jueves, 26 de noviembre de 2009

Un fragmento para ustedes.

La aguja de hielo

En la habitación en penumbras, Calamaro cantaba “ Quiero, que ésta noche te quedes conmigo…” Él tenía el antebrazo izquierdo cruzado bajo su cuello y con el índice de la mano derecha dibujaba círculos en sus aréolas y rozaba sus pezones con la palma de la mano suavemente. Ella con los ojos cerrados parecía dormitar.
De pronto giró su cabeza y abrió sus ojos , que para él eran como soles, con voz suave preguntó
- ¿Me quieres mucho, como antes?
- Te quiero más que a mi vida- contestó él
Ella lo miró por un instante, él creyó ver una sombra de duda cruzando sus pupilas. Luego ella sonrió y lo besó en los labios atrayéndolo hacia sí, quemándolo con aquella piel suave y ardiente , de la que emanaban los aromas del amor y la pasión. Y nuevamente se entrelazaron con desesperación, cómo si fuera la última vez. Cómo si uno de ellos partiera al destierro.
Cuando Vale había llegado ésa mañana al aula le dijo que tenía algo que contarle. Ami pensó que se trataría de cualquier cosa, menos lo que finalmente le dijo, mientras caminaban tomadas del brazo por el patio de mosaicos grises. Al escucharlo fue como si algo dentro de ella se hubiese roto, un fino cristal que se quebró. La duda, esa termita que todo lo horada , ese gusanito inquieto que corrompe la confianza.
Ami se quedó pensativa, luchando con la ambivalencia de sus sentimientos , por un lado no creía nada de lo que su amiga le había dicho. Pero la duda estaba ahí , debilitando el encofrado de su relación con Fran, y sintió una profunda amargura .
Una amargura extraña , nueva, la de la desilusión. Y ahora que le había preguntado por su amor, no vio otra cosa que verdad en sus palabras, en la ternura de sus ojos. Se sintió abandonada por ésa sensación que la acompañó durante todo el día , y el deseo desesperado de sentirlo dentro suyo la poseyó, como una pulsión ajena a toda voluntad.
Las noches de invierno son frías . La escarcha de la helada cubría el asiento , Fran la desprendió con su pañuelo. El motor no encendió con el primer intento debido a la temperatura reinante. El manillar estaba helado al igual que las palancas , poco a poco sus manos comenzaron a sentirse insensibles , endurecidas. Pero no era ésa la sensación que lo embargaba, era otro el frío el que sentía, un frío que no dependía de la estación del año ni de la madrugada. Un frío que perforaba su pecho, desde que vio la duda en sus ojos. Como si fuera una fina aguja de metal gélido. ¿Qué pasaba con Ami? ¿ por qué actuaba de forma extraña? El viento de la noche golpeaba su rostro transformándolo en una máscara rígida y lo hacía lagrimear. A eso atribuyó su visión, la segunda, (la anterior yacía olvidada por el tiempo y las vivencias posteriores). La bruma cubría la calle , hasta la altura del eje de la rueda delantera, formando volutas que ocultaban el pavimento y se deshilachaban al paso del vehículo, aumentando el frío de la noche y creando una sensación de desolación. Cuando Fran llego a su casa envuelto en la neblina espectral abrió el portón lateral , introdujo la moto hasta la galería y al volver para cerrar, lo sorprendió ver la calle despejada, sin rastros de aquello que la invadía instantes antes.
El aire denso de la helada, transmitía el ladrar de perros lejanos y dejaba ver una luna blanca y distante. Una bandada de siriríes surcó la noche, dejando el sonido de sus graznidos agudos. El chico entró en silencio en su casa, se dirigió a su cuarto, que era como un agregado tardío y se acostó. Tardó mucho tiempo en calentarse y más aún en dormirse, era la presa de una inquietud extraña.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Olvido.

¿Cómo olía el perfume de tu pelo? Quizás a limones o a rosas o a olas.
¿Tu piel que perfume despedía en las tardes quietas de cigarras y ciruelas? Es que de repente no me acuerdo y eso me duele más que tu partida. Te fuiste tambien del lugar secreto en que te tenía prisionera. No recuerdo la melodía de tu voz y eso enmudece mi alma. Muchacha de sombra, te me perdiste en la noche.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Los Perros y el cazador

