domingo, 10 de octubre de 2010

La realidad y la moral religiosa.

La realidad es incontrastable. Cada día, cuando salimos a nuestra puerta, esa realidad que se nos enfrenta es inmodificalble y por lo tanto solo podemos cambiar nuestra actitud hacia ella. Y si por supuesto pensar en como cambiarla, para bien, en lo sucesivo. Por más que en mi fuero íntimo esté convencido que robar es incorrecto, debo ser conciente que existe el delito. Por más que considere que conducir alcoholizado es incorrecto, debo ser conciente que diariamente se pierden vidas por esta causa. Y así, los ejemplos abundan. Dentro de esa realidad existe un dato terrible. Un dato que de solo leerlo nos eriza la piel. Una situación que lamentablemente aqueja a los sectores más desprotegidos de la sociedad. Son las muertes por abortos clandestinos. La principal causa de muerte materna en la república argentina, 82/100.000 nacidos vivos es por esta causa. Vidas de mujeres jóvenes y en su gran mayoría pobres que se pierden por esta práctica. Que por otra parte es un gran negocio para algunos. Quienes hemos visto morir adolescentes casi niñas por un cuadro séptico debido a ello, sabemos cual es esa realidad. Y que distante está de los conceptos abstractos y de los dogmas morales. Por eso creo que es indispensable que se apruebe el proyecto de Ley 0998 sobre ésta materia. No estoy haciendo proselitismo sobre el Aborto, creo que la educación sexual, los medios de control de la natalidad, y la mejora global de la calidad de vida de la población son las soluciones de fondo, pero como expresé antes el Estado debe dar respuesta ante las realidades concretas. Y más aún ante una tan terrible y costosa en vidas como ésta. Se respeta además el derecho de los objetores de conciencia. Nadie prohibirá por otra parte que los distintos grupos confesionales puedan seguir predicando las conductas que consideren adecuadas y se ajusten a sus creencias. Pero el Estado debe garantizar la Libertad y el Acceso Seguro y Gratuito a la interrupción del embarazo, lo que evitará muchas muertes injustas.

lunes, 4 de octubre de 2010

Interpretaciones

Me preguntaron sobre que significado le encontraba yo a "Tema para un tapiz" es realmente un ingenioso relato, abierto a las más variadas interpretaciones. Quizás se trata solamente de un sueño y el general que blasfema y llora solo sueña sus proezas. La realidad lo despierta al amanecer con una espada en su cuello. Quizás es solo una reflexión sobre la cobardía y la valentía. Y aquel general que queda solo, sin un solo hombre, no piensa en llorar ni en blasfemar solo se dispone a pelear y su valentía es la que vence. Una tercera interpretación, siempre en esta forma telegráfica y sumamente acotada, es una reflexión sobre la publicidad y las proclamas del general enviadas con palomas mensajeras, logra su objetivo en un primer momento, pero luego pierde su efecto ante la incontrastable verdad de su cobardía y falta de liderazgo. Y debe haber muchas otras interpretaciones de este excelente cuento de Julio Cortázar. Pero que bueno es poder reflexionar sobre estas cosas y tener un disparador como éste.

lunes, 23 de agosto de 2010

Fragmento para compartir

Este es un fragmento de mi novela Gallito Ciego publicada en 2009, una obra de ficción, ningún personaje ni ninguna circunstancia son reales. Espero que les guste. Será la última entrada por un tiempo.

II Ayer. Horacio y la negra

El Fiat 128 celeste disminuyó la marcha y doblando hacia la derecha ingresó por el portón metálico de dos hojas que se encontraba abierto. Inmediatamente dos figuras surgidas aparentemente de la nada cerraron las hojas ocultando el interior del playón de estacionamiento. Esperé un rato, momentos después, la estrecha puerta de servicio se abrió y por ella aparecieron dos hombres corpulentos con camperas grises y anteojos para sol lo que daba a su rostro el aspecto de insectos. Tras ellos salió él. Caminaría unos veinte metros, quizás veinticinco hasta el sitio donde se efectuaría la reunión. Me saqué la campera de acuerdo a lo convenido, un hombre de mameluco naranja colocó una barrera metálica en la esquina. El polara frenó en la bocacalle se subió a la ochava, los insectos no tuvieron tiempo a nada, los estampidos duraron medio minuto, el coche retrocedió giró marcha atrás y se alejó. Cerré la escotilla de la vereda, me coloqué la campera y me alejé caminando hacia la camioneta, subimos la barrera y no alejamos lentamente. Doblamos por Ayacucho e ingresamos en el sitio convenido, descendimos nos sacamos los uniformes y quedamos vestidos de calle, subimos con Serra al 504 , Videla y Maravilla se fueron en el Chevy.
Al llegar a la esquina, Serra giró y tomó del asiento de atrás una revista Siete Días, miró en la tapa el anciano de abrigo verdusco tras el vidrio blindado, y se quedó pensativo, al rato me dijo:
-El poder está en sus manos, fijáte Horacio, todo el carisma está en sus manos. Hace rato que lo vengo pensando. Sus manos son como un talismán para las masas. Como si toda su energía se concentrara en ellas. ¿Recuerdas lo que te dije del Che? Su poder estaba en su mirada. Cada hombre concentra la esencia de su poder en alguna parte de su cuerpo. Él en sus manos.
Dicho esto arrojó nuevamente la revista en el asiento trasero y no volvió a hablar por el resto del viaje. Cuando llegamos a la casa segura, se tiró en un catre en la vieja cocina y se durmió. Rato después Maravilla llegó en un Fiat 1600 rojo, lo estacionó en la entrada del pequeño jardín, con gesto parsimonioso lo cerró con llave, subió al 504 no sin antes mirar en ambos sentidos de la calle y salió a marcha lenta. Era preciso cuidar los detalles. Miré automáticamente hacia el llavero que se encontraba sobre el viejo hogar de ladrillos rojos con las juntas pintadas de blanco y constaté lo que ya sabía, las llaves del Fiat estaban colgadas. Serra roncaba en la cocina. Lo miré y encendí el televisor. El general andaba por Paraguay rodeado de su séquito de fachos. Inconscientemente fijé mi vista en sus manos y luego lo miré a Serra que se dio vuelta con la cara hacia la pared. Me levanté observé por la ventana, la calle aparecía tranquila. Volví a sentarme, el televisor mostró los tres cadáveres despatarrados en la vereda. Sentí un poco de asco. Pero la cosa era así, ellos o nosotros.
A la mañana siguiente Serra, me dejó en la estación de Temperley y siguió su camino. Estaríamos desactivados por un tiempo. Habían encontrado la camioneta, demasiado rápidamente.
El primero de Julio me encontró en Entre Ríos. Todos sentimos una sensación de desmembramiento, de vacío, la sensación que debe sentir el fusilado en el momento que el pelotón eleva sus armas. A pesar de todo lo queríamos, había sido para nosotros como un padre omnipresente. Como un ídolo distante. Como la voz de la esperanza que llegaba del otro lado del mar. Él era la imagen idealizada en los relatos nocturnos de nuestros padres, en los silencios de patio. A pesar que en realidad nunca quiso la patria socialista. Y quien sabe si ella hubiera sido montonera.
En esos años conocí a la negra. Vestía unos vaqueros ajustados y una remera roja que resaltaban la exuberancia de su cuerpo joven y duro. Exhalaba sexo al caminar. Su marcha de hembra invitaba a olvidar los asuntos que ocupaban nuestros días. Verla era como entrar en un templo de Venus. Una invitación a abandonar momentáneamente a Marx, a Lenin, al Che y a Fidel para arrojarnos en los brazos de Marylin Monroe.
Eso hasta enfrentarse con ella. Sus ojos se transformaban adquiriendo un brillo particular en sus momentos de entusiasmo o tornándose opacos, como desprovistos de vida cuando deseaba guardar cierta distancia o cuando la circunstancia así lo requería.
La negra escondía en sí una gama de negras. Como Jano entre dos espejos.
En un momento citaba “…El odio como factor de lucha: el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar” y en otro instante “Al perderte yo a ti/tú y yo hemos perdido:/yo, porque tú eras/lo que yo más amaba/y tú porque yo era/el que te amaba más.” Los dos Ernestos, dos de las múltiples negras. Dos mundos en un mismo espacio, o quizás el mismo mundo. Ese mundo en que los ideales se chocan con la brutalidad y la barbarie. Madre tierra que pares ángeles y monstruos y los largas a jugar al patio de la vida. Madre desaprensiva.
Su proteiformidad no era solo retórica. Sus actitudes, toda ella era cambiante. Como si un prestidigitador ejerciera sobre ella sus habilidades. Así era la negra. Lo supe poco después de conocerla, pasado el deslumbramiento inicial. Comencé a respetarla, a veces casi a temerle.
Ella era como un antivirus. Una especie de linfocito antropoide. La última vez que la vi, por aquellos años, fue antes de lo de la balsa a cadena en Villa Urquiza, ella coordinó no sé que. Me enteré al tiempo. Porque no todos sabíamos todo. No era seguro ni conveniente. Además eso lo hicieron los de la U 1 de Santa Fe. Lo supe después.
Yo para ésa fecha estaba en Corrientes desde hacía ya unos días.
Fue cuando el antivirus, el leucocito, detectó dos organismos patógenos: Serra y Videla. Seguí hacia el norte. De algún lado y seguramente recordando nuestras noches de placer, ella me llamó a la casa de un amigo y me dijo aquello: “La vida es como un vino, Horacio, nunca terminas de saborearla, pero no te la bebas a fondo blanco.” Luego comenzó el hiato entre los dos. Y también el interregno, ése de la sangre, las mazmorras, la arbitrariedad, la tablita, el mundial, las urnas guardadas, Malvinas, un borracho diciendo que si quieren venir que vengan. Y la recua de sublevados que asaltó el poder, pavoneándose en los desfiles de los días patrios. Y vuelos de la muerte y muerte y muerte y muerte. Trincheras congeladas y gangrena. Un país con gangrena. Líderes que defeccionan. Escondidos en alcantarillas. Traidores. Espantajos exiliados que guían al matadero. Gusanos de uniforme y de civil. El fusilado de la Higuera por esos años se debe haber revuelto en su tumba de Vallegrande. Él tampoco tiene manos.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Un fragmento para compartir.

Nogoyá Julio de 2003 El Cadáver

A las 4,30 de la madrugada hacía mucho frío. El hombre dormía cubierto con varias frazadas, la basílica estaba helada para el cumpleaños de la virgen, varios minutos había tardado en calentarse. Lo despertaron los golpes en la puerta, semidormido se incorporó, se colocó una campera sobre el pijama y se dirigió a la puerta. El agente fumaba en la vereda. “Doc” le dijo “tenemos un fiambre, en el campo vas a tener que ir para allá” continúo “Esperá que me visto, ¿ustedes me llevan? ya vengo”
Cinco minutos después sentado en el asiento trasero del Renault 19 que servía de móvil preguntó “¿Cómo es el asunto che?” “Encontraron un cadáver en el campo, en el Sauce, parece que estiró la pata hace bastante, lo encontró un boludo que buscaba las vacas para el tambo” Contestó el agente mientras encendía otro cigarrillo y ofrecía una petaquita de ginebra “¿quiere calentar el cuerpo doc? Hace un frío de cagarse”
El camino bajo la luna llena, los campos cubiertos por un manto de bruma, que brotaba de los charcos y los arroyos, un paisaje helado y bello, solo interrumpido por los coches que circulaban hacia Nogoyá , de tanto en tanto, seguramente para asistir a la primer misa, la de hombres. El cuerpo estaba en un montecito, a pocos metros de una pequeña laguna, solo quedaban huesos y unos harapos. El denso aire de la madrugada de invierno transmitía las voces con nitidez, lejanos mugidos formaban un coro animal a la distancia. El Renault se detuvo junto a otros móviles policiales, todos bajaron. El médico se acercó al círculo de luz que daban las portátiles a batería, se paró junto al fotógrafo e inició su trabajo. Desde el asiento trasero de un patrullero un hombre vestido con un abrigo de pelo de camello, extrajo un teléfono celular de un bolsillo interior y pulsó 10 dígitos, un contestador automático contestó la llamada
“deje su mensaje después de la señal” escuchó “Creo que encontré al soldado, no será fácil estar seguros, ha muerto al parecer hace meses y su cuerpo permaneció a la intemperie a merced de las alimañas, veré si encuentro algo que nos ayude , en cuanto lo tenga me vuelvo a comunicar. Que Dios nos guíe” guardó el aparato en su abrigo y descendió del auto, se levantó el cuello para protegerse de la noche helada y se acercó al terreno demarcado con cintas plásticas. “¡Hola Doc! ¿Alguna cosa que le llame la atención?” gritó innecesariamente en el silencio nocturno, “Que tal inspector, nada por ahora, es difícil sacarle jugo a un esqueleto, esto nos llevará tiempo. Lo que si puedo decirle a juzgar por groseros signos de artrosis que seguramente no se trata de un joven, los cabellos también corroborarían esto, bueno después tendrá mi informe completo” contestó el médico. “Tanto papelerío por un vago muerto en el campo, ¡que cosa! se debe haber muerto en el verano durmiendo la siesta” bromeó el inspector. Miró con detenimiento los harapos que cubrían el cadáver, y le extrañó no encontrarse con la armadura de un caballero medieval. Un extraño escalofrío recorrió su cuerpo “Che, García trajiste las vitaminas” gritó a un joven oficial “Si jefe, quiere calentarse el cuerpo, hace un frío de cagarse” y le dio la petaquita de ginebra. A miles de kilómetros de distancia el contestador de la Congregación era leído después de los maitines.

lunes, 12 de julio de 2010

Un cuento para compartir

Probablemente este también sea un cuento demasiado largo, pero decidí publicarlo de una. Está dedicado a mi hijo mayor, en cuya compañía paseando una mañana de invierno se me ocurrió la idea. Espero que les guste.



