lunes, 18 de enero de 2010

Un cuento para ustedes.

Ludmila


Las gruesas gotas de lluvia caían sobre los coches estacionados adelante del pabellón internacional. Cuando Tito terminó de estacionar el Peugeot miró a través del parabrisas, ligeramente empañado, la silueta del edificio deformada por los torrentes de agua, que actuaban como lentes. Maldijo el no traer paraguas ni impermeable. Tomó La Nación que estaba tirada en el asiento trasero y la usó a modo de paraguas mientras corría sobre el hormigón mojado. Al llegar bajo el alto techo del andén donde estacionan los taxis, casi resbala sobre los mosaicos rojizos. Se detuvo un momento para tomar aliento. Miró hacia ambos lados del pasillo semicircular, los viajeros arrastraban valijones y tenían ese aire de desorientación encubierta que tienen los recién desembarcados. Tito pensó, que aún tenía unos minutos para acercarse al sector de arribos y se quedó bajo el anden mirando llover. En forma automática se llevó la mano al bolsillo interno de su campera y extrajo un atado de Marlboro box, tomó un cigarrillo entre los labios, guardó el atado nuevamente y lo encendió. Nunca le había gustado fumar dentro del auto, además las protestas de la Nena por el olor a tabaco le impedían todo tipo de placer. El solo imaginarse los gritos de ella y sus gestos ampulosos, abriendo ventanillas hasta en pleno invierno, tapándose la nariz con los dedos, lo persuadían de no hacerlo. Si excepcionalmente alguna vez, tenía ganas irresistibles de fumar en un viaje muy largo, se detenía descendía a la banquina y fumaba afuera del auto. Ahora veía caer el chaparrón sobre los coches y la playa de estacionamiento, con una violencia poco común, temió por el viaje de regreso, casi cuatrocientos kilómetros bajo la lluvia, no era una perspectiva deseable. Y bajo una tan copiosa menos aún. Arrojó la colilla al pavimento mojado y esta pareció flotar como estremecida por las gotas que la golpeaban, como una ráfaga de balas. Hasta que por fin con un estertor casi imperceptible desapareció la leve columna de humo gris azulado. La colilla había muerto. Tito siempre tenía ese tipo de pensamientos a los que él mismo consideraba sumamente estúpidos. Giró sobre sus talones e ingresó por las puertas vidrieras que se abrían solas a su paso, la recepción donde estaban los despachos de equipaje de las distintas compañías aéreas estaba infectado de carteles en varios idiomas prohibiendo fumar, “No Smoking” “Prohibido fumar” . Tito añoró los años de su juventud en los que se podía fumar hasta en los ómnibus de larga distancia. Sonrió recordando aquellos pequeños ceniceros niquelados. El humo aquel seguramente era menos tóxico que la calefacción a 50º C o el aire acondicionado a punto de congelación. Pero en fin- pensó Tito- el mundo va evolucionando y el futuro no tiene lugar para dinosaurios fumadores como él o como Dieguín. ¡ Cuántos años fuimos inseparables!-pensó apoyándose en un estructura tubular de color metalizado- ¡Cuántos años! ¡ Qué felices éramos entonces en esa inconciencia de la juventud! Hasta que pasó lo que pasó-en éste punto de su pensamiento Tito sintió como un leve escalofrío, una especie de memoria corporal. Él evitaba pensar en aquello, lo tenía sepultado bajo múltiples estratos. Cada uno compuesto de recuerdos de épocas posteriores. Importantes o banales. Felices o tristes, pero que hacían las veces de paladas de tierra sobre aquel cadáver que necesitaba ocultar. Pero en ocasiones como ésta entre la tierra floja de la sepultura aparecía una mano o a veces solo un dedo, para recordarle su existencia. Para recordarle a Tito que el pasado es inmodificable, que de nada sirve analizarlo, comprenderlo, tratar de olvidarlo. Porque siempre tiene esa tendencia a retornar en los momentos menos esperados, con esa calidad suya de inalterable y definitivo. Miró hacia el sector de arribos, miró los letreros que anunciaban los vuelos entrantes y salientes , permaneciendo en su postura casi de guapo de principios el siglo veinte, que a falta de farol se recuesta contra este conjunto de tubos de utilidad incierta.

