martes, 11 de agosto de 2009

Un cuento para compartir.

Euclides
“Epifanio Reyes era un hombre muy inocente. Aún creía en cosas que sus coetáneos habían desechado desde mucho antes de su pubertad. Sobre todo lo demás, esta calidad de crédulo, era la característica definitoria de su personalidad. Una cruz cuyo peso por supuesto él no sentía. Era incapaz de hacerlo. Como no tenía noción del ridículo aquella nochecita parado con el ramo de gladiolos amarillos, envueltos en unas hojas del Diario Nogoyá que apenas los ocultaban, frente a las pícaras miradas de los muchachos reunidos en el Bar Plaza.”

Euclides cerró el libro con fuerza, de tal forma que un sonido seco como un aplauso invadió la pequeña sala, y quedó resonando en el ambiente por unos momentos. Él en realidad no valoraba en lo más mínimo lo escrito por aquella persona, pero hubiera sido políticamente incorrecto decirlo. O por lo menos decirlo en éste momento. Lo que si le había gustado de aquel engendro eran las tapas duras. Él siempre había gustado de los libros de tapas duras. Parecía que la lectura era más interesante cuando tenían ese formato. Además y en esto Euclides era muy detallista, quedaban mucho mejor en las bibliotecas, y los visitantes al mirarlos nos imaginarían mucho más inteligentes y formados que si estuvieran mirando los deslucidos lomos de las ediciones rústicas.
En realidad no era este el caso, ya que la lectura de aquello era poco menos que imposible en cualquier formato y lo pensaría dos veces antes de ponerlo en sus estantes. De todos modos más tarde llamaría al autor para felicitarlo y hacerle algunos comentarios sobre las bondades de su obra. Pero eso lo haría más tarde. Ahora debía llamar a la señora de Velásquez, tenía que pedirle unos pesos para unos sellados, que requerían sus trámites en Paraná. Le pediría que se los envíe con la muchacha. Tenía la doble intención de ahorrarse la caminata hasta la casa de la vieja y de paso tener la oportunidad de transarse a la pendeja, que estaba muy buena y tenía una pintita de trola increíble. En realidad los sellados no eran necesarios, pero él necesitaba unos pesos para manejarse el fin de semana. Después de todo la vieja estúpida nunca se enteraría e incluso este era nada más que el primer pedido de varios que le haría antes de comunicarle que su trámite había sido rechazado y que debería recomenzarlo el año próximo. Él se encargaría también de recordarle a la mujer que debía estarle agradecida por haberle ahorrado mucho dinero ya que el trámite habría sido rechazado de todos modos, aún por la costosísima vía administrativa convencional. A Euclides le causaba casi el mismo placer la idea del sobre con los billetes de $100 y $ 50, que la representación mental de la pendeja haciéndole una felatio. Le pagaría con la misma plata de la señora Velásquez.
Tomó el teléfono y llamó a la mujer, pidiéndole $ 400. para comenzar el trámite, y explicándole que seguramente necesitaría otro poco de dinero para moverse y hacer marchar el asunto. Por último le pidió que le mandara la plata con Carmencita, pues quizás él la necesitara para un papelerío esa misma mañana. Ya que sus múltiples ocupaciones le impedían disponer de su tiempo para ello y seguramente ella no quería perder tiempo en todo esto que requería una pronta y expeditiva resolución. Gracias señora Velásquez , que dios la bendiga señora Velásquez , lo suyo es prioridad absoluta para mí señora Velásquez, etc. etc. Colgó. ¡Andá a la puta que te parió señora Velásquez! ¡vieja boluda! Se puso de pie, se miró al espejo, tiró un beso a su propia imagen. Se dirigió a la mesita de las bebidas se sirvió un whisky. Quedaban apenas dos dedos en la botella, en cuanto llegara Carmencita lo primero que haría sería mandarla al súper de la esquina a comprar una de Blenders, en cuanto tuviera el sobre en sus manos por supuesto. Bebió mientras caminaba de un lado a otro y pensaba. Las ideas se le aparecían más claras cuando llegaba un poco de alcohol a su sangre. Para él el whisky era como un paño en la cristalería de las ideas les sacaba brillo. ¡ Epifanio