viernes, 28 de agosto de 2009

Un cuento para compartir

Transmuro.

¿Qué quiere que le diga? Yo, la verdad que soy un tipo temperamental. No, no le estoy diciendo que ando por la vida de estallido en estallido, porque la cosa no es así. Pero tengo un temperamento sanguíneo, un tanto colérico. En ocasiones me ocurre lo de los otros días. La verdad que fue una situación particular. ¿Qué quiere que le diga? Yo cuido mucho mis cosas. Y no perjudico a nadie o por lo menos eso creo. La primera vez, porque le aclaro que la de los otros días no fue la primera vez, sino la décima o la undécima. Como le decía, la primera vez, estaba yo leyendo tranquilo al lado de la biblioteca de madera, la que está contra la pared de mi dormitorio y en el silencio de esa hora de la madrugada escuché un sonido sordo. Un sonido grave, de muy poca intensidad, como un roce, seguido de un crujido suave. Recuerdo que estaba leyendo el Poema 12 de Oliverio Girondo, es que tengo una memoria fotográfica. Fue cuando escuche aquello, como pasos atrás de la pared. Imaginé la figura aquella caminando en la oscuridad de la casa vacía, quizás ayudado por la luz de un fósforo.
“Se miran, se presienten, se desean” ahora el silencio nuevamente ganaba toda la estancia y solo el crujido de mi sillón sobre el piso de madera lo interrumpía y el ruido de la hoja rozando contra mis dedos, me tranquilicé
“Se acarician, se besan, se desnudan” esta segunda vez fue claramente un paso. Un paso dado con sigilo. Elevando lentamente el pie lo que produce ese roce de la manga del pantalón sobre nuestra pierna y rodilla. Ese sonido sordo, corto, grave y luego el ruido neto del pie contra el piso y el chirrido que produce el calzado al desflexionar el antepié para apoyar el talón. Como le digo esta segunda vez fue claro, preciso. Es probable que por la atención o más específicamente el alerta en que me encontraba.
Porque para serle absolutamente franco, no leí con la misma intensidad espiritual, aquello de “Se miran, se presienten, se desean” con respecto a “Se acarician, se besan, se desnudan”. No sentí el mismo placer estético. E incluso me animaría a decirle que no sentí ningún placer estético. Imagínese es como si usted está con una amada en los prolegómenos del amor, pero usted está preocupado por algún acontecimiento que pueda acaecer de un momento a otro. Entonces en lugar de concentrarse en la húmeda tibieza de esos labios que besa, en la sedosa piel que acaricia, en el perfume que emana de aquel cuerpo que abraza y aprieta contra el suyo, usted está con esa secreta preocupación que le arruina definitivamente el momento. Que lo transforma en una especie de minusválido. En un ser incapaz del goce. Ese gusano que taladra el cerebro en esos momentos, provocando estanques de anhedonia donde nos ahogamos sin remedio. Esos pasos tuvieron en mi ése efecto. ¡comprenderá usted! Así como en el estado espiritual que anteriormente le describí no es posible seguir en brazos del amor carnal, tampoco es posible seguir leyendo. Por lo que me puse de pie, teniendo cuidado de hacer bastante ruido, para que el ocupante de transmuros se diera cuenta que su presencia no era bien recibida, incluso carraspeé para acentuar mi molestia.
Caminé sobre los listones de madera lustrada con pasos firmes apoyando con resolución el taco de mis botas de gamuza. Luego con las palmas de mis manos en la mesa y permanecí silencioso. Por lo menos estuve durante 10 minutos al acecho de el más mínimo sonido proveniente del otro lado, pero nada pasó. Cuando me decidí a retirarme hacia mi dormitorio nuevamente calmo, fue que escuche el tercer ruido esta vez fue de una frecuencia un poco más alta de una intensidad creciente en forma continua que bruscamente se eleva y cesa. Me detuve en el umbral de la puerta, y fue cuando sentí el primer signo de cólera. Una cólera pequeñita. Chiquita como una mosca. Nada que un buen Lorazepán de 2,5mg no pudiera solucionar.
Analicé, no obstante este germen que se desperezaba en la trastienda de mi alma, el sonido aquel. Miré la pared blanca para adivinar la altura en que se había originado. Yo de mis años de cazador aprendí a localizar el origen de los ruidos. A concentrarme en ellos, para poder identificar con certeza la ubicación de mi presa. Un grillo entonó su recital agudo a mi derecha, eso provocó una dificultad en mi reconstrucción del sonido, de la interpretación de la naturaleza de éste y por supuesto de la localización exacta. Es de suma importancia además de analizar la naturaleza de un fenómeno, poder darle una ubicación espacial exacta. Como un general sobre el mapa del campo de batalla extendido en su puesto de mando debe definir con la mayor certeza el fenómeno ofensivo o defensivo, propio o extraño, al