toser, todo su cuerpo se convulsionaba con la tos y las manos volvieron a girarlo dejándolo de perfil a la pared piso. El gusto comenzó a volver hacia sus labios, entibiando el interior de sus mejillas , los bordes de la lengua. Solo un punto rojo , era ya el jinete que apenas se divisaba , avanzando como en una línea ondulada, una sinusoide que se bordaba sobre los paralelos hilos del alambrado. Acercándose cada vez más al lugar fatídico, pero con varias horas de luz aún. La casa flanqueada por el viejo molino se agrandaba poco a poco, ahora se podía distinguir un pequeño cerco , seguramente de alambre tejido, cubierto aparentemente por trepadoras y un arco de medio punto sobre un pequeño portón de caño y malla cima.

viernes, 28 de agosto de 2009

Un cuento para compartir

Transmuro.

¿Qué quiere que le diga? Yo, la verdad que soy un tipo temperamental. No, no le estoy diciendo que ando por la vida de estallido en estallido, porque la cosa no es así. Pero tengo un temperamento sanguíneo, un tanto colérico. En ocasiones me ocurre lo de los otros días. La verdad que fue una situación particular. ¿Qué quiere que le diga? Yo cuido mucho mis cosas. Y no perjudico a nadie o por lo menos eso creo. La primera vez, porque le aclaro que la de los otros días no fue la primera vez, sino la décima o la undécima. Como le decía, la primera vez, estaba yo leyendo tranquilo al lado de la biblioteca de madera, la que está contra la pared de mi dormitorio y en el silencio de esa hora de la madrugada escuché un sonido sordo. Un sonido grave, de muy poca intensidad, como un roce, seguido de un crujido suave. Recuerdo que estaba leyendo el Poema 12 de Oliverio Girondo, es que tengo una memoria fotográfica. Fue cuando escuche aquello, como pasos atrás de la pared. Imaginé la figura aquella caminando en la oscuridad de la casa vacía, quizás ayudado por la luz de un fósforo.
“Se miran, se presienten, se desean” ahora el silencio nuevamente ganaba toda la estancia y solo el crujido de mi sillón sobre el piso de madera lo interrumpía y el ruido de la hoja rozando contra mis dedos, me tranquilicé
“Se acarician, se besan, se desnudan” esta segunda vez fue claramente un paso. Un paso dado con sigilo. Elevando lentamente el pie lo que produce ese roce de la manga del pantalón sobre nuestra pierna y rodilla. Ese sonido sordo, corto, grave y luego el ruido neto del pie contra el piso y el chirrido que produce el calzado al desflexionar el antepié para apoyar el talón. Como le digo esta segunda vez fue claro, preciso. Es probable que por la atención o más específicamente el alerta en que me encontraba.
Porque para serle absolutamente franco, no leí con la misma intensidad espiritual, aquello de “Se miran, se presienten, se desean” con respecto a “Se acarician, se besan, se desnudan”. No sentí el mismo placer estético. E incluso me animaría a decirle que no sentí ningún placer estético. Imagínese es como si usted está con una amada en los prolegómenos del amor, pero usted está preocupado por algún acontecimiento que pueda acaecer de un momento a otro. Entonces en lugar de concentrarse en la húmeda tibieza de esos labios que besa, en la sedosa piel que acaricia, en el perfume que emana de aquel cuerpo que abraza y aprieta contra el suyo, usted está con esa secreta preocupación que le arruina definitivamente el momento. Que lo transforma en una especie de minusválido. En un ser incapaz del goce. Ese gusano que taladra el cerebro en esos momentos, provocando estanques de anhedonia donde nos ahogamos sin remedio. Esos pasos tuvieron en mi ése efecto. ¡comprenderá usted! Así como en el estado espiritual que anteriormente le describí no es posible seguir en brazos del amor carnal, tampoco es posible seguir leyendo. Por lo que me puse de pie, teniendo cuidado de hacer bastante ruido, para que el ocupante de transmuros se diera cuenta que su presencia no era bien recibida, incluso carraspeé para acentuar mi molestia.
Caminé sobre los listones de madera lustrada con pasos firmes apoyando con resolución el taco de mis botas de gamuza. Luego con las palmas de mis manos en la mesa y permanecí silencioso. Por lo menos estuve durante 10 minutos al acecho de el más mínimo sonido proveniente del otro lado, pero nada pasó. Cuando me decidí a retirarme hacia mi dormitorio nuevamente calmo, fue que escuche el tercer ruido esta vez fue de una frecuencia un poco más alta de una intensidad creciente en forma continua que bruscamente se eleva y cesa. Me detuve en el umbral de la puerta, y fue cuando sentí el primer signo de cólera. Una cólera pequeñita. Chiquita como una mosca. Nada que un buen Lorazepán de 2,5mg no pudiera solucionar.
Analicé, no obstante este germen que se desperezaba en la trastienda de mi alma, el sonido aquel. Miré la pared blanca para adivinar la altura en que se había originado. Yo de mis años de cazador aprendí a localizar el origen de los ruidos. A concentrarme en ellos, para poder identificar con certeza la ubicación de mi presa. Un grillo entonó su recital agudo a mi derecha, eso provocó una dificultad en mi reconstrucción del sonido, de la interpretación de la naturaleza de éste y por supuesto de la localización exacta. Es de suma importancia además de analizar la naturaleza de un fenómeno, poder darle una ubicación espacial exacta. Como un general sobre el mapa del campo de batalla extendido en su puesto de mando debe definir con la mayor certeza el fenómeno ofensivo o defensivo, propio o extraño, al que se enfrenta y la ubicación exacta en que se produce. Así estaba yo dispuesto a proceder. Busqué el grillo interfiriente un buen rato hasta que lo localicé en una grieta del zócalo de madera, justo tres centímetros a la diestra del patín derecho de mi sillón hamaca. Con un rápido movimiento coordinado utilicé una llave para sacarlo de su escondrijo y en cuanto cayó al suelo sin darle tiempo a nada lo pisé. Quedó transformado en un lamina marrón oscura rodeada de una gelatina blanca. Me recordó una bananita dolca sobre crema santilly, me reí lo que contribuyó a calmar el atisbo de cólera. Nuevamente concentrado pude identificar que el sonido había emergido de un área de no mas de 20 centímetros cuadrados, más o menos a un metro setenta y cinco de altura. Ese sonido de intensidad creciente en forma uniforme que bruscamente aumenta de intensidad y cesa. Ubicado a esa altura no puede ser otra cosa que una oreja apoyada contra la pared. Una oreja apoyada en la pared, que se separa de la misma. De lo que inmediatamente deduje que el visitante de la casa vacía había estado escuchando los ruidos que yo intencionalmente había provocado. Eso contribuyó a que la cólera se disipara por completo. Me fui rápido hasta mi habitación abrí el cajón de la mesa de luz al mismo tiempo que encendía el velador y extraje un Lorazepán de 2,5mg. Me acosté y dormí tranquilo dispuesto a olvidarme totalmente de aquel asunto.
Los días siguientes transcurrieron con normalidad, me dediqué totalmente a mis tareas habituales. Yo lustro miniaturas de madera de caoba. Me especializo exclusivamente en la caoba. No acepto miniaturas de otra madera y mucho menos como se imaginará de otro material. No me veo a mi mismo lustrando miniaturas de cerámica o de bronce o de raíz de paraíso por ejemplo, que es una madera muy empleada por la facilidad que ofrece a el trabajo. No, para nada. ¡A mí tráiganme miniaturas de caoba y yo le aseguro un trabajo de excelencia! ¿Cómo dice? A no, la forma me tiene sin cuidado. Un hipocampo, una Venus de milo, un timón, un enanito, un gaucho, una piragua con remeros… en definitiva cualquiera de estas cosas me son indiferentes siempre y cuando sean de caoba. Es una condición sine que non para que yo acepte el trabajo.