Las Murmuradoras. A Gonza con cariño

Sus cuellos son largos y delgados, siempre andan con sus cabelleras al viento. Escuálidas mujeres que miran sobre los techos. Curiosas y a la vez enigmáticas. Figuras asomadas desde lo alto. Escudriñándolo todo, con insaciable avidez, desde sus balcones etéreos.
Yo mirándolas, silencioso, ahora que lo sé. Sentado aquí, en este banco de madera y escuchándolas murmurar. Al fin y al cabo son viejas y las viejas siempre murmuran. No debería sorprenderme de ello. Pero ahora lo sé. Sé sobre que murmuran éstas viejas que miro callado.
De pronto cierro los ojos y siento su voz en mis oídos y el viento sur suave sobre mi rostro, como una caricia. Como esas caricias frías de las manos enguantadas a la salida de la misa, los domingos a la tardecita. Y esa analogía me conduce hacia los senderos polvorientos de la memoria. En ellos me interné como quien camina distraído por veredas conocidas. Por sitios impregnados de cotidianeidad. Con la naturalidad de los visitantes asiduos. Mis pies transitaron aquellos caminos pisando sobre pasos antiguos, olvidados ahí. Polvos hollados antes. Antes de saber lo que hoy se. Y mis pies de nuevo jóvenes volvieron a cruzar casi corriendo hacia la plaza Libertad, luego de bajar velozmente los escalones del atrio de la basílica. Y entre todas las chicas que caminaban del brazo por los veredones rodeados de césped y flores, entre la constelación de luces, la música de la propaladora, los perfumes incitantes, elevadas sobre todo, estaban ellas, vigilantes. Y yo las ignoraba, con la misma naturalidad con que se ignoran los muebles de la casa, los cuadros descoloridos que cuelgan de las paredes, lo que vemos a diario. Con la misma naturalidad con que ignoramos nuestra mortalidad, por evidente que ella sea, comportándonos como deidades y no como organismos perecederos. Pero a pesar de esta conducta, ellas estaban allí, inmiscuidas en cada pequeño acto de nuestra juventud, ellas, oteándolo todo, recordándolo todo. Especie de registros vivientes, donde han sido anotadas nuestras vidas. Monitores. Libros secretos.
Yo, muy niño, las miraba desde el techo de mi casa, quietas o moviéndose apenas con un cierto balanceo no exento de gracia. Y me refiero a ellas en plural, porque son muchas y viven en distintos puntos de la ciudad. Las hay nogoyaénses del norte, del centro, del sur, del este y del oeste. Del barrio San Blas o de las Ranas, de Lourdes o Santa Teresita. Ellas no son de un solo lugar. No es que sean multitud, apiñadas. Son más vale una tropa dispersa, diseminadas en toda la geografía urbana. Ellas están por todas partes en definitiva. Y yo las miro con mis ojos niños tirado sobre las chapas tibias de la mañana. El sol les ilumina sus melenas lateralmente dándoles el aspecto de seres duales compuestos de luz y de sombras. De densidad y de evanescencia.
Si se me pregunta un momento específico, un instante en que empecé a sospechar de ellas, no podría determinarlo. Lo cierto es que poco a poco me fui internando en el proceso que desemboca en la verdad. Mi grado de sospecha fue cada vez mayor. Desde distintos lugares yo las he observado. Durante distintos momentos. Recuerdo aquella oportunidad desde las ventanas de la sala de cirugía del Hospital San Blas, tendido en mi cama miré hacia fuera, buscando escapar del dolor y el aburrimiento. Y de pronto note su presencia, silenciosa, casi solapada. Giré un poco la cabeza y vi las otras. Esas otras que están ahí, donde todos duermen. Ellas no dejan escapar detalle. Para ellas ninguna precaución es excesiva. Eso, lo aprendí con el tiempo. Por eso permanecen allí, donde su presencia podría considerarse inútil. Y las escucho murmurar, ahora tengo esa capacidad. Puedo escucharlas murmurar y entiendo de que murmuran. Viejas, al fin y al cabo no son otra cosa. Peralta sospechaba que fueran eternas. Viejas eternas.
En realidad, para ser estrictamente sincero, estaba convencido de ello. Él afirmaba que ellas ya habitaban estas tierras antes siquiera que la ciudad se creara en forma espontánea. Esto no es un detalle menor, Nogoyá es una ciudad que se formó de la nada, sin nadie que la fundara. Una ciudad que contradice a Pasteur, ya que reivindica la generación espontánea.
Apareció, como aparecen las estrellas sin causa aparente. Creo estar seguro que es la única ciudad de Entre Ríos y una de las pocas de nuestra América Latina que simplemente se auto creó. ¡Si hasta nos inventamos un fundador y una fecha ficticia de fundación! Como esos niños abandonados que se inventan padres y cumpleaños. ¿Pueblo huérfano o hijo bastardo? Siempre recuerdo esas palabras cuando las miro desde el Este, desde el arroyo, desde ese sitio se puede ver en parte su disposición. Peralta afirma que ellas no fueron ajenas a éste fenómeno, el de la autocreación. Debería decir afirmaba, pero en mi recuerdo lo afirma ahora, en presente.
Peralta es cierto tenía algo de loco. Pero ese algo fue posterior a su descubrimiento.
Al descubrimiento casi intuitivo, ¿o quizás habrá sido una revelación? Los elegidos, muchas veces son seres extraños, inesperados. Impensados receptores de algunas verdades. Los elegidos muchas veces caminan por los márgenes de la multitud.
En los años cuarenta cuando él afirma haber tomado cabal conciencia de todo esto, no era fácil contarlo, comunicarlo. Se corría riesgo de ser internado en un hospicio para dementes o a ser excomulgado. No se cual de las dos alternativas era la peor. Así me lo contó él.
Hablar de Darwin era pecado mortal, ni imaginar revelar el secreto de ellas, las murmuradoras.
Además vigilaban. Él sabía que vigilaban, muchas veces truncó por la mitad una frase confidente, al ver un largo cuello o una melena ondulante. Peralta había sido prácticamente condenado a la soledad. Por eso ese rasgo de desequilibrio que de alguna forma caracterizaba su personalidad.
Volviendo al tema central él afirmaba que ellas ya estaban acá antes de que las primeras casas se comenzaran a agrupar en lo que hoy es el límite entre el barrio de las ranas y el de san roque. De alguna forma atrajeron a los primeros habitantes, como quizás antes habrán atraído a los pueblos aborígenes. ¡Quien sabe! Las mujeres tienen esa capacidad de atraernos. Como las Sirenas a los arrecifes.
Ellas además están en una cierta formación. Me refiero a una disposición que no es casual, no es aleatoria. Cada una de ellas está en un punto justo. Ni más acá ni más allá de donde debe estar de acuerdo a un orden que me es desconocido. Por eso le llamo formación, como la de una escuadrilla. Y esto lo descubrí yo. No me lo alcanzó a contar Peralta, si es que él tenía alguna idea al respecto. Sospecho que sí pero nunca me lo comunicó. ¿si ellas estaban antes que el embrión de ciudad empezara a desarrollarse? ¿Quién les indicó ese orden? ¿a qué responde el mismo? ¿Qué patrones han seguido a lo largo del tiempo y como se han mantenido constantes? Si la teoría de Peralta es cierta, nadie más que ellos le pueden haber indicado el orden. En realidad ellas son algo muy distinto a lo que su inocente apariencia nos indica. Ahora lo se. Y debo confesar que temo que ellas se enteren. Y aquí sentado mirándolas y escuchándolas silencioso, tengo un poco de miedo. Ellas son por así decirlo bivalentes. Tienen capacidad de recepción y de transmisión. Inspiran y expiran. Son como ojos orientados hacia el espacio, o como bocas o como oídos. Nos ven, nos degustan, nos oyen. Quizás hasta nos huelen o nos tocan. Como hicieron antes con otros, con los pueblos originarios, con los españoles, con los patriotas, con los federales, con los unitarios, con el ejército grande, con las milicias de López Jordán, con las fuerzas represoras de Sarmiento, con los radicales de Irigoyen, con los peronistas de Evita y el general. Con todos en fin y ahora con nosotros. Ahora mismo me estoy dando cuenta que su disposición espacial es por así decirlo, un figura. Un signo. Quizás un código. Un código que ellos utilizarán para volver.
Una criptoescritura cuyas letras son ellas, antenas vivientes. Sirenas. Obeliscos vivos. Volver, si es que realmente se han ido, sino están escondidos tras la luna o en el cono de sombras de Marte esperando. Como esperan los científicos el proceso de sus experimentos. Pacientes. Esperando y recibiendo la información que ellas les envían. ¡Que continuamente les han estado enviando a lo largo de siglos!
Sabemos que hay una especie de logia que las protege. Nunca ninguna de ellas cayó por mano del hombre. Logia integrada por iniciados, por depositarios concientes o inconscientes de la responsabilidad de protegerlas. Si, como lo descubrió Peralta y como yo lo se ahora. Él incluso investigó los sucesivos propietarios de los predios donde ellas habitan. Descubrió muchas cosas. Cuando lo mató la policía caminaba con un hacha por la calle San Martín y en su casa encontraron varias docenas de ellas. Quizás actuó la Logia. Quizás actuaron ellos directamente.
Vuelvo a cerrar los ojos, y las escucho murmurar. Una tras otras, como una cadena de marineros.
Ahora murmuran, las palmeras de Nogoyá. Esas viejas maléficas que nos vigilan e informan todo sobre nuestras vidas, como si llevaran un libro de registro. Un libro diario. Esas malditas espías que me miran desde lo alto de sus largos cuellos, mujeres escuálidas, que comprendo, por fin me han descubierto. Pienso en correr. Pero desisto. ¿Donde podría ir si ellas todo lo ven? En este banco de madera me quedo quieto esperando.
Pronto ellos lo sabrán y adoptarán un correctivo.

sábado, 15 de mayo de 2010

Recuerdos de la pasión y la desesperación.