que se enfrenta y la ubicación exacta en que se produce. Así estaba yo dispuesto a proceder. Busqué el grillo interfiriente un buen rato hasta que lo localicé en una grieta del zócalo de madera, justo tres centímetros a la diestra del patín derecho de mi sillón hamaca. Con un rápido movimiento coordinado utilicé una llave para sacarlo de su escondrijo y en cuanto cayó al suelo sin darle tiempo a nada lo pisé. Quedó transformado en un lamina marrón oscura rodeada de una gelatina blanca. Me recordó una bananita dolca sobre crema santilly, me reí lo que contribuyó a calmar el atisbo de cólera. Nuevamente concentrado pude identificar que el sonido había emergido de un área de no mas de 20 centímetros cuadrados, más o menos a un metro setenta y cinco de altura. Ese sonido de intensidad creciente en forma uniforme que bruscamente aumenta de intensidad y cesa. Ubicado a esa altura no puede ser otra cosa que una oreja apoyada contra la pared. Una oreja apoyada en la pared, que se separa de la misma. De lo que inmediatamente deduje que el visitante de la casa vacía había estado escuchando los ruidos que yo intencionalmente había provocado. Eso contribuyó a que la cólera se disipara por completo. Me fui rápido hasta mi habitación abrí el cajón de la mesa de luz al mismo tiempo que encendía el velador y extraje un Lorazepán de 2,5mg. Me acosté y dormí tranquilo dispuesto a olvidarme totalmente de aquel asunto.
Los días siguientes transcurrieron con normalidad, me dediqué totalmente a mis tareas habituales. Yo lustro miniaturas de madera de caoba. Me especializo exclusivamente en la caoba. No acepto miniaturas de otra madera y mucho menos como se imaginará de otro material. No me veo a mi mismo lustrando miniaturas de cerámica o de bronce o de raíz de paraíso por ejemplo, que es una madera muy empleada por la facilidad que ofrece a el trabajo. No, para nada. ¡A mí tráiganme miniaturas de caoba y yo le aseguro un trabajo de excelencia! ¿Cómo dice? A no, la forma me tiene sin cuidado. Un hipocampo, una Venus de milo, un timón, un enanito, un gaucho, una piragua con remeros… en definitiva cualquiera de estas cosas me son indiferentes siempre y cuando sean de caoba. Es una condición sine que non para que yo acepte el trabajo.
Esto viene a colación con el tema del temperamento sanguíneo o colérico que yo le contaba al principio. En una oportunidad un individuo, un maestro para más datos, que tenía la manía de de coleccionar miniaturas de cristal vino con un pequeño elefantito para que yo se lo lustre. Yo por cortesía lo tomé lo miré y parecía realmente esmerilado. Se lo devolví y le expliqué que solamente lustraba estatuillas de caoba. Le aclaro que yo me expresé con una estudiada cortesía, y es así que el gesto de devolución estuvo acompañado por una amplia sonrisa. Y si mal no recuerdo incluso recomendé que lo buscaran a Bucarán, Alexis o Alejandro Bucarán que se especializa en lustrar miniaturas de cristal. En el preciso momento que yo creía que había terminado aquel equívoco, el maestro insistió con su pedido. Esta vez guardé mis manos en el bolsillo y con una sonrisa menos franca, meneando mi cabeza en señal de negación, le volví a explicar que esa no era mi especialidad. Entonces el docente que pareció no percibir la transformación interior que yo estaba sufriendo, me miró con una mirada pícara y con un gesto cómplice me colocó cincuenta pesos en el bolsillo de mi camisa de grafa. Entonces como una represa de montaña que se fractura, la incontenible marejada de mi ira se precipitó sobre el hombre. A los improperios iniciales le sucedieron los empellones y luego sin solución de continuidad los golpes de puño. Una vez que el educante se arrastraba en el piso lo tomé con mi mano derecha del fundillo del pantalón y con la mano izquierda del cuello de la camisa rosada y lo arrojé al centro de la calle, con la suerte para él que el transito era nulo a esa hora. Me limpiaba las manos transpiradas en los pantalones cuando noté el inmundo elefantito en el piso, lo tomé, me di vuelta miré al hombre que se ponía en cuatro patas con dificultad para levantarse y le arrojé la estatuilla con tal puntería que lo golpee en el temporal. Se que quedó desmayado con su estatuita entre los brazos hasta que la Emergencia llegó seguramente llamada por algún vecino. Yo lo sé porque escuché las sirenas mientras lustraba un sol hermoso de oscura madera.
