domingo, 25 de octubre de 2009

Un cuento para ustedes

Una carta absurda.

Estimado profesor Corbalan:
He meditado mucho sobre su teoría. Creo que si se demostrase verdadera, aún hoy tendría consecuencias mucho más importantes y cercanas que las que usted expuso en nuestra reciente charla.
Sus sesudos estudios me han dejado en un estado de permanente turbulencia del espíritu. Lo que para muchos es algo casi indiferente, lo considero crucial, con inimaginables consecuencias para la humanidad.
Mirando desde el balcón los transeúntes, me es difícil creer que caminen tan campantes por las aceras o conduzcan sus automóviles con total naturalidad ante la verdad que se cierne sobre sus existencias. Como una espada de Damocles he imaginado. Y he sonreído, con esa sonrisa entre paternal y cínica que tenemos los poseedores de esa revelación que escuché de sus labios.
Respetuosamente profesor, me animo o mejor dicho me atrevo a afirmar(porque expresar lo que voy a expresar ante una eminencia gris como usted, que ha realizado el que yo considero el más importante descubrimiento de los últimos dos milenios es al menos una osadía de mi parte) usted profesor Corbalan no es conciente de la magnitud de su descubrimiento. ¿Ha sopesado por ventura, las consecuencias de lo que usted afirma?. Usted dinamita los cimientos de gran parte de la historia de occidente, con una humildad digna de los próceres del conocimiento. Y a la vez, es quizás un visionario. Un hombre (cuesta creer que usted sea un simple mortal)que desde las murallas del conocimiento, de la investigación incansable y metódica, del buceo por los intrincados atolones de cientos y quizás miles de bibliotecas. Desde esa muralla dispara contra las máscaras pétreas de las mentiras del pasado, desenmascara los embozados rostros de pérfidos historiadores que han creado una mitología disfrazada de verdad. Un sofisma histórico. Que me atrevo a calificar de atroz. Pero usted profesor, desde las alturas de su talento alcanza a avizorar a la vez el futuro. Por eso no dudo en llamarlo un visionario.
Yo, profesor, deseo poder volver a reunirme con usted para discutir con más amplitud este tema, tengo preparados distintos trabajos que quisiera que usted conozca, pues todos derivan de su teoría. Se que a usted le resulta harto difícil contestar mis cartas. No piense ni por un momento que no lo comprendo.
He leído con estupefacción las diatribas de Acevedo, con respecto a usted y a su trabajo. Considero que se deben a un espíritu menor. Contaminado por la envidia. Mi impresión es que las mentes estrechas, encasilladas en visiones estrictamente ortodoxas , plenas de prejuicios no están en condiciones de comprender planteos tan revolucionarios como el suyo profesor Corbalan. El móvil de Acevedo no es otro que la descalificación de su persona, en la que hace hincapié, sin tener argumentos sólidos que refuten lo por usted expuesto. Es que le vuelvo a decir, usted no tiene la real magnitud de las consecuencias de sus afirmaciones. Imagino a Acevedo temblando por las noches, insomne, pensando en la debacle de sus trabajos y el riesgo al que se expone su supuesto prestigio, al despeñarse por las hondonadas del ridículo.
Le advierto profesor, que tampoco me dejo engañar por los cantos de sirena de Cáceres en su artículo del diario La Nación, pues como usted habrá notado no realiza ninguna adhesión contundente a su postura. Considero que lo de Cáceres es una postura por demás ambigua. Una especie de travestismo histórico, un “ni” disimulado en una hipérbole de elogios hacia usted, pero manteniendo distancia de sus afirmaciones.
Por lo tanto considero, que tanto Acevedo como Cáceres se suman a la recua de historiadores ortodoxos que rebuznan a diario en los pasillos de la facultad.
Es que a partir de su obra profesor, o quizás debería decir de su Obra con mayúsculas,
he hundido más aún el bisturí en las fláccidas carnes de la mentira histórica. Y debo anticiparle, por este medio, luego se lo ampliaré largamente en la reunión que seguramente tendremos. Que mi cirugía llegó al hueso de la falacia. Y estoy en condiciones de realizar afirmaciones categóricas, que demás está aclararlo solo son réplicas del terremoto que usted provocó.
Por eso profesor Corbalan mi espíritu está azotado por turbulencias huracanadas, tengo en mi la inquietud del náufrago que ve tierra en el horizonte luego de largas jornadas en el mar. Se unen la esperanza de poder revelar la verdad y el temor de ser incapaz de hacerlo. Es que temo que ese pulpo conformado de mentirosos a través de los siglos, nos alcance con sus tentáculos. Probablemente existe una secta que reúne en la actualidad (y seguramente en el pasado) a toda esta caterva de farsantes.
Y es inimaginable hasta donde pueden estar enquistados en los distintos estratos del poder. A eso se debe mi temor profesor, y seguramente me veré tentado a destruir esta carta sin enviarla como lo hice con anterioridad. Y nunca más me comunicaré con usted, para no ser instrumento de éstos grupos que merodean a nuestro alrededor. Y quedaremos usted y yo como dos islotes en el piélago de la ignorancia. Asediados por esta neoinquisición.
Por los Acevedo, por los Cáceres y por tantos otros . Personeros del orden establecido.
Deberemos mantener una reunión secreta Profesor Corbalan, tal vez arrodillados en alguna iglesia o en medio de alguna multitud de activistas políticos. Camuflados. Disimulados.
Y nos diremos el uno al otro que la historia no existe y dejaremos que sigan husmeando entre pilas de papeles inútiles , de recopilaciones de la nada, como ratas en los desvanes de lo perdido. Y seguiremos mirando desde nuestros balcones a la gente indiferente, caminar , conducir , comprar electrodomésticos. Vivir lo ilusorio, sin conocer la verdad que usted me ha revelado Profesor Corbalan.
Afectuosamente.