En varias oportunidades estuvo tentado de encender un cigarrillo, pero los anuncios omnipresentes lo convencían con la misma eficacia que los gritos de la Nena .
Así se le pasó el tiempo a Tito, ya repuesto de las digresiones de su memoria. Cuando Dieguín apareció con su carrito repleto de equipaje, Tito sonrió al reconocer a su amigo que a pesar del paso de los años aún en algo parecía el muchacho aquél que había abrazado en la estación de trenes de Nogoyá tantos años atrás. Quizás el brillo triste de sus ojos, o esa sonrisa leve. Una sonrisa intrusa en su rostro melancólico. Dieguín era un muchacho casi de la misma estatura que Tito, como si ambos se hubieran puesto de acuerdo en crecer hasta determinado punto. A expresar su amistad entrañable hasta en su estatura. Por cierto ahora al cabo de varios años, muchos kilómetros y culturas diversas, Dieguín parecía más atlético que su amigo, quien a pesar de no haber perdido su aspecto de lozana fortaleza lucía un vientre levemente prominente, que le daba el aspecto de un hombre satisfecho. Un típico gringo hijo de inmigrantes dedicados a las tareas rurales, que a pesar de ser la tercer generación de argentinos no podía ocultar su genética con su tez blanca y sus cabellos rojizos.
Los hombres se abrazaron casi sin decir palabras, a no ser un escueto saludo de bienvenida. Tito le explicó que arrimaría el auto hasta el andén pues estaba lloviendo torrencialmente, se dirigieron atravesando el local de recepción. Y Dieguín permaneció mirando caer esa agua argentina que hacía tanto extrañaba en otras lluvias lejanas. Y dando un paso bajó del cordón ante la mirada furibunda de un taxista que lo insultaba desde un Megane que frenó a pocos centímetros de él. El recién llegado lo miró esta vez con una sonrisa amplia y abrió los brazos entregándose a las gotas que lo empapaban progresivamente. Cuando Tito estacionó el 206 junto al cordón se sorprendió de ver su amigo con sus ropas mojadas completamente. Meneó la cabeza en un gesto que denotaba desaprobación y extendió el diario salvador sobre el asiento. Por lo menos el tamaño sábana tenía su utilidad. Lo había resguardado al llegar y ahora protegía el tapizado. No era poca cosa- pensó Tito- para nada. Sonrió. Tomó el equipaje de su amigo colocó la valija y uno de los bolsos en el baúl y el otro lo colocó en el asiento trasero, ya que su gran tamaño no permitía llevarlo en la estrecha cajuela del pequeño auto. Cuando partieron por autopista Richieri hacia la general Paz diluviaba. Dieguín conversó vagamente sobre Madrid y Barcelona donde había estado alternadamente todos estos años., nada que no pudiera leerse en un buen folletín turístico. Tito lo escuchaba con la atención que podía, dadas las dificultades del tránsito y el clima. Le contestaba frases cortas, casi de compromiso. Recién se animó un poco el diálogo cuando abandonó la ruta 9 hacia el puente, la lluvia había disminuido y esporádicos rayos de sol iluminaban los playones repletos de autos nuevos de las terminales automotrices. A lo lejos hacia el norte se erguían paralelos los pilones del primer puente sobre el Paraná. Columnas de hormigón sobre el verde de las islas. Jalones. Dieguín miraba aquellas estructuras enormes que lo volverían al mundo fluvial donde había crecido. Si bien el no era una personalidad apegada al terruño. “Yo puedo vivir y ser feliz en cualquier lugar” se había repetido tantas veces hasta tenerlo incorporado a su personalidad. No obstante aquello le produjo un cierto cosquilleo en el estómago. Ya casi no llovía cuando cruzaron la isla Talavera. Ahora a Dieguín no le sorprendía, como antaño, aquella autopista que une ambos puentes. Rudimentaria frente a las que había visto en Europa. Todo desde su regreso le parecía precario, imperfecto. Es que el transcurso de sus años afuera, lo habían transformado. Cuando miraba a Tito, tan cambiado, tan envejecido, le costaba por detrás de su voluntad reconocer a su amigo. Su razón viajaba con su viejo camarada, conversaba con él, pero su emotividad lo hacía con un desconocido. No obstante esta distancia interior algo había logrado conmoverlo, algo indefinido, eso que el denominaba un cierto cosquilleo en el estómago. Son esas sensaciones que se mueven detrás de nuestra conciencia. Sombras apenas definidas que se mueven con sigilo, que podemos ver fugaces, pero sin distinguir los detalles de su forma. Como letras de un alfabeto mojadas y deformadas, sobre una hoja de calendario de escritorio. Dieguín por momentos trataba de interpretar aquello, pero inmediatamente desistía, con esa gimnasia que había logrado en las últimas décadas preservarlo de un dolor intolerable. De ése dolor que solo él sabía, casi lo había destruido. Dolor del que comenzó a alejarse en un tren.