Pero como le dije antes no es que yo ande de estallido en estallido. No, para nada la cosa no es así. Cuando llegó la ambulancia por ejemplo, yo ya estaba muy tranquilo casi no me acordaba del tipo del elefantito. Bueno además soy muy metódico. Termino de lustrar las miniaturas todos los días a las catorce y treinta y cinco , almuerzo un bife a la plancha con un medio tomate, tomo un vaso de exprimido de naranja, otro de agua . Salgo a caminar durante noventa minutos. Regreso me doy un baño con agua fría, todo el año no varío mi rutina con la estación, me siento a tomar un te y a limpiar las armas. Así hasta las veinte treinta horas. Preparo mi cena fría, me siento a leer mis poesías nocturnas y luego a las 23,45 me acuesto. Por eso no le voy a negar. ¡Soy un hombre metódico! Y le aclaro que la limpieza de las armas y la lectura de mis poesías son momentos de recreación, de placer. Yo diría que son momentos reconstituyentes. Por eso en realidad pasó lo que pasó. Como le dije yo me había acostado aquella primera y lejana noche con toda la intención de olvidar al habitante del transmuro. Y efectivamente en todo el tiempo que pasó lo había logrado. Hasta que una noche de primavera en que yo leía a Neruda. “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente” El sonido fue seco. Breve. Un leve eco lo siguió por milésimas de segundo. Quedé tenso. Como un felino dispuesto a saltar sobre su presa. Pero el silencio persistió, solo interrumpido por mi respiración “ me oyes desde lejos y mi voz no te toca, ..” Reiterado , seco. El quinto sonido era indudablemente el sonido de un clavo penetrando en pared. Hasta pude percibir los escombros granulares cayendo sobre el polvo del piso de mosaico. Transcurrió un tiempo que no puedo definir si fue largo o corto. Pero el tiempo suficiente para que cesara el golpeteo de los granos de cal sobre el piso del otro lado. Volví. Respiré hondo como me enseñaron en reiki, tomé nuevamente en forma delicada los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” y leí “parece que los ojos se te hubieran volado…” . Inspiré profundamente para que el aire expandiera mis pulmones y el oxígeno pasara a través de las membranas alveolovasculares e impregnara mi hemoglobina. Eso me produce un estado de éxtasis, de liviandad extrema que me permite asimilar la belleza de las palabras como un néctar sagrado. Cuando me disponía disfrutar del tercer verso del gran chileno, que me transportaría a Isla negra, que me haría sentir el olor salitre del Pacífico, el sexto golpe. Similar al quinto, y el interminable golpear de revoque finamente pulverizado sobre el piso.
Era inevitable que el monstruo despertara. Que el dragón que guarda la caverna abriera su ojo rojizo y dejara ver su pupila hendida. Que quiere que le diga fue así. Primero guardé silencio. Luego me puse de pie taconeando con mis botas de gamuza. El séptimo y el octavo ruido fueron… como explicarlo. Predecibles, esperados, similares a los anteriores. El noveno en cambio fue como un “clac” abierto seco. Seguramente el habitante de transmuro colgaba algún elemento plano de no mucho diámetro, ¿Un cuadro quizás? No, para que querría un cuadro en una casa desierta y oscura. No, seguro que un cuadro no. Un clavo para colgar sus ropas mugrientas, los harapos de saco con los que seguramente se vestía en una simulación patética de normalidad. No el saco no hubiera producido ese tipo de ruido. ¡Un espejito! Si el muy desgraciado debe estar colgando un espejito. Uno de esos espejitos circulares con marco plástico ranurado, en surcos paralelos. Ésos espejitos que suelen tener colores vivos, verde eléctrico, rojo rutilante, azul francia, amarillo patito. Pero seguramente el de esta rata que habitaba tras la pared debería estar sucio por la tierra y el polvo. Los últimos ruidos ya no los puedo describir con precisión pues fueron en parte disimulados por el de la caja de cartón al abrirse. Cuando entran por la parte de atrás del cañón casi no hacen ruido, pero como usted comprenderá ya mi atención no era la misma. Yo ya casi estaba totalmente poseído por aquel Fafnir que se revolvía en las profundidades de mis entrañas. La puerta de vieja madera, despintada, la derribé de un golpe con mis botas y luego ¿que le puedo decir? solo se vieron los fogonazos rojo amarillentos, como erupciones de lava, que surgían de mis escopetas cada vez que disparaba. Más no recuerdo. Ah si, lo que recuerdo además es el olor de la pólvora. Siempre me gustó el olor de la pólvora desde niño, cuando salíamos a cazar con el abuelo y papá. ¡qué lindo es el olor de la pólvora! Casi tan hermoso como un poema. Por eso le digo, después si fue como una nube. Cuando aparecieron los policías y esos otros tipos de ropas celestes . No se si me desmayé o alguien me golpeo. Más no recuerdo.
Por eso doctor ¿Qué quiere que le diga? Yo soy un tipo temperamental. No, no le estoy diciendo que ando por la vida de estallido en estallido, porque la cosa no es así. Pero tengo un temperamento sanguíneo, un tanto coléricoDígame por favor doc ¿Quién hace tanto ruido en la sala contigua

