lunes, 1 de febrero de 2010

Un pequeños fragmento para compartir

VI El Maestro Negro y el chancho

-Maestro permítame hacerlo por favor.-casi imploré. El otro permaneció callado, como si no me hubiera escuchado.-Maestro por favor-supliqué nuevamente. No obtuve respuesta. Mi interlocutor continuó en silencio leyendo un libro que tenía sobre su falda. La pequeña cabeza inclinada hacia abajo. Yo, el hombre, caminaba de un lado hacia otro de la habitación.-Se lo ruego-dije luego de un momento. El anciano levantó su cabeza cubierta de cortos rizos casi blanca por completo y me miró con sus ojos inyectados. Tomó el libro lo dejó en el suelo y se puso de pie. Con las manos entrelazadas en su espalda caminó hacia mí y se detuvo a pocos centímetros de distancia. -¿Para qué?-me preguntó con una voz suave. Yo, el hombre, bajé la cabeza y comencé a mover el tronco de un lado hacia el otro como un niño vergonzoso.-¿Para qué?-volvió a preguntar el anciano.-Necesito hacerlo maestro-contesté por fin-necesito saber que estamos cerca de lograrlo. Ansío saber que el momento está cerca. ¡Hace tanto que no las veo!-casi grité. El viejo levantó su mano derecha a la altura de su cara con la palma hacia delante en un gesto tranquilizador.-Debes tener fe-me dijo y se dio vuelta dándome la espalda. Yo, el hombre, puse una mano suavemente sobre el hombro del viejo, éste giró sobre sus talones y me miró con el semblante transformado en una mueca de ira.-No me toques, sabes que no puedes tocarme-me dijo-Ya lo sé maestro, perdón-contesté arrepentido, bajando nuevamente la cabeza.-Está bien, ya está bien-musitó el viejo en forma casi inaudible, me miró se dio vuelta y con un gesto de su mano me invitó a seguirlo. Abrió una puerta de madera oscura y ambos ingresamos en un largo pasillo en penumbras. Al final del mismo a través de otra puerta más pequeña descendimos por una escalera apenas iluminada hacia un sótano amplio y húmedo. El anciano se detuvo ante un mueble enorme que tenía solo una pequeña puerta. Me miró. Se retiró una llave que colgaba de su cuello y la giró en una cerradura de doble paleta. La pesada puerta se abrió sin ruido alguno. A través de un cristal y bajo una luz blanquecina, yo, el hombre, pude ver lo que quería. Solo por un instante. Luego el viejo cerró nuevamente la puerta del mueble y me dijo- Ahora vete, y no vuelvas si no te llamo- Hizo un gesto displicente, señalándome que me fuera, como el gesto que hace un padre a su hijo. Yo, el hombre, me incliné en una especie de reverencia y subí rápidamente las escaleras alejándome. Ya en la vereda, yo, el oso Videla, decidí ir a visitar al Chancho Guzmán hacía mucho que no lo veía. Desde que se había retirado de la fuerza alrededor de 1982, se había instalado en el interior, creo que en Entre Ríos, en una estancia que había comprado en Nogoyá o Villaguay. Pero hacía unas semanas que se encontraba en la ferretería de Gerli. El chancho siempre me avisaba de sus visitas. Nos juntábamos a recordar viejos tiempos. Los muchachos manejaban casi todo el negocio, eran duros como su padre. Pero el chancho no perdía la costumbre de supervisar todo. Él debía tener todo en un puño. Era su naturaleza de organización y mando. Como en las viejas épocas. Por ahí me parecía que ya no le interesaba la política como antes. Como si su único interés fueran los negocios. La verdad que a juzgar por el BMW negro tan mal no le debía ir. Él no tenía la misma fe que yo en el maestro. No quiero decir que el chancho nos combatiera. No para nada. Él era solidario con nuestra causa, pero digamos moralmente. Yo por supuesto no podía revelarle mi papel central en todos los planes del maestro y de nuestra hermandad. Pero es lógico que seguramente luego se plegaría a nosotros, en el momento del segundo regreso. El regreso