viernes, 24 de julio de 2009

Fragmento de "Los Custodios del Sello" para compartir.

Nogoyá alrededor de 1966 Primer conocimiento

El cielo plomizo cubría la ciudad mojada por el aguacero de verano. Contra el cordón de granito un torrente corría hacia el Este, formando borbollones y pequeñas olas sobre los adoquines del pavimento. Los barcos de papel cabeceaban y daban bandazos raudos en su viaje de bautismo y despedida hasta encallar en algún depósito de limo o en algún adoquín arrecife. Naufragios mínimos que causaban algarabías y risas en los niños arrodillados en la vereda. Astilleros de infancia restituían naves a la flotilla diezmada con la expectativa de que alguna de ellas llegara al lejano arroyo, en un viaje mágico que la mente de la niñez extendía hasta el río Paraná.
Corríamos por la vereda con la vista atenta en los ingenios de papel que flotaban llevados por la corriente, de tanto en tanto nos deteníamos bajo algún falso plátano de corteza blanquecina y sentados en sus raíces contemplábamos alguno en dificultades hasta que se hundía despedazado en la corriente o proseguía su deriva con retomado ímpetu. El olor de las tortas fritas inundaba la vereda escapado de ocultas cocinas de tardes lluviosas.
Los hombres hablaban con vehemencia y gestos ampulosos en la esquina bajo un falso plátano corpulento sin prestar importancia a las gruesas gotas que dejaba caer el follaje mecido por la brisa. Hablaban de temas extraños a lo cotidiano. Hablaban del diablo, del infierno, de una llave que impediría que sus puertas se abran, me miraron con ojos de furia cuando notaron mi presencia observándolos atónito, se marcharon caminando calle abajo, uno de ellos arrojó un cigarrillo que acertó a caer dentro de un barquito de papel , que para nosotros se transformó en un poderoso vapor, que dejaba estelas de humo de tabaco. Luego que los hombres se perdieron al rodear la esquina, proseguimos nuestro juego con entusiasmo, acicateados por las marejadas que producían los autos al pasar, produciendo repentinas turbulencias que sacudían la flotilla con furia de temporal. Pero ésa noche en mis sueños, ví abrirse la bocacalle como el cráter ígneo de un volcán , arrojando escombros hacia el cielo y en el interior de la densa nube que emergía ,figuras de horror danzaban encendidas en llamas, hasta que el palpitar de mi corazón me devolvió a la vigilia. En puntillas me dirigí a la ventana y a través de la celosía vi la bocacalle intacta, bajo la oscilante lámpara de mercurio que se columpiaba bajo el influjo del viento sur
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sábado, 18 de julio de 2009

