martes, 30 de marzo de 2010

Tributo

En memoria de Julio.

Todos sabemos cual es la conducta de los espejos en la isla de pascua. Con Juan recorrimos en su camioneta la ciudad de este a oeste de norte a sur y en puntos intermedios cargados de un centenar de espejos. Llegamos a la conclusión que en Nogoyá los espejos son caprichosos e indolentes. No estamos seguros de nuestro aspecto ni de nuestra edad, quizás nos miremos en las fuentes.

lunes, 22 de marzo de 2010

Insight ültima parte.

Amigos publico la última parte de mi cuento Insight. Espero que les haya gustado. Abrazo para todos y gracias por su paciencia.

Insight ( Última parte)

Porque yo, ni siquiera pronuncio palabras sin sentido, muchas veces en mis largos períodos de silencio, mi inconsciente, con esa vocecita suave pero persistente que tiene, me tentó a decir cualquier palabra sin sentido. A gritar por ejemplo desde el balcón ¡Madagascar! O ¡Onomatopeya! O cosas por el estilo. Pero yo, con esa voluntad de la que el ojo carece, me negué. Tomé real posesión de mi yo y no permití otra expresión que no sea la de mi voluntad conciente. En cambio el ojo no puede dejar de mirarme desde el espejo, y no puede dejar de juzgarme. Porque el ojo mira y juzga. Que si solo mirara, vaya y pase. Pero no, ¡mira y juzga! Como ahora que a comenzado a ponerse rojo y es de vergüenza por lo que yo estoy haciendo. Se avergüenza porque soy el biógrafo de Clara Rosario Perdulari, la escritora de autoayuda. Yo me sonrío y lo dejo que me mire. Y muevo la cabeza en forma casi imperceptible para demostrarle una cierta superioridad. Mientras él estuvo casi oculto totalmente por el parpado amoratado, yo leí, con su ayuda es verdad, todas las obras.
Y ahora estoy en condiciones de comenzar mi obra. Pues lo que mi ojo no entiende es que lo que importa no son las obras de Perdulari, ¡sino mi obra!
Porque mi obra será perfecta. Tendré que organizarme bien es cierto. Investigar su pasado. Ya fui al padrón electoral y conseguí su numero de documento, fecha de nacimiento etc. Su acta de nacimiento no me fue ni difícil ni excesivamente costoso conseguirla, como tampoco de acuerdo al domicilio de sus padres averiguar donde cursó sus estudios y demás. Alternar la realidad con un poco de fantasía, alternar su vida con una crítica de su obra mediocre. Toda la estructura de mi obra estaba en mi mente como nunca había estado ninguna otra. Y así fue como luego de recolectada la información necesaria, comencé a escribir. Mi otra preocupación era su posible viaje al exterior, cuya duración y destino yo ignoraba. Esto era como una espada de Damocles que pendía sobre mi cabeza. Por lo tanto cree una pequeña red de informantes en las compañías de turismo, en el aeropuerto de Fisherton, en las principales líneas de colectivos que partían hacia Capital Federal, en ello invertí gran parte de mis ahorros , pero era indispensable para mis planes tener esa información . De lo contrario todo podía desmoronarse como un castillo de naipes. Y esta vez no sabía si podría resistir la frustración de una nueva cancelación. Escribía hasta 14 o 15 hs diarias, había logrado un certificado médico apócrifo para no ir a trabajar en los últimos 4 meses y pensaba seguir de la misma forma hasta terminar con mi obra. Los controles eran sorpresivos y frecuentes. Pero eran también la oportunidad para inmediatamente luego de producidos poder salir a recorrer personalmente mis contactos, lo que era mucho mejor que hacerlo por teléfono. Mi biografía ya estaba prácticamente terminada, cuando me enteré que la Perdulari había entregado el disco compacto de su último libro en la Editorial del Cardal, para sus últimas correcciones y publicación. Sabía que mis plazos eran ahora tangiblemente exiguos. Pero a la biografía le faltaban muy pocas páginas y la crítica intercalada ya estaba terminada. Solo faltaba las últimas que necesariamente deberían ser escritas después. La obra, mi obra sería perfecta y para ello debería ser inmodificable. Debería concluir. Solo las estatuas se parecen siempre a sí mismas. Podemos sacarles una foto y estar absolutamente seguros que no variara con respecto a otra que saquemos años después. En cambio las personas nunca se parecen a si mismas, una foto de alguien hoy seguramente será distinta otra que obtengamos mañana. Incluso desde un aspecto que para mí es absolutamente secundario, como es el comercial. Las figuras se agigantan cuando están definitivamente concluidas, como los edificios. Como las grandes obras de la humanidad. Ejemplos de ello son Gardel, Gilda o Rodrigo entre los cantantes argentinos, o Jimmy Hendrix , Jim Morrison, Freddy Mercury o Jhon Lennon por caso. O tipos como Rindt , Villeneuve o Senna. Y podría seguir nombrando, sin temor a que algún desprevenido me tache de necrófilo. Pues las vidas concluidas son las únicas perfectas, iguales a si mismas, inmodificables. Condición sine qua non para que mi obra sea perfecta. Las últimas hojas serán escritas postmorten. Por eso antes de ir a buscarla me parare frente al espejo, quiero sorprender a mi ojo. Esta vez será la pira funeraria del fracaso, no del proyecto. En el momento que todos los diarios de la ciudad anuncien su muerte, yo llevaré mi biografía a la Editorial. Yo debo poner el último ladrillo en su edificio, para que sea perfecto y arrojar un puñado de tierra sobre su féretro. He decidido estrangularla porque de ésa forma me aseguro que no hable mientras agoniza. No lo soportaría, y no quiero violentarme.