Tito, miraba a su amigo que había quedado silencioso hacía varios kilómetros. Sacó una mano del volante y le palmeó la pierna. Con un gesto que se repetía después de años como un eclipse. Aquél que había jalonado los extremos de su ausencia.
Tito le comenzó a contar sobre los cambios que se habían producido en el pueblo. En su barrio, en los lugares que frecuentaban. El tiempo transcurrido era mucho y las cosas por muy lentamente que lo hagan, terminan cambiando. Luego prosiguió relatándole sobre las personas conocidas. “Los muertos y los heridos” como decía. Las dos listas eran bastante largas. Y como una telaraña, un nombre evoca a otro y así casi indefinidamente. Los recuerdos infantiles como disparadores de historias individuales, que como líneas se entrecruzan formando una retícula. Inmersos en esas evocaciones llegaron.
La Nena luego de los saludos de rigor, lo acompañó a la habitación que le habían preparado. Era la habitación que hasta unos años atrás había ocupado Ramirito. Ahora él vivía en Buenos Aires, ya les había dado un nieto. Dieguín dejó su equipaje en los pies de la cama vestida con una colcha verde seco. Al lado de la Biblioteca de algarrobo donde dormían libros y carpetas del secundario refugiando la adolescencia del muchacho, una lámina del primer álbum de Led Zeppelín dominaba la pared. Para el recién llegado fue como sumergirse en un mundo extraño, el mundo que perteneció a un muchacho que él no había conocido, a no ser por fotos. De cuyo nacimiento, así como de sus progresos se había enterado por cartas o por teléfono.
Íntimamente se sintió como un intruso. Como alguien que profanaba un espacio privado. Pasó largo rato meditando en ello. Su primer noche luego de la cena sencilla y familiar, fue de un sueño pesado en el que ensueños lo devolvieron a la larga travesía, despertó al día siguiente tarde más allá de media mañana. Le costó ubicarse en el silencio pueblerino tan distinto del ritmo frenético de las ciudades en las que había vivido los últimos treinta años. Mientras tomaba café solo en la cocina de aquella casa deshabitada, mirando el césped del pequeño patio trasero, tuvo conciencia de su regreso. Ya no se trataba de una sensación física indefinida sino, por fin, de una certeza. Estaba en el lugar del que había huido. Porque nadie mejor que él podía saber la verdad de su partida. Verdades que nosotros mismos tratamos de ocultarnos, Dando a nuestras propias miserias una patina piadosa, que las haga un poco, aunque más no sea un poco, mejores. Este regreso que en el fondo de su corazón conocía como inevitable. En algún momento tendría él que regresar a enfrentarse con sus propios fantasmas, esos que habitan estas calles olvidadas. Terminó su desayuno y colocándose un bremer sobre los hombros salió a caminar. Caminar por esas calles que le parecieron extrañas, tan parecidas a las que él recorrió como los hijos a sus padres. “Rasgos de parentesco” –pensó – “tan parecidas a aquellas, como yo a aquél que acompañaba a Ludmila a la salida del colegio”. Cayó en cuenta del tiempo que no pensaba en ella. “De la misma forma que no pensamos en nuestra mano o nuestras piernas”-se dijo, y continuó caminando como lo que se sentía ahora, un extranjero. Vagó sin rumbo fijo, comparando las imágenes de su recuerdo con las actuales. En parte para él fue como matar aquellas imágenes evocadas tantas veces en la lejanía. Como el recuerdo de un rostro se borra cuando nos encontramos con su poseedor, que se nos presenta envejecido y canoso. Sin proponérselo se encontró frente a la vieja casa de su abuela, que llamativamente permanecía casi intacta en un vecindario distinto. Como si un gigante la hubiera arrancado de su solar original y colocado en otro distinto. O como esos árboles añosos que persisten en terrenos donde los demoledores han borrado todo otro signo del pasado. Solos como abandonados de su tiempo, como vestigios. Esa sensación lo embargó parado en aquella vereda mirando su antigua casa, donde creció y vivió hasta