Cuando creía que su vida estaba destinada a ajarse , a secarse como una hoja caída del árbol. A perder poco a poco la vitalidad, por cada uno de sus poros. Lo conoció.
Después de su traumático matrimonio, después de los golpes, los gritos y el desamor. Creyó que todo se terminaba. Que ése era su destino. El de una flor arrancada y tirada a la calle. Castigada por el sol del mediodía , hasta perder su lozanía y su perfume. Hasta convertirse en una masa reseca de tejidos a merced de los elementos. Pisoteada por los coches. Despreciada hasta por los perros en busca de comida. Para ella su separación , fue como una medicación paliativa, que mejoraba su estado, que disminuía el diario sufrimiento de la violencia hogareña. Pero que a su vez la entregaba a los brazos de la soledad, ése cáncer mortal, que paradójicamente tenía el mismo nombre de su hija. Pero entonces lo conoció.
Como si un hada la hubiera repuesto en su antigua rama. La savia de la esperanza comenzó a correr , reconstituyendo los tejidos de su cuerpo de hoja muerta, devolviéndole la lozanía perdida. Retornándola mágicamente a la adolescencia. A esa edad de posibilidades infinitas. Cuando lo miró por primera vez a sus ojos, algo estalló dentro de su alma. Como si todo lo anterior se hubiera borrado mágicamente, como si nunca hubiera existido. Ella bajó de su citroen frente al supermercado, fastidiosa por el calor, tropezó en el cordón de la vereda, nada más que por la torpeza que le provocaba su estado de desesperación, la obsesiva autoconmiseración que la embargaba permanentemente. Se hubiera lastimado , si no fuera por su presencia. Su mágica presencia. Su milagrosa presencia. Él la contuvo en sus brazos y cuando ella levantó su rostro desencajado por el disgusto y la vergüenza, lo vio frente a sí sonriente. Y se produjo el estallido. La revelación.
Lo conoció. Todo lo que pasó después fue vértigo. La transformación del paisaje invernal amarillo y pálido, en la fiesta multicolor de la primavera. Un pasaje sin punto intermedio, desde la sórdida tristeza en la que se encontraba hacia la vorágine incontenible de los sentidos. Una felicidad inasible por simples mortales. Quizás ese fue su renovado pecado original ¿Quién tiene derecho a ser tan feliz? ¿Quién tiene derecho a beber la ambrosia de los dioses? Cuando le diagnosticaron su enfermedad, él lo tomó con entereza. Ella lo tomó con desesperación. Su destino no podía ser el de enfrentarse con una maldad inaudita . Y pensó entonces en encarnar ese amor en un hijo. Él al principio no estuvo de acuerdo. Ella lo convenció. Ella lo atrapó como una planta carnívora. Dispuesta a succionar su vida. Dispuesta a transformarla en otra vida. Dispuesta a transformarla. A burlar los designios de la muerte. Ella lo convenció de retrasar la quimioterapia. Ella lo convenció de que le entregue el hálito de vida que vibraba en sus esperma. Su amor tomaría carnazón en el hijo. En un hijo que no se llamaría Soledad, en un hijo que debería llevar el nombre de la vida. En un hijo que le aseguraría la supervivencia el amor. De ése amor desaforado que le corría por las venas, que la angustiaba y la llenaba. Ese era el origen de su culpa.
El apenas pudo conocer a su hijo, un ser berreante y minúsculo. Pero que representaba la persistencia de su amor para la eternidad. Que representaba la unión de sus genes, la unión definitiva de ellos. La materialización del sueño común.
Cuándo él murió , algo se apagó para siempre en su interior, se trasformó en un alma definitivamente mutilada. Su vida nunca dejó de ser una vida hemipléjica. Pero el niño estaba allí, arrancado de la muerte, rescatado de las tinieblas.
Aquella vieja maldita le había dicho "nunca deberás parir carne de su carne si deseas que él viva” y ésas palabras siempre resonaron en su mente. Más aún después de verla con aquella mirada taciturna , en la vereda de la plaza, el día que bautizaron a Fran, y escucharla decir a su lado “¡pobrecito, ángel de Dios!”

martes, 4 de mayo de 2010

Un fragmento para compartir.


Para cambiar un poco de tono, abandono el cuento y les dejo un fragmento de mi novela "Gallito Ciego"



XIII Bacteria.


Después que Riedel Liand me dejó enfrente a mi edificio. Tomé el ascensor como en un sueño. Mi cuerpo molido me dolía horrores. Entré a mi departamento y me tiré en el sillón del balcón. Miré la ciudad enorme que se revolvía en sus estertores de máquinas y multitudes. Indiferente como un monstruo dormido. Ajena a los pequeños sufrimientos individuales. Me sentí creo que por primera vez en mi vida desolado. El miedo y la paranoia que me habían invadido en las últimas semanas se había transformado en un sentimiento peor, como el de aquel soldado que herido se ve en medio de la nada, abandonado a su suerte. Olvidado de banderas y consignas patrioteras. Lejos de las formaciones y las arengas. Enfrentado a la miseria de su cuerpo lastimado. Invadido por escalofríos y temor. Recordando la tibieza de la cocina de su casa en invierno. Pero no soy un soldado. He cometido actos de una irracionalidad lindera con la locura. Por propia voluntad. O quizás por una temeridad que yo mismo desconozco. “No se olvide de concurrir a la ART” me había dicho el muy hijo de remilputas. Y si para él era solo un empleado. Y no sé por que para mi. dejé en algún momento de serlo. Por que me adentré en todo este asunto más allá de lo necesario. Mucho más allá. Y ahora aquí destrozado en mi cuerpo y mi autoestima. Mastico esta rabia y siento como si la urdimbre de mi cordura comenzara a abrirse, a deshilarse. A volverse una informe masa de hebras. Y realizo un esfuerzo para volver a unirlas, a tejerlas. Fijo mi mirada en los ventanales que brillan con el sol, como una miríada de papelitos metalizados pegados a las moles impersonales. Y pienso como ése pequeñito rectángulo de cielo reflejado cubre un pequeño mundo. Un microcosmos. Y me imagino a mi mismo así. Solo un habitante más de uno de esos micromundos con mi pequeño retazo de cielo. Un ser muy poco más importante que una bacteria. Una bacteria suicida. Temeraria. Estúpida. Cierro los ojos y nuevamente me invade la rabia, esa rabia indiscriminada. Veo al desgraciado de la campera gris, acompañando a las ancianas, siento náuseas, creo que voy a vomitar. Me dirijo al baño, con dificultad por mi brazo enyesado, vomito. Vomito un liquido blanco espumoso. Me mareo. Debo apoyarme en las paredes para ponerme de pie. Camino como un borracho hasta mi cama y me desplomo de espaldas. Vuelvo a cerrar los ojos. Mi micromundo gira como en un torbellino. Y yo periodista-prometedor devenido en detective-bacteria. Por propia voluntad. Sin haber sido incitado ni obligado. Yo individuo ignorado del monstruo urbano. Comienzo a llorar y mis lágrimas se despeñan hacia la almohada como una lluvia gruesa sobre un campo reseco.

martes, 27 de abril de 2010

Reflexiones de una santa.

Ante tanta discusión sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto y la planificación familiar. Deseo ofrecerles las reflexiones vertidas en este monólogo. Cuando se escuchó aquello de " él que esté libre de pecado que arroje la primera piedra" Juanita se agachó y juntó un mosaico partido de la vereda.

Juanita, vacas conserva y otras bestias.

¡Qué falta de autocrítica! ¡Carajo! Ya las cosas no son como deben ser. Cualquier pelafustán está en la cresta de la ola. ¡Cualquier idiota escribe cualquier cosa! Y sale en el diario La Acción. ¡La gente ya no tiene vergüenza! Fíjese, usted sale tranquila de la misa de diez, hasta quizás pueda ir con algún nietito o ¡Válgame dios! Alguna nietita. Camina tranquila por las diagonales mirando los árboles. Admirando los monumentos. Y de repente sentados en algún banco están esos muchachones, con sus ropas grandes y sus peinados sobre la cara, fumando y riéndose a carcajadas como si estuvieran en un bar de los arrabales. Son todos unos drogadictos, llenos de esos aros que se ponen en las orejas, en la nariz y quien sabe donde más. Esas alimañas son capaces de cualquier cosa. Todos así nomás, con zapatillas. Ninguno con un buen par de zapatos lustrados, ni pantalones bien planchados. ¡Que asco! En nuestra época hubieran venido los agentes de policía y los hubieran sacado a sablazos. Si es que directamente no los metían presos. Malandrines. ¡Qué falta le hace el orden a éste país! Cualquier día se van a sentar frente a la basílica. A fumar y a reírse. A drogarse seguramente. Leonor, me contaba que esos, les ofrecen droga a los niños que salen de la misa para convertirlos en vagos y atorrantes, igual que ellos, e invitarlos a ir a las confiterías y todos esos lugares donde andan de noche. No quiero imaginarme lo que harán con las pobres niñas que salen de la iglesia. Leonor se puso tan colorada de solo pensar en las intenciones de esos sinvergüenzas, que no quise seguir preguntándole. Además, para ser sincera, a mi también me habían empezado a transpirar las palmas de las manos, comencé a sufrir taquicardia, del solo hecho de imaginar que cosas harían esos degenerados con esas niñas inocentes, luego de drogarlas y llevarlas quien sabe donde. ¡Válgame dios! En cualquier momento se van a sentar frente a la basílica y tendremos directamente que evitar cruzar la plaza, tendremos que ir hasta la esquina de Caseros para continuar por 25 de Mayo o lo más seguro por Quiroga y Taboada para tener la Jefatura Departamental cerca, seguramente los policías nos socorrerán enseguida si gritamos. ¡A sí! ¡Yo grito hasta que se me salgan los pulmones para que venga la policía si alguno de esos malvivientes se me acerca! Porque Leonor dice que esos guachos no respetan ni a las mujeres mayores. ¡Qué son capaces de cualquier cosa! El padre Nicanor nos recomienda que a los chicos y sobre todo a las chicas no los dejemos ni mirarlos, que les tapemos los ojos con las manos y no los dejemos volver la cabeza. El padre dice que muchos de esos muchachones están poseídos por el demonio, que él mismo ha visto sus tatuajes, sobre todo en verano cuando andan escasos de ropa y son más peligrosos. El padre se persigna de solo recordar sus visiones. ¡Deben tener tatuadas invocaciones a Lucifer! Y esos tipos que están escribiendo en el diario La Acción, todas esas cosas que no hacen más que incitar a la juventud. ¡Es una vergüenza!
¿Dónde habrá quedado la moral? Nosotras nunca necesitamos hablar de eso, solo sabíamos que era algo sucio ¡Y nada más! ¡Para qué más! Una está obligada a cumplir con los deberes conyugales como marca la iglesia y nada más. Con la única finalidad de la procreación. Andar escribiendo sobre eso y defendiendo semejantes ejemplos. Son todos unos degenerados ¡pretender enseñarles a los chicos esas chanchadas en las escuelas! Claro, después se convierten en unos depravados como estos llenos de aros que fuman y se ríen en la plaza sin respetar a la gente mayor ni a los jóvenes católicos que salen de misa. Yo en mi casa tengo una foto de la revista Siete Días donde se lo ve al Teniente General Videla en un palco durante un desfile, y me digo si él volviera al poder no pasarían todas éstas cosas. Los marxistas están infiltrados sin duda en el gobierno y son los que corrompen a toda la sociedad. Ellos son los que impulsan todas esas leyes para enseñarle porquerías a los niños, para proveer esas píldoras anticonceptivas ¡Y ahora encima una que le dicen del día después! ¡Qué podemos hacer las personas decentes ante tanta depravación! Yo le digo a Leonor, esto no puede seguir mucho tiempo así. Es como decirle a la juventud que abuse de los pecados de la carne, si todo está bien. ¡Qué falta de autocrítica! Esos pelagatos zurditos que ahora se las dan de sabiondos. Ahora cualquiera es sabiondo, y nos quieren enseñar a la gente normal que es lo que tenemos que hacer con nuestros hijos o nuestros nietos. ¡Hasta sacaron el servicio militar! Donde los jóvenes aprendían a hacerse hombres. Como si quisieran destruir la familia que es el núcleo fundamental de la sociedad occidental y cristiana. La sacrosanta institución del matrimonio destronada de su alto pedestal por la promiscuidad sexual, las conductas casi animales, como la de estos muchachones pervertidos, que pululan en la plaza Libertad. ¡Plaza Libertad! Plaza del Orden se la debería rebautizar y poner a todos estos elementos tras las rejas, a donde pertenecen. Yo le digo a Leonor que esto no puede seguir mucho tiempo así.
Tendríamos que ir a golpear las puertas de los cuarteles donde está la reserva moral de la nación, pedirles que salgan a las calles a restaurar la moral y las buenas costumbres, mancillada por la chusma ignorante, manipulada por estos personajes que detentan el poder. Y si ya no queda gente valerosa capaz de jugarse por la tradición, la patria, la religión y los altos valores de nuestra moral, entonces vamos a pedirles los tanques y los fusiles. Y Leonor, el padre Nicanor y yo, pondremos orden en éste pueblo. Cerraremos y de ser necesario dinamitaremos el diario donde escriben los pervertidores, quemaremos la biblioteca para limpiarla de basura como se hacía antaño con los libros sacrílegos, reduciremos a esas patotas juveniles a sangre y fuego de ser necesario. Encarcelaremos a todos aquellos que digan o piensen cosas inconvenientes. Y entonces por fin renacerá el país glorioso de nuestra juventud. Y podremos caminar con nuestros nietos por la calle y por la plaza sin necesidad de andar pegándole coscorrones o llevándolos de las orejas para que no miren a esos jóvenes perdidos que fuman y se ríen como si estuvieran en un bar de los arrabales y que hasta quizá un día de estos pretendan sentarse frente a la basílica. ¡Sálveme dios!

