viernes, 4 de diciembre de 2009

Fragmento para compartir

El Encuentro.

Hace unos años un amigo encontró entre las cosas dejadas en un desván por el fallecido Honorio Argentino Robledo, quien fuera funcionario de la dirección de cultura de la provincia durante el gobierno de Onganía lo siguiente. El título original del texto está poco legible por los efectos de la humedad y los roedores sobre el papel pero parece ser: “Confesión” o “Confieso” o “ Inconfesable” algo así. Escrito de puño y letra por el ex funcionario arriba mencionado. Y dice lo siguiente:
“El Dr. Elejalde, se acomodó en su silla con el sobre de papel madera entre sus manos, se quitó sus anticuados anteojos con marcos de carey y gruesos cristales verdosos.
Me dirigió una de esas miradas a las que el denominaba “significativas”.
Él les atribuía a las mismas los más diversos significados, por lo que a pesar de su intención de comunicar algo, era muy difícil tener la certeza de qué era ese algo.
De lo que sí se podía tener certeza era de que el contenido del sobre que ahora había dejado sobre el escritorio , no era de su agrado. O por lo menos no se ajustaba a los cánones que él juzgaba ineludibles en la redacción de texto alguno.
Al Dr. Elejalde no le temblaba la voz para criticar tanto al alumno de la educación primaria que había efectuado una redacción sobre La Escuela o Mi perro, como al novelista o ensayista de renombre internacional , si lo escrito por ellos no se ajustaba a los estrictos patrones del buen gusto, la moral y las buenas costumbres, que él estaba decidido a imponer en todos los ámbitos que se encontraran bajo su control.
No había trepidado en retirar de las bibliotecas públicas e incluso de las privadas cientos de textos, dejando estantes enteros vacíos. Él afirmaba que ponía ésas obras a resguardo de lectores incautos que leyéndolas se vieran influidos por las ideas allí contenidas y corrieran el serio riesgo de arruinar sus vidas por seguir conductas acordes a aquellas.
Tanto él como su brigada de colaboradores, encabezada por el Vasco Echeverría y compuesta por seis analfabetos que no corrían el riesgo de intentar leer el material incautado, examinaban los libros in situ y muchas veces con los títulos o a veces incluso con el color del lomo y tapas ya podían inferir de que tipo de material se trataba por lo que eran depositados en una carretilla que tenía la rueda delantera de goma, como un gesto de delicadeza que el Dr. Elejalde tenía hacia los dueños de casa o a las instituciones a las que su tarea sin descanso lo acercaban. Un vez repleta la carretilla, su carga era trasladada al furgón que manejaba el propio Echeverría, ya que era el único que contaba con la licencia habilitante. Elejalde se quedaba labrando el acta rodeado de los otros miembros de la brigada que hacían las veces de testigos y luego dejaban su impresión dígito pulgar derecha junto a la firma del funcionario.
Existen muchas leyendas del sitio en que eran depositados estos volúmenes perniciosos.
Algunos afirmaban que eran depositados en enormes barracones en las afueras de Nogoyá o tal vez de Gualeguay o Paraná. Otros, como una variante de la misma versión afirmaban que como primer paso se acopiaban en distintos puntos de Entre Ríos para luego ser transportados en ferrocarril hasta su destino definitivo. Por lo que no era descabellado pensar que quizás existían barracones en distintos puntos del territorio pero que no eran sitios definitivos, bibliotecas prohibidas, sino meros destinos transitorios. Hace poco tiempo me contaron que probablemente el Dr. Elejalde o quizás alguien de jerarquía superior a él tenían un convenio con el Instituto Provincial de la vivienda y habían encontrado el método de construir viviendas con los libros. Por lo que se empleaban cuadrillas especializadas de analfabetos o incluso de ciegos.
No falta quien afirme que en oportunidad de clavar un clavo para un cuadro, se desprendió un trozo de revoque que le permitió ver el lomo del Quijote de la Mancha o de La Montaña Mágica ,Madame Bovary o El ruido y la furia , el Martín Fierro o Los siete Locos, Rayuela o La muerte de Artemio Cruz. Bakunin, kropotkin o Malatesta así como Marx, Lenin o Sartre están destinados exclusivamente a los muros de las capillas de los cuarteles, donde están a buen resguardo. Con doble seguridad, terrenal y celestial. Es lo que algunos dicen.
Otros en cambio afirman que se utilizan como combustible para las calderas de los Hospitales, Reformatorios y Comisarías. Que incluso los distintos textos son clasificados de acuerdo a su valor calórico, que como es obvio es dado por el material, el número de páginas etc. Por lo que éstas tareas además de su objetivo higiénico sobre el tejido social favorecen la mano de obra y el trabajo para cientos de hogares.
En fin nadie tiene certezas. Son solo versiones que se comentan a escondidas.
El Dr. Elejalde rugió de repente una queja sobre el contenido deleznable de aquel sobre, diciendo que en sus largos años como “Corrector preventivo de desviaciones literarias” (tal era el cargo que ostentaba) pocas o ninguna vez se había encontrado con tamaña retahíla de palabras soeces e ideas ponzoñosas como las contenidas en ése texto. A pesar de haber tenido que lidiar con los más diversos libros, de los más diversos géneros y épocas. Su rostro se tornó de un rojo vinoso cuando volvió a tomar el sobre en sus manos, con un gesto que mezclaba asco y furia. Me lo arrojó sobre el escritorio y me pidió con un gesto, ahora desdeñoso de su mano, que lo examinara.
Temeroso abrí el sobre con cuidado y extraje cuatro hojas de su interior. Me causaron tal impresión que permanecieron en mi memoria como lo hacen las imágenes de un hecho horroroso que hemos tenido por fuerza que presenciar. Grabadas por el asco. Espero que el escribirlo me libere en parte de tan pesada carga.
Que transcribo no sin cierto temor a ser descubierto y con un dejo de remordimiento por que sea mi memoria la que salve de las llamas lo siguiente. Ni siquiera se, si me atreveré a leerlo luego de escrito. Pero una secreta morbosidad me obliga a esta escritura casi automática.

4 comentarios:

  1. Gustavo, fascinante texto, muy misterioso, muy bien armado. Compartimos la secreta morbosidad de la escritura casi automática. Un pacer compartir algo ocontigo!
    Me encantó!
    Cariños!

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  2. ¿Sartre en las capillas de los cuarteles? Se debe haber mnuerto por segunda vez al enterarse, jaja.
    La verdad que a veces creo que nuestro país siempre va a tener "Elejaldes" manipuladores y me da miedo, porque en los sesenta y setenta desaparecían los libros, pero ahora tal vez desaparezcan otros medios formación y educación, no?
    En la Dirección General de Escuelas de Mendoza (a la cual por mi trabajo de preceptor asisto al menos una vez a la semana) hay cajas y cajas de libros que desde ABRIL están en el mismo sitio -justo en la entrada al edificio-. Y no es porque no tengan destino, todas tienen un papel con el nombre y número de la escuela de destino. Sospecho que habrá un Elejalde por ahí.
    Genial y reflexivo.

    Un fuerte abrazo

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  3. Gustavo...

    que maravilla amigo querido... me dejas muda... buceas en el misterio y la curiosidad del lector de manera increíble... y ese final... extraordinario!!!!

    gracias por compartir tu talento y creatividad!!!

    hermosos días!!

    beso!!

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  4. ¡Qué buena descripción de la libertad de expresión hiciste Gustavo!!!!!!!!!!!!!!!
    MARAVILLOSO!!!
    Mis respetos MAESTRO!!!
    Un beso
    Adriana

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