Un cuento para compartir

Atardecer

El sol a mis espaldas ilumina los paraísos dándoles una luminosidad que contrasta contra los negros nubarrones que se dibujan al este, tras la loma. Los caseros interpretan su coro vespertino desde las ramas bajas del tala del patio chico, que ya en parte se encuentra cubierto por la sombra del viejo caserón en que me encuentro. Sombra densa y fija que se diferencia de la sombra cribada y móvil de los árboles por sus habitantes, ciudadanos de éstas últimas son bandadas de morajúes que entran y salen ruidosamente del follaje. Algunas calandrias y chingolos caminan buscando los últimos gusanos de día. Tórtolas de rama en rama acomodándose. Arrullo de trinos. Vocinglería. Los habitantes de ésta otra sombra permanecemos quietos y en silencio. Miramos el paisaje iluminado por los rayos oblicuos del poniente. El aire pesado y húmedo me aplasta, hundiéndome en una especie de gelatina de abatimiento. Entumeciendo los sentidos. Ella a mi lado permanece callada. Seguramente aún está enojada por lo de hace un rato. Su silencio es un silencio rotundo, que no deja lugar a dudas. No es interrumpido por suspiros, ni carraspeos ni pequeños tosidos. Es un piélago inconmensurable de silencio. En el centro del mismo, ella está sola. Sola como una roca que emerge en la planicie. Me es imposible alcanzarla de nuevo. Creo ver nubes más oscuras casi negras ahora viniendo del otro lado de la tierra, como un telón inverso que se eleva desde el suelo. Una leve brisa mueve las hojas y alivia momentáneamente el calor sofocante. La miro, sigue inexpresiva. Seguramente atenta al frente de tormenta o pensando paisajes solo conocidos por ella. Paisajes que me excluyen. Seguramente en esta tarde declinante se figurará lejos mío. Y en ese horizonte que mira buscara el horizonte de su porvenir. Porvenir pródigo de promesas y placeres. De posibilidades. Liberada ya del ancla. De la piedra de molino que soy para su cuello de cisne. Y yo rodeado de ese silencio humano que es el silencio verdadero, pues los otros sonidos no lo interrumpen. Solo mi respiración que se torna pesada de a ratos. Me acomodo en la silla, tomo entre mis dedos una paja trenzada que se ha soltado del asiento y comienzo a repasar todo de nuevo. Con perseverancia de historiador. Dispuesto a hurgar en las cosas cotidianas en busca de los indicios. Esos que se me pasaron por alto. Eso que brilló zigzagueante, vertical y fugaz fue sin duda un relámpago, pronto vendrá el trueno. La miro está impávida, indiferente. Como una mole que se derrumba barranca abajo brama el cielo su anuncio de tormenta. Lástima, que otros anuncios no sean tan evidentes. Retuerzo con fuerza la paja que se corta. Queda en mis manos como un leve cilindro amarillo, hueco. Tan leve que temo me lo vuele la brisa que se levanta desde el sudeste. Sus cabellos se mueven apenas sobre sus hombros. Esos cabellos negros que tanto amé, que cubrieron mi rostro en la culminación del éxtasis. Que olieron a frutas y flores. En los que hundí mis dedos ávidos cuando los besos aquellos donde le robé el aliento. Y ahora apenas flotan en el aire colmado de silencio y vuelvo a mirar a lo lejos. Y me prendo en la franja de luz como pintada en la loma y me caigo lento en un abismo sin fondo, y mi cuerpo embotado por este vapor espeso en el que se ha convertido el aire, no parece pertenecerme. Y la recuerdo, a pesar de tenerla a mi lado, la recuerdo. Recuerdo aquella otra, la que fue mía. No ésta que ya no me pertenece. Sé que no debí gritarle, que no debí enojarme, en parte fue culpa del calor y el vino. Es que el sol del mediodía cae con furia en Entre Ríos, es un sol malo, impiadoso. Y a pesar del sombrero de ala ancha igual se empieza a calentar la cabeza y uno siente como si hierven los sesos. Y mira el camino que parece brillar bajo los rayos inclementes y todo el campo quieto, como dormido. Alguna iguana overa cruzando de una cuneta a otra, silenciosa como un fantasma. Y el vino fresco del boliche que empieza a calentarse en las venas, como un furor líquido que marcha por el cuerpo, mezclado con la sangre. A frutas y a flores olía su pelo renegrido aquella primera noche, la del descubrimiento. Caminaba meciendo suavemente sus caderas de hembra joven, invitadora, al compás de la música. Y mis ojos que se centraron en ella como si nada a su alrededor existiera. Nada a su alrededor no solo en ese lugar, sino nada antes ni nada después. Cuando sus ojos me miraron supe, lo que debía saber por el idioma de los gestos. Esos que ahora están ausentes en su cara de cera y en sus ojos perdidos en la inmensidad del paisaje de esta tarde casi noche. Cuando no eras como ahora: isla. Eras si monte limpio, promesa de frescor y perfumes. Promesa de néctares, de flores, de sombras acogedoras. Me interné en ti y fui arrullado por tu risa. Me deslicé por las suaves lomadas de tu piel como un labrador minucioso. Me emborraché de ti y te quise mía. Mía y quieta como un árbol. Entonces debí darme cuenta que eras un ave. Una golondrina, un picaflor. Yo sin darme cuenta fui tu jaula. Ya casi es imperceptible la línea de luz y la negra armazón llega al ecuador celeste sobre nuestras cabezas de estatuas solas. De ausencias anunciadas. El sol y el vino. Quizás el campo quieto y la iguana overa. Estallé al verte. Se que no debí gritarle, gritarte. Pero estallé al verte preparar tus cosas. Yo ancla. Quieto como ahora bajo las primeras gotas gruesas cuando ya los paraísos solo se adivinan como manchas grises en la noche incipiente. Te escuché decir que ya no me querías. Y el sol que derretía mis sesos y las moscas zumbando contra los vidrios de la puerta de la cocina a oscuras de la siesta. Y fue por eso, por el vino que enfurece, por eso te grité que eras una puta, una perra de la calle. Y fue por el vino que te pegué el primer golpe que te arrojé en la cama y te arranqué la ropa. Y las moscas que zumban y el recuerdo de la iguana overa, el perfume de tu pelo. Tu cuerpo que se retuerce como tratando de arrojarme lejos de ti. Y te retengo con mis manos y mis piernas, te abro como una flor y libo tu néctar. Te revuelves y gritas y me muerdes. Por eso volví a pegarte. Tuviste la culpa. Te digo que eres mía y que nunca podrás irte y por fin te quedas quieta y me abrazas con un abrazo blando. Y te empiezas a sumergir en el silencio. Y el vino que trajo la furia me arrumbó sobre el colchón hundido y caliente. A tu lado me fui durmiendo mientras te repetía que eras mía. Y pasé mis manos sobre tu vientre húmedo y aferré tus pechos duros como un náufrago una tabla. Pero me miraste con ojos nublados, como envejecidos y te tocaste la frente en la que un pequeño hilo de sangre corría hacia la almohada y el caserón se llenó de tu silencio y me dormí. Sabiendo que nunca te irías. La lluvia arrecia y empapa mi ropa, mis zapatillas comienzan a inundarse, de vez en cuando con la luz de algún refucilo puedo verte, el viento apenas te mueve, pero la lluvia no te moja bajo la galería, sigues mirando el horizonte de ese porvenir que nunca será. Porque encontraste mi lazo para colgarte del tirante. Comienzo a caminar en la noche torrencial de tu partida y mis lágrimas se mezclan con la lluvia de Enero. Y te quedas sola isla silenciosa y muerta. Muerta de tristeza y hastío en tu jaula, añorando la libertad de los montes en los que debe vagar tu alma.

