domingo, 5 de abril de 2009

Tres cuentos que deseo compartir con ustedes

El Hilo.

Siento el sol sobre mis ojos, casi no puedo ver. Saco mi mano del bolsillo de mi chaqueta y me apantallo . Así puedo observar a los que se ríen, son los tres marineros esos de los corrillos en el castillo de popa. Los que le robaron la lámpara al capitán Ibáñez, para luego molernos a palos a los demás buscándola. Solo para divertirse. Ahora los veo reírse estruendosamente, sacudiéndose en forma espasmódica y señalando algo en la orilla. La goleta bandea suavemente sobre este mar dulce y enorme que se pierde en el horizonte. Aún dormido y helado a pesar del sol brillante, comienzo a pararme. El aire es transparente bajo el cielo celeste de este Julio austral. Un viento fino corta el rostro soplando desde el sur suavemente. Me prendo la chaqueta sin la protección de la borda me cala hasta los huesos. Los tres hombres me dan ahora la espalda pero continúan riéndose y hablando por lo bajo. El viento cede un instante y el olor a orines sube desde la sentina como una marea de amoníaco espesa. Miro la costa baja y llena de camalotes y junquillos y al costado del muelle creo ver poniéndose de pie ayudado por una mujer a Juan el otro muchacho que viajaba en la goleta, Juan Pérez de Roldán, miro un tablón y un barril e imagino como lo han arrojado, con esa catapulta improvisada. Ellos siguen riendo. Ahora Juan y la mujer, que parece ser joven, están hablando con un religioso que camina por la costa y que parece hacerles gestos admonitorios. No puedo escuchar lo que dice, pero el viento que otra vez sopla suave desde el sur, me trae como el eco de las palabras. Como leves aplausos sobre el agua. Sonidos que me llegan a través de las carcajadas paroxísticas de los tres que murmuran caminando hacia la popa y que de vez en cuando lo miran a Juan que ahora se está limpiando ayudado por la mujer mientras el monje se aleja a paso sostenido en dirección del Fuerte. Decido bajar a la villa junto con Omar un negro morisco, marinero rudo, pero hombre bueno. Subimos a la chalupa y remo los pocos metros que nos separan de la playa lodosa junto a la estructura de palo a pique del embarcadero. Bajamos encallando la endeble embarcación en la costa. Caminamos por esa tierra polvorienta de la que llaman Santa María de los Buenos Aires, que por cierto son buenos, que llenan los pulmones y destapan la nariz. Capital Virreinal desde hace cinco años. Próspera por la ley de libre comercio de 1778, nido de contrabandistas portugueses y británicos. Hogar de comerciantes que trabajan mancomunadamente con los anteriores en post del bienestar personal. Tierra que sueño sea el ingreso a mi prosperidad. Tierra que miro asombrado. De ella quiero aprender el arte de aumentar mi hacienda. Aunque en mi caso sería más apropiado decir la forma de tener alguna moneda en mis bolsillos hambrientos. Tanto tiempo navegando me hace sentir inseguro en la tierra firme. Camino por la recova cuando veo el pliego pegado en la pared un exhorto del Virrey Don Juan José Vértiz y Salcedo pidiendo hombres para el regimiento de dragones. Leí con dificultad lo que allí estaba escrito, nadie me puede ayudar Omar es analfabeto y los dos o tres vendedores que se encontraban esa mañana también. Si puedo enrolarme en el regimiento lo agradecerá mi estomago y mi tesoro exhausto, por escaso y por carecer de ingresos. Compré unas empanadas a una negra gorda con las últimas monedas. Omar se despidió de mí y se perdió por una callejuela estrecha. Doblando una esquina me encontré casi de frente con Juan Pérez de Roldan, mi compañero de viaje, el catapultado, me contó que lo habían arrojado a tierra firme con una catapulta improvisada con un madero y un barril, pero cayó en la cesta de una lavandera. Se reía de esta casualidad. Para mí, Juan siempre fue un tanto tonto. En el momento que lo encontré miraba una jaula grande en la que saltaban dos o tres bigovinos de Andalucía. Reconozco los bigovinos de Andalucía por las plumas verdosas del extremo de sus alas, el bigovino nórdico es de plumaje uniforme y carece de esta característica distintiva. Por supuesto en caso de escuchar su canto es muy fácil distinguir uno de otro.