Esto viene a colación con el tema del temperamento sanguíneo o colérico que yo le contaba al principio. En una oportunidad un individuo, un maestro para más datos, que tenía la manía de de coleccionar miniaturas de cristal vino con un pequeño elefantito para que yo se lo lustre. Yo por cortesía lo tomé lo miré y parecía realmente esmerilado. Se lo devolví y le expliqué que solamente lustraba estatuillas de caoba. Le aclaro que yo me expresé con una estudiada cortesía, y es así que el gesto de devolución estuvo acompañado por una amplia sonrisa. Y si mal no recuerdo incluso recomendé que lo buscaran a Bucarán, Alexis o Alejandro Bucarán que se especializa en lustrar miniaturas de cristal. En el preciso momento que yo creía que había terminado aquel equívoco, el maestro insistió con su pedido. Esta vez guardé mis manos en el bolsillo y con una sonrisa menos franca, meneando mi cabeza en señal de negación, le volví a explicar que esa no era mi especialidad. Entonces el docente que pareció no percibir la transformación interior que yo estaba sufriendo, me miró con una mirada pícara y con un gesto cómplice me colocó cincuenta pesos en el bolsillo de mi camisa de grafa. Entonces como una represa de montaña que se fractura, la incontenible marejada de mi ira se precipitó sobre el hombre. A los improperios iniciales le sucedieron los empellones y luego sin solución de continuidad los golpes de puño. Una vez que el educante se arrastraba en el piso lo tomé con mi mano derecha del fundillo del pantalón y con la mano izquierda del cuello de la camisa rosada y lo arrojé al centro de la calle, con la suerte para él que el transito era nulo a esa hora. Me limpiaba las manos transpiradas en los pantalones cuando noté el inmundo elefantito en el piso, lo tomé, me di vuelta miré al hombre que se ponía en cuatro patas con dificultad para levantarse y le arrojé la estatuilla con tal puntería que lo golpee en el temporal. Se que quedó desmayado con su estatuita entre los brazos hasta que la Emergencia llegó seguramente llamada por algún vecino. Yo lo sé porque escuché las sirenas mientras lustraba un sol hermoso de oscura madera.
Pero como le dije antes no es que yo ande de estallido en estallido. No, para nada la cosa no es así. Cuando llegó la ambulancia por ejemplo, yo ya estaba muy tranquilo casi no me acordaba del tipo del elefantito. Bueno además soy muy metódico. Termino de lustrar las miniaturas todos los días a las catorce y treinta y cinco , almuerzo un bife a la plancha con un medio tomate, tomo un vaso de exprimido de naranja, otro de agua . Salgo a caminar durante noventa minutos. Regreso me doy un baño con agua fría, todo el año no varío mi rutina con la estación, me siento a tomar un te y a limpiar las armas. Así hasta las veinte treinta horas. Preparo mi cena fría, me siento a leer mis poesías nocturnas y luego a las 23,45 me acuesto. Por eso no le voy a negar. ¡Soy un hombre metódico! Y le aclaro que la limpieza de las armas y la lectura de mis poesías son momentos de recreación, de placer. Yo diría que son momentos reconstituyentes. Por eso en realidad pasó lo que pasó. Como le dije yo me había acostado aquella primera y lejana noche con toda la intención de olvidar al habitante del transmuro. Y efectivamente en todo el tiempo que pasó lo había logrado. Hasta que una noche de primavera en que yo leía a Neruda. “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente” El sonido fue seco. Breve. Un leve eco lo siguió por milésimas de segundo. Quedé tenso. Como un felino dispuesto a saltar sobre su presa. Pero el silencio persistió, solo interrumpido por mi respiración “ me oyes desde lejos y mi voz no te toca, ..” Reiterado , seco. El quinto sonido era indudablemente el sonido de un clavo penetrando en pared. Hasta pude percibir los escombros granulares cayendo sobre el polvo del piso de mosaico. Transcurrió un tiempo que no puedo definir si fue largo o corto. Pero el tiempo suficiente para que cesara el golpeteo de los granos de cal sobre el piso del otro lado. Volví. Respiré hondo como me enseñaron en reiki, tomé nuevamente en forma delicada los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” y leí “parece que los ojos se te hubieran volado…” . Inspiré profundamente para que el aire expandiera mis pulmones y el oxígeno pasara a través de las membranas alveolovasculares e impregnara mi hemoglobina. Eso me produce un estado de éxtasis, de liviandad extrema que me permite asimilar la belleza de las palabras como un néctar sagrado. Cuando me disponía disfrutar del tercer verso del gran chileno, que me transportaría a Isla negra, que me haría sentir el olor salitre del Pacífico, el sexto golpe. Similar al quinto, y el interminable golpear de revoque finamente pulverizado sobre el piso.
Era inevitable que el monstruo despertara. Que el dragón que guarda la caverna abriera su ojo rojizo y dejara ver su pupila hendida. Que quiere que le diga fue así. Primero guardé silencio. Luego me puse de pie taconeando con mis botas de gamuza. El séptimo y el octavo ruido fueron… como explicarlo. Predecibles, esperados, similares a los anteriores. El noveno en cambio fue como un “clac” abierto seco. Seguramente el habitante de transmuro colgaba algún elemento plano de no mucho diámetro, ¿Un cuadro quizás? No, para que querría un cuadro en una casa desierta y oscura. No, seguro que un cuadro no. Un clavo para colgar sus ropas mugrientas, los harapos de saco con los que seguramente se vestía en una simulación patética de normalidad. No el saco no hubiera producido ese tipo de ruido. ¡Un espejito! Si el muy desgraciado debe estar colgando un espejito. Uno de esos espejitos circulares con marco plástico ranurado, en surcos paralelos. Ésos espejitos que suelen tener colores vivos, verde eléctrico, rojo rutilante, azul francia, amarillo patito. Pero seguramente el de esta rata que habitaba tras la pared debería estar sucio por la tierra y el polvo. Los últimos ruidos ya no los puedo describir con precisión pues fueron en parte disimulados por el de la caja de cartón al abrirse. Cuando entran por la parte de atrás del cañón casi no hacen ruido, pero como usted comprenderá ya mi atención no era la misma. Yo ya casi estaba totalmente poseído por aquel Fafnir que se revolvía en las profundidades de mis entrañas. La puerta de vieja madera, despintada, la derribé de un golpe con mis botas y luego ¿que le puedo decir? solo se vieron los fogonazos rojo amarillentos, como erupciones de lava, que surgían de mis escopetas cada vez que disparaba. Más no recuerdo. Ah si, lo que recuerdo además es el olor de la pólvora. Siempre me gustó el olor de la pólvora desde niño, cuando salíamos a cazar con el abuelo y papá. ¡qué lindo es el olor de la pólvora! Casi tan hermoso como un poema. Por eso le digo, después si fue como una nube. Cuando aparecieron los policías y esos otros tipos de ropas celestes . No se si me desmayé o alguien me golpeo. Más no recuerdo.
Por eso doctor ¿Qué quiere que le diga? Yo soy un tipo temperamental. No, no le estoy diciendo que ando por la vida de estallido en estallido, porque la cosa no es así. Pero tengo un temperamento sanguíneo, un tanto coléricoDígame por favor doc ¿Quién hace tanto ruido en la sala contigua