martes, 13 de abril de 2010

Un cuento para compartir

Las voces

¡Mierda que hace calor! Parece que todo el año será bravo. Unos calores insoportables. Dicen que es el cambio climático y que se yo que otras cosas más. Ayer antes de encontrarte, estuve conversando con una gente que hace mucho que está acá y me dijeron que no erra. No erra un solo día sin que el calor sea insoportable. Para colmo, no hay sombra. Yo he caminado varias leguas y no vi un solo árbol. ¡Ni uno! Los días son muy largos también y las noches cortas e infectadas con esos mosquitos gigantes que no dejan de picarte y que son enormes como murciélagos vampiros de los que veíamos en San Jaime de la Frontera cuando andábamos por allá. ¿Te acordás de San Jaime? Tampoco, bueno no tiene mayor importancia. Es que hace mucho que te fuiste y por eso muchas cosas no las sabés o te la has olvidado. Pero todo vuelve González, mirá así como nos volvimos a encontrar ahora. Cuando parecía que nunca volveríamos a estar juntos. A pesar de que las cosas cambian, como nosotros, ya no somos los muchachos que supimos ser. Ya el lomo siente el peso de la bolsa de años que lleva encima y se empieza a doblar. Y la mano no la tenemos tan firme como antes. ¡Sí, las cosas cambian!, nosotros nos vamos volviendo cada vez más y más viejos. He notado que aquí como que se envejece más rápido o será el tiempo que pasa más rápido porque cada uno de éstos días tan largos deben ser varios días de allá.
Pero yo te cuento como me pasó lo que me pasó, porque vos tenés que saberlo. A pesar que estás así, que parece que ni de mí te acordás. ¿Será este calor seco que te ha achicharrado los sesos? ¡Ni un árbol! Que distinto allá el calor es húmedo y al borde de los arroyos las arboledas son como culebras gigantes que corren entre las lomadas. ¿No te acordás? No es nada, no te amargues, yo te voy contar todo despacio y te voy a explicar, lo que necesites. ¡No puedo creer que no te acuerdes! Si debe ser el calor.
Además González vos hace mucho que te fuiste y por eso muchas cosas no las sabés.
Todo cambió en éstos últimos años. Por eso no te ubicás. Pero seguro que alguna vez anduviste por ese lugar. Sé que si. Se que anduviste por ahí porque yo te acompañé. Muchas veces me pregunto ¿por qué? No debí hacerlo, pero lo hice y no se puede llorar sobre la leche derramada. Yo siempre paso por ahí porque me queda camino al trabajo. A la madrugada está oscuro. Muy oscuro. El terreno queda al lado de la cementera. Ahora es un terreno. Así me dijeron una vez en la municipalidad: “tiene que decir terreno, porque esta en el área urbana del ejido, nada de quinta ni de chacra amigo, se dice terreno” De ahí en más siempre a todos los sitios les digo terreno.
No, a la cementera seguro no la conociste. La armaron mucho después de tu partida. A espaldas de las luces, del otro lado del alambrado perimetral. Tendrá cuarenta metros de frente por cien o ciento cincuenta de largo, ahí está el terreno.
Está lleno de chatarra desde hace algunos años. De chatarra y de pilas de desechos de hormigón que forman pequeñas montañas. La verdad que no se como llegaron esas cosas ahí. Pero ya hace varios años que el descampado comenzó a llenarse de esa mugre y últimamente está así . Además como te imaginaras entre todas esas cosas crecen los yuyos. Arbustos, cardos , enredaderas , es una selva.
Yo , a pesar de ser un hombre grande siempre me alejo de esos matorrales. No se si decirte miedo, pero uno siente un recelo, una precaución.
Pensar que todo eso en otros años era una huerta liadísima. Ya ni los frutales del fondo quedan, se habrán ido secando o los habrán cortado. Si con vos entramos entre los almácigos y las hileras de plantas de tomate. ¡Que calor González!
Miranda, ¿Te acordás de Miranda? , vos lo tenés que haber conocido, claro cuando era chico, ahora ya tiene como treinta largos, el hijo de Hortensio Benavides, a éste también le dicen Vizcacha como al padre. Si , seguro que lo conociste al vizcacha Miranda, si vivía a pocas cuadras de tu casa, lo que pasa es que no te acordás González. Se te achicharraron los sesos tanto estar aquí. No recordás tus vecinos. Bueno, el fue el primero en contarme lo de las voces. Fue una noche, un sábado a la noche en el bar de Lucho. Una noche de invierno lluviosa, recuerdo que hacía un frío negro y un viento que hacía golpear las gotas de lluvia contra los vidrios de la puerta a pesar del toldito de la vereda. Como extraño ese fresco de las noches de invierno, parece mentira. ¿Y bares aquí no hay bares? Aquí la sed permanece hasta secarnos. Bueno, te contaba. Nos estábamos tomando la última copita , ya era tarde y con esa noche tan perra éramos los únicos que quedábamos en el lugar.
-¿ Se vuelve por aquí adentro a su casa o se va por el boulevard?- me preguntó
- Pero con que necesidad voy a dar semejante vuelta m’hijo –le contesté.
-¡Yo ni loco paso por ahí adentro, por delante de ése baldío lleno de mugre!- me dijo mientras hacía girar el vaso de vino entre sus dedos.
-¿Por qué eso?- le contesté risueño, pero recordando que yo siempre me arrimaba con la bicicleta contra el otro cordón , cada madrugada, sin saber bien por que.
- Mire-me dijo serio- en ése lugar , me contó mi madre, los mataron a los García cuando ella era chica. Los mataron a todos y nunca se supo de los asesinos. Nada se supo. Y desde ésa época el lugar está maldito. Se escuchan voces, voces que llaman a la gente.
-¿voces?- le pregunté entre divertido y curioso.
- Si, voces , susurros , gritos. Muchos lo han escuchado, lo que pasa es que muchos tienen vergüenza de contarlo. – me dijo poniéndose de pie y estirándome la mano en un saludo, lo vi alejarse por el boulevard envuelto en su campera impermeable azul, luego pagué y me fui.
Mirá como son las cosas González. Y ahora me encuentro con vos aquí, después de tantos años. Tantos que ya casi no te acordás de nada.
Me fui caminando con cuidado, por el suelo mojado y por los vinos, las dos cosas te pueden hacer caer y el golpe es el mismo. Doblé la esquina alejándome del boulevard rumbo al este. Subí el cierre de mi campera hasta la barbilla y me acomodé la gorra con la visera casi cayendo sobre mis ojos para protegerme del viento y la lluvia. Al doblar la curva ¿no me digas que no te acordás que esa calle tiene una curva? Seguro que ya te ubicaste. Al doblar la curva vi las luces de la cementera, iluminando las montañas de canto rodado y los silos enormes. Miré hacia atrás y por un instante me pareció ver los álamos finitos esos que rodeaban el boulevard en aquella época, cuando lo recorrimos con vos viniendo desde el puente de fierro. ¿Te acordás la luna? Y la sombra de los álamos como barrotes de sombra sobre el camino abovedado de tierra. Miré nuevamente hacia delante, dejando atrás ese pasado que se me atravesó en el camino, seguro a causa del vino. Vi, como te decía, las luces de la cementera, lámparas de sodio sobre altas columnas blancas. Antes, a su espalda como te contaba, la maraña oscura del baldío de los García, al acercarme sentí el silbido del viento entre la chatarra y los escombros. Me reí, “las voces del vizcacha chico” pensé.
Hundí las manos en los bolsillos y seguí avanzando. Fue cuando escuché, primero como un rumor de voces lejanas, como susurros de miedo en la oscuridad y luego escuché mi nombre . Me llamaron con claridad, giré la cabeza y vi aquello , horrendo, venir hacia mí. ¿ Sabés algo González? No los tendríamos que haber matado a todos, aquella noche. ¿A los gurises para qué? En eso se nos fue la mano Gonzalez. Y las cosas vuelven. Como esas voces que me esperaron. Que me esperaron para traerme con vos. ¿Para qué los matamos a los gurises González? ¡Que calor!
Esas voces como perros fantasmales entre la llovizna. Una jauría salida de huecos en la noche. De huecos fríos Gonzalez. Sucios. Llenos del odio y la furia de la espera.
Me lo imaginé. Si, me lo imaginé, vos también las escuchaste, pero hace muchos años.
Antes, antes que todo cambie. ¿Seguís sin acordarte? Bueno mejor así. Eso es bueno, lo único bueno de éstas llamas aquí abajo, de éste calor sin sombras, en el infierno que nos merecemos, es que al parecer te traen el olvido.

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martes, 30 de marzo de 2010

Tributo

En memoria de Julio.

Todos sabemos cual es la conducta de los espejos en la isla de pascua. Con Juan recorrimos en su camioneta la ciudad de este a oeste de norte a sur y en puntos intermedios cargados de un centenar de espejos. Llegamos a la conclusión que en Nogoyá los espejos son caprichosos e indolentes. No estamos seguros de nuestro aspecto ni de nuestra edad, quizás nos miremos en las fuentes.

lunes, 22 de marzo de 2010

Insight ültima parte.

Amigos publico la última parte de mi cuento Insight. Espero que les haya gustado. Abrazo para todos y gracias por su paciencia.

Insight ( Última parte)

Porque yo, ni siquiera pronuncio palabras sin sentido, muchas veces en mis largos períodos de silencio, mi inconsciente, con esa vocecita suave pero persistente que tiene, me tentó a decir cualquier palabra sin sentido. A gritar por ejemplo desde el balcón ¡Madagascar! O ¡Onomatopeya! O cosas por el estilo. Pero yo, con esa voluntad de la que el ojo carece, me negué. Tomé real posesión de mi yo y no permití otra expresión que no sea la de mi voluntad conciente. En cambio el ojo no puede dejar de mirarme desde el espejo, y no puede dejar de juzgarme. Porque el ojo mira y juzga. Que si solo mirara, vaya y pase. Pero no, ¡mira y juzga! Como ahora que a comenzado a ponerse rojo y es de vergüenza por lo que yo estoy haciendo. Se avergüenza porque soy el biógrafo de Clara Rosario Perdulari, la escritora de autoayuda. Yo me sonrío y lo dejo que me mire. Y muevo la cabeza en forma casi imperceptible para demostrarle una cierta superioridad. Mientras él estuvo casi oculto totalmente por el parpado amoratado, yo leí, con su ayuda es verdad, todas las obras.
Y ahora estoy en condiciones de comenzar mi obra. Pues lo que mi ojo no entiende es que lo que importa no son las obras de Perdulari, ¡sino mi obra!
Porque mi obra será perfecta. Tendré que organizarme bien es cierto. Investigar su pasado. Ya fui al padrón electoral y conseguí su numero de documento, fecha de nacimiento etc. Su acta de nacimiento no me fue ni difícil ni excesivamente costoso conseguirla, como tampoco de acuerdo al domicilio de sus padres averiguar donde cursó sus estudios y demás. Alternar la realidad con un poco de fantasía, alternar su vida con una crítica de su obra mediocre. Toda la estructura de mi obra estaba en mi mente como nunca había estado ninguna otra. Y así fue como luego de recolectada la información necesaria, comencé a escribir. Mi otra preocupación era su posible viaje al exterior, cuya duración y destino yo ignoraba. Esto era como una espada de Damocles que pendía sobre mi cabeza. Por lo tanto cree una pequeña red de informantes en las compañías de turismo, en el aeropuerto de Fisherton, en las principales líneas de colectivos que partían hacia Capital Federal, en ello invertí gran parte de mis ahorros , pero era indispensable para mis planes tener esa información . De lo contrario todo podía desmoronarse como un castillo de naipes. Y esta vez no sabía si podría resistir la frustración de una nueva cancelación. Escribía hasta 14 o 15 hs diarias, había logrado un certificado médico apócrifo para no ir a trabajar en los últimos 4 meses y pensaba seguir de la misma forma hasta terminar con mi obra. Los controles eran sorpresivos y frecuentes. Pero eran también la oportunidad para inmediatamente luego de producidos poder salir a recorrer personalmente mis contactos, lo que era mucho mejor que hacerlo por teléfono. Mi biografía ya estaba prácticamente terminada, cuando me enteré que la Perdulari había entregado el disco compacto de su último libro en la Editorial del Cardal, para sus últimas correcciones y publicación. Sabía que mis plazos eran ahora tangiblemente exiguos. Pero a la biografía le faltaban muy pocas páginas y la crítica intercalada ya estaba terminada. Solo faltaba las últimas que necesariamente deberían ser escritas después. La obra, mi obra sería perfecta y para ello debería ser inmodificable. Debería concluir. Solo las estatuas se parecen siempre a sí mismas. Podemos sacarles una foto y estar absolutamente seguros que no variara con respecto a otra que saquemos años después. En cambio las personas nunca se parecen a si mismas, una foto de alguien hoy seguramente será distinta otra que obtengamos mañana. Incluso desde un aspecto que para mí es absolutamente secundario, como es el comercial. Las figuras se agigantan cuando están definitivamente concluidas, como los edificios. Como las grandes obras de la humanidad. Ejemplos de ello son Gardel, Gilda o Rodrigo entre los cantantes argentinos, o Jimmy Hendrix , Jim Morrison, Freddy Mercury o Jhon Lennon por caso. O tipos como Rindt , Villeneuve o Senna. Y podría seguir nombrando, sin temor a que algún desprevenido me tache de necrófilo. Pues las vidas concluidas son las únicas perfectas, iguales a si mismas, inmodificables. Condición sine qua non para que mi obra sea perfecta. Las últimas hojas serán escritas postmorten. Por eso antes de ir a buscarla me parare frente al espejo, quiero sorprender a mi ojo. Esta vez será la pira funeraria del fracaso, no del proyecto. En el momento que todos los diarios de la ciudad anuncien su muerte, yo llevaré mi biografía a la Editorial. Yo debo poner el último ladrillo en su edificio, para que sea perfecto y arrojar un puñado de tierra sobre su féretro. He decidido estrangularla porque de ésa forma me aseguro que no hable mientras agoniza. No lo soportaría, y no quiero violentarme.