Reyes! Que nombre tan estúpido, tan inadecuado para el personaje de una novela. ¡ Qué ridículo! Tendría que llamar al autor para felicitarlo y para ofrecerle sus buenos oficios para presentar la obra en la capital. Por supuesto que le haría un precio especial en homenaje a su amistad. Desde ya. Eso que lo diera por descontado. El paño continuaba sacando brillo. ¡Todo lo que salía de él era brillante, exquisito! Si hasta por momentos deseaba comerse sus propios excrementos para que nada se perdiera. Sonó el timbre era el chico del delibery le hizo colocar todo sobre la mesa de la cocina y luego simuló revisar su billetera. ¡Me quedé sin efectivo! Casi gritó. Con una exagerada mueca de sorpresa. Le dijo que se fuera tranquilo que luego él pasaría con la tarjeta de débito. Ante la protesta del chico le explicó que más tarde, en cuanto terminara unos papeles muy importantes y hablara con no se que político, le hablaría al dueño por teléfono. El muchachito salió cabizbajo, escuchando por anticipado los reproches de su patrón por haberse dejado engañar nuevamente por Euclides. Quien lo despedía con su vaso de whisky en la mano izquierda, en alto, a modo de brindis. Bueno quizás fuera cierto y más tarde iría a pagar con la tarjeta de débito. ¡Ojalá! De lo contrario era muy probable que lo despidieran. Después de todo él le había advertido, que no le mandara semejante pedido, que era casi imposible cobrarle, que sí, que podía haber efectuado algunas pequeñas compras en efectivo ese último mes. ¡Pero era cantado que este era el golpe! En consecuencia no era él quien se había dejado engañar, sino al contrario él había advertido sobre el inminente riesgo del engaño. Pensó en volver enérgicamente y recoger toda la mercadería y llevársela de vuelta. Si eso haría. Sintió cerrarse la puerta tras de sí y se alejó meditabundo en la bicicleta de reparto.
Euclides pensó que después de todo Epifanio Reyes no era un personaje del todo extraordinario. Sonrió y tomó un largo sorbo de aquella bebida que abrillantaba sus ideas. Se volvió a mirar al espejo de regreso y aprobó su indumentaria sport de reconocida marca, parte del guardarropa que le había obsequiado Matilde, una mujer separada de Gualeguaychú que creía que era su pareja. Él en cambio no pensaba lo mismo. Volvió a sonreír ante el espejo y continuó hacia la cocina debía guardar todo aquello rápido no sea cuestión que Carmencita le pidiera alguna de sus cosas. A él nunca le había gustado compartir sus cosas. Era mejor compartir las cosas de los demás. Si de compartir se trataba, ese era para él el ideal. Fue guardando los envases uno por uno con ritmo más que velocidad. Brincando. Y cantando Matilda, Matilda…
Luego calculando el tiempo de llegada del cadete, volvió a tomar el teléfono y habló con el dueño el comercio, informándole que no tenía apuro por el vuelto del cheque que le enviaba con el muchacho. Que se había quedado sin efectivo y por eso le enviaba el valor, acto seguido le dio el número del cheque que había cambiado la noche anterior en la cantina del club y el importe. Colgó. Y giró sobre la punta de sus zapatos bebiendo el último resto de whisky del vaso. Sonó el timbre con insistencia. No se apuró a atender. Hacerse esperar siempre fue una buena estrategia. Se volvió a servir whisky y dejó que el timbre sonara nuevamente. Cuando abrió la puerta Carmencita le alcanzó el sobre, Euclides lo abrió rápidamente extrajo $50 y la envió al súper a comprar el Blenders. Luego fue hasta el equipo de música y colocó un disco compacto de Chayanne y se tiró sobre el sillón a fumar un Benson Hedges. Recordó lo que le había contado en confianza Mendieta, la noche anterior, en el club. La vida estaba llena de oportunidades, se dijo Euclides, quizás pudiera contactarse de alguna forma con el dueño de el campo que su amigo tenía para vender. Él probablemente conocía alguien a quien le podía interesar. Pero la cosa era sacárselo a Mendieta. Nunca le había gustado compartir las ganancias con nadie. Las perdidas eran otra cosa, cuando se tenía un socio y nuestros negocios salían mal, ¡eso