martes, 18 de agosto de 2009

Fragmento para compartir.

Otra vez, las notas.

“Me siento como el loco Santella, ése del cuento de Facu, al que le robaron el alma, pero yo no la puedo encontrar, no sé donde está escondida, y ella vaga sin mí”

“Veo como si estuviera subido a un árbol, ellas no me ven. Estoy escondido entre el follaje de la noche oscura. La luna nueva asoma en el cielo negro.”

“Siento la escarcha quebrarse bajo mis pies, y sin embargo no tengo frío, estoy desnudo y no tengo frío”

“El tiempo ha pasado, lo veo en el color de los campos y en las ramas casi desnudas de los árboles. Las golondrinas se han marchado. Pero yo no tengo noción del tiempo. El hoy, el ayer y el mañana se me confunden.”

“Me siento caer con el viento y remolinear entre la hojarasca. Soy una hoja más, reseco y liviano a merced de las ráfagas”

“Yo soy el despojado. Me acerco como un ladrón hacia la luz. Y mis pasos no se escuchan. Ellas no me ven. Sigiloso me aproximo como un descastado”.

La mujer guardó los arrugados papeles en un sobre y dejó éste entre las hojas de un libro. En realidad no necesitaba leerlos, los conocía de memoria. Pero ver los trazos del ausente, la acercaban un poco a él. Ahora sí, después del cuaderno de Facu, entendía mejor aquellas notas. Distraídamente miró el almanaque de la pared de la cocina.
Faltaban tres noches para el cambio de luna.

martes, 11 de agosto de 2009

Un cuento para compartir.

Euclides
“Epifanio Reyes era un hombre muy inocente. Aún creía en cosas que sus coetáneos habían desechado desde mucho antes de su pubertad. Sobre todo lo demás, esta calidad de crédulo, era la característica definitoria de su personalidad. Una cruz cuyo peso por supuesto él no sentía. Era incapaz de hacerlo. Como no tenía noción del ridículo aquella nochecita parado con el ramo de gladiolos amarillos, envueltos en unas hojas del Diario Nogoyá que apenas los ocultaban, frente a las pícaras miradas de los muchachos reunidos en el Bar Plaza.”