Monte Santiagueño mediados de 1996

“Volverán a la tarde, ladrarán como perros” Salmo59-6

A pesar de ser principios de Agosto el calor era insoportable en el apostadero.
Flores Schneider estaba impaciente., hacia dos horas que esperaba la aparición de ésa maldita chancha por el sendero. No soportaba más esperar, la paciencia del cazador no era su fuerte, a él lo entusiasmaba la aventura, el vértigo, el enfrentarse con su presa el disparar su fúsil. Descendió por la escalera de madera y comenzó a caminar por el estrecho sendero, sus perros entrenados lo seguían sedientos de sangre. De pronto inquietos comenzaron a ladrar y salieron disparados tras la maraña de espinas. Flores Schneider corrió tras ellos, habían identificado la chancha, seguro que sí.
Guiado por el estruendo de los ladridos divisó su jauría que rodeaba el animal bajo un algarrobo enorme, apuró aún más su carrera, de pronto el suelo cedió bajo su pie derecho, una cueva había atrapado su bota, al caer con todo el peso escucho el crepitar de su pierna al fracturarse, tocó su pantalón húmedo de sangre tibia y palpó el extremo distal de su tibia fracturada emergiendo de la piel “Carajo” dijo.”Como salgo de ésta” pensó. Con esfuerzo paso sus manos debajo de la rodilla derecha y traccionó la pierna y el píe fuera del hoyo. “Seguramente podré arrastrarme hasta el apostadero donde están los muchachos” pensó .Realizó varios disparos para llamar la atención pero nadie concurrió seguramente pensaban que estaría ultimando al jabalí .Comenzó a arrastrarse de regreso, un extraño silencio se produjo en el monte. El aliento del animal en su nuca tibio y húmedo, como el beso apasionado de una mujer pero con el hálito inmundo de la muerte. El Dogo lamió su pierna lastimada Flores Schneider agradeció al cariñoso animal con una palmada en la cabeza, fue su último acto voluntario antes de la mordida inicial, pronto la jauría entera se arrojó sobre él.
Cuando lo encontraron solo quedaban huesos y vísceras, el cuero cabelludo estaba casi intacto bajo el casco de corcho. Un viento húmedo y cálido revolvía la hojarasca, una sombra se movía en la espesura con el silencio de la muerte. Uno de las baqueanos fue el encargado de sacrificar los perros. A cientos de kilómetros en la campiña entrerriana una mujer temblorosa y agitada levantaba el teléfono con su mano derecha para recibir la terrible noticia de la trágica muerte de su esposo, con la mano izquierda apretaba la cabeza de su amante entre sus muslos abiertos. En la espesura del monte vecino extraños chillidos cortaban el silencio del atardecer.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Un cuento para compartir.