viernes, 19 de marzo de 2010

Insight (tercera parte)

Amigos continúo con mi cuento Insight. Es la tercera entrada y anteúltima.

Insight (tercera parte)

Tuve que contenerme en el Pez Volador para no arrojar los libros de autoayuda que no correspondían a mascotas, como si estuviera removiendo escombros en busca de un sobreviviente en una catástrofe. El hematoma de mi frente había descendido sobre mi párpado superior derecho dándome de alguna forma el aspecto de un boxeador. Un ser temible que de alguna forma intimidaba a los vendedores, en general muy jóvenes, que se apuraban a satisfacer mis inquietudes sobre libros de autoayuda para mascotas, mirándome de reojo como temiendo ser golpeados en cualquier momento. En los dos primeros locales me proporcionaron decenas de libros pero casi todos estaban escritos por hombres, o por extranjeras o no se ajustaban al tipo de mascotas sobre lo que mi presa había escrito. Seguí recorriendo locales hasta muy tarde, sin resultado positivo. De regreso a mi casa consulté catálogos on line sin suerte. Ya casi había decidido retornar a mi mutismo esta vez sin pira posible cuando distraído me acerqué a un quiosco y lo vi, lo ví colgando de un pequeño piolín amarillento sujeto con un broche de la ropa. “Lo que me enseñó Croqueta mi perrita coqueta” subtitulado “manual del buen amo de perros”, “aprenda en poco tiempo a comunicarse con su mascota”. La tapa era de un amarillo brillante y estaba ilustrada por una foto de un perro negro, que a juzgar por el moño rosado que tenía en su cuello debía ser la susodicha Croqueta. Yo aún era un neófito y no podía distinguir a los perros machos de las hembras por su rostro peludo. Ahora si puedo, pero no quiero adelantarme a los acontecimientos. Le solicité al quiosquero que me vendiera el librejo ése, yo había vuelto a hablar desde que me embarqué en el nuevo proyecto, y el hombre lo descolgó informándome que era una persona afortunada ya que era el último ejemplar que le quedaba y al parecer la obra estaba agotada. Le pregunté si tenía otras obras de la misma autora a lo que me contestó que no sabía quien era. Me pidió nuevamente el libro y me pidió que le anotara el nombre de la misma para preguntarle a su distribuidor. Así me enteré que la persona de mis desvelos se llamaba Clara Rosario Perdulari, cosa que confirmé por una foto de contratapa que si bien la mostraba muchísimo más joven que lo que yo la había visto en el 107, confirmaba su identidad sin duda. Recorrí otros quioscos y pude hacerme de “Mi tortuguita Panchita, un ejemplo de vida” “Guía práctica para la cría de tortugas en cautiverio” “Evite que su tortuga se arroje por el balcón” y de “Coquito y yo” “Historia de amor entre una niña solitaria y su hámster”. A pesar de mis progresos me faltaban tres obras. Por lo que me decidí a llamar a la Editorial del Cardal que los había editado.
“Mi canario Serafín” “Un ejemplo de vida” había sido publicado únicamente acompañando las ediciones dominicales de una revista femenina, fue la última obra que conseguí en una mesa de saldos. En la editorial conseguí “Haga de su gato un amigo” “el sencillo camino a la felicidad” y “Mis amiguitos con escamas” “Para que su acuario lo alegre a diario”. Me senté a la mesa de la sala de mi departamento iluminado por la luz del mediodía y desparramé los seis libritos sobre la misma.
¿Cuál leería primero? No fue fácil decidirme por lo que cerrando los ojos tomé una al azar. Mi primer lectura, lo recuerdo bien, fue “Coquito y yo” donde me enteré que la mordedura de hámster puede provocar la gangrena del dedo meñique de una niña de ocho años. Que coquito se escapaba de su jaulita y se comía las patas de los muebles y sus tapizados. Que fue él quien se lo comió a Serafín. Pero no obstante todas estos aparentes aspectos negativos era una amigo maravilloso, para su dueña, la manquita.
Un verdadero idilio entre el animalito y su dueña. Una historia que bien podría definirse como de amor y odio. De encuentro y desencuentro. Una autentica lección de cómo compartir y amar a un animal doméstico. En síntesis una verdadera porquería.
Ahora me miraba y no me veía como una estatua, pues hablaba solo frente al espejo. Poco a poco el párpado se fue desinflamando y el color violáceo se fue tornando verdoso. Y permitía observar mi ojo. Y a su vez a mi ojo observar. Ese ojo que leía las populares obras de Clara Rosario Perdulari, con un esfuerzo excesivo, sin comprender muchas veces esa enorme capacidad de escribir tonterías y lugares comunes. Ese ojo que veía en los parques y las plazas a jóvenes y viejos, mujeres y hombres leyendo esos mismos libros como si estuvieran leyendo La breve historia del tiempo de Hawking o quizás un betseller de Wilbur Smith, o la misma Biblia. Ese ojo que no podía comprender aquel fenómeno. Ese ojo que me miraba a través del espejo, incrédulo, convertido en biógrafo de aquella mujer que destrozaba el idioma. De aquella mujer que envenenaba mentes. De aquella mujer que según sus propias palabras ya había comprado un departamento con las regalías de sus obras, que planeaba irse unos meses al extranjero no bien termine su último libro. Incrédulo de verme a mí, inmerso en esas lecturas. Ese ojo que aún estaba traumatizado por la visión de aquella boca río que inundaba todo de palabras. Ese ojo en fin que no podía comprender que es lo que yo estaba haciendo. Traicionando todos mis principios. Convertido de pronto en un tibio. Un vulgar mediocre. Uno más del montón. Que escribiría paso a paso la vida de aquella escritora de autoayuda, cuya obra despreciaba íntimamente, que hubiera deseado poder girar sobre la órbita para mirar dentro de mi cerebro, que anomalías estaba sufriendo en aquel momento, que raros mecanismos mentales me obligaban a tener mi actual conducta. Todo eso era lo que le ocurría a mi ojo en la medida que la tumefacción del párpado cedía y le permitía volver a ver.Para mi ojo era como si hubiera conciliado el sueño en un lugar y hubiera despertado en otro, como le ocurre a los viajeros, que se internan en el sueño viendo pasar las bocacalles de Boulevard Rondeau y al despertar ven ante sus ojos las serranías Cordobesas o las lomadas Entrerrianas. Pero mi ojo no había realizado un viaje espacial, mi ojo había permanecido todo el tiempo de su oclusión en los lugares habituales y ahora miraba desde el mismo espejo en que había mirado el mediodía aquel antes de ir a tomar el 107. Pero en él habitaba la misma extrañeza que embarga al viajero aquel que aparta los tules del sueño, para ver el mundo y se encuentra en otro sitio, como tele transportado. Yo he descubierto que los ojos tienen una avidez compulsiva por mirar. Los ojos en general no pueden reprimir esa fuerza que los impele a mirar. A ver. A observar todo cuanto se coloca frente a ellos. Es por eso que he concluido que los ojos carecen de voluntad. Porque así como yo permanezco largo tiempo en silencio, porque no tengo nada que valga la pena comunicar. Callado. Y reprimo todo intento instintivo de formular palabra alguna. Así los ojos deberían ser capaces de negarse a ver
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lunes, 15 de marzo de 2010

Insight (continuación)

Continúo con la publicación de mi cuento Insight, tan largo (en medidas de blog) que lo publicaré en tres o cuatro entradas. Abrazo y paciencia.

Insight ( Segunda Parte)

Justo cuando el 107 cruzaba Ovidio Lagos. Lo recuerdo como una especie de reflejo condicionado, o de asociación perceptiva. En el preciso momento en que yo me disponía a ponerme de pie para golpear a la mujer, el colectivo frenó bruscamente en la esquina de Ovidio Lagos .
Me golpee la cabeza contra la ventanilla provocándome un hematoma en la región frontal. No emití sonido, ningún improperio, nada. Pero levemente mareado caí nuevamente en el asiento. Mi visión se rodeó de un aura blanco verdosa y se estrechó. Los campos periféricos de mi mirada llegaron a desaparecer por varios minutos y fue como encontrarme en un túnel. Y en el centro del túnel aquel, estaba la cara de la mujer habladora, lo comprendí primero por el continuo moverse de sus labios que por las palabras. Que de tantas se me confundían unas con otras como las aves de una bandada, que en el colectivo pierden de alguna forma su individualidad. Lo mismo por un momento ocurrió con el lenguaje desaforado de aquella mujer. No se si atribuirlo al golpe contra la ventanilla o al torrente sonoro, que como una catarata caía de aquella boca. Sus labios batían sus alas como una mariposa. Y así más recostado que sentado en aquel ómnibus urbano comencé a interesarme en la charla de aquella mujer que resultó ser escritora de libros de autoayuda. Escribía sobre como convivir exitosamente con nuestras mascotas. Explicándonos como comprender las expresiones faciales de nuestro perro, interpretar los distintos movimientos de su cola y todas cosas por el estilo. Al parecer debido al rotundo éxito de su primer libro había continuado escribiendo otros el segundo sobre gatos, el tercero sobre canarios, el cuarto sobre tortugas, el quinto sobre hámster, el sexto sobre pececitos de colores y al parecer estaba preparando otro sobre mascotas exóticas. Cuando por fin recuperé el pleno ejercicio de mis facultades y comprendí que me había pasado por varias cuadras mi destino, había sido informado involuntariamente de reconocer el trino del canario cuando está triste o cuando está en celo, como conocer la opinión de nuestra tortuga sobre la calidad de la lechuga que le damos y quizás adivinar cuando nos mira con ironía o descubrir el malhumor mañanero de los habitantes de nuestra pecera, antes de revolver el agua con nuestro dedo índice. Casi tambaleándome descendí en la primer esquina en que me fue posible y emprendí mi camino a pie. Fue como transitar por una playa desconocida luego de haber sido depositado en ella por las olas embravecidas de una tormenta. Y súbitamente como un rayo de sol que se abre paso entre las nubes grises y pesadas : una idea, como una revelación de mi destino. Una visión que bien podría denominarse mística, como aquella que volteó del caballo a San Pablo o las zarzas incendiadas de Moisés. El ave costera que observaban los antiguos navegantes perdidos en la inmensidad del océano. Así llegó a mí aquella idea. Brusca, cegadora, luminosa. Definitivamente la esperanza de un destino, de un sentido (son anagramas. ¿Será correcto escribir las dos palabras juntas o muy cerca?) para mi vida de escritor frustrado. De escritor estéril. Todos mis proyectos habían sido depositados en sus piras funerarias y se habían convertido en humo elevándose por el aire, volutas de sueños a merced del viento. Yo por fin comprendí porque había nacido. Para qué lo había hecho. Yo, el mismo que piensa que nunca se debe escribir si no se tiene algo para comunicar. Yo, quien cultiva el silencio en inmensas extensiones. Latifundista de callares. Yo debería ser el biógrafo no autorizado de aquella mujer. Su biógrafo definitivo. Quien pusiera el último ladrillo en su edificio. Como quien arroja una puñado de tierra sobre un féretro.Miré un perro que rompía una bolsa de residuos sobre la ochava de una ferretería cerrada y traté de descifrar que cosas pensaba aquel animal por los movimientos de su cola o la forma como con sus patas delanteras rompía el polietileno. Pero nada me transmitían los modos de aquel bicho. Evidentemente necesitaba leer las obras de aquella mujer. La verborrágica. Esa misma noche recorrería las librerías del centro en busca de las obras de aquella, si bien los anaqueles y mesas estaban atestados de libros de autoayuda, no todos eran sobre la conducta de las mascotas lo que acotaba mi búsqueda. Como primer paso para mi proyecto debía conocer su nombre, quizás en la solapa o la contratapa alguna de aquellos engendros tendría la foto de su autora, otro elemento a mi favor. Debía proceder ese mismo día pues no quería olvidarme de su cara. A veces los rostros se van deformando en los recuerdos hasta convertirse en muy diferentes. Perdiendo toda similitud con el original. No quería que eso me ocurriera a mí y terminara realizando la biografía no autorizada de cualquier persona, menos de aquella mujer que había conocido en el 107. Rápidamente terminé con mis actividades del día y casi corriendo regresé a mi departamento. Me día un baño rápido y al atardecer ya estaba caminando hacia las librerías, en las que me sumergí con un frenesí digno de las grandes causas.