Euclides cerró el libro con fuerza, de tal forma que un sonido seco como un aplauso invadió la pequeña sala, y quedó resonando en el ambiente por unos momentos. Él en realidad no valoraba en lo más mínimo lo escrito por aquella persona, pero hubiera sido políticamente incorrecto decirlo. O por lo menos decirlo en éste momento. Lo que si le había gustado de aquel engendro eran las tapas duras. Él siempre había gustado de los libros de tapas duras. Parecía que la lectura era más interesante cuando tenían ese formato. Además y en esto Euclides era muy detallista, quedaban mucho mejor en las bibliotecas, y los visitantes al mirarlos nos imaginarían mucho más inteligentes y formados que si estuvieran mirando los deslucidos lomos de las ediciones rústicas.
En realidad no era este el caso, ya que la lectura de aquello era poco menos que imposible en cualquier formato y lo pensaría dos veces antes de ponerlo en sus estantes. De todos modos más tarde llamaría al autor para felicitarlo y hacerle algunos comentarios sobre las bondades de su obra. Pero eso lo haría más tarde. Ahora debía llamar a la señora de Velásquez, tenía que pedirle unos pesos para unos sellados, que requerían sus trámites en Paraná. Le pediría que se los envíe con la muchacha. Tenía la doble intención de ahorrarse la caminata hasta la casa de la vieja y de paso tener la oportunidad de transarse a la pendeja, que estaba muy buena y tenía una pintita de trola increíble. En realidad los sellados no eran necesarios, pero él necesitaba unos pesos para manejarse el fin de semana. Después de todo la vieja estúpida nunca se enteraría e incluso este era nada más que el primer pedido de varios que le haría antes de comunicarle que su trámite había sido rechazado y que debería recomenzarlo el año próximo. Él se encargaría también de recordarle a la mujer que debía estarle agradecida por haberle ahorrado mucho dinero ya que el trámite habría sido rechazado de todos modos, aún por la costosísima vía administrativa convencional. A Euclides le causaba casi el mismo placer la idea del sobre con los billetes de $100 y $ 50, que la representación mental de la pendeja haciéndole una felatio. Le pagaría con la misma plata de la señora Velásquez.
Tomó el teléfono y llamó a la mujer, pidiéndole $ 400. para comenzar el trámite, y explicándole que seguramente necesitaría otro poco de dinero para moverse y hacer marchar el asunto. Por último le pidió que le mandara la plata con Carmencita, pues quizás él la necesitara para un papelerío esa misma mañana. Ya que sus múltiples ocupaciones le impedían disponer de su tiempo para ello y seguramente ella no quería perder tiempo en todo esto que requería una pronta y expeditiva resolución. Gracias señora Velásquez , que dios la bendiga señora Velásquez , lo suyo es prioridad absoluta para mí señora Velásquez, etc. etc. Colgó. ¡Andá a la puta que te parió señora Velásquez! ¡vieja boluda! Se puso de pie, se miró al espejo, tiró un beso a su propia imagen. Se dirigió a la mesita de las bebidas se sirvió un whisky. Quedaban apenas dos dedos en la botella, en cuanto llegara Carmencita lo primero que haría sería mandarla al súper de la esquina a comprar una de Blenders, en cuanto tuviera el sobre en sus manos por supuesto. Bebió mientras caminaba de un lado a otro y pensaba. Las ideas se le aparecían más claras cuando llegaba un poco de alcohol a su sangre. Para él el whisky era como un paño en la cristalería de las ideas les sacaba brillo. ¡ Epifanio Reyes! Que nombre tan estúpido, tan inadecuado para el personaje de una novela. ¡ Qué ridículo! Tendría que llamar al autor para felicitarlo y para ofrecerle sus buenos oficios para presentar la obra en la capital. Por supuesto que le haría un precio especial en homenaje a su amistad. Desde ya. Eso que lo diera por descontado. El paño continuaba sacando brillo. ¡Todo lo que salía de él era brillante, exquisito! Si hasta por momentos deseaba comerse sus propios excrementos para que nada se perdiera. Sonó el timbre era el chico del delibery le hizo colocar todo sobre la mesa de la cocina y luego simuló revisar su billetera. ¡Me quedé sin efectivo! Casi gritó. Con una exagerada mueca de sorpresa. Le dijo que se fuera tranquilo que luego él pasaría con la tarjeta de débito. Ante la protesta del chico le explicó que más tarde, en cuanto terminara unos papeles muy importantes y hablara con no se que político, le hablaría al dueño por teléfono. El muchachito salió cabizbajo, escuchando por anticipado los reproches de su patrón por haberse dejado engañar nuevamente por Euclides. Quien lo despedía con su vaso de whisky en la mano izquierda, en alto, a modo de brindis. Bueno quizás fuera cierto y más tarde iría a pagar con la tarjeta de débito. ¡Ojalá! De lo contrario era muy probable que lo despidieran. Después de todo él le había advertido, que no le mandara semejante pedido, que era casi imposible cobrarle, que sí, que podía haber efectuado algunas pequeñas compras en efectivo ese último mes. ¡Pero era cantado que este era el golpe! En consecuencia no era él quien se había dejado engañar, sino al contrario él había advertido sobre el inminente riesgo del engaño. Pensó en volver enérgicamente y recoger toda la mercadería y llevársela de vuelta. Si eso haría. Sintió cerrarse la puerta tras de sí y se alejó meditabundo en la bicicleta de reparto.
Euclides pensó que después de todo Epifanio Reyes no era un personaje del todo extraordinario. Sonrió y tomó un largo sorbo de aquella bebida que abrillantaba sus ideas. Se volvió a mirar al espejo de regreso y aprobó su indumentaria sport de reconocida marca, parte del guardarropa que le había obsequiado Matilde, una mujer separada de Gualeguaychú que creía que era su pareja. Él en cambio no pensaba lo mismo. Volvió a sonreír ante el espejo y continuó hacia la cocina debía guardar todo aquello rápido no sea cuestión que Carmencita le pidiera alguna de sus cosas. A él nunca le había gustado compartir sus cosas. Era mejor compartir las cosas de los demás. Si de compartir se trataba, ese era para él el ideal. Fue guardando los envases uno por uno con ritmo más que velocidad. Brincando. Y cantando Matilda, Matilda…
Luego calculando el tiempo de llegada del cadete, volvió a tomar el teléfono y habló con el dueño el comercio, informándole que no tenía apuro por el vuelto del cheque que le enviaba con el muchacho. Que se había quedado sin efectivo y por eso le enviaba el valor, acto seguido le dio el número del cheque que había cambiado la noche anterior en la cantina del club y el importe. Colgó. Y giró sobre la punta de sus zapatos bebiendo el último resto de whisky del vaso. Sonó el timbre con insistencia. No se apuró a atender. Hacerse esperar siempre fue una buena estrategia. Se volvió a servir whisky y dejó que el timbre sonara nuevamente. Cuando abrió la puerta Carmencita le alcanzó el sobre, Euclides lo abrió rápidamente extrajo $50 y la envió al súper a comprar el Blenders. Luego fue hasta el equipo de música y colocó un disco compacto de Chayanne y se tiró sobre el sillón a fumar un Benson Hedges. Recordó lo que le había contado en confianza Mendieta, la noche anterior, en el club. La vida estaba llena de oportunidades, se dijo Euclides, quizás pudiera contactarse de alguna forma con el dueño de el campo que su amigo tenía para vender. Él probablemente conocía alguien a quien le podía interesar. Pero la cosa era sacárselo a Mendieta. Nunca le había gustado compartir las ganancias con nadie. Las perdidas eran otra cosa, cuando se tenía un socio y nuestros negocios salían mal, ¡eso era otra cosa! Siempre estaba listo para defender su posición. Se levantó se dirigió a su escritorio y escribió el nombre del dueño de la propiedad. Más tarde lo llamaría y de paso telefonearía a Campos Solchaga de Retícula Agraria S.A. quien le había manifestado su interés en comprar campos para el fondo inversor. Si, Mendieta pasaría a la historia esa misma tarde. ¡Pobre imbécil! ¡Los negocios no se cuentan! ¡Los negocios se hacen! Mientras volvía al sillón de la sala no pudo reprimir una carcajada que resonó en la estancia silenciosa. A Campos Solchaga lo había conocido tomando whisky y jugando a la ruleta en el casino de Victoria. Habían hecho buenas migas. Además la plata que manejaba era dulce y había que gastarla, sea como sea, “invertirla en blanco”, como decía el socio gerente de Retícula Agraria SA. Inmediatamente lo llamó y le propuso el negocio sin darle datos sobre la ubicación del inmueble ni de su propietario. Mucho menos sobre su amigo el comisionista que había tenido la amabilidad de brindarle aquél negocio en bandeja. Solicitándole, por supuesto, bastante más que lo que sabía, por Mendieta, pretendía el dueño. Eso sería un plus a su comisión. A la de él, Euclides, por supuesto. Tenía que apurarse. Sacó el disco compacto y lo reemplazó por un acústico de Alejandro Sanz. En ése momento sonó el timbre. Carmencita ingresó con su pantalón blanco ajustado y la escotada remera celeste que dejaba adivinar sus formas. Él sintió la turgencia de su masculinidad, empujando el sobre con el dinero, se sintió muy excitado. No sabía bien si por aquél contacto o por la figura provocativa de la muchacha que lo miraba con ojos pícaros. Mientras se apretaba la botella contra sus pechos que casi escapaban fuera de la delgada prenda de algodón, evidentemente no usaba corpiño. Euclides tomó la botella y la dejó sobre la mesita de las bebidas, luego acercándose a la muchacha, deslizó sus manos bajo sus ropas ascendiendo desde la cintura hasta sus pezones endurecidos. Escuchando la risita libidinosa de Carmencita que a su vez había apoyado su mano sobre su pantalón y la movía entusiasta sobre su presa.
Luego que la chica se retiró, él se sintió feliz. No por el intercambio sexual que había sido satisfactorio, sino porque la promesa de conseguirle una pensión graciable a su abuela lo había eximido del pago establecido. Sonrió satisfecho. Recordó a Epifanio Reyes y se carcajeó. El timbre sonaba en forma insistente, se imaginó que debía tratarse del cadete. Se dirigió al baño a darse una ducha. Antes, sin embargo, volvió a extraer el sobre con el dinero del bolsillo de su pantalón, miró los billetes, los olió , los apretó contra su rostro. Se sintió nuevamente excitado.
Se duchó lentamente como disfrutando el momento. Pensó en visitar a su hermana, si se apuraba probablemente lo invitara a almorzar.
Orinó y observó como se rompía su imagen en el espejo de agua del inodoro. Se quedó quieto un rato hasta que nuevamente se pudo mirar en su reflejo. Sonrió y realizó muecas. Luego apretó el botón del depósito y su figura se descompuso en un torbellino de agua. Sintió una súbita desesperación y pensó que se ahogaría. Se arrojó a las aguas remolinantes para salvarse. Pero la espuma y las olas lo hicieron girar con violencia y poco a poco fue succionado hacia la cloaca. Euclides alcanzó a mirar a través del orificio superior de la taza del inodoro, su pantalón colgado y el sobre que asomaba de su bolsillo. Trató de asirlo con su mano y por eso ésta fue la última parte de su cuerpo en desaparecer de la superficie.