martes, 18 de agosto de 2009

Fragmento para compartir.

Otra vez, las notas.

“Me siento como el loco Santella, ése del cuento de Facu, al que le robaron el alma, pero yo no la puedo encontrar, no sé donde está escondida, y ella vaga sin mí”

“Veo como si estuviera subido a un árbol, ellas no me ven. Estoy escondido entre el follaje de la noche oscura. La luna nueva asoma en el cielo negro.”

“Siento la escarcha quebrarse bajo mis pies, y sin embargo no tengo frío, estoy desnudo y no tengo frío”

“El tiempo ha pasado, lo veo en el color de los campos y en las ramas casi desnudas de los árboles. Las golondrinas se han marchado. Pero yo no tengo noción del tiempo. El hoy, el ayer y el mañana se me confunden.”

“Me siento caer con el viento y remolinear entre la hojarasca. Soy una hoja más, reseco y liviano a merced de las ráfagas”

“Yo soy el despojado. Me acerco como un ladrón hacia la luz. Y mis pasos no se escuchan. Ellas no me ven. Sigiloso me aproximo como un descastado”.

La mujer guardó los arrugados papeles en un sobre y dejó éste entre las hojas de un libro. En realidad no necesitaba leerlos, los conocía de memoria. Pero ver los trazos del ausente, la acercaban un poco a él. Ahora sí, después del cuaderno de Facu, entendía mejor aquellas notas. Distraídamente miró el almanaque de la pared de la cocina.
Faltaban tres noches para el cambio de luna.

martes, 11 de agosto de 2009

Un cuento para compartir.