Mientras el bigovino de Andalucía tiene un canto alegre, compuesto de dos o tres trinos diferentes. Como especie de estrofas canoras, lo que hace que su canto sea alegre hermoso variado, el nórdico solo emite un susurro lastimoso que recuerda el de las pequeñas palomitas tórtolas. Pero a diferencia de estas los bigovinos, que de por sí son pájaros sumamente ariscos, solo cantan al amanecer y en el ocaso, pero en general cuando ya el sol se ha escondido o antes de que se eleve. Omar que tiene algo de moro y andaluz en su sangre negra, me contaba que en su infancia se escondía para tratar de ver a los bigovinos, éstos son amantes del fruto carnoso de un árbol muy raro llamado champiul, por lo tanto escondido cerca de éstos él los esperaba. Omar por supuesto se refiere exclusivamente a los bigovinos de Andalucía donde él creció, pues en los países bajos o escandinavia no crecen los champiules que son propios de climas cálidos. Omar piensa que al fruto de los champiules debe el bigovino de Andalucía la belleza de su plumaje y la riqueza de su canto. Yo a los bigovinos nórdicos solo los he visto en cautiverio, un tío mío tenía dos o tres en su casa de los pirineos y cuando venía a visitarnos a Astorga los traía en una jaula , pues decía que son pájaros muy melancólicos y que suelen morir de tristeza. Los bigovinos nórdicos que no conocen los champiules tienen un plumaje uniforme y son enteramente azules. De un azul profundo, que brilla con la luz dando reflejos tornasolados, pero carecen por completo de las plumas verdosas en sus alas. Sus ojos parecen mirar con melancolía y siempre está una lágrima a punto de caer de ellos y rodar por su pico , pues bajan la cabeza y se miran las patitas naranjas. El bigovino por regla es más pequeño que una gallina y más grande que un colibrí. Por lo menos todos los que yo he conocido, que en su mayoría son de Andalucía, pues el único hombre que prefería los nórdicos era mi tío, quizás porque era poeta. A los poetas les gusta la melancolía, en cambio a Juan al parecer lo que le gustaba era la lavandera pues sin que yo me diera cuenta y sin despedirse se alejaba con ella calle abajo. Volví quedar solo, en medio de aquella ciudad chata y extraña. Me entretuve un buen rato mirando los bigovinos silenciosos saltando de un lugar a otro. Luego seguí mi camino. A las pocas cuadras me encontré con un religioso que tallaba leños con su cuchillo. Sus trabajos eran extremadamente toscos, me detuve casi inconscientemente a mirarlo sorprendido por la enorme cantidad de estatuillas que rodeaban el banco de madera en que se encontraba sentado. Le pregunté que estaba haciendo, mirándome silencioso al principio luego comenzó a hablar con palabras lentas, casi silabeadas que salían de su boca en un parto difícil. Así me contó que quería realizar una talla de la virgen del carmen, pero que él no sabía tallar por eso insistía una y otra vez para mejorar su técnica. Miré el ejército de estatuillas desparramadas por el piso y noté que algunas solo parecían astillas mientras que otras ya tenían alguna forma lejanamente humana. Lo dejé al tal Quiroga y Taboada que así dijo llamarse y continué en la búsqueda de mi destino. Mi nombre es Hilarión Azcurragaray, aún no me he presentado, pero nadie me conoce ni nunca me han conocido por ese nombre, todos me llaman el Hilo, así a secas, mi padre era nacido en una pequeña aldea junto al mar cantábrico pero de muy joven recaló en León, pero siempre añoró el mar. Cuando quedé huérfano a causa de una extraña tos que afectó a mis padres, los busqué en el mar. Y éste me trajo aquí, a esta tierra de los buenos aires, a esta tierra de la plata, donde el sol y el viento frío de Julio me despertó entre risas y barro. Donde al principio creí que labraría mi futuro como el monje aquel labraba la madera, con una perseverancia rayana con la locura. Pero pronto me di cuenta que este era solo un puerto, una escala hacia mi verdadero destino. Un destino sombreado de algarrobos y aguaribays, perfumado de arroyos y de trébol. De sangre y desencuentros. De santidad e infierno. Un destino alejado de la capital virreynal, del poder del puerto. Ese poder arribado. Poder que baja por los muelles de este mar dulce y que se derrama en las menos de quinientas manzanas de la ciudad de Pedro de Mendoza y Juan de Garay. Pero en ese momento yo creía encontrarme en mi lugar. Caminando distraído me encontré nuevamente en la callejuela de los Bigovinos y vi a Omar sentado junto a una mujer joven. Ataviada con un vestido celeste pálido con cuello y puños blancos. Extenuado por mi caminata matinal me detuve junto a ellos, sin pensar siquiera en la oportunidad de mi presencia. Ellos al principio no parecieron verme y continuaron conversando casi en susurros. Súbitamente mareado observaba el contraste de la piel blanca como de porcelana de la muchacha y la tez oscura de mi amigo que susurraba cosas en su oído. Poco a poco aquellas figuras fueron transformándose como en sueños. La tierra americana comenzó a ceder bajo el peso de mis pies, como una arena movediza. Médanos. Médanos como los de los cuentos del norte de África. Cuentos del Sahara, y yo enterrándome lentamente en aquellas profundidades, en miles