domingo, 2 de agosto de 2009

Fragmento de "Las Brumas del Destino" para compartir

El amor.

Ami caminaba con las últimas luces de la tarde, por calle Alem , acercándose a la esquina de Moreno cuando Fran la encontró. Se detuvo sonriente junto al cordón y la invitó a subir, ella lo miró perpleja, fue una verdadera sorpresa.
- ¿A quién querés más a mí o a tu moto?- Le preguntó tiempo después , con una voz insinuante casi susurrada sobre su pecho.
- ¡A mi moto por supuesto! .- contestó él , con simulada arrogancia.
- ¡ Sos , muy malo! .-le dijo ella.
Un par de horas antes él había llegado a su casa, donde ella como casi siempre se encontraba sola. Escuchaban FM y comentaban sobre acontecimientos escolares, el cuarto año era el más interesante, los profesores eran buena gente. Ese año , pensaban, sería el último de estudio realmente, en quinto se dedicarían a preparar su viaje de fin de curso y a viajar. Él la miró largamente, si bien parecía escucharla , su pensamiento se había detenido en la belleza de sus labios al moverse. Lentamente se acercó pasó su mano derecha por su nuca y suavemente la atrajo besándola con pasión, jugando con el lóbulo de sus orejas entre sus labios, recorriendo su cuello , sus hombros , desprendiendo uno a uno los botones de su camisa , deteniendo sus caricias en la suavidad de sus senos cálidos, en la turgencia de sus pezones erectos. Tuvo urgencia de sentirlos en su boca, se detuvo largamente besándolos y lamiéndolos, mientras con sus manos recorría su vientre , tocaba sus rodillas la dureza de sus rótulas, desplazándose por la suavidad de sus muslos hasta los cálidos humedales de su sexo.
Cuando la penetró experimentó el ardiente abrazo de su vagina rodeándolo, aquél túnel lúbrico y cálido que lo conducía hacia la locura, el tibio néctar de su cuerpo mojándolo, sus muslos que lo envolvían , sus manos recorriendo su espalda como quien busca en la oscuridad, con más desesperación tras cada movimiento de su pubis, hasta que la transpiración sobre su vientre acompañó el espasmo , el gemido o el llanto y en ése momento algo estalló en su cuerpo, transformándose en esperma urgente expulsado hacia un exilio soñado, definitivo. Ambos fueron distintos después de aquel instante de éxtasis, de pasión y de locura.
Casi un año transcurrió desde su primer beso hasta el momento en que sus cuerpos se vieron atrapados por la vorágine del sexo. En definitiva por el vórtice primigenio de la vida.
Ella tendida boca abajo apoyaba la cabeza en su pecho, entrecerrando sus ojos y escuchando el latido de ese corazón, que esperaba habitar para siempre. Recorriendo con sus manos los hombros de él, sus mejillas , sus labios. Como una ciega, leyendo los rasgos de su amado . La noche los fue envolviendo , mientras las luces de la tarde languidecían en la ventana. En la FM Sabina cantaba muy bajo “ 19 días y 500 noches”. Y el sordo sonido de la hojarasca mecida por el viento en la galería, de tanto en tanto arrullaba el instante perfecto de su dicha.
A ella le pareció ver una sombra fugaz en el rectángulo mortecino de la puerta de su cuarto iluminado por las luces de la calle que se colaban desde la sala. Pensó en su madre que hubiese regresado con mucha antelación de su trabajo , pero era imposible que ingresara en la casa de forma tan silenciosa. De todas formas ya nada se veía.
Fran dormitaba, ella miró su rostro y temió perderlo.

viernes, 24 de julio de 2009

Fragmento de "Los Custodios del Sello" para compartir.

Nogoyá alrededor de 1966 Primer conocimiento

El cielo plomizo cubría la ciudad mojada por el aguacero de verano. Contra el cordón de granito un torrente corría hacia el Este, formando borbollones y pequeñas olas sobre los adoquines del pavimento. Los barcos de papel cabeceaban y daban bandazos raudos en su viaje de bautismo y despedida hasta encallar en algún depósito de limo o en algún adoquín arrecife. Naufragios mínimos que causaban algarabías y risas en los niños arrodillados en la vereda. Astilleros de infancia restituían naves a la flotilla diezmada con la expectativa de que alguna de ellas llegara al lejano arroyo, en un viaje mágico que la mente de la niñez extendía hasta el río Paraná.
Corríamos por la vereda con la vista atenta en los ingenios de papel que flotaban llevados por la corriente, de tanto en tanto nos deteníamos bajo algún falso plátano de corteza blanquecina y sentados en sus raíces contemplábamos alguno en dificultades hasta que se hundía despedazado en la corriente o proseguía su deriva con retomado ímpetu. El olor de las tortas fritas inundaba la vereda escapado de ocultas cocinas de tardes lluviosas.
Los hombres hablaban con vehemencia y gestos ampulosos en la esquina bajo un falso plátano corpulento sin prestar importancia a las gruesas gotas que dejaba caer el follaje mecido por la brisa. Hablaban de temas extraños a lo cotidiano. Hablaban del diablo, del infierno, de una llave que impediría que sus puertas se abran, me miraron con ojos de furia cuando notaron mi presencia observándolos atónito, se marcharon caminando calle abajo, uno de ellos arrojó un cigarrillo que acertó a caer dentro de un barquito de papel , que para nosotros se transformó en un poderoso vapor, que dejaba estelas de humo de tabaco. Luego que los hombres se perdieron al rodear la esquina, proseguimos nuestro juego con entusiasmo, acicateados por las marejadas que producían los autos al pasar, produciendo repentinas turbulencias que sacudían la flotilla con furia de temporal. Pero ésa noche en mis sueños, ví abrirse la bocacalle como el cráter ígneo de un volcán , arrojando escombros hacia el cielo y en el interior de la densa nube que emergía ,figuras de horror danzaban encendidas en llamas, hasta que el palpitar de mi corazón me devolvió a la vigilia. En puntillas me dirigí a la ventana y a través de la celosía vi la bocacalle intacta, bajo la oscilante lámpara de mercurio que se columpiaba bajo el influjo del viento sur
.