Euclides
“Epifanio Reyes era un hombre muy inocente. Aún creía en cosas que sus coetáneos habían desechado desde mucho antes de su pubertad. Sobre todo lo demás, esta calidad de crédulo, era la característica definitoria de su personalidad. Una cruz cuyo peso por supuesto él no sentía. Era incapaz de hacerlo. Como no tenía noción del ridículo aquella nochecita parado con el ramo de gladiolos amarillos, envueltos en unas hojas del Diario Nogoyá que apenas los ocultaban, frente a las pícaras miradas de los muchachos reunidos en el Bar Plaza.”

Euclides cerró el libro con fuerza, de tal forma que un sonido seco como un aplauso invadió la pequeña sala, y quedó resonando en el ambiente por unos momentos. Él en realidad no valoraba en lo más mínimo lo escrito por aquella persona, pero hubiera sido políticamente incorrecto decirlo. O por lo menos decirlo en éste momento. Lo que si le había gustado de aquel engendro eran las tapas duras. Él siempre había gustado de los libros de tapas duras. Parecía que la lectura era más interesante cuando tenían ese formato. Además y en esto Euclides era muy detallista, quedaban mucho mejor en las bibliotecas, y los visitantes al mirarlos nos imaginarían mucho más inteligentes y formados que si estuvieran mirando los deslucidos lomos de las ediciones rústicas.
En realidad no era este el caso, ya que la lectura de aquello era poco menos que imposible en cualquier formato y lo pensaría dos veces antes de ponerlo en sus estantes. De todos modos más tarde llamaría al autor para felicitarlo y hacerle algunos comentarios sobre las bondades de su obra. Pero eso lo haría más tarde. Ahora debía llamar a la señora de Velásquez, tenía que pedirle unos pesos para unos sellados, que requerían sus trámites en Paraná. Le pediría que se los envíe con la muchacha. Tenía la doble intención de ahorrarse la caminata hasta la casa de la vieja y de paso tener la oportunidad de transarse a la pendeja, que estaba muy buena y tenía una pintita de trola increíble. En realidad los sellados no eran necesarios, pero él necesitaba unos pesos para manejarse el fin de semana. Después de todo la vieja estúpida nunca se enteraría e incluso este era nada más que el primer pedido de varios que le haría antes de comunicarle que su trámite había sido rechazado y que debería recomenzarlo el año próximo. Él se encargaría también de recordarle a la mujer que debía estarle agradecida por haberle ahorrado mucho dinero ya que el trámite habría sido rechazado de todos modos, aún por la costosísima vía administrativa convencional. A Euclides le causaba casi el mismo placer la idea del sobre con los billetes de $100 y $ 50, que la representación mental de la pendeja haciéndole una felatio. Le pagaría con la misma plata de la señora Velásquez.
Tomó el teléfono y llamó a la mujer, pidiéndole $ 400. para comenzar el trámite, y explicándole que seguramente necesitaría otro poco de dinero para moverse y hacer marchar el asunto. Por último le pidió que le mandara la plata con Carmencita, pues quizás él la necesitara para un papelerío esa misma mañana. Ya que sus múltiples ocupaciones le impedían disponer de su tiempo para ello y seguramente ella no quería perder tiempo en todo esto que requería una pronta y expeditiva resolución. Gracias señora Velásquez , que dios la bendiga señora Velásquez , lo suyo es prioridad absoluta para mí señora Velásquez, etc. etc. Colgó. ¡Andá a la puta que te parió señora Velásquez! ¡vieja boluda! Se puso de pie, se miró al espejo, tiró un beso a su propia imagen. Se dirigió a la mesita de las bebidas se sirvió un whisky. Quedaban apenas dos dedos en la botella, en cuanto llegara Carmencita lo primero que haría sería mandarla al súper de la esquina a comprar una de Blenders, en cuanto tuviera el sobre en sus manos por supuesto. Bebió mientras caminaba de un lado a otro y pensaba. Las ideas se le aparecían más claras cuando