de millones de granos dorados que me devoran, que me rodean. Millones de marcos de arena me cubren y me aplastan. Me sepultan. Y yo pesando una onza me transformo en bigovino en un raro bigovino de los oasis. Me alimento únicamente de dátiles, quizás a eso debo el dulzor de mi canto. Vuelo , vuelo, vuelo soy un ave mágica como supo contarme Omar, el propio Almanzor mandó a buscar hermanos míos al desierto, donde patrullas de beréberes nos buscaron, para apresarnos en jaulas de oro. Ninguna tristeza resiste el escuchar nuestro canto de bigovinos de Sahara o de los oasis o datileros como nos conocen algunos. Almanzor nos utilizó para curar de la tristeza a una niña en el palacio de Madinat al-Zahra. Y así se ganó la confianza de su padre Hisham II quien lo nombró comandante en jefe de sus ejércitos y ministro todopoderoso del de Al Andaluz. Quedamos pocos volando por aquí ahora. Nos atrapan también por la rareza de nuestras plumas caudales, que además de bellas y multicolores como las de ninguno de nuestros congéneres de Andalucía ni de Escandinavia, los beréberes le atribuyen propiedades sobre la virilidad. Los señores de las taifas, nos mandaron a cazar a mansalva para satisfacer a sus refinadas princesas en sus vestimentas adornadas por nuestros colores vivos y en sus lechos por sus virilidades tonificadas. Yo ,vuelo, vuelo, por océanos de médanos, me detengo en las palmeras meciéndome en sus hojas péndulas y canto. Canto como un serafín, como decía Omar los ángeles le cantan al profeta. Veo jaulas de oro que aprisionan mis hermanos y me doy cuenta que estoy solo, que soy el único libre. Y como un halcón de cetrería me arrojo hacia los cerrojos como aquellos se arrojan hacia el guante de su amo. Y mientras vuelo canto con el más hermoso de mis cantos. Y embeleso a los guardianes con mi verba canora y con mis dedos naranjas abro los cerrojos de las jaulas y libero a mis hermanos. Los veo volar en todas direcciones silenciosos. Surcar el celeste del cielo con la estela azul de sus vuelos, que dibujan rayos y flores de lis. Círculos y arcos. Somos libres de cantar. No en jaulas de oro en Taifas o palacios sino llevados por el viento. Miro, miro mis hermanos libres alejarse y me dispongo a seguirlos, por las huellas etéreas que van dejando como rastros de luz, como arroyuelos de viento. Y quiero volar y me detengo a pensar en los champiules, que no conozco, pienso en sus frutos carnosos y húmedos . Frutos que contienen los manantiales y los pozos. Frutos de los que se puede beber, como pequeñas esferas líquidas. Y pienso en los champiules que no conozco y lo veo a Omar, seguramente escondido para oírnos cantar la más bella de las melodías . Y me veo rodeado de estatuillas a medio tallar. El agua moja mis plumas y ya no puedo elevarme y la cara de Omar y del cura tallador ahora me atrapan, veo alejarse la cara de porcelana sobre mi jaula. Y me duermo. Cuando despierto estoy en una oscura pieza y escucho el ruido del cuchillo contra la madera. Me levanté bebí agua fresca de un barril y salí a la calle sin despedirme. Dos horas después estaba con el reclutador del regimiento de dragones, en una semana saldría con el ayudante mayor Tomás de Rocamora hacia el Gualeguay en una misión pacificadora de esos parajes salvajes. En esos días conocí a Azorín un portugués, el padre de la muñeca de porcelana que conversaba con Omar. Luego lo vi muchas veces ya en el recién bautizado Entre Ríos, durante muchos años él vendió armas y comerció cueros. Azorín además vendía productos de ultramar, escasos en las décadas que vinieron después, las sangrientas. Años luego por él tuve noticias de mi conocido Pérez de Roldán que al parecer vivía cerca del Luján con su lavandera. Los ríos de este país son como mares marrones que se internan entre frondas y pastizales. Todo es inmenso en el país de la plata. El nicaragüense Rocamora nos desembarcó en lo que luego sería la Villa de Gualeguaychú y de ahí seguimos por tierra entre montes y cortaderas, cruzando bañados en los que algunos creían aún ver la sangre de los chanás y charrúas exterminados en el cerro de la matanza por Vera Mújica 35 años antes. Es que dicen que ésa sangre no se coagula y sigue manchando las lagunas y los arroyos, es como si la tierra la exudara como si fuera la suya propia.
En las noches de luna se mueven sombras entre los troncos flexuosos de los ñandubays y los algarrobos, se escuchan murmullos y quejidos lastimosos y las aguas de los charcos se tiñen con el rojo del exterminio. Rocamora en su expedición de orden sumó más espada y arcabuz, terminando con el pillaje y la depredación. Nosotros fuimos el orden. Nosotros fuimos el virrey. Nosotros fuimos la muerte.
Fundamos cabildos, fundamos villas, censamos la población, tachamos de la nómina a los que degollamos por forajidos. Y nuevos murmullos romperán el silencio de los montes y nueva sangre teñirá las lagunas. Y sabemos que no será la última, esta tierra que suda fantasmas nos atrae y enamora. El aroma dulce de sus noches nos seduce haciéndonos olvidar el horror y las masacres. Mundo de misterios que nos envuelve y atrapa. Y poco a poco vamos perdiendo nuestra extranjería y este país verde nos incorpora, como una esfera.