sábado, 18 de julio de 2009

Un cuento para compartir

Atardecer

El sol a mis espaldas ilumina los paraísos dándoles una luminosidad que contrasta contra los negros nubarrones que se dibujan al este, tras la loma. Los caseros interpretan su coro vespertino desde las ramas bajas del tala del patio chico, que ya en parte se encuentra cubierto por la sombra del viejo caserón en que me encuentro. Sombra densa y fija que se diferencia de la sombra cribada y móvil de los árboles por sus habitantes, ciudadanos de éstas últimas son bandadas de morajúes que entran y salen ruidosamente del follaje. Algunas calandrias y chingolos caminan buscando los últimos gusanos de día. Tórtolas de rama en rama acomodándose. Arrullo de trinos. Vocinglería. Los habitantes de ésta otra sombra permanecemos quietos y en silencio. Miramos el paisaje iluminado por los rayos oblicuos del poniente. El aire pesado y húmedo me aplasta, hundiéndome en una especie de gelatina de abatimiento. Entumeciendo los sentidos. Ella a mi lado permanece callada. Seguramente aún está enojada por lo de hace un rato. Su silencio es un silencio rotundo, que no deja lugar a dudas. No es interrumpido por suspiros, ni carraspeos ni pequeños tosidos. Es un piélago inconmensurable de silencio. En el centro del mismo, ella está sola. Sola como una roca que emerge en la planicie. Me es imposible alcanzarla de nuevo. Creo ver nubes más oscuras casi negras ahora viniendo del otro lado de la tierra, como un telón inverso que se eleva desde el suelo. Una leve brisa mueve las hojas y alivia momentáneamente el calor sofocante. La miro, sigue inexpresiva. Seguramente atenta al frente de tormenta o pensando paisajes solo conocidos por ella. Paisajes que me excluyen. Seguramente en esta tarde declinante se figurará lejos mío. Y en ese horizonte que mira buscara el horizonte de su porvenir. Porvenir pródigo de promesas y placeres. De posibilidades. Liberada ya del ancla. De la piedra de molino que soy para su cuello de cisne. Y yo rodeado de ese silencio humano que es el silencio verdadero, pues los otros sonidos no lo interrumpen. Solo mi respiración que se torna pesada de a ratos. Me acomodo en la silla, tomo entre mis dedos una paja trenzada que se ha soltado del asiento y comienzo a repasar todo de nuevo. Con perseverancia de historiador. Dispuesto a hurgar en las cosas cotidianas en busca de los indicios. Esos que se me pasaron por alto. Eso que brilló zigzagueante, vertical y fugaz fue sin duda un relámpago, pronto vendrá el trueno. La miro está impávida, indiferente. Como una mole que se derrumba barranca abajo brama el cielo su anuncio de tormenta. Lástima, que otros anuncios no sean tan evidentes. Retuerzo con fuerza la paja que se corta. Queda en mis manos como un leve cilindro amarillo, hueco. Tan leve que temo me lo vuele la brisa que se levanta desde el sudeste. Sus cabellos se mueven apenas sobre sus hombros. Esos cabellos negros que tanto amé, que cubrieron mi rostro en la culminación del éxtasis. Que olieron a frutas y flores. En los que hundí mis dedos ávidos cuando los besos aquellos donde le robé el aliento. Y ahora apenas flotan en el aire colmado de silencio y vuelvo a mirar a lo lejos. Y me prendo en la franja de luz como pintada en la loma y me caigo lento en un abismo sin fondo, y mi cuerpo embotado por este vapor espeso en el que se ha convertido el aire, no parece pertenecerme. Y la recuerdo, a pesar de tenerla a mi lado, la recuerdo. Recuerdo aquella otra, la que fue mía. No ésta que ya no me pertenece. Sé que no debí gritarle, que no debí enojarme, en parte fue culpa del calor y el vino. Es que el sol del mediodía cae con furia en Entre Ríos, es un sol malo, impiadoso. Y a pesar del sombrero de ala ancha igual se empieza a calentar la cabeza y uno siente como si hierven los sesos. Y mira el camino que parece brillar bajo los rayos inclementes y todo el campo quieto, como dormido. Alguna iguana overa cruzando de una cuneta a otra, silenciosa como un fantasma. Y el vino fresco del boliche que empieza a calentarse en las venas, como un furor líquido que marcha por el cuerpo, mezclado con la sangre. A frutas y a flores olía su pelo renegrido aquella primera noche, la del descubrimiento. Caminaba meciendo suavemente sus caderas de hembra joven, invitadora, al compás de la música. Y mis ojos que se centraron en ella como si nada a su alrededor existiera. Nada a su alrededor no solo en ese lugar, sino nada antes ni nada después. Cuando sus ojos me miraron supe, lo que debía saber por el idioma de los gestos. Esos que ahora están ausentes en su cara de cera y en sus ojos perdidos en la inmensidad del paisaje de esta tarde casi noche. Cuando no eras como ahora: isla. Eras si monte limpio, promesa de frescor y perfumes. Promesa de néctares, de flores, de sombras acogedoras. Me interné en ti y fui arrullado por tu risa. Me deslicé por las suaves lomadas de tu piel como un labrador minucioso. Me emborraché de ti y te quise mía. Mía y quieta como un árbol. Entonces debí darme cuenta que eras un ave. Una golondrina, un picaflor. Yo sin darme cuenta fui tu jaula. Ya casi es imperceptible la línea de luz y la negra armazón llega al ecuador celeste sobre nuestras cabezas de estatuas solas. De ausencias anunciadas. El sol y el vino. Quizás el campo quieto y la iguana overa. Estallé al verte. Se que no debí gritarle, gritarte. Pero estallé al verte preparar tus cosas. Yo ancla. Quieto como ahora bajo las primeras gotas gruesas cuando ya los paraísos solo se adivinan como manchas grises en la noche incipiente. Te escuché decir que ya no me querías. Y el sol que derretía mis sesos y las moscas zumbando contra los vidrios de la puerta de la cocina a oscuras de la siesta. Y fue por eso, por el vino que enfurece, por eso te grité que eras una puta, una perra de la calle. Y fue por el vino que te pegué el primer golpe que te arrojé en la cama y te arranqué la ropa. Y las moscas que zumban y el recuerdo de la iguana overa, el perfume de tu pelo. Tu cuerpo que se retuerce como tratando de arrojarme lejos de ti. Y te retengo con mis manos y mis piernas, te abro como una flor y libo tu néctar. Te revuelves y gritas y me muerdes. Por eso volví a pegarte. Tuviste la culpa. Te digo que eres mía y que nunca podrás irte y por fin te quedas quieta y me abrazas con un abrazo blando. Y te empiezas a sumergir en el silencio. Y el vino que trajo la furia me arrumbó sobre el colchón hundido y caliente. A tu lado me fui durmiendo mientras te repetía que eras mía. Y pasé mis manos sobre tu vientre húmedo y aferré tus pechos duros como un náufrago una tabla. Pero me miraste con ojos nublados, como envejecidos y te tocaste la frente en la que un pequeño hilo de sangre corría hacia la almohada y el caserón se llenó de tu silencio y me dormí. Sabiendo que nunca te irías. La lluvia arrecia y empapa mi ropa, mis zapatillas comienzan a inundarse, de vez en cuando con la luz de algún refucilo puedo verte, el viento apenas te mueve, pero la lluvia no te moja bajo la galería, sigues mirando el horizonte de ese porvenir que nunca será. Porque encontraste mi lazo para colgarte del tirante. Comienzo a caminar en la noche torrencial de tu partida y mis lágrimas se mezclan con la lluvia de Enero. Y te quedas sola isla silenciosa y muerta. Muerta de tristeza y hastío en tu jaula, añorando la libertad de los montes en los que debe vagar tu alma.