viernes, 19 de marzo de 2010

Insight (tercera parte)

Amigos continúo con mi cuento Insight. Es la tercera entrada y anteúltima.

Insight (tercera parte)

Tuve que contenerme en el Pez Volador para no arrojar los libros de autoayuda que no correspondían a mascotas, como si estuviera removiendo escombros en busca de un sobreviviente en una catástrofe. El hematoma de mi frente había descendido sobre mi párpado superior derecho dándome de alguna forma el aspecto de un boxeador. Un ser temible que de alguna forma intimidaba a los vendedores, en general muy jóvenes, que se apuraban a satisfacer mis inquietudes sobre libros de autoayuda para mascotas, mirándome de reojo como temiendo ser golpeados en cualquier momento. En los dos primeros locales me proporcionaron decenas de libros pero casi todos estaban escritos por hombres, o por extranjeras o no se ajustaban al tipo de mascotas sobre lo que mi presa había escrito. Seguí recorriendo locales hasta muy tarde, sin resultado positivo. De regreso a mi casa consulté catálogos on line sin suerte. Ya casi había decidido retornar a mi mutismo esta vez sin pira posible cuando distraído me acerqué a un quiosco y lo vi, lo ví colgando de un pequeño piolín amarillento sujeto con un broche de la ropa. “Lo que me enseñó Croqueta mi perrita coqueta” subtitulado “manual del buen amo de perros”, “aprenda en poco tiempo a comunicarse con su mascota”. La tapa era de un amarillo brillante y estaba ilustrada por una foto de un perro negro, que a juzgar por el moño rosado que tenía en su cuello debía ser la susodicha Croqueta. Yo aún era un neófito y no podía distinguir a los perros machos de las hembras por su rostro peludo. Ahora si puedo, pero no quiero adelantarme a los acontecimientos. Le solicité al quiosquero que me vendiera el librejo ése, yo había vuelto a hablar desde que me embarqué en el nuevo proyecto, y el hombre lo descolgó informándome que era una persona afortunada ya que era el último ejemplar que le quedaba y al parecer la obra estaba agotada. Le pregunté si tenía otras obras de la misma autora a lo que me contestó que no sabía quien era. Me pidió nuevamente el libro y me pidió que le anotara el nombre de la misma para preguntarle a su distribuidor. Así me enteré que la persona de mis desvelos se llamaba Clara Rosario Perdulari, cosa que confirmé por una foto de contratapa que si bien la mostraba muchísimo más joven que lo que yo la había visto en el 107, confirmaba su identidad sin duda. Recorrí otros quioscos y pude hacerme de “Mi tortuguita Panchita, un ejemplo de vida” “Guía práctica para la cría de tortugas en cautiverio” “Evite que su tortuga se arroje por el balcón” y de “Coquito y yo” “Historia de amor entre una niña solitaria y su hámster”. A pesar de mis progresos me faltaban tres obras. Por lo que me decidí a llamar a la Editorial del Cardal que los había editado.
“Mi canario Serafín” “Un ejemplo de vida” había sido publicado únicamente acompañando las ediciones dominicales de una revista femenina, fue la última obra que conseguí en una mesa de saldos. En la editorial conseguí “Haga de su gato un amigo” “el sencillo camino a la felicidad” y “Mis amiguitos con escamas” “Para que su acuario lo alegre a diario”. Me senté a la mesa de la sala de mi departamento iluminado por la luz del mediodía y desparramé los seis libritos sobre la misma.
¿Cuál leería primero? No fue fácil decidirme por lo que cerrando los ojos tomé una al azar. Mi primer lectura, lo recuerdo bien, fue “Coquito y yo” donde me enteré que la mordedura de hámster puede provocar la gangrena del dedo meñique de una niña de ocho años. Que coquito se escapaba de su jaulita y se comía las patas de los muebles y sus tapizados. Que fue él quien se lo comió a Serafín. Pero no obstante todas estos aparentes aspectos negativos era una amigo maravilloso, para su dueña, la manquita.
Un verdadero idilio entre el animalito y su dueña. Una historia que bien podría definirse como de amor y odio. De encuentro y desencuentro. Una autentica lección de cómo compartir y amar a un animal doméstico. En síntesis una verdadera porquería.
Ahora me miraba y no me veía como una estatua, pues hablaba solo frente al espejo. Poco a poco el párpado se fue desinflamando y el color violáceo se fue tornando verdoso. Y permitía observar mi ojo. Y a su vez a mi ojo observar. Ese ojo que leía las populares obras de Clara Rosario Perdulari, con un esfuerzo excesivo, sin comprender muchas veces esa enorme capacidad de escribir tonterías y lugares comunes. Ese ojo que veía en los parques y las plazas a jóvenes y viejos, mujeres y hombres leyendo esos mismos libros como si estuvieran leyendo La breve historia del tiempo de Hawking o quizás un betseller de Wilbur Smith, o la misma Biblia. Ese ojo que no podía comprender aquel fenómeno. Ese ojo que me miraba a través del espejo, incrédulo, convertido en biógrafo de aquella mujer que destrozaba el idioma. De aquella mujer que envenenaba mentes. De aquella mujer que según sus propias palabras ya había comprado un departamento con las regalías de sus obras, que planeaba irse unos meses al extranjero no bien termine su último libro. Incrédulo de verme a mí, inmerso en esas lecturas. Ese ojo que aún estaba traumatizado por la visión de aquella boca río que inundaba todo de palabras. Ese ojo en fin que no podía comprender que es lo que yo estaba haciendo. Traicionando todos mis principios. Convertido de pronto en un tibio. Un vulgar mediocre. Uno más del montón. Que escribiría paso a paso la vida de aquella escritora de autoayuda, cuya obra despreciaba íntimamente, que hubiera deseado poder girar sobre la órbita para mirar dentro de mi cerebro, que anomalías estaba sufriendo en aquel momento, que raros mecanismos mentales me obligaban a tener mi actual conducta. Todo eso era lo que le ocurría a mi ojo en la medida que la tumefacción del párpado cedía y le permitía volver a ver.Para mi ojo era como si hubiera conciliado el sueño en un lugar y hubiera despertado en otro, como le ocurre a los viajeros, que se internan en el sueño viendo pasar las bocacalles de Boulevard Rondeau y al despertar ven ante sus ojos las serranías Cordobesas o las lomadas Entrerrianas. Pero mi ojo no había realizado un viaje espacial, mi ojo había permanecido todo el tiempo de su oclusión en los lugares habituales y ahora miraba desde el mismo espejo en que había mirado el mediodía aquel antes de ir a tomar el 107. Pero en él habitaba la misma extrañeza que embarga al viajero aquel que aparta los tules del sueño, para ver el mundo y se encuentra en otro sitio, como tele transportado. Yo he descubierto que los ojos tienen una avidez compulsiva por mirar. Los ojos en general no pueden reprimir esa fuerza que los impele a mirar. A ver. A observar todo cuanto se coloca frente a ellos. Es por eso que he concluido que los ojos carecen de voluntad. Porque así como yo permanezco largo tiempo en silencio, porque no tengo nada que valga la pena comunicar. Callado. Y reprimo todo intento instintivo de formular palabra alguna. Así los ojos deberían ser capaces de negarse a ver
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lunes, 15 de marzo de 2010