jueves, 11 de marzo de 2010

Un cuento para compartir.

Aclaración: amigos como este cuento es muy largo,como muchos de los que escribo, lo publicaré en tres o cuatro entradas. Pertenece a "Veinte Cuentos Prescindibles" e integra "Búsqueda Insensata".Gracias.

Insight

No se debe escribir cuando no se tiene nada para comunicar. Cuando se tiene la cabeza vacía de ideas. La cabeza podrida como me gusta decir. De lo contrario todo lo que se escribe son simples palabreríos. Como una especie de vagar sin rumbo, de caminar distraído sin saber adonde se va o sin saber siquiera si se deseamos realmente ir a alguna parte. Carencia de metas. Carencia de ambiciones. Y nos ponemos a pensar, que cosa decir. ¡Si lo que quizás tenemos que comunicar es simplemente nuestro silencio! El silencio habla en ocasiones, con más claridad que muchos discursos. Además el silencio nos permite encontrarnos con nosotros mismos. Reconocernos. Detener ese deambular.
Es probable que en su duración germinen palabras dignas de ser dichas. Como crisálidas emergiendo.
No es necesario escribir a cualquier precio. De cualquier modo. Nadie nos puede obligar. No somos una máquina que escupe textos. No debemos serlo además. De eso estoy convencido.
Ahora cuando creemos que debemos comunicar algo, debemos evaluar la mejor forma de hacerlo. ¿Cuántas veces vemos en nuestra mente lo que queremos transmitir y no encontramos las palabras para hacerlo? Muchas. Por lo menos en mi caso. Yo no soy de los más lúcidos para escribir, por lo tanto se me hace difícil traducir en palabras las experiencias o acontecimientos que deseo narrar.
Además muchas veces dudo. Dudo si lo que estoy por contar realmente vale la pena, y a veces me embarco en largas jornadas de lecturas, tratando de encontrar alguien que hable de algo parecido. Busco similitudes. Similitudes que me permitan alejarme de la incertidumbre que me inmoviliza. De la duda. Del miedo al ridículo en definitiva.
A veces caigo en profundos pozos depresivos, potenciados por la fatiga de tanto leer y buscar. Yo me pregunto ¿cómo es posible que yo quiera contar o reflexionar sobre tal o cual cosa, cuando nadie lo hizo antes? Y no encuentro respuestas . Comienzo a sentirme un gran tonto, una persona incapaz de encontrar un tema que pueda interesar a los demás. Debo identificar alguien que, antes que yo, escribió sobre lo mismo. En ocasiones lo encuentro. Alguien que antes escribió sobre un tema similar al que yo me propongo encarar en mi obra. Debo confesar que muchas veces me limita el idioma, pues yo solo entiendo el castellano, el inglés y algo el italiano. Autores franceses , alemanes, rusos sino han sido previamente traducidos a alguno de los idiomas que yo domino, o por lo menos entiendo, aunque no los domine, escapan a mi escrutinio. Ni que hablar de autores africanos o asiáticos. A veces me despierto en medio de la noche luego de haber soñado con un ignoto personaje de Turkmenistán, Mongolia o alguna remota isla de la Polinesia, que simplemente me sonríe burlón mientras me muestra un texto, que no logro comprender. En mis más terribles pesadillas es un chino que me hace entrar en su casa de una enorme ciudad que parece Shangai o por lo menos la Shangai que veo en los documentales y luego de invitarme con té, comienza a mirarme y sonreírse hasta que por último, de bajo un almohadón extrae un cuaderno lo abre y me muestra los caracteres chinos, que por supuesto yo no entiendo, y comienza a reírse con un desparpajo impropio de un oriental y señalándome con el dedo se mofa de tal forma que me despierto.
En el supuesto que yo encuentre el texto que busco, a veces luego de meses y meses de hurgar en cientos y a veces miles de libros. Comienzo la otra etapa de mi valuación.
Entonces evalúo como lo encaró. Como elaboró el relato, si lo hizo de la misma forma que yo tengo pensado hacerlo o de una manera diferente. Por ejemplo si se constituyó como un narrador omnisciente y omnipresente o si lo hizo primera persona, con un punto de vista limitado. Muchas veces me siento contrariado por la forma como éste, especie de antepasado en el tema, encaró el trabajo que yo me apronto a abordar. Me siento tan contrariado que soy presa de ataques de furia, y destruyo el libro con mis propias manos primero separando los folios por el lomo y luego cortando las hojas en pedacitos, cada vez más pequeños con los que construyo un pequeño montículo que enciendo con un fósforo. Como una pira funeraria. Si la pira funeraria de mi proyecto. Y es en ese momento donde nuevamente opto por el silencio. Permanezco largo tiempo en silencio . A veces días o semanas otras veces meses. Silencio absoluto únicamente interrumpido por los sonidos de las cosas cotidianas, pero ni una sola palabra. Ni una sola. Mis labios permanecen sellados, a nos ser algún suspiro involuntario , un tosido o un estornudo nada sale de ellos. Me miro al espejo y me veo callado como una estatua. Solo abro la boca para lavarme los dientes. Como dije antes el silencio comunica más que muchos discursos. De tanto en tanto paso frente a la pequeña montaña de cenizas, que nunca barro hasta que aparece otro proyecto.
Una vez mientras vivía esos lapsos de silencio, involuntariamente conocí una escritora, si es que puede denominársele de ésa manera. Una escritora muy prolífica. Según sus propias palabras, al parecer escribía como hablaba con la misma incontinencia. Yo viajo en el 107 a diario, lo abordo en la esquina de Corrientes y Mendoza, ése era un día particularmente caluroso, a las tres de la tarde el sol caía inclemente sobre mi cabeza. Unos minutos antes había comprado una tarjeta de pasajes en el quiosco de la esquina de 3 de Febrero, como estaba inmerso en mi mutismo total me manejaba exclusivamente con señas y gestos, el muchacho que atendía esa tarde era nuevo y al parecer particularmente idiota lo que llegó a enfurecerme, a tal punto que casi prorrumpo en insultos, pero para ello tendría que haber roto mi silencio, por lo que me limité a hacerle un gesto con mi mano derecha al retirarme, mi dedo medio extendido y es resto flexionados. Pero a pesar de ello llegué a la parada en un estado de iracundia exacerbada por el calor del astro rey sobre mi frente. Probablemente el hecho de ser calvo me exponga más a la radiación nociva. Sentía el impulso de golpear a alguno de los otros compañeros de parada, pero me contuve. Yo sabía que estaba con la cabeza podrida, muy podrida, hacía cuatro meses que permanecía callado. Yo me conozco. Yo se que muchas veces la frustración de mis proyectos perdidos, transformados en silencio por mi voluntad de no pronunciar palabra alguna, en los casos en que no tengo nada para comunicar, porque soy una especie de bolsa vacía, se puede transformar en la más pura violencia. Eso me ocurrió esa tarde cuando abordé el 107. Ya al subir, lo miré con cara de pocos amigos al chofer, que ignoró mi gesto. Me fui abriendo paso a los empujones y codazos hasta el fondo del coche y en cuanto un anciano se levantó de su asiento alejé de un empellón a otro viejo y me senté. Ninguna palabra vacua.
Mi gestualidad reemplazaba con ventaja cualquier verbalización de mi estado de ánimo. Recuerdo que cuando el vehículo dobló por Urquiza, en la primer parada subieron las dos mujeres, el coche llamativamente se había descongestionado de pasajeros, solo unos pocos permanecían parados. Las dos mujeres quedaron de pie justo delante de mi ubicación y una de ellas, la que luego me enteraría era escritora, no dejaba de hablar. Hablaba y hablaba con un derroche de palabras enfermizo. Las que parecían brotar de un manantial inagotable, de un enorme yacimiento de vocablos.
Explotado de forma irracional por esta parlanchina desmadrada. Mi primer reacción fue visceral. Una especie de temblor tibio comenzó a crecer dentro de mi tórax. Un movimiento sísmico del espíritu, que amenazó con destruir las murallas de mi autocontrol y permitir que un alud de ira sepultara a mi locuaz vecina. Noté como las venas de mi cuello se congestionaban y un rubor caliente invadía mi rostro. Pero semejante amenaza de justicia se vio abortada por un repentino giro en el contenido de la verborrea de aquella mujer. Lo que produjo una especie de suspensión de la pena o de condena en suspenso. De pronto la insoportable conversación de la cual involuntariamente yo era testigo, comenzó a interesarme.

domingo, 21 de febrero de 2010

Un poema de Juan Manuel Alfaro para ustedes

A cielo y cielo

Verdeante, invicto y con el pecho en cielo,
le daba a mi niñez lo que quería:
pájaro efervescente por el día
Tuve alas para Dios, pies para el suelo.

No digo que volé, pero fui vuelo
y jilguereó mi barro su alegría.
A cielo y cielo y cielo me perdía,
y a cielo me encontraba: a cielo y cielo.

En noches de San Juan fui el encendido,
y a llama y sombra custodié la suerte
de tener un hermano en lo querido.

Y no tengo razón para el desvelo,
porque a cielo viví y no habrá muerte
si la muerte no viene a cielo y cielo.