miércoles, 1 de julio de 2009

Para compartir un fragmento de Los Custodios del Sello

Notas

“Yo los ví, justo por ahí, detrás suyo. Caminaban con la cabeza gacha, agrupados cómo reses, como temiendo a todo. Pasaron por ahí, yo los vi señor, nadie me lo contó. Se fueron para aquel lado, como buscando la Carapacha grande , por ése lado si señor. Algunos dicen que se fueron para el lado del Atuel , o los que quedaban por lo menos.
Yo lo que sentí , eso no se lo puedo contar con palabras señor. Los había soñado durante noches enteras, los había soñado como quien sueña con muertos, mis noches fueron terribles soñándolos. Las voces de mis sueños retumbaban en los roquedales , se perdían en las sombras de los caldenes iluminados por la luna. Voces, gritos, lamentos que aún quedaban rodando por mi rancho hasta que el sol estaba bien alto, señor. Justo por ahí, detrás suyo por ese bajío pasaron como una procesión de ánimas en busca del infierno. Nada los perseguía pero era como si el mismo Lucifer les pisara los talones. Y yo creo que sí señor, que el diablo perseguía a ésa gente. Yo de chica veo cosas señor, yo veo señor, donde otros no ven nada.”
Fragmento del encuentro con la Vieja Adela extraído de ““Recuerdos de un Relato en la Pampa” de Giussepe Fioramonti 1925