era otra cosa! Siempre estaba listo para defender su posición. Se levantó se dirigió a su escritorio y escribió el nombre del dueño de la propiedad. Más tarde lo llamaría y de paso telefonearía a Campos Solchaga de Retícula Agraria S.A. quien le había manifestado su interés en comprar campos para el fondo inversor. Si, Mendieta pasaría a la historia esa misma tarde. ¡Pobre imbécil! ¡Los negocios no se cuentan! ¡Los negocios se hacen! Mientras volvía al sillón de la sala no pudo reprimir una carcajada que resonó en la estancia silenciosa. A Campos Solchaga lo había conocido tomando whisky y jugando a la ruleta en el casino de Victoria. Habían hecho buenas migas. Además la plata que manejaba era dulce y había que gastarla, sea como sea, “invertirla en blanco”, como decía el socio gerente de Retícula Agraria SA. Inmediatamente lo llamó y le propuso el negocio sin darle datos sobre la ubicación del inmueble ni de su propietario. Mucho menos sobre su amigo el comisionista que había tenido la amabilidad de brindarle aquél negocio en bandeja. Solicitándole, por supuesto, bastante más que lo que sabía, por Mendieta, pretendía el dueño. Eso sería un plus a su comisión. A la de él, Euclides, por supuesto. Tenía que apurarse. Sacó el disco compacto y lo reemplazó por un acústico de Alejandro Sanz. En ése momento sonó el timbre. Carmencita ingresó con su pantalón blanco ajustado y la escotada remera celeste que dejaba adivinar sus formas. Él sintió la turgencia de su masculinidad, empujando el sobre con el dinero, se sintió muy excitado. No sabía bien si por aquél contacto o por la figura provocativa de la muchacha que lo miraba con ojos pícaros. Mientras se apretaba la botella contra sus pechos que casi escapaban fuera de la delgada prenda de algodón, evidentemente no usaba corpiño. Euclides tomó la botella y la dejó sobre la mesita de las bebidas, luego acercándose a la muchacha, deslizó sus manos bajo sus ropas ascendiendo desde la cintura hasta sus pezones endurecidos. Escuchando la risita libidinosa de Carmencita que a su vez había apoyado su mano sobre su pantalón y la movía entusiasta sobre su presa.
Luego que la chica se retiró, él se sintió feliz. No por el intercambio sexual que había sido satisfactorio, sino porque la promesa de conseguirle una pensión graciable a su abuela lo había eximido del pago establecido. Sonrió satisfecho. Recordó a Epifanio Reyes y se carcajeó. El timbre sonaba en forma insistente, se imaginó que debía tratarse del cadete. Se dirigió al baño a darse una ducha. Antes, sin embargo, volvió a extraer el sobre con el dinero del bolsillo de su pantalón, miró los billetes, los olió , los apretó contra su rostro. Se sintió nuevamente excitado.
Se duchó lentamente como disfrutando el momento. Pensó en visitar a su hermana, si se apuraba probablemente lo invitara a almorzar.
Orinó y observó como se rompía su imagen en el espejo de agua del inodoro. Se quedó quieto un rato hasta que nuevamente se pudo mirar en su reflejo. Sonrió y realizó muecas. Luego apretó el botón del depósito y su figura se descompuso en un torbellino de agua. Sintió una súbita desesperación y pensó que se ahogaría. Se arrojó a las aguas remolinantes para salvarse. Pero la espuma y las olas lo hicieron girar con violencia y poco a poco fue succionado hacia la cloaca. Euclides alcanzó a mirar a través del orificio superior de la taza del inodoro, su pantalón colgado y el sobre que asomaba de su bolsillo. Trató de asirlo con su mano y por eso ésta fue la última parte de su cuerpo en desaparecer de la superficie.

2 comentarios:

  1. "...se rompía su imagen en el espejo de agua del inodoro..."

    Me gustó tu cuento, realmente. Para mí es una pena, estos personajes no son para matarlos, son para que salgan en otros cuentos, de extras, son gloriosos, jjaja! te mando un abrazo grande!
    Revivimelo! aunque sea de fantasma jajjaja!

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  2. Asi lo haré charlotte. En algún lado emergerá como las focas en el hielo. Ja ja ja Chau

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