Juan Manuel Alfaro De "El cielo firme"

Juan Manuel Alfaro (1955). Poeta y narrador nacido en Nogoyá, provincia de Entre Ríos. Profesor de literatura, fue compilador y prologuista de la obra del poeta lírico entrerriano Carlos Alberto Álvarez. Tiene en su haber el Primer Premio "Rosalina Fernández de Peirotén" de la Asociación Santafesina de Escritores (años 1979 y 1981), el Primer Premio "Orlando Travi" de la Fundación Argentina para la Poesía (Bs. As.1985), por su libro libro de cuentos "La dama del unicornio" el Premio "Fray Mocho" (1988) y por su poemario "Plena palabra" también el "Fray Mocho", en poesía (2002), entre otros galardones no menos importantes. Luis Alberto Ruiz dijo: "Con Juan Manuel Alfaro adviene en Entre Ríos un verdadero nuevo modo verbal de expresar el flotante y secreto contenido del mundo y del ser. [...] Su poesía será siempre distinguible por su personalidad metaforizante incomún". Otros libros de poemas: "Cauce", "La luz viva", "El cielo firme", "La piedra azul".

lunes, 15 de febrero de 2010

Unos versos de Juanele para ustedes

«A la orilla del río...» - Juan L. Ortiz


A la orilla del río/un niño solo/con su perro./ A la orilla del río/dos soledades/tímidas,que se abrazan. / ¿Qué mar oscuro,/qué mar oscuro,/los rodea,/cuando el agua es de cielo/que llega danzando/hasta las gramillas?/A la orilla del río/dos vidas solas,/que se abrazan./Solos, solos, quedaron/cerca del rancho./La madre fue por algo./El mundo era una crecida/nocturna./¿Por qué el hambre y las piedras/y las palabras duras?/ Y había enredaderas/que se miraban,/y sombras de sauces,/que se iban,/y ramas que quedaban.../ Solos de pronto, solos,/ante la extraña noche/que subía, y los rodeaba:/ del vago, del profundo/terror igual,/surgió el desesperado/anhelo de un calor/que los flotara./ A la orilla del río/ dos soledades puras/ confundidas/ sobre una isla efímera/ de amor desesperado./El animal temblaba./ ¿De qué alegría/ temblaba?/ El niño casi lloraba./ ¿De qué alegría/ casi lloraba?/ A la orilla del río/ un niño solo/ con su perro. De El aire conmovido, 1949.

lunes, 1 de febrero de 2010

Un pequeños fragmento para compartir

VI El Maestro Negro y el chancho

-Maestro permítame hacerlo por favor.-casi imploré. El otro permaneció callado, como si no me hubiera escuchado.-Maestro por favor-supliqué nuevamente. No obtuve respuesta. Mi interlocutor continuó en silencio leyendo un libro que tenía sobre su falda. La pequeña cabeza inclinada hacia abajo. Yo, el hombre, caminaba de un lado hacia otro de la habitación.-Se lo ruego-dije luego de un momento. El anciano levantó su cabeza cubierta de cortos rizos casi blanca por completo y me miró con sus ojos inyectados. Tomó el libro lo dejó en el suelo y se puso de pie. Con las manos entrelazadas en su espalda caminó hacia mí y se detuvo a pocos centímetros de distancia. -¿Para qué?-me preguntó con una voz suave. Yo, el hombre, bajé la cabeza y comencé a mover el tronco de un lado hacia el otro como un niño vergonzoso.-¿Para qué?-volvió a preguntar el anciano.-Necesito hacerlo maestro-contesté por fin-necesito saber que estamos cerca de lograrlo. Ansío saber que el momento está cerca. ¡Hace tanto que no las veo!-casi grité. El viejo levantó su mano derecha a la altura de su cara con la palma hacia delante en un gesto tranquilizador.-Debes tener fe-me dijo y se dio vuelta dándome la espalda. Yo, el hombre, puse una mano suavemente sobre el hombro del viejo, éste giró sobre sus talones y me miró con el semblante transformado en una mueca de ira.-No me toques, sabes que no puedes tocarme-me dijo-Ya lo sé maestro, perdón-contesté arrepentido, bajando nuevamente la cabeza.-Está bien, ya está bien-musitó el viejo en forma casi inaudible, me miró se dio vuelta y con un gesto de su mano me invitó a seguirlo. Abrió una puerta de madera oscura y ambos ingresamos en un largo pasillo en penumbras. Al final del mismo a través de otra puerta más pequeña descendimos por una escalera apenas iluminada hacia un sótano amplio y húmedo. El anciano se detuvo ante un mueble enorme que tenía solo una pequeña puerta. Me miró. Se retiró una llave que colgaba de su cuello y la giró en una cerradura de doble paleta. La pesada puerta se abrió sin ruido alguno. A través de un cristal y bajo una luz blanquecina, yo, el hombre, pude ver lo que quería. Solo por un instante. Luego el viejo cerró nuevamente la puerta del mueble y me dijo- Ahora vete, y no vuelvas si no te llamo- Hizo un gesto displicente, señalándome que me fuera, como el gesto que hace un padre a su hijo. Yo, el hombre, me incliné en una especie de reverencia y subí rápidamente las escaleras alejándome. Ya en la vereda, yo, el oso Videla, decidí ir a visitar al Chancho Guzmán hacía mucho que no lo veía. Desde que se había retirado de la fuerza alrededor de 1982, se había instalado en el interior, creo que en Entre Ríos, en una estancia que había comprado en Nogoyá o Villaguay. Pero hacía unas semanas que se encontraba en la ferretería de Gerli. El chancho siempre me avisaba de sus visitas. Nos juntábamos a recordar viejos tiempos. Los muchachos manejaban casi todo el negocio, eran duros como su padre. Pero el chancho no perdía la costumbre de supervisar todo. Él debía tener todo en un puño. Era su naturaleza de organización y mando. Como en las viejas épocas. Por ahí me parecía que ya no le interesaba la política como antes. Como si su único interés fueran los negocios. La verdad que a juzgar por el BMW negro tan mal no le debía ir. Él no tenía la misma fe que yo en el maestro. No quiero decir que el chancho nos combatiera. No para nada. Él era solidario con nuestra causa, pero digamos moralmente. Yo por supuesto no podía revelarle mi papel central en todos los planes del maestro y de nuestra hermandad. Pero es lógico que seguramente luego se plegaría a nosotros, en el momento del segundo regreso. El regreso definitivo. El maestro me ungió a mí por mi fe. Porque yo no me ando con chiquitas. Estábamos cerca del paso previo. Regresaríamos al que se llevó a su tumba la invocación secreta, la que él mismo recitó a los pies de su agonía. Con ese secreto, con esa llave, triunfaríamos. Yo al chancho nunca le di tantos detalles, no podía revelarle mi papel central. Además tampoco supe como lo tomaría él, para él sus subordinados, siempre son subordinados. Así era el chancho. Además yo tenía un buen pasar el empleo que me dieron como jefe del cementerio, tenía un buen sueldo. Era útil también a mis fines, como me aconsejó el maestro. Y algo tenía guardado, algunas propiedades y otras cositas que las manejaba con mi cuñado. Pero claro el chancho era una potencia, en una oportunidad nos invitó a cazar a su estancia, o una de ellas quien sabe, ¡una mansión! Nos atendieron a cuerpo de rey. Pero claro a los dos días el chancho tuvo que viajar de urgencia a Paraguay en una avioneta que salía de ahí mismo y nos llevó a la ruta a tomar el colectivo de nuevo a Buenos Aires. El chancho es así. Pero buen tipo. Claro que sea buen tipo no quiere decir que uno pueda confiarle todo. Cuando llegué a la ferretería estacioné mi megane en el playón al lado de uno de los camiones de reparto de materiales. Cerré con llave. Hoy la inseguridad es terrible. ¡Hay que poner orden carajo! Pensé. Cuando abrí la puerta de blindex polarizado pude verlo en una de las oficinas del fondo, caminé esquivando los distintos modelos de baños expuestos sobre tarimas, las pirámides de palas, los muestrarios de cerámicos, asomándome tras una torre de tachos de esmalte sintético, le hice señas a un pendejo señalándole con el índice la puerta de la oficina y pasé tras el mostrador enorme. Cuando llegué a la puerta me detuve en el umbral y le dije:
-Comisario Guzmán, ¡como se nota que a usted le gustan los fierros! Al principio me miró sorprendido sobre el marco de sus anteojos dorados y luego se puso de pie y me invitó a pasar. Me estrechó fuertemente la mano y me dijo. -¡Osito hijo de puta! Que gusto me da verte.-En ése momento me di cuenta de los dos tipos que tenía a mis espaldas.-Vayan no más muchachos-dijo él-este hombre es un amigo, de los buenos tiempos.- los tipos se retiraron en silencio como habían llegado. Yo pensé que estaba perdiendo los reflejos. Primero me pega un pendejo de mierda y ahora me podrían haber amasijado y yo ni cuenta. -¿Qué te pasó en la cabeza?-me dijo el chancho mientras me sentaba. Entonces le conté. Le conté como un hijo emancipado, mayor, le cuenta a su padre sus vergüenzas. Él me escuchó callado.

lunes, 18 de enero de 2010

Un cuento para ustedes.

Ludmila


Las gruesas gotas de lluvia caían sobre los coches estacionados adelante del pabellón internacional. Cuando Tito terminó de estacionar el Peugeot miró a través del parabrisas, ligeramente empañado, la silueta del edificio deformada por los torrentes de agua, que actuaban como lentes. Maldijo el no traer paraguas ni impermeable. Tomó La Nación que estaba tirada en el asiento trasero y la usó a modo de paraguas mientras corría sobre el hormigón mojado. Al llegar bajo el alto techo del andén donde estacionan los taxis, casi resbala sobre los mosaicos rojizos. Se detuvo un momento para tomar aliento. Miró hacia ambos lados del pasillo semicircular, los viajeros arrastraban valijones y tenían ese aire de desorientación encubierta que tienen los recién desembarcados. Tito pensó, que aún tenía unos minutos para acercarse al sector de arribos y se quedó bajo el anden mirando llover. En forma automática se llevó la mano al bolsillo interno de su campera y extrajo un atado de Marlboro box, tomó un cigarrillo entre los labios, guardó el atado nuevamente y lo encendió. Nunca le había gustado fumar dentro del auto, además las protestas de la Nena por el olor a tabaco le impedían todo tipo de placer. El solo imaginarse los gritos de ella y sus gestos ampulosos, abriendo ventanillas hasta en pleno invierno, tapándose la nariz con los dedos, lo persuadían de no hacerlo. Si excepcionalmente alguna vez, tenía ganas irresistibles de fumar en un viaje muy largo, se detenía descendía a la banquina y fumaba afuera del auto. Ahora veía caer el chaparrón sobre los coches y la playa de estacionamiento, con una violencia poco común, temió por el viaje de regreso, casi cuatrocientos kilómetros bajo la lluvia, no era una perspectiva deseable. Y bajo una tan copiosa menos aún. Arrojó la colilla al pavimento mojado y esta pareció flotar como estremecida por las gotas que la golpeaban, como una ráfaga de balas. Hasta que por fin con un estertor casi imperceptible desapareció la leve columna de humo gris azulado. La colilla había muerto. Tito siempre tenía ese tipo de pensamientos a los que él mismo consideraba sumamente estúpidos. Giró sobre sus talones e ingresó por las puertas vidrieras que se abrían solas a su paso, la recepción donde estaban los despachos de equipaje de las distintas compañías aéreas estaba infectado de carteles en varios idiomas prohibiendo fumar, “No Smoking” “Prohibido fumar” . Tito añoró los años de su juventud en los que se podía fumar hasta en los ómnibus de larga distancia. Sonrió recordando aquellos pequeños ceniceros niquelados. El humo aquel seguramente era menos tóxico que la calefacción a 50º C o el aire acondicionado a punto de congelación. Pero en fin- pensó Tito- el mundo va evolucionando y el futuro no tiene lugar para dinosaurios fumadores como él o como Dieguín. ¡ Cuántos años fuimos inseparables!-pensó apoyándose en un estructura tubular de color metalizado- ¡Cuántos años! ¡ Qué felices éramos entonces en esa inconciencia de la juventud! Hasta que pasó lo que pasó-en éste punto de su pensamiento Tito sintió como un leve escalofrío, una especie de memoria corporal. Él evitaba pensar en aquello, lo tenía sepultado bajo múltiples estratos. Cada uno compuesto de recuerdos de épocas posteriores. Importantes o banales. Felices o tristes, pero que hacían las veces de paladas de tierra sobre aquel cadáver que necesitaba ocultar. Pero en ocasiones como ésta entre la tierra floja de la sepultura aparecía una mano o a veces solo un dedo, para recordarle su existencia. Para recordarle a Tito que el pasado es inmodificable, que de nada sirve analizarlo, comprenderlo, tratar de olvidarlo. Porque siempre tiene esa tendencia a retornar en los momentos menos esperados, con esa calidad suya de inalterable y definitivo. Miró hacia el sector de arribos, miró los letreros que anunciaban los vuelos entrantes y salientes , permaneciendo en su postura casi de guapo de principios el siglo veinte, que a falta de farol se recuesta contra este conjunto de tubos de utilidad incierta.