Fue una tarde en un arbolito achaparrado de 3 o 4 metros de altura, de hojas como pequeñas peinetas verde grisáceo, que florece con unos pequeños capullos amarillos y que aquí llaman espinillos o aromos donde me pareció ver al bigovino. Un bigovino igual a los que en aquella lejana mañana de Buenos Aire liberé inconscientemente. Me acerqué sigiloso pero cuando lo hice el pájaro había desaparecido. Varias veces con las primeras luces del alba me pareció escuchar a lo lejos en la foresta espinosa y tupida el gorjeo alegre. Quizás aquí perdidos entre tanta selva crezcan algunos champiules de fruto carnoso. Cuando encierro yeguarizos o vacunos cimarrones en largas jornadas de marcha, trato de reconocer entre aromos y algarrobos, talas y aguaribays, timbúes y sauces algún champiul. Lo más parecido es el tala que fructifica con un pequeña baya amarilla y dulce. Creo que los bigovinos me siguieron en mi viaje río arriba y como yo se aquerenciaron.
Desde que el Marques de Loreto le quitó poder a Rocamora, quizás por celos o desconfianza. Quizás solo por la fidelidad de éste al virrey Vértiz y Salcedo. Muchos nos fuimos transformando en paisanos. Yo acompañe una mañana a Azorín al norte del Gualeguay a un paraje conocido como Nogoyá que pertenece a la jurisdicción del Cabildo de Santa Fe, no se que lo llevaba realmente por esos lugares. Pero yo me quedé para siempre y para mi sorpresa me reencontré un par de veces con Quiroga y Taboada el cura tallador, quien de vez en cuando subía desde Gualeguay. El recuerdo que más indeleble permanece en mi memoria es el de una tarde cuando recién había yo llegado a aquel paraje de bandidos escuché el canto inconfundible de un bigovino. Fue entonces que montando mi tordillo nuevo, me lancé al monte raudamente para tratar de encontrarlo. Anduve un buen rato siguiendo el rastro sonoro del ave. Pero en lugar de encontrarla, lo encontré al cura tallador bajo un aguaribay con una pequeño hacha de mano y un cuchillo tallando su obsesión. Esta vez con éxito relativo. Es la imagen que entronizó luego en la capilla. Pero yo vi con mis ojos como a cada golpe de cuchillo , aparecía parte un rostro como si se tratara de una forma preexistente en el corazón de la madera aquella, madera agonizante recién talada. Así como la virgen de Lujan no quiso seguir viajando en aquel carretón, la virgen del Carmen apareció en la madera de aquel árbol a pesar de la torpeza del cura. Emergió, como emerge un sueño. Como las formas del amanecer nacen de la oscuridad de la noche. Y donde todo era negrura se enseñorean los colores de las cosas. Nunca más vi ningún bigovino y me han dicho que en Andalucía ya casi no hay. Esta mañana el sol me ha dado en los ojos, ojos mucho más viejos y en lugar de risas me rodearon recuerdos, que como las sombras de los chanás y los charrúas acechan por todos lados, negándose a desaparecer como aquella sangre que pisaron nuestros caballos.







Transmuro.

¿Qué quiere que le diga? Yo, la verdad que soy un tipo temperamental. No, no le estoy diciendo que ando por la vida de estallido en estallido, porque la cosa no es así. Pero tengo un temperamento sanguíneo, un tanto colérico. En ocasiones me ocurre lo de los otros días. La verdad que fue una situación particular. ¿Qué quiere que le diga? Yo cuido mucho mis cosas. Y no perjudico a nadie o por lo menos eso creo. La primera vez, porque le aclaro que la de los otros días no fue la primera vez, sino la décima o la undécima. Como le decía, la primera vez, estaba yo leyendo tranquilo al lado de la biblioteca de madera, la que está contra la pared de mi dormitorio y en el silencio de esa hora de la madrugada escuché un sonido sordo. Un sonido grave, de muy poca intensidad, como un roce, seguido de un crujido suave. Recuerdo que estaba leyendo el Poema 12 de Oliverio Girondo, es que tengo una memoria fotográfica. Fue cuando escuche aquello, como pasos atrás de la pared. Imaginé la figura aquella caminando en la oscuridad de la casa vacía, quizás ayudado por la luz de un fósforo.
“Se miran, se presienten, se desean” ahora el silencio nuevamente ganaba toda la estancia y solo el crujido de mi sillón sobre el piso de madera lo interrumpía y el ruido de la hoja rozando contra mis dedos, me tranquilicé
“Se acarician, se besan, se desnudan” esta segunda vez fue claramente un paso. Un paso dado con sigilo. Elevando lentamente el pie lo que produce ese roce de la manga del pantalón sobre nuestra pierna y rodilla. Ese sonido sordo, corto, grave y luego el ruido neto del pie contra el piso y el chirrido que produce el calzado al desflexionar el antepié para apoyar el talón. Como le digo esta segunda vez fue claro, preciso. Es probable que por la atención o más específicamente el alerta en que me encontraba.