miércoles, 1 de julio de 2009

Para compartir un fragmento de Los Custodios del Sello

Notas

“Yo los ví, justo por ahí, detrás suyo. Caminaban con la cabeza gacha, agrupados cómo reses, como temiendo a todo. Pasaron por ahí, yo los vi señor, nadie me lo contó. Se fueron para aquel lado, como buscando la Carapacha grande , por ése lado si señor. Algunos dicen que se fueron para el lado del Atuel , o los que quedaban por lo menos.
Yo lo que sentí , eso no se lo puedo contar con palabras señor. Los había soñado durante noches enteras, los había soñado como quien sueña con muertos, mis noches fueron terribles soñándolos. Las voces de mis sueños retumbaban en los roquedales , se perdían en las sombras de los caldenes iluminados por la luna. Voces, gritos, lamentos que aún quedaban rodando por mi rancho hasta que el sol estaba bien alto, señor. Justo por ahí, detrás suyo por ese bajío pasaron como una procesión de ánimas en busca del infierno. Nada los perseguía pero era como si el mismo Lucifer les pisara los talones. Y yo creo que sí señor, que el diablo perseguía a ésa gente. Yo de chica veo cosas señor, yo veo señor, donde otros no ven nada.”
Fragmento del encuentro con la Vieja Adela extraído de ““Recuerdos de un Relato en la Pampa” de Giussepe Fioramonti 1925

domingo, 7 de junio de 2009

El individualismo exacerbado.

De todos los males que el neoliberalismo ocasionó a nuestro país y a toda américa latina. La excerbación del individualismo y la perdida de noción de solidaridad es la más grave.
Los obscenos indices de pobreza y desigualdad que se ocasionaron en nuestro país y en toda la región de alguna forma son reversibles. O quizás más correctamente pasibles de ser revertidos a través de políticas adecuadas y una más justa distribución de la riqueza.
Pero aquí es donde empieza a tallar el "individualismo feroz" en que cayó nuestra sociedad. Tenemos toda una generación que creció mamando el consumismo exacerbado y el salvese quien pueda. Y estos son (de alguna forma somos tambien)los electores de los modelos a seguir.
Nos vemos diariamente bombardeados por la propaganda política que nos vende "candidatos" pero ninguna idea. Claro los candidatos son emergentes de esta sociedad individualista y salvaje, ni siquiera ellos tienen ( y es muy difícil que pudieran tenerlo) noción de proyecto abarcativo y común. Solo observamos lo que el el barrio diriamos "el autobombo".
Esto forma parte de la grave herida inflingida por la globalización neoliberal ( el llamado pensamiento único) a nuestras sociedades.
Es momento que recuperemos nuestra noción de sociedad. De sociedad humana, inteligente y pensante. Que volvamos a creer que las ideas y los sueños(las utopías) cambian el mundo y busquemos caminos de consensos reflexivos y maduros para poder acceder a un país inclusivo y mejor, donde el acceso a la educación, la salud y la justicia no sea un simple ejercicio declamatorio. Sanemonos de esta enfermedad de egoísmo, a través de políticas de estado comunes que tiendan al autentico desarrollo de nuestro país ese que permita a todos vivir un poco mejor. Dejemos de mirarnos unicamente nuestro ombligo y comprendamos que detrás del de muchos hay un estomago vacío.

miércoles, 3 de junio de 2009

Fragmento para compartir de Gallito Ciego

XIX El río y la sedienta segunda parte.