llegaba un poco de alcohol a su sangre. Para él el whisky era como un paño en la cristalería de las ideas les sacaba brillo. ¡ Epifanio Reyes! Que nombre tan estúpido, tan inadecuado para el personaje de una novela. ¡ Qué ridículo! Tendría que llamar al autor para felicitarlo y para ofrecerle sus buenos oficios para presentar la obra en la capital. Por supuesto que le haría un precio especial en homenaje a su amistad. Desde ya. Eso que lo diera por descontado. El paño continuaba sacando brillo. ¡Todo lo que salía de él era brillante, exquisito! Si hasta por momentos deseaba comerse sus propios excrementos para que nada se perdiera. Sonó el timbre era el chico del delibery le hizo colocar todo sobre la mesa de la cocina y luego simuló revisar su billetera. ¡Me quedé sin efectivo! Casi gritó. Con una exagerada mueca de sorpresa. Le dijo que se fuera tranquilo que luego él pasaría con la tarjeta de débito. Ante la protesta del chico le explicó que más tarde, en cuanto terminara unos papeles muy importantes y hablara con no se que político, le hablaría al dueño por teléfono. El muchachito salió cabizbajo, escuchando por anticipado los reproches de su patrón por haberse dejado engañar nuevamente por Euclides. Quien lo despedía con su vaso de whisky en la mano izquierda, en alto, a modo de brindis. Bueno quizás fuera cierto y más tarde iría a pagar con la tarjeta de débito. ¡Ojalá! De lo contrario era muy probable que lo despidieran. Después de todo él le había advertido, que no le mandara semejante pedido, que era casi imposible cobrarle, que sí, que podía haber efectuado algunas pequeñas compras en efectivo ese último mes. ¡Pero era cantado que este era el golpe! En consecuencia no era él quien se había dejado engañar, sino al contrario él había advertido sobre el inminente riesgo del engaño. Pensó en volver enérgicamente y recoger toda la mercadería y llevársela de vuelta. Si eso haría. Sintió cerrarse la puerta tras de sí y se alejó meditabundo en la bicicleta de reparto.
Euclides pensó que después de todo Epifanio Reyes no era un personaje del todo extraordinario. Sonrió y tomó un largo sorbo de aquella bebida que abrillantaba sus ideas. Se volvió a mirar al espejo de regreso y aprobó su indumentaria sport de reconocida marca, parte del guardarropa que le había obsequiado Matilde, una mujer separada de Gualeguaychú que creía que era su pareja. Él en cambio no pensaba lo mismo. Volvió a sonreír ante el espejo y continuó hacia la cocina debía guardar todo aquello rápido no sea cuestión que Carmencita le pidiera alguna de sus cosas. A él nunca le había gustado compartir sus cosas. Era mejor compartir las cosas de los demás. Si de compartir se trataba, ese era para él el ideal. Fue guardando los envases uno por uno con ritmo más que velocidad. Brincando. Y cantando Matilda, Matilda…
Luego calculando el tiempo de llegada del cadete, volvió a tomar el teléfono y habló con el dueño el comercio, informándole que no tenía apuro por el vuelto del cheque que le enviaba con el muchacho. Que se había quedado sin efectivo y por eso le enviaba el valor, acto seguido le dio el número del cheque que había cambiado la noche anterior en la cantina del club y el importe. Colgó. Y giró sobre la punta de sus zapatos bebiendo el último resto de whisky del vaso. Sonó el timbre con insistencia. No se apuró a atender. Hacerse esperar siempre fue una buena estrategia. Se volvió a servir whisky y dejó que el timbre sonara nuevamente. Cuando abrió la puerta Carmencita le alcanzó el sobre, Euclides lo abrió rápidamente extrajo $50 y la envió al súper a comprar el Blenders. Luego fue hasta el equipo de música y colocó un disco compacto de Chayanne y se tiró sobre el sillón a fumar un Benson Hedges. Recordó lo que le había contado en confianza Mendieta, la noche anterior, en el club. La vida estaba llena de oportunidades, se dijo Euclides, quizás pudiera