sábado, 16 de mayo de 2009

Fragmento de Gallito Ciego para compartir.

XIV El Mago y el cerrajero segunda parte.

Los tambores se acercan. Como en Pinar del Río. Los tambores se acercan y se mezclan con el murmullo del agua. Tambores marcados por las mismas cruces que marcan los cuerpos. Vibra en el aire su batir. Huele a sudor de manos que golpean y de cuerpos que danzan. Olor animal. Olor que se confunde con el sonido de los insectos en la noche. Se unen. Olor y sonido. Noche y tambores. Me siento cercado. Las llamas de las teas sacrifícales se mueven en la espesura. Y rayos amarillentos atraviesan el aire formando geodas de luz tapizadas de noche. El palomonte es un rito secreto. El Maestro Negro se deja presentir más que ver. Él puede adoptar muchas apariencias. Humanas, animales, vegetales. El Maestro es un enemigo poderoso. Tiene la llave del inframundo. De los antepasados. De los orishas. Él puede atomizarse en el aire. Convertirse en viento o en bruma. En fuego o en agua. Yo ahora lo presiento. Mientras se acercan los tambores y las teas apuñalan la noche. Me concentro para localizarlo. Me esfuerzo. Mis músculos se ponen en tensión. Inútiles ante su poder. Y el joven de mi espejo que camina solitario por el sendero, con el instrumento que le di, en su bolsillo. Desciende una escalera, peldaño a peldaño. Su espíritu turbado. Por otras tormentas. Ignorante del cataclismo que se cierne. Me concentro con todas las fuerzas de mi espíritu. Los tambores continúan. Y veo un rectángulo de luz que casi me ciega. Creo caerme. Caerme en un abismo interminable. Azotado por un viento cósmico, por una tormenta solar. Y en ese vacío abro mis ojos y miro la luz. Y recortada su figura oscura . Parado frente a mí. Lejano. Inaccesible. Me observa. Como quien observa la cucaracha que se apronta a pisar. Y pienso en el muchacho y en su historia. Su historia que solo era un vislumbre de la verdad. De esa horrible verdad que yo conozco. De la que había huido y que ahora necesito enfrentar. Que nuevamente después de tantos años regresa. Me alcanza en el fin de mi peregrinar. ¿O quizás yo la alcanzaba? Los tambores en mi mente sonaban como en Pinar del Río. Como los soñé en México, donde conocí a Horacio. Como los soñé en Río de Janeiro. Cómo hace unos días los sueño en Buenos Aires. Después de haber visto a aquel muchacho, el que busca respuestas. Ese mismo que hoy a la mañana me ha visitado. Por el que tengo que enfrentarme al Maestro Negro. Ahora sé que está cerca . Se que está al Sur. Debo volver a concentrarme. Debo mirarlo en su ventana. Por más que él me descubra. Debo verlo primero. Quizás así tenga una oportunidad de vencerlo. Ahora que se que está ocupado en su máxima tarea. Me elevo del abismo. Me alejo sobre techos. Desdoblado. Veo una casa de ladrillos rojos. Una vieja fábrica. Y parado ahí lo reconozco. Observa a un hombre que se marcha en un auto estacionado junto al cordón. Y eleva sus ojos hacia mi. Y sonríe. Grito. Grito con la angustia y el horror que surgen de mi alma. Los tambores se acercan. Y las teas. Y grito más fuerte. Donde nadie puede oírme. Junto a ése río que corre. O junto a éste río quieto. Ya no se donde grito . Pero lo hago. Desgarrado. Me ha descubierto nuevamente. Y sonríe. Y unas garras me toman de los hombros y me sacuden. El olor a sudor de manos que baten, de cuerpos que danzan. El olor quizás de mi propio sudor. El olor del miedo. Y mi cuerpo es sacudido. Ya no puedo más. Las fuerzas me abandonan. Me abandono a mi destino. Y a través de los tambores y los insectos. A través del agua que corre. Escucho la voz que me llama. Que me llama con el nombre genérico que para ésa voz me identifica. Y entre las sombras y las teas emerge su rostro. El rostro del que me llama. Del que me toma los hombros.