El viejo

Estacionó la camioneta detrás de un Duna blanco. Rogó que luego arrancara pues esa mañana había tenido que empujarla. Con el tránsito de esa hora sería muy engorroso hacerlo en ese lugar. Tomó la carpeta con los bosquejos que estaba un poco sucia con grafito. Trató de limpiarla pero fue inútil, tomó un trapo que tenía junto al parabrisas y lo volvió a intentar, el resultado fue desastroso ahora al grafito se le agregaba un trazo de grasa como hecho con un pincel ancho. Maldijo en voz baja, abrió la carpeta sobre el asiento de cuerina negra y extrajo los bosquejos. Arrojó la carpeta impresentable al piso del vehículo del lado del acompañante. Arrolló los papeles formando un cilindro y cerró la puerta, la cerradura hace meses que no funcionaba, pero llamarlo al cerrajero significaría mucha plata, que no estaba dispuesto a regalar. Últimamente los cerrajeros cobraban muy caro y los pocos que había en la ciudad estaban de acuerdo en sus tarifas astronómicas. Una especie de oligopolio, pensó. Después de todo era poco y nada lo que le podrían sacar si abrían la puerta y él dudaba seriamente que alguien quisiera robar su vehículo. Su estado calamitoso era el mejor seguro contra robos. Solo un ladrón desesperado y loco podría elegir aquella camioneta. Cruzó la calle a unos veinticinco metros de la esquina cuando el tránsito se lo permitió. Caminó hasta el negocio donde le habían encargado los carteles de publicidad.
Abrió la puerta vidriera de hierro e ingresó. En el local varios jóvenes esperaban ser atendidos en el sector de fotocopiadoras. Unas mujeres recorrían los estantes de la juguetería unos metros a su izquierda. El dueño no estaba. Lo que le confirmó con apuro e indiferencia la muchacha que sacaba fotocopias. Evidentemente de muy mal humor. Él asintió con la cabeza, y con los bosquejos en la mano comenzó a recorrer el local, aburrido y desilusionado. El hombre le había pedido por favor que lo fuera a ver a esa hora, debido a sus ocupaciones le sería difícil atenderlo en otro horario, y ahora no estaba. Se detuvo frente a un cartel gris fotocopiado sobre una hoja A 4 que mostraba el borroso rostro de un anciano, que por la nitidez de la fotografía, podía ser cualquier anciano, un viejo perdido. Un teléfono al pie del cartel apenas legible indicaba el número en el cual se agradecería cualquier dato sobre su paradero.
Un viejo perdido. Pensó en su abuelo, en aquellos ya lejanos años de su juventud temprana. Dudó en volver a preguntarle a la copista por el horario de llegada de su patrón, pero desistió de la idea al ver el rostro ceñudo de la muchacha. Abrió la puerta y en un momento estuvo nuevamente en la vereda. Miró los carteles del parque, del otro lado de calle Alem, todos hechos por él y decidió que sería buena idea pasar por el municipio quizás pudieran pagarle aunque sea parcialmente sus trabajos. Ya estaban bastante atrasados. Un cheque por parte de la deuda sería una buena noticia a esa altura del mes. Varios proveedores lo acosaban telefónicamente. Necesitaba realizar cobranzas, además por la tarde tenía que realizar un trabajo en Febre. Un trabajo que había pintado como muy bueno y que poco a poco se fue degradando, por los cambios de opinión del propietario, hasta convertirse en una porquería que solo se había decidido realizar por una cuestión de seriedad profesional. Después de todo el viejo le pagaba puntual, si quería un adefesio en el jardín de su casa era su problema, no de él. Era algo así, como si le hubieran encargado diseñar un complejo de torres para oficinas y se hubieran finalmente decidido por imitar la villa 31. Cuanto antes cometiera aquel crimen contra la estética mejor. La camioneta milagrosamente encendió al primer intento, se alejó por 9 de julio.
Días después en el tablero de su escritorio terminaba el diseño del cartel que por fin el dueño del maxiquiosco se había decidido a encargarle. Hizo un alto en su tarea y se decidió a prepararse unos mates. Le vendrían bien se sentía cansado de tanto trabajar. Un alto, un pequeño recreo. Encendió el televisor y vio al presentador del noticiero local, con su invariable saco y corbata, realizando una nota en un campo deportivo. Chicos corrían tras una pelota en un ejercicio desordenado del fútbol, un estado embrionario del deporte que apasionaba a la gente. Niños ajenos a la teorización de directores técnicos y periodistas, embrujados por esa esfera de cuero esquiva, cuya posesión deseaban en forma casi instintiva, como pequeñas bestias salvajes en presencia de una presa apetecible, que saciaría días de hambre. Se detuvo en esas imágenes sin prestar atención al reportaje que le realizaban a uno de los organizadores de aquellas jornadas fútbol infantil. Se distrajo recordando. Recordando tiempos en que él había corrido por canchas parecidas a ésa. En que había bebido también el viento tras el pájaro esférico, el del vuelo errático y caprichoso. El de la locura en el arco de enfrente y la desazón en el propio. Sonrió para sí, casi sin desearlo. Sonrió por esa ternura que nos causa la evocación de épocas felices. La apertura involuntaria