Porque para serle absolutamente franco, no leí con la misma intensidad espiritual, aquello de “Se miran, se presienten, se desean” con respecto a “Se acarician, se besan, se desnudan”. No sentí el mismo placer estético. E incluso me animaría a decirle que no sentí ningún placer estético. Imagínese es como si usted está con una amada en los prolegómenos del amor, pero usted está preocupado por algún acontecimiento que pueda acaecer de un momento a otro. Entonces en lugar de concentrarse en la húmeda tibieza de esos labios que besa, en la sedosa piel que acaricia, en el perfume que emana de aquel cuerpo que abraza y aprieta contra el suyo, usted está con esa secreta preocupación que le arruina definitivamente el momento. Que lo transforma en una especie de minusválido. En un ser incapaz del goce. Ese gusano que taladra el cerebro en esos momentos, provocando estanques de anhedonia donde nos ahogamos sin remedio. Esos pasos tuvieron en mi ése efecto. ¡comprenderá usted! Así como en el estado espiritual que anteriormente le describí no es posible seguir en brazos del amor carnal, tampoco es posible seguir leyendo. Por lo que me puse de pie, teniendo cuidado de hacer bastante ruido, para que el ocupante de transmuros se diera cuenta que su presencia no era bien recibida, incluso carraspeé para acentuar mi molestia.
Caminé sobre los listones de madera lustrada con pasos firmes apoyando con resolución el taco de mis botas de gamuza. Luego con las palmas de mis manos en la mesa y permanecí silencioso. Por lo menos estuve durante 10 minutos al acecho de el más mínimo sonido proveniente del otro lado, pero nada pasó. Cuando me decidí a retirarme hacia mi dormitorio nuevamente calmo, fue que escuche el tercer ruido esta vez fue de una frecuencia un poco más alta de una intensidad creciente en forma continua que bruscamente se eleva y cesa. Me detuve en el umbral de la puerta, y fue cuando sentí el primer signo de cólera. Una cólera pequeñita. Chiquita como una mosca. Nada que un buen Lorazepán de 2,5mg no pudiera solucionar.
Analicé, no obstante este germen que se desperezaba en la trastienda de mi alma, el sonido aquel. Miré la pared blanca para adivinar la altura en que se había originado. Yo de mis años de cazador aprendí a localizar el origen de los ruidos. A concentrarme en ellos, para poder identificar con certeza la ubicación de mi presa. Un grillo entonó su recital agudo a mi derecha, eso provocó una dificultad en mi reconstrucción del sonido, de la interpretación de la naturaleza de éste y por supuesto de la localización exacta. Es de suma importancia además de analizar la naturaleza de un fenómeno, poder darle una ubicación espacial exacta. Como un general sobre el mapa del campo de batalla extendido en su puesto de mando debe definir con la mayor certeza el fenómeno ofensivo o defensivo, propio o extraño, al que se enfrenta y la ubicación exacta en que se produce. Así estaba yo dispuesto a proceder. Busqué el grillo interfiriente un buen rato hasta que lo localicé en una grieta del zócalo de madera, justo tres centímetros a la diestra del patín derecho de mi sillón hamaca. Con un rápido movimiento coordinado utilicé una llave para sacarlo de su escondrijo y en cuanto cayó al suelo sin darle tiempo a nada lo pisé. Quedó transformado en un lamina marrón oscura rodeada de una gelatina blanca. Me recordó una bananita dolca sobre crema santilly, me reí lo que contribuyó a calmar el atisbo de cólera. Nuevamente concentrado pude identificar que el sonido había emergido de un área de no mas de 20 centímetros cuadrados, más o menos a un metro setenta y cinco de altura. Ese sonido de intensidad creciente en forma uniforme que bruscamente aumenta de intensidad y cesa. Ubicado a esa altura no puede ser otra cosa que una oreja apoyada contra la pared. Una oreja apoyada en la pared, que se separa de la misma. De lo que inmediatamente deduje que el visitante de la casa vacía había estado escuchando los ruidos que yo intencionalmente había provocado. Eso contribuyó a que la cólera se disipara por completo. Me fui rápido hasta mi habitación abrí el cajón de la mesa de luz al mismo tiempo que encendía el velador y extraje un Lorazepán de 2,5mg. Me acosté y dormí tranquilo dispuesto a olvidarme totalmente de aquel asunto.
Los días siguientes transcurrieron con normalidad, me dediqué totalmente a mis tareas habituales. Yo lustro miniaturas de madera de caoba. Me especializo exclusivamente en la caoba. No acepto miniaturas de otra madera y mucho menos como se imaginará de otro material. No me veo a mi mismo lustrando miniaturas de cerámica o de bronce o de raíz de paraíso por ejemplo, que es una madera muy empleada por la facilidad que ofrece a el trabajo. No, para nada. ¡A mí tráiganme miniaturas de caoba y yo le aseguro un trabajo de excelencia! ¿Cómo dice? A no, la forma me tiene sin cuidado. Un hipocampo, una Venus de milo, un timón, un enanito, un gaucho, una piragua con remeros… en definitiva cualquiera de estas cosas me son indiferentes siempre y cuando sean de caoba. Es una condición sine que non para que yo acepte el trabajo.