Su discípulo.

martes, 20 de octubre de 2009

Fragmento para compartir.Las Brumas del Destino

Elena

Cuando la mujer volvió a su casa encontró a Ami en el sillón de la sala con los auriculares puestos, la saludó y cómo ésta no le contestó se acercó levantando uno de los micro parlantes. Ami levantó la cabeza, sonrió y saludó a su madre. Luego de un rato ambas mujeres, madre e hija se sentaron en la cocina a comer tarta de jamón y queso fría y a mirar televisión. Tinelli , estaba imperdible, a la madre le encantaba éste programa, pues afirmaba, le limpiaba la cabeza de tantas broncas que la invadían en su trabajo en la Estación de Servicio. Desde que su marido la había abandonado, por otra mujer más joven , para Elena , el silencio era mal compañero , un acompañante que le acercaba espectros del pasado, que le traía a la superficie de la conciencia viejos pensamientos, que había rumiado durante años y cuyo jugo amargo impregnó cada una de sus células, convirtiéndola en una mujer opaca, descreída y fundamentalmente triste.
Cuando veía a su hija, secretamente envidiaba su juventud, su lozanía , sus ímpetus juveniles. Pero sobre todo envidiaba sus ilusiones, y se decía a sí misma que pronto esa mocosa vivaz, se convertiría en algo parecido a ella , que tarde o temprano la vida le sacaría la silla y quedaría sentada en el fango de la realidad, embadurnada de las miserias y las pestilencias del mundo de los adultos. A cada mariposa la espera su parabrisas se decía, mientras miraba el juvenil rostro de su hija donde los rasgos de su ex marido se expresaban cada vez con más notoriedad. De alguna manera ése maldito recibiría su castigo a través de los sufrimientos femeninos de su hija. ¡ Es muy fácil ser varón pensaba! Como un picaflor, van de planta en planta, no soportan el peso de los hijos en la panza y en la columna, no los paren. No menstrúan. No se vuelven menopáusicos. Al fin de cuentas, pensaba Elena, Dios a sido injusto en la repartición de cargas entre los sexos. ¡Claro si Dios es varón! . Ami miró a su madre , que permanecía callada desde hacía largo tiempo, le tocó el antebrazo con el vaso de gaseosa, ésta le devolvió una sonrisa , casi una mueca. Y Ami sintió una vez más ésa distancia, ése abismo que existía entre las dos y que nunca había logrado comprender, pero que percibía cada día de su vida, desde que tenía memoria.