los veintitrés años. Sintió el impulso de correr abrir la puerta y entrar gritándole a aquella vieja enjuta que había vuelto. Pero la razón con una bofetada de realidad le recordó que ella había muerto hace muchos años, quizás enferma de tristeza y añoranza, quizás de vieja nomás. Y una mano de hielo le apretó el corazón. Y se sintió más regresado aún que durante el desayuno. Se acercó a la puerta cuya pintura descascarada denotaba un estado de semiabandono y tocó el picaporte de bronce como temiendo. Este se movió con un sordo ruido de metales, un rechinar antiguo y quejoso. Las bisagras oxidadas cedieron a su empuje, con un rápido paso sobre el umbral de mármol blanco grisáceo estuvo dentro. El zaguán tenía polvo de años y un olor a deyecciones de ratas y de murciélagos lo recibió. Por la luna vidriada de la puerta de calle y por la cancel la luz del día iluminaba aquel recinto olvidado de todos, miró el cielorraso de listones de madera y la tulipa del techo, recubiertas de telarañas. El puño helado volvió a estrujarlo cuando abrió la puerta cancel de vidrios repartidos e ingresó a la vieja galería, donde la maleza que crecía en las juntas de los mosaicos le daba el aspecto de una antigua ruina jesuítica. En uno de los macetones del pequeño patio crecía una higuerilla, de las cenefas caían cascadas verdes florecidas de campañillas azules. Divisó junto a la entrada del antiguo comedor los sillones de mimbre pintados con esmalte sintético crema que quizás los habían preservado de la degradación del tiempo. “Ludmila” volvió a pensar, con un pensamiento claro, fuerte. Como liberado de las trampas de la mente. De los mecanismos de defensa que ponen sordina a nuestros dolores. Y se vio a si mismo sentado junto a aquella que había amado tanto tomando mate en las mañanas perfumadas de la primavera. Como si los largos años de su exilio no hubieran existido nunca, como si nada de aquello tan doloroso hubiera ocurrido. Y olvidando el cielo raso de machimbre que inclinado peligrosamente amenazaba caerse sobre aquellos trastos viejos, se sentó en el viejo sillón y cerró sus ojos. Creyó por un instante escuchar la risa alegre de ella, aspirar el perfume de su pelo. Y sonrió. Sonrió como dormido y permaneció largo rato quieto. Luego se dispuso a recorrer lo que quedaba de los cuartos, los viejos muebles con sus puertas abiertas, sillas tiradas por el piso, evidentes señales de algún antiguo saqueo o de excursiones infantiles al caserón abandonado. En una de las paredes del comedor reconoció un viejo cuadro cubierto de mugre, con sus manos limpió el vidrio y vio los rostros casi niños de ellos cuatro, de Tito, la Nena ,él y … Ludmila. Volvió a limpiar el viejo cuadro lo descolgó y notó las varillas descoladas se lo colocó bajo el brazo y continuó su recorrido, la última habitación a la que ingresó antes de irse era la vieja sala donde aún permanecía la antigua mesa oval, aunque quedaba una sola silla. “Se las tienen que haber llevado los parientes” pensó. “Estas sillas eran muy lindas”. Y fijó su vista en el viejo teléfono de disco. Se acercó levantó el tubo gris sin escuchar tono alguno como era de esperar. Lo dejó nuevamente recorrió con la mirada las paredes descascaradas donde la humedad había provocado la caída del revoque dejando ver los ladrillos. Y tuvo un impulso. Irracional. Loco. Casi corrió al viejo aparato y ansiosamente marcó su número telefónico. El puño volvió a apretar esta vez con más fuerza. Creyó perder la estabilidad. Cuando escuchó su voz melodiosa y dulce “ ¡Hola amor esperaba tanto que me llamaras! Porque aquí me siento tan sola”. Y escuchó la voz de su abuela llamándolo a almorzar. Miró a su alrededor todo aquello tan familiar a sus ojos. Se sintió muy feliz. El dolor lo había liberado, se quedó con aquel cincuentón boca arriba con un cuadro sucio bajo el brazo, muerto en las ruinas de lo que alguna vez fue
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martes, 12 de enero de 2010

Fragmento para compartir

La pena.