Esto viene a colación con el tema del temperamento sanguíneo o colérico que yo le contaba al principio. En una oportunidad un individuo, un maestro para más datos, que tenía la manía de de coleccionar miniaturas de cristal vino con un pequeño elefantito para que yo se lo lustre. Yo por cortesía lo tomé lo miré y parecía realmente esmerilado. Se lo devolví y le expliqué que solamente lustraba estatuillas de caoba. Le aclaro que yo me expresé con una estudiada cortesía, y es así que el gesto de devolución estuvo acompañado por una amplia sonrisa. Y si mal no recuerdo incluso recomendé que lo buscaran a Bucarán, Alexis o Alejandro Bucarán que se especializa en lustrar miniaturas de cristal. En el preciso momento que yo creía que había terminado aquel equívoco, el maestro insistió con su pedido. Esta vez guardé mis manos en el bolsillo y con una sonrisa menos franca, meneando mi cabeza en señal de negación, le volví a explicar que esa no era mi especialidad. Entonces el docente que pareció no percibir la transformación interior que yo estaba sufriendo, me miró con una mirada pícara y con un gesto cómplice me colocó cincuenta pesos en el bolsillo de mi camisa de grafa. Entonces como una represa de montaña que se fractura, la incontenible marejada de mi ira se precipitó sobre el hombre. A los improperios iniciales le sucedieron los empellones y luego sin solución de continuidad los golpes de puño. Una vez que el educante se arrastraba en el piso lo tomé con mi mano derecha del fundillo del pantalón y con la mano izquierda del cuello de la camisa rosada y lo arrojé al centro de la calle, con la suerte para él que el transito era nulo a esa hora. Me limpiaba las manos transpiradas en los pantalones cuando noté el inmundo elefantito en el piso, lo tomé, me di vuelta miré al hombre que se ponía en cuatro patas con dificultad para levantarse y le arrojé la estatuilla con tal puntería que lo golpee en el temporal. Se que quedó desmayado con su estatuita entre los brazos hasta que la Emergencia llegó seguramente llamada por algún vecino. Yo lo sé porque escuché las sirenas mientras lustraba un sol hermoso de oscura madera.
Pero como le dije antes no es que yo ande de estallido en estallido. No, para nada la cosa no es así. Cuando llegó la ambulancia por ejemplo, yo ya estaba muy tranquilo casi no me acordaba del tipo del elefantito. Bueno además soy muy metódico. Termino de lustrar las miniaturas todos los días a las catorce y treinta y cinco , almuerzo un bife a la plancha con un medio tomate, tomo un vaso de exprimido de naranja, otro de agua . Salgo a caminar durante noventa minutos. Regreso me doy un baño con agua fría, todo el año no varío mi rutina con la estación, me siento a tomar un te y a limpiar las armas. Así hasta las veinte treinta horas. Preparo mi cena fría, me siento a leer mis poesías nocturnas y luego a las 23,45 me acuesto. Por eso no le voy a negar. ¡Soy un hombre metódico! Y le aclaro que la limpieza de las armas y la lectura de mis poesías son momentos de recreación, de placer. Yo diría que son momentos reconstituyentes. Por eso en realidad pasó lo que pasó. Como le dije yo me había acostado aquella primera y lejana noche con toda la intención de olvidar al habitante del transmuro. Y efectivamente en todo el tiempo que pasó lo había logrado. Hasta que una noche de primavera en que yo leía a Neruda. “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente” El sonido fue seco. Breve. Un leve eco lo siguió por milésimas de segundo. Quedé tenso. Como un felino dispuesto a saltar sobre su presa. Pero el silencio persistió, solo interrumpido por mi respiración “ me oyes desde lejos y mi voz no te toca, ..” Reiterado , seco. El quinto sonido era indudablemente el sonido de un clavo penetrando en pared. Hasta pude percibir los escombros granulares cayendo sobre el polvo del piso de mosaico. Transcurrió un tiempo que no puedo definir si fue largo o corto. Pero el tiempo suficiente para que cesara el golpeteo de los granos de cal sobre el piso del otro lado. Volví. Respiré hondo como me enseñaron en reiki, tomé nuevamente en forma delicada los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” y leí “parece que los ojos se te hubieran volado…” . Inspiré profundamente para que el aire expandiera mis pulmones y el oxígeno pasara a través de las membranas alveolovasculares e impregnara mi hemoglobina. Eso me produce un estado de éxtasis, de liviandad extrema que me permite asimilar la belleza de las palabras como un néctar sagrado. Cuando me disponía disfrutar del tercer verso del gran chileno, que me transportaría a Isla negra, que me haría sentir el olor salitre del Pacífico, el sexto golpe. Similar al quinto, y el interminable golpear de revoque finamente pulverizado sobre el piso.