contactarse de alguna forma con el dueño de el campo que su amigo tenía para vender. Él probablemente conocía alguien a quien le podía interesar. Pero la cosa era sacárselo a Mendieta. Nunca le había gustado compartir las ganancias con nadie. Las perdidas eran otra cosa, cuando se tenía un socio y nuestros negocios salían mal, ¡eso era otra cosa! Siempre estaba listo para defender su posición. Se levantó se dirigió a su escritorio y escribió el nombre del dueño de la propiedad. Más tarde lo llamaría y de paso telefonearía a Campos Solchaga de Retícula Agraria S.A. quien le había manifestado su interés en comprar campos para el fondo inversor. Si, Mendieta pasaría a la historia esa misma tarde. ¡Pobre imbécil! ¡Los negocios no se cuentan! ¡Los negocios se hacen! Mientras volvía al sillón de la sala no pudo reprimir una carcajada que resonó en la estancia silenciosa. A Campos Solchaga lo había conocido tomando whisky y jugando a la ruleta en el casino de Victoria. Habían hecho buenas migas. Además la plata que manejaba era dulce y había que gastarla, sea como sea, “invertirla en blanco”, como decía el socio gerente de Retícula Agraria SA. Inmediatamente lo llamó y le propuso el negocio sin darle datos sobre la ubicación del inmueble ni de su propietario. Mucho menos sobre su amigo el comisionista que había tenido la amabilidad de brindarle aquél negocio en bandeja. Solicitándole, por supuesto, bastante más que lo que sabía, por Mendieta, pretendía el dueño. Eso sería un plus a su comisión. A la de él, Euclides, por supuesto. Tenía que apurarse. Sacó el disco compacto y lo reemplazó por un acústico de Alejandro Sanz. En ése momento sonó el timbre. Carmencita ingresó con su pantalón blanco ajustado y la escotada remera celeste que dejaba adivinar sus formas. Él sintió la turgencia de su masculinidad, empujando el sobre con el dinero, se sintió muy excitado. No sabía bien si por aquél contacto o por la figura provocativa de la muchacha que lo miraba con ojos pícaros. Mientras se apretaba la botella contra sus pechos que casi escapaban fuera de la delgada prenda de algodón, evidentemente no usaba corpiño. Euclides tomó la botella y la dejó sobre la mesita de las bebidas, luego acercándose a la muchacha, deslizó sus manos bajo sus ropas ascendiendo desde la cintura hasta sus pezones endurecidos. Escuchando la risita libidinosa de Carmencita que a su vez había apoyado su mano sobre su pantalón y la movía entusiasta sobre su presa.
Luego que la chica se retiró, él se sintió feliz. No por el intercambio sexual que había sido satisfactorio, sino porque la promesa de conseguirle una pensión graciable a su abuela lo había eximido del pago establecido. Sonrió satisfecho. Recordó a Epifanio Reyes y se carcajeó. El timbre sonaba en forma insistente, se imaginó que debía tratarse del cadete. Se dirigió al baño a darse una ducha. Antes, sin embargo, volvió a extraer el sobre con el dinero del bolsillo de su pantalón, miró los billetes, los olió , los apretó contra su rostro. Se sintió nuevamente excitado.
Se duchó lentamente como disfrutando el momento. Pensó en visitar a su hermana, si se apuraba probablemente lo invitara a almorzar.
Orinó y observó como se rompía su imagen en el espejo de agua del inodoro. Se quedó quieto un rato hasta que nuevamente se pudo mirar en su reflejo. Sonrió y realizó muecas. Luego apretó el botón del depósito y su figura se descompuso en un torbellino de agua. Sintió una súbita desesperación y pensó que se ahogaría. Se arrojó a las aguas remolinantes para salvarse. Pero la espuma y las olas lo hicieron girar con violencia y poco a poco fue succionado hacia la cloaca. Euclides alcanzó a mirar a través del orificio superior de la taza del inodoro, su pantalón colgado y el sobre que asomaba de su bolsillo. Trató de asirlo con su mano y por eso ésta fue la última parte de su cuerpo en desaparecer de la superficie.