Él me miraba desde el sillón. Sus ojos tras las volutas de humo de su cigarrillo. Él me miraba y su mirada parecía lamerme. Sentía el recorrido de la misma sobre mi cuerpo. Con una calidez húmeda que me erizaba. Me contorneaba, pasaba mi mano lenta sobre mi piel mientras me sacaba las prendas. Una a una. Lamida por su mirada de hombre. Alfredo me hizo en silencio el gesto con su brazo derecho extendido hacia delante y su mano trazando un imaginario círculo en el aire. Comencé a darme vuelta de acuerdo a sus deseos. Me privaba de su mirada. Pero yo igual la sentía subiendo por mis muslos y deteniéndose en mis glúteos. A ellos lo que más les gusta es mi cola. Adoro que admiren mi cola. Luego sentí que subía por mi espalda se detenía en mis hombros y anidaba en mi nuca. Con mi mano derecha recogí mi cabello. Para sentirla en mi cuello. Mi corazón latía con fuerza y un rocío de sudor perló mi piel. El deseo como una caricia quemante subía por la humedad de mi vagina y golpeaba mi ombligo. Como pequeñas olas tibias. Él chasqueó los dedos. Lo miré sobre mi hombro. Me ordenó volverme.
-Sacate la tanga despacito, Magui, despacito.-me dijo, yo obedecí, con mis pulgares estiré lentamente las cintillas sobre mis caderas y con movimientos ondulantes empecé a sacármela. Sentí como su mirada húmeda se posaba sobre mi pubis y lo escarbaba buscando mi clítoris. Las olas comenzaron a golpear con más fuerza. Paralizada de deseo terminé de desnudarme. Él apagó lentamente el cigarrillo y se puso de pie. Me hizo un gesto para que me acercara. Mientras con una mano se desabrochaba el cinto y se abría el pantalón. No podía reprimir el deseo en mi interior que era como un temblor. Una vibración que me sacudía. Caminé los pocos pasos que nos separaban sin sacarle la mirada de sus ojos. Cuando estuve frente a él, me puso las manos en los hombros y con suavidad me obligó a arrodillarme. Estiré mis manos sudorosa hacia sus calzoncillos blancos, los bajé con cuidado. Vi su pene parado. El glande rosado asomando de su piel. Acaricié sus testículos duros y levantando la mirada, comencé a lamerlo. Ahora yo lo lamía. Como él me había lamido y poco a poco fui devorando su miembro duro. Que se deslizaba sobre mi lengua como un ariete. La humedad comenzó mojar mis muslos juntos y una gran ola me penetró, mojando mi piel en un orgasmo. Luego él me levantó con sus manos suaves bajo mis axilas húmedas. Me acostó en el suelo y me penetró con fuerza hasta que casi perdí la conciencia. Enrique. Enrique. ¿Por qué no te quedas a vivir dentro mío? Cuando su esperma me inundó. Se retiró de mí y encendió otro cigarrillo. Me llevó a la habitación y me arrojó sobre la gran cama de algarrobo. Tirándose a mi lado a fumar. Mientras con su mano recorría mi cuerpo minuciosamente. Yo lo miraba con mi cabeza sobre la almohada de vez en cuando sonreía dejando ver su dentadura blanca. Esa noche no dormí. Una y otra vez socavó mi cuerpo con hambre de famélico. Explorándome como un conquistador impetuoso. Por la mañana me ordenó que le preparara un café . Obediente me dirigí a la cocina, se lo llevé en una bandeja que encontré sobre la mesada.
- Ahora vestite y andate-me dijo serio- que quiero descansar un rato, y no te olvides de averiguarme sobre ese tipo que te dije anoche. ¡Y no me llames! Yo lo haré cuando lo crea conveniente.-agregó.
Agradecida me vestí en silencio. Cuando terminé ya había acabado su café y tenía los ojos cerrados. Lo miré por última vez. No le di un beso para no molestarlo. Enrique es así. Padre-amante-dueño. ¡Otra vez! Esa maldita puerta que no se cierra. ¡Alfredo quiero decir! ¡Alfredo!. Agradecí no haberme bañado pues podía aún sentir su olor en mi cuerpo. Caminé hasta la esquina y tomé un taxi.

sábado, 16 de mayo de 2009

Fragmento de Gallito Ciego para compartir.

XIV El Mago y el cerrajero segunda parte.

Los tambores se acercan. Como en Pinar del Río. Los tambores se acercan y se mezclan con el murmullo del agua. Tambores marcados por las mismas cruces que marcan los cuerpos. Vibra en el aire su batir. Huele a sudor de manos que golpean y de cuerpos que danzan. Olor animal. Olor que se confunde con el sonido de los insectos en la noche. Se unen. Olor y sonido. Noche y tambores. Me siento cercado. Las llamas de las teas sacrifícales se mueven en la espesura. Y rayos amarillentos atraviesan el aire formando geodas de luz tapizadas de noche. El palomonte es un rito secreto. El Maestro Negro se deja presentir más que ver. Él puede adoptar muchas apariencias. Humanas, animales, vegetales. El Maestro es un enemigo poderoso. Tiene la llave del inframundo. De los antepasados. De los orishas. Él puede atomizarse en el aire. Convertirse en viento o en bruma. En fuego o en agua. Yo ahora lo presiento. Mientras se acercan los tambores y las teas apuñalan la noche. Me concentro para localizarlo. Me esfuerzo. Mis músculos se ponen en tensión. Inútiles ante su poder. Y el joven de mi espejo que camina solitario por el sendero, con el instrumento que le di, en su bolsillo. Desciende una escalera, peldaño a peldaño. Su espíritu turbado. Por otras tormentas. Ignorante del cataclismo que se cierne. Me concentro con todas las fuerzas de mi espíritu. Los tambores continúan. Y veo un rectángulo de luz que casi me ciega. Creo caerme. Caerme en un abismo interminable. Azotado por un viento cósmico, por una tormenta solar. Y en ese vacío abro mis ojos y miro la luz. Y recortada su figura oscura . Parado frente a mí. Lejano. Inaccesible. Me observa. Como quien observa la cucaracha que se apronta a pisar. Y pienso en el muchacho y en su historia. Su historia que solo era un vislumbre de la verdad. De esa horrible verdad que yo conozco. De la que había huido y que ahora necesito enfrentar. Que nuevamente después de tantos años regresa. Me alcanza en el fin de mi peregrinar. ¿O quizás yo la alcanzaba? Los tambores en mi mente sonaban como en Pinar del Río. Como los soñé en México, donde conocí a Horacio. Como los soñé en Río de Janeiro. Cómo hace unos días los sueño en Buenos Aires. Después de haber visto a aquel muchacho, el que busca respuestas. Ese mismo que hoy a la mañana me ha visitado. Por el que tengo que enfrentarme al Maestro Negro. Ahora sé que está cerca . Se que está al Sur. Debo volver a concentrarme. Debo mirarlo en su ventana. Por más que él me descubra. Debo verlo primero. Quizás así tenga una oportunidad de vencerlo. Ahora que se que está ocupado en su máxima tarea. Me elevo del abismo. Me alejo sobre techos. Desdoblado. Veo una casa de ladrillos rojos. Una vieja fábrica. Y parado ahí lo reconozco. Observa a un hombre que se marcha en un auto estacionado junto al cordón. Y eleva sus ojos hacia mi. Y sonríe. Grito. Grito con la angustia y el horror que surgen de mi alma. Los tambores se acercan. Y las teas. Y grito más fuerte. Donde nadie puede oírme. Junto a ése río que corre. O junto a éste río quieto. Ya no se donde grito . Pero lo hago. Desgarrado. Me ha descubierto nuevamente. Y sonríe. Y unas garras me toman de los hombros y me sacuden. El olor a sudor de manos que baten, de cuerpos que danzan. El olor quizás de mi propio sudor. El olor del miedo. Y mi cuerpo es sacudido. Ya no puedo más. Las fuerzas me abandonan. Me abandono a mi destino. Y a través de los tambores y los insectos. A través del agua que corre. Escucho la voz que me llama. Que me llama con el nombre genérico que para ésa voz me identifica. Y entre las sombras y las teas emerge su rostro. El rostro del que me llama. Del que me toma los hombros.