Era inevitable que el monstruo despertara. Que el dragón que guarda la caverna abriera su ojo rojizo y dejara ver su pupila hendida. Que quiere que le diga fue así. Primero guardé silencio. Luego me puse de pie taconeando con mis botas de gamuza. El séptimo y el octavo ruido fueron… como explicarlo. Predecibles, esperados, similares a los anteriores. El noveno en cambio fue como un “clac” abierto seco. Seguramente el habitante de transmuro colgaba algún elemento plano de no mucho diámetro, ¿Un cuadro quizás? No, para que querría un cuadro en una casa desierta y oscura. No, seguro que un cuadro no. Un clavo para colgar sus ropas mugrientas, los harapos de saco con los que seguramente se vestía en una simulación patética de normalidad. No el saco no hubiera producido ese tipo de ruido. ¡Un espejito! Si el muy desgraciado debe estar colgando un espejito. Uno de esos espejitos circulares con marco plástico ranurado, en surcos paralelos. Ésos espejitos que suelen tener colores vivos, verde eléctrico, rojo rutilante, azul francia, amarillo patito. Pero seguramente el de esta rata que habitaba tras la pared debería estar sucio por la tierra y el polvo. Los últimos ruidos ya no los puedo describir con precisión pues fueron en parte disimulados por el de la caja de cartón al abrirse. Cuando entran por la parte de atrás del cañón casi no hacen ruido, pero como usted comprenderá ya mi atención no era la misma. Yo ya casi estaba totalmente poseído por aquel Fafnir que se revolvía en las profundidades de mis entrañas. La puerta de vieja madera, despintada, la derribé de un golpe con mis botas y luego ¿que le puedo decir? solo se vieron los fogonazos rojo amarillentos, como erupciones de lava, que surgían de mis escopetas cada vez que disparaba. Más no recuerdo. Ah si, lo que recuerdo además es el olor de la pólvora. Siempre me gustó el olor de la pólvora desde niño, cuando salíamos a cazar con el abuelo y papá. ¡qué lindo es el olor de la pólvora! Casi tan hermoso como un poema. Por eso le digo, después si fue como una nube. Cuando aparecieron los policías y esos otros tipos de ropas celestes . No se si me desmayé o alguien me golpeo. Más no recuerdo.
Por eso doctor ¿Qué quiere que le diga? Yo soy un tipo temperamental. No, no le estoy diciendo que ando por la vida de estallido en estallido, porque la cosa no es así. Pero tengo un temperamento sanguíneo, un tanto colérico
Dígame por favor doc ¿Quién hace tanto ruido en la sala contigua?



Atardecer


El sol a mis espaldas ilumina los paraísos dándoles una luminosidad que contrasta contra los negros nubarrones que se dibujan al este, tras la loma. Los caseros interpretan su coro vespertino desde las ramas bajas del tala del patio chico, que ya en parte se encuentra cubierto por la sombra del viejo caserón en que me encuentro. Sombra densa y fija que se diferencia de la sombra cribada y móvil de los árboles por sus habitantes, ciudadanos de éstas últimas son bandadas de morajúes que entran y salen ruidosamente del follaje. Algunas calandrias y chingolos caminan buscando los últimos gusanos de día. Tórtolas de rama en rama acomodándose. Arrullo de trinos. Vocinglería. Los habitantes de ésta otra sombra permanecemos quietos y en silencio. Miramos el paisaje iluminado por los rayos oblicuos del poniente. El aire pesado y húmedo me aplasta, hundiéndome en una especie de gelatina de abatimiento. Entumeciendo los sentidos. Ella a mi lado permanece callada. Seguramente aún está enojada por lo de hace un rato. Su silencio es un silencio rotundo, que no deja lugar a dudas. No es interrumpido por suspiros, ni carraspeos ni pequeños tosidos. Es un piélago inconmensurable de silencio. En el centro del mismo, ella está sola. Sola como una roca que emerge en la planicie. Me es imposible alcanzarla de nuevo. Creo ver nubes más oscuras casi negras ahora viniendo del otro lado de la tierra, como un telón inverso que se eleva desde el suelo. Una leve brisa mueve las hojas y alivia momentáneamente el calor sofocante. La miro, sigue inexpresiva. Seguramente atenta al frente de tormenta o pensando paisajes solo conocidos por ella. Paisajes que me excluyen. Seguramente en esta tarde declinante se figurará lejos mío. Y en ese horizonte que mira buscara el horizonte de su porvenir. Porvenir pródigo de promesas y placeres. De posibilidades. Liberada ya del ancla. De la piedra de molino que soy para su cuello de cisne. Y yo rodeado de ese silencio humano que es el silencio verdadero, pues los otros sonidos no lo interrumpen. Solo mi respiración que se torna pesada de a ratos. Me acomodo en la silla, tomo entre mis dedos una paja trenzada que se ha soltado del asiento y comienzo a repasar todo de nuevo. Con perseverancia de historiador. Dispuesto a hurgar en las cosas cotidianas en busca de los indicios. Esos que se me pasaron por alto. Eso que brilló zigzagueante, vertical y fugaz fue sin duda un relámpago, pronto vendrá el trueno. La miro está impávida, indiferente. Como una mole que se derrumba barranca abajo brama el cielo su anuncio de tormenta. Lástima, que otros anuncios no sean tan evidentes. Retuerzo con fuerza la paja que se