definitivo. El maestro me ungió a mí por mi fe. Porque yo no me ando con chiquitas. Estábamos cerca del paso previo. Regresaríamos al que se llevó a su tumba la invocación secreta, la que él mismo recitó a los pies de su agonía. Con ese secreto, con esa llave, triunfaríamos. Yo al chancho nunca le di tantos detalles, no podía revelarle mi papel central. Además tampoco supe como lo tomaría él, para él sus subordinados, siempre son subordinados. Así era el chancho. Además yo tenía un buen pasar el empleo que me dieron como jefe del cementerio, tenía un buen sueldo. Era útil también a mis fines, como me aconsejó el maestro. Y algo tenía guardado, algunas propiedades y otras cositas que las manejaba con mi cuñado. Pero claro el chancho era una potencia, en una oportunidad nos invitó a cazar a su estancia, o una de ellas quien sabe, ¡una mansión! Nos atendieron a cuerpo de rey. Pero claro a los dos días el chancho tuvo que viajar de urgencia a Paraguay en una avioneta que salía de ahí mismo y nos llevó a la ruta a tomar el colectivo de nuevo a Buenos Aires. El chancho es así. Pero buen tipo. Claro que sea buen tipo no quiere decir que uno pueda confiarle todo. Cuando llegué a la ferretería estacioné mi megane en el playón al lado de uno de los camiones de reparto de materiales. Cerré con llave. Hoy la inseguridad es terrible. ¡Hay que poner orden carajo! Pensé. Cuando abrí la puerta de blindex polarizado pude verlo en una de las oficinas del fondo, caminé esquivando los distintos modelos de baños expuestos sobre tarimas, las pirámides de palas, los muestrarios de cerámicos, asomándome tras una torre de tachos de esmalte sintético, le hice señas a un pendejo señalándole con el índice la puerta de la oficina y pasé tras el mostrador enorme. Cuando llegué a la puerta me detuve en el umbral y le dije:
-Comisario Guzmán, ¡como se nota que a usted le gustan los fierros! Al principio me miró sorprendido sobre el marco de sus anteojos dorados y luego se puso de pie y me invitó a pasar. Me estrechó fuertemente la mano y me dijo. -¡Osito hijo de puta! Que gusto me da verte.-En ése momento me di cuenta de los dos tipos que tenía a mis espaldas.-Vayan no más muchachos-dijo él-este hombre es un amigo, de los buenos tiempos.- los tipos se retiraron en silencio como habían llegado. Yo pensé que estaba perdiendo los reflejos. Primero me pega un pendejo de mierda y ahora me podrían haber amasijado y yo ni cuenta. -¿Qué te pasó en la cabeza?-me dijo el chancho mientras me sentaba. Entonces le conté. Le conté como un hijo emancipado, mayor, le cuenta a su padre sus vergüenzas. Él me escuchó callado.

3 comentarios:

  1. Gustavo...

    ese lenguaje acorde a tus personajes le dan al relato... veracidad y lo desenvuelves en una estructura de realismo muy singular...
    me encanta ese toque de misterio y esas lagunas de intrigas que creas en cada historia... dan ganas de escuchar detrás de las puertas o entrar despacio y con disimulo... "sustraerle"... la llave al "maestro"
    muy bien logrado amigo querido!! que placer leerte!!!!

    te dejo un cariñoso abrazo!!!
    hermosos días!!!

    beso!!

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  2. Acabo de darme cuenta que los ancianos juegan un papel fundamental en tus historias. Como la piedra basal de tus relatos. Tal vez porque son ellos los portadores de esa sabiduría que se consigue con años de silencio y de campo.
    Me considero un amante de la ciudad, pero el campo y el ritmo de los pueblos pequeños siempre me maravilla.

    Un abrazo

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  3. Me encanta el sabor a pueblo y a sabiduría adquirida en la universidad de la vida que se obtiene de tus escritos.

    Un abrazo.




    John W.

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