Cuando se fue de la casa de Ami , lo hizo como si fuera otro. Como si su cuerpo lo alejara del peligro como un bombero que lo llevaba en brazos, incendio afuera. Sabe que cruzó la ciudad, como un poseído. Pero todo para él fue como un sueño, como una pesadilla de la que no podía despertar. Como si fuera un desalmado , un vacío viajando por las calles en una moto a toda velocidad. Cómo ésas bolsas de polietileno que arrastra el viento en las tormentas, envases inútiles a merced de los elementos.
No puede afirmar que vio aquel recorrido. Sus lágrimas borronearon el paisaje. Solo el mundo moviéndose bajo las ruedas , como una gigantesca cinta transportadora.
Huída. Deseo de escapar de aquello que lo había golpeado con la fuerza de mil coces. Su primer recuerdo más o menos nítido es de cuando se encontraba sentado en el banco de madera en el segundo puente, mirando las aguas del arroyo Nogoyá correr arremolinadas contra la barranca cribada por mil cavernas pequeñas que le daban la apariencia de un queso gruyere. Su mirada fija en la superficie marrón , en las ondas y en los vórtices. Desear convertirse en agua y correr, pasar, transitar. Buscar el mar.
Que su cuerpo se disuelva en aquella corriente y marchar besando barrancas y sarandíes, acariciando las lánguidas ramas de los sauces, llevando en su interior un plateado cardumen de mojarras , que vibrara en él, como la vida que sentía mustia , triste, devolviéndole la alegría de existir. Por mucho tiempo ése recuerdo tuvo olor a agua , color a arroyo , sabor a lágrimas. . Nogoyá fue hundiéndose en la noche, las siluetas de los edificios se fueron esfumando en la medida que los arreboles del crepúsculo se apagaban y una constelación de lámparas brillaron en la oscuridad. Como una sábana de luciérnagas al Oeste. La brisa del sur, fresca, acarició su rostro.
El abandonado se apoyó en el espaldar duro y frío , del banco de madera, cruzó los brazos y miró las primeras estrellas.
Permaneció largo tiempo quieto, un lapso de tiempo indefinido. No cronometrado. Un tiempo que escapaba a los movimientos de las manecillas del reloj. Un tiempo que era independiente del transcurrir exterior. Un tiempo que medía las sensaciones de su espíritu, de su interior. Imágenes que se agolpaban en su conciencia, evocando largos momentos pasados con ella, repasando cada detalle, cada palabra, cada olor. Con una fidelidad propia de una filmación . Pero que sin embargo no superaron el lapso en que una luciérnaga atravesó el arroyo. Duplicándose en el húmedo firmamento reflejado. En ése estado de inquietud interior permaneció inmóvil. Como en un estupor catatónico. Como un observador de las imágenes del recuerdo que se movían en su interior, como una sucesión de fotografías, cómo una catarata onírica que se despeñaba tras sus ojos .
Desapegado de sí , como un espectador.
Los faros brillaron sobre el primer puente, iluminando con su haz de luz los troncos y la base de la copa de los árboles que bordeaban el camino de asfalto, irregular y deteriorado. Él continuó inmerso en sí. El ruido de los neumáticos a baja velocidad, como triturando piedrecillas. Las imágenes formándose en la oscuridad, primero como una contraluz, un contraste oscuro, luego adquiriendo color y forma definida, para desaparecer tras el auto, en su lento avance. Su figura se iluminó al ser alcanzada por el cono lumínico. Enceguecido llevó su antebrazo a su frente y miró. La figura de su moto , se recortaba sobre la luminosidad que emergía de las esferas simétricas de yodo..