En varias oportunidades estuvo tentado de encender un cigarrillo, pero los anuncios omnipresentes lo convencían con la misma eficacia que los gritos de la Nena .
Así se le pasó el tiempo a Tito, ya repuesto de las digresiones de su memoria. Cuando Dieguín apareció con su carrito repleto de equipaje, Tito sonrió al reconocer a su amigo que a pesar del paso de los años aún en algo parecía el muchacho aquél que había abrazado en la estación de trenes de Nogoyá tantos años atrás. Quizás el brillo triste de sus ojos, o esa sonrisa leve. Una sonrisa intrusa en su rostro melancólico. Dieguín era un muchacho casi de la misma estatura que Tito, como si ambos se hubieran puesto de acuerdo en crecer hasta determinado punto. A expresar su amistad entrañable hasta en su estatura. Por cierto ahora al cabo de varios años, muchos kilómetros y culturas diversas, Dieguín parecía más atlético que su amigo, quien a pesar de no haber perdido su aspecto de lozana fortaleza lucía un vientre levemente prominente, que le daba el aspecto de un hombre satisfecho. Un típico gringo hijo de inmigrantes dedicados a las tareas rurales, que a pesar de ser la tercer generación de argentinos no podía ocultar su genética con su tez blanca y sus cabellos rojizos.
Los hombres se abrazaron casi sin decir palabras, a no ser un escueto saludo de bienvenida. Tito le explicó que arrimaría el auto hasta el andén pues estaba lloviendo torrencialmente, se dirigieron atravesando el local de recepción. Y Dieguín permaneció mirando caer esa agua argentina que hacía tanto extrañaba en otras lluvias lejanas. Y dando un paso bajó del cordón ante la mirada furibunda de un taxista que lo insultaba desde un Megane que frenó a pocos centímetros de él. El recién llegado lo miró esta vez con una sonrisa amplia y abrió los brazos entregándose a las gotas que lo empapaban progresivamente. Cuando Tito estacionó el 206 junto al cordón se sorprendió de ver su amigo con sus ropas mojadas completamente. Meneó la cabeza en un gesto que denotaba desaprobación y extendió el diario salvador sobre el asiento. Por lo menos el tamaño sábana tenía su utilidad. Lo había resguardado al llegar y ahora protegía el tapizado. No era poca cosa- pensó Tito- para nada. Sonrió. Tomó el equipaje de su amigo colocó la valija y uno de los bolsos en el baúl y el otro lo colocó en el asiento trasero, ya que su gran tamaño no permitía llevarlo en la estrecha cajuela del pequeño auto. Cuando partieron por autopista Richieri hacia la general Paz diluviaba. Dieguín conversó vagamente sobre Madrid y Barcelona donde había estado alternadamente todos estos años., nada que no pudiera leerse en un buen folletín turístico. Tito lo escuchaba con la atención que podía, dadas las dificultades del tránsito y el clima. Le contestaba frases cortas, casi de compromiso. Recién se animó un poco el diálogo cuando abandonó la ruta 9 hacia el puente, la lluvia había disminuido y esporádicos rayos de sol iluminaban los playones repletos de autos nuevos de las terminales automotrices. A lo lejos hacia el norte se erguían paralelos los pilones del primer puente sobre el Paraná. Columnas de hormigón sobre el verde de las islas. Jalones. Dieguín miraba aquellas estructuras enormes que lo volverían al mundo fluvial donde había crecido. Si bien el no era una personalidad apegada al terruño. “Yo puedo vivir y ser feliz en cualquier lugar” se había repetido tantas veces hasta tenerlo incorporado a su personalidad. No obstante aquello le produjo un cierto cosquilleo en el estómago. Ya casi no llovía cuando cruzaron la isla Talavera. Ahora a Dieguín no le sorprendía, como antaño, aquella autopista que une ambos puentes. Rudimentaria frente a las que había visto en Europa. Todo desde su regreso le parecía precario, imperfecto. Es que el transcurso de sus años afuera, lo habían transformado. Cuando miraba a Tito, tan cambiado, tan envejecido, le costaba por detrás de su voluntad reconocer a su amigo. Su razón viajaba con su viejo camarada, conversaba con él, pero su emotividad lo hacía con un desconocido. No obstante esta distancia interior algo había logrado conmoverlo, algo indefinido, eso que el denominaba un cierto cosquilleo en el estómago. Son esas sensaciones que se mueven detrás de nuestra conciencia. Sombras apenas definidas que se mueven con sigilo, que podemos ver fugaces, pero sin distinguir los detalles de su forma. Como letras de un alfabeto mojadas y deformadas, sobre una hoja de calendario de escritorio. Dieguín por momentos trataba de interpretar aquello, pero inmediatamente desistía, con esa gimnasia que había logrado en las últimas décadas preservarlo de un dolor intolerable. De ése dolor que solo él sabía, casi lo había destruido. Dolor del que comenzó a alejarse en un tren.
Tito, miraba a su amigo que había quedado silencioso hacía varios kilómetros. Sacó una mano del volante y le palmeó la pierna. Con un gesto que se repetía después de años como un eclipse. Aquél que había jalonado los extremos de su ausencia.
Tito le comenzó a contar sobre los cambios que se habían producido en el pueblo. En su barrio, en los lugares que frecuentaban. El tiempo transcurrido era mucho y las cosas por muy lentamente que lo hagan, terminan cambiando. Luego prosiguió relatándole sobre las personas conocidas. “Los muertos y los heridos” como decía. Las dos listas eran bastante largas. Y como una telaraña, un nombre evoca a otro y así casi indefinidamente. Los recuerdos infantiles como disparadores de historias individuales, que como líneas se entrecruzan formando una retícula. Inmersos en esas evocaciones llegaron.
La Nena luego de los saludos de rigor, lo acompañó a la habitación que le habían preparado. Era la habitación que hasta unos años atrás había ocupado Ramirito. Ahora él vivía en Buenos Aires, ya les había dado un nieto. Dieguín dejó su equipaje en los pies de la cama vestida con una colcha verde seco. Al lado de la Biblioteca de algarrobo donde dormían libros y carpetas del secundario refugiando la adolescencia del muchacho, una lámina del primer álbum de Led Zeppelín dominaba la pared. Para el recién llegado fue como sumergirse en un mundo extraño, el mundo que perteneció a un muchacho que él no había conocido, a no ser por fotos. De cuyo nacimiento, así como de sus progresos se había enterado por cartas o por teléfono.
Íntimamente se sintió como un intruso. Como alguien que profanaba un espacio privado. Pasó largo rato meditando en ello. Su primer noche luego de la cena sencilla y familiar, fue de un sueño pesado en el que ensueños lo devolvieron a la larga travesía, despertó al día siguiente tarde más allá de media mañana. Le costó ubicarse en el silencio pueblerino tan distinto del ritmo frenético de las ciudades en las que había vivido los últimos treinta años. Mientras tomaba café solo en la cocina de aquella casa deshabitada, mirando el césped del pequeño patio trasero, tuvo conciencia de su regreso. Ya no se trataba de una sensación física indefinida sino, por fin, de una certeza. Estaba en el lugar del que había huido. Porque nadie mejor que él podía saber la verdad de su partida. Verdades que nosotros mismos tratamos de ocultarnos, Dando a nuestras propias miserias una patina piadosa, que las haga un poco, aunque más no sea un poco, mejores. Este regreso que en el fondo de su corazón conocía como inevitable. En algún momento tendría él que regresar a enfrentarse con sus propios fantasmas, esos que habitan estas calles olvidadas. Terminó su desayuno y colocándose un bremer sobre los hombros salió a caminar. Caminar por esas calles que le parecieron extrañas, tan parecidas a las que él recorrió como los hijos a sus padres. “Rasgos de parentesco” –pensó – “tan parecidas a aquellas, como yo a aquél que acompañaba a Ludmila a la salida del colegio”. Cayó en cuenta del tiempo que no pensaba en ella. “De la misma forma que no pensamos en nuestra mano o nuestras piernas”-se dijo, y continuó caminando como lo que se sentía ahora, un extranjero. Vagó sin rumbo fijo, comparando las imágenes de su recuerdo con las actuales. En parte para él fue como matar aquellas imágenes evocadas tantas veces en la lejanía. Como el recuerdo de un rostro se borra cuando nos encontramos con su poseedor, que se nos presenta envejecido y canoso. Sin proponérselo se encontró frente a la vieja casa de su abuela, que llamativamente permanecía casi intacta en un vecindario distinto. Como si un gigante la hubiera arrancado de su solar original y colocado en otro distinto. O como esos árboles añosos que persisten en terrenos donde los demoledores han borrado todo otro signo del pasado. Solos como abandonados de su tiempo, como vestigios. Esa sensación lo embargó parado en aquella vereda mirando su antigua casa, donde creció y vivió hasta los veintitrés años. Sintió el impulso de correr abrir la puerta y entrar gritándole a aquella vieja enjuta que había vuelto. Pero la razón con una bofetada de realidad le recordó que ella había muerto hace muchos años, quizás enferma de tristeza y añoranza, quizás de vieja nomás. Y una mano de hielo le apretó el corazón. Y se sintió más regresado aún que durante el desayuno. Se acercó a la puerta cuya pintura descascarada denotaba un estado de semiabandono y tocó el picaporte de bronce como temiendo. Este se movió con un sordo ruido de metales, un rechinar antiguo y quejoso. Las bisagras oxidadas cedieron a su empuje, con un rápido paso sobre el umbral de mármol blanco grisáceo estuvo dentro. El zaguán tenía polvo de años y un olor a deyecciones de ratas y de murciélagos lo recibió. Por la luna vidriada de la puerta de calle y por la cancel la luz del día iluminaba aquel recinto olvidado de todos, miró el cielorraso de listones de madera y la tulipa del techo, recubiertas de telarañas. El puño helado volvió a estrujarlo cuando abrió la puerta cancel de vidrios repartidos e ingresó a la vieja galería, donde la maleza que crecía en las juntas de los mosaicos le daba el aspecto de una antigua ruina jesuítica. En uno de los macetones del pequeño patio crecía una higuerilla, de las cenefas caían cascadas verdes florecidas de campañillas azules. Divisó junto a la entrada del antiguo comedor los sillones de mimbre pintados con esmalte sintético crema que quizás los habían preservado de la degradación del tiempo. “Ludmila” volvió a pensar, con un pensamiento claro, fuerte. Como liberado de las trampas de la mente. De los mecanismos de defensa que ponen sordina a nuestros dolores. Y se vio a si mismo sentado junto a aquella que había amado tanto tomando mate en las mañanas perfumadas de la primavera. Como si los largos años de su exilio no hubieran existido nunca, como si nada de aquello tan doloroso hubiera ocurrido. Y olvidando el cielo raso de machimbre que inclinado peligrosamente amenazaba caerse sobre aquellos trastos viejos, se sentó en el viejo sillón y cerró sus ojos. Creyó por un instante escuchar la risa alegre de ella, aspirar el perfume de su pelo. Y sonrió. Sonrió como dormido y permaneció largo rato quieto. Luego se dispuso a recorrer lo que quedaba de los cuartos, los viejos muebles con sus puertas abiertas, sillas tiradas por el piso, evidentes señales de algún antiguo saqueo o de excursiones infantiles al caserón abandonado. En una de las paredes del comedor reconoció un viejo cuadro cubierto de mugre, con sus manos limpió el vidrio y vio los rostros casi niños de ellos cuatro, de Tito, la Nena ,él y … Ludmila. Volvió a limpiar el viejo cuadro lo descolgó y notó las varillas descoladas se lo colocó bajo el brazo y continuó su recorrido, la última habitación a la que ingresó antes de irse era la vieja sala donde aún permanecía la antigua mesa oval, aunque quedaba una sola silla. “Se las tienen que haber llevado los parientes” pensó. “Estas sillas eran muy lindas”. Y fijó su vista en el viejo teléfono de disco. Se acercó levantó el tubo gris sin escuchar tono alguno como era de esperar. Lo dejó nuevamente recorrió con la mirada las paredes descascaradas donde la humedad había provocado la caída del revoque dejando ver los ladrillos. Y tuvo un impulso. Irracional. Loco. Casi corrió al viejo aparato y ansiosamente marcó su número telefónico. El puño volvió a apretar esta vez con más fuerza. Creyó perder la estabilidad. Cuando escuchó su voz melodiosa y dulce “ ¡Hola amor esperaba tanto que me llamaras! Porque aquí me siento tan sola”. Y escuchó la voz de su abuela llamándolo a almorzar. Miró a su alrededor todo aquello tan familiar a sus ojos. Se sintió muy feliz. El dolor lo había liberado, se quedó con aquel cincuentón boca arriba con un cuadro sucio bajo el brazo, muerto en las ruinas de lo que alguna vez fue
.