corta. Queda en mis manos como un leve cilindro amarillo, hueco. Tan leve que temo me lo vuele la brisa que se levanta desde el sudeste. Sus cabellos se mueven apenas sobre sus hombros. Esos cabellos negros que tanto amé, que cubrieron mi rostro en la culminación del éxtasis. Que olieron a frutas y flores. En los que hundí mis dedos ávidos cuando los besos aquellos donde le robé el aliento. Y ahora apenas flotan en el aire colmado de silencio y vuelvo a mirar a lo lejos. Y me prendo en la franja de luz como pintada en la loma y me caigo lento en un abismo sin fondo, y mi cuerpo embotado por este vapor espeso en el que se ha convertido el aire, no parece pertenecerme. Y la recuerdo, a pesar de tenerla a mi lado, la recuerdo. Recuerdo aquella otra, la que fue mía. No ésta que ya no me pertenece. Sé que no debí gritarle, que no debí enojarme, en parte fue culpa del calor y el vino. Es que el sol del mediodía cae con furia en Entre Ríos, es un sol malo, impiadoso. Y a pesar del sombrero de ala ancha igual se empieza a calentar la cabeza y uno siente como si hierven los sesos. Y mira el camino que parece brillar bajo los rayos inclementes y todo el campo quieto, como dormido. Alguna iguana overa cruzando de una cuneta a otra, silenciosa como un fantasma. Y el vino fresco del boliche que empieza a calentarse en las venas, como un furor líquido que marcha por el cuerpo, mezclado con la sangre. A frutas y a flores olía su pelo renegrido aquella primera noche, la del descubrimiento. Caminaba meciendo suavemente sus caderas de hembra joven, invitadora, al compás de la música. Y mis ojos que se centraron en ella como si nada a su alrededor existiera. Nada a su alrededor no solo en ese lugar, sino nada antes ni nada después. Cuando sus ojos me miraron supe, lo que debía saber por el idioma de los gestos. Esos que ahora están ausentes en su cara de cera y en sus ojos perdidos en la inmensidad del paisaje de esta tarde casi noche. Cuando no eras como ahora: isla. Eras si monte limpio, promesa de frescor y perfumes. Promesa de néctares, de flores, de sombras acogedoras. Me interné en ti y fui arrullado por tu risa. Me deslicé por las suaves lomadas de tu piel como un labrador minucioso. Me emborraché de ti y te quise mía. Mía y quieta como un árbol. Entonces debí darme cuenta que eras un ave. Una golondrina, un picaflor. Yo sin darme cuenta fui tu jaula. Ya casi es imperceptible la línea de luz y la negra armazón llega al ecuador celeste sobre nuestras cabezas de estatuas solas. De ausencias anunciadas. El sol y el vino. Quizás el campo quieto y la iguana overa. Estallé al verte. Se que no debí gritarle, gritarte. Pero estallé al verte preparar tus cosas. Yo ancla. Quieto como ahora bajo las primeras gotas gruesas cuando ya los paraísos solo se adivinan como manchas grises en la noche incipiente. Te escuché decir que ya no me querías. Y el sol que derretía mis sesos y las moscas zumbando contra los vidrios de la puerta de la cocina a oscuras de la siesta. Y fue por eso, por el vino que enfurece, por eso te grité que eras una puta, una perra de la calle. Y fue por el vino que te pegué el primer golpe que te arrojé en la cama y te arranqué la ropa. Y las moscas que zumban y el recuerdo de la iguana overa, el perfume de tu pelo. Tu cuerpo que se retuerce como tratando de arrojarme lejos de ti. Y te retengo con mis manos y mis piernas, te abro como una flor y libo tu néctar. Te revuelves y gritas y me muerdes. Por eso volví a pegarte. Tuviste la culpa. Te digo que eres mía y que nunca podrás irte y por fin te quedas quieta y me abrazas con un abrazo blando. Y te empiezas a sumergir en el silencio. Y el vino que trajo la furia me arrumbó sobre el colchón hundido y caliente. A tu lado me fui durmiendo mientras te repetía que eras mía. Y pasé mis manos sobre tu vientre húmedo y aferré tus pechos duros como un náufrago una tabla. Pero me miraste con ojos nublados, como envejecidos y te tocaste la frente en la que un pequeño hilo de sangre corría hacia la almohada y el caserón se llenó de tu silencio y me dormí. Sabiendo que nunca te irías. La lluvia arrecia y empapa mi ropa, mis zapatillas comienzan a inundarse, de vez en cuando con la luz de algún refucilo puedo verte, el viento apenas te mueve, pero la lluvia no te moja bajo la galería, sigues mirando el horizonte de ese porvenir que nunca será. Porque encontraste mi lazo para colgarte del tirante. Comienzo a caminar en la noche torrencial de tu partida y mis lágrimas se mezclan con la lluvia de Enero. Y te quedas sola isla silenciosa y muerta. Muerta de tristeza y hastío en tu jaula, añorando la libertad de los montes en los que debe vagar tu alma.

1 comentario:

  1. Me gustó aqui..
    espacio infinito de descripciones que describen un momento, sensaciones y deseos..
    me gustó..
    creo que con gusto vendré de visita nuevamente...
    me entretuve aquí..
    incluso en los momento de tristeza..
    sabia que tenia en mis ojos, un exquisito fragmento de vida

    gracias por compartir tus palabras..
    y gracias por descubrir y leer las mias..
    un abrazo enorme!

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