de ésos recipientes de dicha enquistados en nuestra memoria, que nos impregnan con su aire fresco después, mucho después de haberse convertido en lejanos puntos atrás en el camino. En ese camino que invariablemente nunca volveremos a pisar. Ese camino unidireccional que es la vida. Los fracasos vinieron después. Quizás por que el destino se aferra a aquello de “él que ríe último ríe mejor”. Quizás por que sí nomás. La nota hacía tiempo que había terminado y el hombre de saco ahora estaba en el estudio leyendo unos papeles, invitaciones y cosas por el estilo. Él no prestaba atención a sus palabras. Solo salió de aquel marasmo cuando la pantalla se cubrió con la imagen gris, de aquél viejo anónimo. El perdido. Ese viejo que podía ser Juan, Pedro o José. Que podía ser cualquiera. La vejez homogeniza los rostros. Roba la identidad. Va convirtiendo las personas en despojos opacos, arrugados y grises de lo que fueron. En carbones apagados, todos iguales, que pudieron ser algarrobos o ñandubays, pero que ahora eran todos residuos negro grisáceos. Iguales. Sometidos al rasero del tiempo, quizás como un castigo a la persistencia, la persistencia de seguir viviendo. Anotó maquinalmente el teléfono que aparecía al pie de la fotografía. Y volvió a pensar en su abuelo. Y tomando mate en el sillón de cuerina verde que estaba en la cocina se internó en aquellos recuerdos agridulces.
Sentado en una silla tijera de madera al lado de aquel viejo que jugaba al truco en el club. Una especie de lazarillo humano. Para conducir a aquel anciano querido de nuevo a la casa. Afectado por la ceguera de su intelecto, que lo adentraba en un progresivo crepúsculo. Que lo acercaba a la noche interminable de la tumba. En los tiempos de la silla de madera, él no pensaba esto que ahora se le ocurría sentado solo en su cocina de divorciado. Él solo sabía que tenía que llevar de nuevo al abuelo a la casa. No demasiado tarde, para que mamá no se enoje. En la casa o en el club el abuelo no parecía perdido, pero en la calle si. Salía caminando con cualquier rumbo, buscando lugares inexistentes desde hacía años en calles que ya no reconocía. Incluso creyéndose en otra ciudad. Era como toar una nave en la borrasca. Nave que cabecea y bandea en mares de senilidad. Pensó que estaba demasiado cansado que quizás debería irse a pasear a Corrientes donde un amigo lo había invitado. Estas crisis de melancolía, lo hacían sentir viejo. Él siempre había pensado que los que recuerdan el pasado son los viejos, los jóvenes casi lo desechan. Era por eso que éste tipo de cosas lo ponían de mal humor. Lo abatían. Dejó el mate sobre la mesada y volvió a su tablero dispuesto a ocuparse del futuro. Solo que la imagen de aquel viejo perdido lo rondó por el resto del día. Realizaba un esfuerzo conciente por alejar aquella foto gris. La foto de su abuelo. Terminó el diseño a la vieja usanza y luego lo trasladó al software, donde le daría los toques finales y el soporte definitivo. Luego todo era casi automático. Sabía que esa forma suya de trabajar era una rémora dañina de la época en que su trabajo era casi artístico. Sabía además que en la actualidad los programas de diseño le brindaban una infinita cantidad de posibilidades. Y que su proceder era, por lo menos, ineficiente. Pero en alguna parte de él, habitaba ese troglodita que amaba las Rotring, los escalímetros, los letrógrafos, las paralelas y todos esos artefactos antidiluvianos. Sonrío nuevamente luego de pensarlo. Y se hizo el firme propósito de no pecar más, de no caer en las tentaciones de lo obsoleto. Sabiendo al mismo tiempo que no cumpliría con ello. Que el troglodita que habitaba en las cavernas de su interior, era un adicto. Un ser incapaz de prescindir del placer que aquellos instrumentos le causaban. Todavía tenía que viajar a Febre a instalar aquella monstruosidad que le habían encargado. Una especie tarea inconfesable. Una sola cosa se había permitido. No lo firmaría. Probablemente muchos sabrían que él era el autor de aquello, pero no lo podrían corroborar con su firma. Era una concesión a su conciencia sucia.
Esa misma tarde terminaría con aquello. Un trago amargo era mejor beberlo rápido para que casi no estimulara las papilas gustativas. Terminó su tarea con el cartel del maxiquiosco, lo almacenó en el ordenador y lo copió en un disco compacto. Tomó el teléfono y llamó al capataz de su cuadrilla para que estuvieran listos a las dos de la tarde, irían a Febre sin demoras.
El sol caía a pleno sobre la ruta 26 cuando cruzó frente al Polideportivo acompañado de los operarios. Una brigada de estudiantes de la escuela de policía salía al trote en formación. Era parte del contingente que rastrillaba los campos en busca del viejo perdido, le hizo saber uno de sus acompañantes. El miró casi con indiferencia a todos aquellos muchachos de cabeza rapada, vestidos con lo que podía ser una indumentaria deportiva, de color oscuro. Pensó en lo poco adecuado de tal vestimenta a esa hora de la tarde. Se deshidratarían antes de rastrillar una cuadra, pensó, sin escuchar los otros comentarios de sus ayudantes. Estos decían que el viejo era maltratado por su mujer y sus hijas. Como Barreda. Si, como Barreda afirmaban y se reían en forma descarada. Uno de ellos sugirió que quizás el viejo no tenía escopeta.