domingo, 2 de agosto de 2009

Fragmento de "Las Brumas del Destino" para compartir

El amor.

Ami caminaba con las últimas luces de la tarde, por calle Alem , acercándose a la esquina de Moreno cuando Fran la encontró. Se detuvo sonriente junto al cordón y la invitó a subir, ella lo miró perpleja, fue una verdadera sorpresa.
- ¿A quién querés más a mí o a tu moto?- Le preguntó tiempo después , con una voz insinuante casi susurrada sobre su pecho.
- ¡A mi moto por supuesto! .- contestó él , con simulada arrogancia.
- ¡ Sos , muy malo! .-le dijo ella.
Un par de horas antes él había llegado a su casa, donde ella como casi siempre se encontraba sola. Escuchaban FM y comentaban sobre acontecimientos escolares, el cuarto año era el más interesante, los profesores eran buena gente. Ese año , pensaban, sería el último de estudio realmente, en quinto se dedicarían a preparar su viaje de fin de curso y a viajar. Él la miró largamente, si bien parecía escucharla , su pensamiento se había detenido en la belleza de sus labios al moverse. Lentamente se acercó pasó su mano derecha por su nuca y suavemente la atrajo besándola con pasión, jugando con el lóbulo de sus orejas entre sus labios, recorriendo su cuello , sus hombros , desprendiendo uno a uno los botones de su camisa , deteniendo sus caricias en la suavidad de sus senos cálidos, en la turgencia de sus pezones erectos. Tuvo urgencia de sentirlos en su boca, se detuvo largamente besándolos y lamiéndolos, mientras con sus manos recorría su vientre , tocaba sus rodillas la dureza de sus rótulas, desplazándose por la suavidad de sus muslos hasta los cálidos humedales de su sexo.
Cuando la penetró experimentó el ardiente abrazo de su vagina rodeándolo, aquél túnel lúbrico y cálido que lo conducía hacia la locura, el tibio néctar de su cuerpo mojándolo, sus muslos que lo envolvían , sus manos recorriendo su espalda como quien busca en la oscuridad, con más desesperación tras cada movimiento de su pubis, hasta que la transpiración sobre su vientre acompañó el espasmo , el gemido o el llanto y en ése momento algo estalló en su cuerpo, transformándose en esperma urgente expulsado hacia un exilio soñado, definitivo. Ambos fueron distintos después de aquel instante de éxtasis, de pasión y de locura.
Casi un año transcurrió desde su primer beso hasta el momento en que sus cuerpos se vieron atrapados por la vorágine del sexo. En definitiva por el vórtice primigenio de la vida.
Ella tendida boca abajo apoyaba la cabeza en su pecho, entrecerrando sus ojos y escuchando el latido de ese corazón, que esperaba habitar para siempre. Recorriendo con sus manos los hombros de él, sus mejillas , sus labios. Como una ciega, leyendo los rasgos de su amado . La noche los fue envolviendo , mientras las luces de la tarde languidecían en la ventana. En la FM Sabina cantaba muy bajo “ 19 días y 500 noches”. Y el sordo sonido de la hojarasca mecida por el viento en la galería, de tanto en tanto arrullaba el instante perfecto de su dicha.
A ella le pareció ver una sombra fugaz en el rectángulo mortecino de la puerta de su cuarto iluminado por las luces de la calle que se colaban desde la sala. Pensó en su madre que hubiese regresado con mucha antelación de su trabajo , pero era imposible que ingresara en la casa de forma tan silenciosa. De todas formas ya nada se veía.
Fran dormitaba, ella miró su rostro y temió perderlo.