El nuevamente se había alejado con la imagen desvaída de su abuelo. Hacia esos territorios de la memoria, donde acechan los monstruos del ayer. Llegó a su destino de forma casi inconsciente y se sumergió en su tarea. A su alrededor los otros trabajaban sin descanso, riendo y mofándose de una y otra cosa. Con la alegre camaradería de los trabajadores manuales. Había leído por ahí que el trabajo manual redime a los hombres de los pecados de la razón. O quizás, pensó, los vuelve más inocentes, más alejados de los sinuosos caminos del pensamiento. Les da esa belleza pura de las cosas simples alejada de toda complejidad. Los dota de la vitalidad de la acción, del movimiento físico. Tan distinto a ese otro movimiento interno, intangible, el de la mente humana. No obstante encontrarse abstraído en estas disquisiciones pudo darse cuenta que el artefacto publicitario que estaba montando era mucho más horrible de lo que él había imaginado. Casi al final de su tarea evitaba observarlo más de lo estrictamente necesario para dirigir la instalación. Miró un caballo que pastaba en la vecindad y pensó que quizás el animal pudiera dejar la impronta de su bazo al pie de aquella obra. Justamente en eso meditaba cuando se encontró con el dueño del adefesio, con una inexplicable sonrisa de satisfacción en sus labios y extendiéndole un cheque por el trabajo. A su lado un personaje vestido al estilo de los exploradores ingleses de las películas clásicas admiraba la instalación, con elogios desmedidos, seguramente dirigidos al dueño y no a él, quiso suponer, sin poder disimular el rubor que invadió su rostro. El extraño acompañante lo tomó del brazo, lo apartó del grupo de trabajadores y del desquiciado dueño. Le rogó que lo acompañara a Victoria para mostrarle el lugar donde quería emplazar un gran cartel en su emprendimiento inmobiliario. Él le explicó que tenía que volver a Nogoyá con urgencia, pero ante la insistencia del sujeto accedió a acompañarlo. Indicándole a su capataz que volviera con la camioneta y despidiéndose de su cliente. Subió al importado alemán del explorador inglés y emprendieron el camino hacia Victoria, en todo el viaje el hombre le habló de su emprendimiento inmobiliario, que según él cambiaría la fisonomía de la zona y le explicó con lujo de detalles lo que pretendía, tres carteles gigantescos como los que se encuentran en la panamericana, con una gran columna central que sostendrán un prisma con la publicidad. Él lo miraba escéptico pues más o menos de la misma forma había empezado el viejo de Febre, para luego terminar en lo que terminó. Al llegar a la rotonda donde termina la ruta 26 en el ingreso de Victoria, doblaron hacia la izquierda tomando la ruta 11 como quien se dirige a Gualeguay o Rincón de Nogoyá, más o menos a 12 kilómetros el Mercedes se detuvo frente a una tranquera doble pintada de blanco. Descendieron del coche y mientras escuchaba las explicaciones de su inesperado cliente, vio bajo un árbol aquella figura acurrucada contra el tronco de un ombú. Una figura casi miserable. Como incorporada a aquel paisaje de la tarde, como una lomada más o el río que se veía hacia el sur. Una figura gris. La de su abuelo. O la de cualquier viejo, extraviado en los laberintos ruinosos de su memoria decrépita. Las palabras del explorador inglés se colaban esporádicamente en sus pensamientos y de pronto se encontró alejándose de éste que continuaba con su monólogo de espaldas mirando su propiedad. Se paró frente al anciano mugriento. Lo miró y vio sus ojos lacrimosos. Le preguntó su nombre y recibió la respuesta que temía. Luego pensó si realmente ese hombre huía de la violencia familiar como decían sus colaboradores. Si había elegido la libertad. O si se trataba de otro viejo perdido, que confundía las calles y buscaba lugares extraviados en el pasado. Lugares muertos. Inexistentes. De pronto el viejo se puso de pie guardó sus manos en los bolsillos del pantalón y se alejó caminando hacia el este. Notó que el explorador lo llamaba con amplios ademanes de su mano. Volvió junto a él y le explicó que estaba tratando de lograr otra perspectiva del lugar. El viejo bajaba ya la loma y pronto se perdió de vista.
De regreso a su estudio, permaneció largo rato pensativo luego de darse un baño. ¿Realmente ayudaría al perdido? ¿O restituiría el reo a su prisión? Pensó en su abuelo, mirando tras los cristales. Sentado en aquella cocina cálida y soñando quien sabe con que cosa, que ya nunca encontraría. Tomó el teléfono celular y observó las teclas, conciente que en ellas estaba el futuro de aquel hombre. Él se constituiría en una especie de juez de su destino. Recordó la nostalgia de aquellos ojos celestes, añorando libertades de juventud. Tomó aquel papel con el número telefónico, miró nuevamente el teclado y finalmente lo arrojó al cesto. Volvió a su tablero, a pensar en el futuro.

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