Insight (continuación)

Continúo con la publicación de mi cuento Insight, tan largo (en medidas de blog) que lo publicaré en tres o cuatro entradas. Abrazo y paciencia.

Insight ( Segunda Parte)

Justo cuando el 107 cruzaba Ovidio Lagos. Lo recuerdo como una especie de reflejo condicionado, o de asociación perceptiva. En el preciso momento en que yo me disponía a ponerme de pie para golpear a la mujer, el colectivo frenó bruscamente en la esquina de Ovidio Lagos .
Me golpee la cabeza contra la ventanilla provocándome un hematoma en la región frontal. No emití sonido, ningún improperio, nada. Pero levemente mareado caí nuevamente en el asiento. Mi visión se rodeó de un aura blanco verdosa y se estrechó. Los campos periféricos de mi mirada llegaron a desaparecer por varios minutos y fue como encontrarme en un túnel. Y en el centro del túnel aquel, estaba la cara de la mujer habladora, lo comprendí primero por el continuo moverse de sus labios que por las palabras. Que de tantas se me confundían unas con otras como las aves de una bandada, que en el colectivo pierden de alguna forma su individualidad. Lo mismo por un momento ocurrió con el lenguaje desaforado de aquella mujer. No se si atribuirlo al golpe contra la ventanilla o al torrente sonoro, que como una catarata caía de aquella boca. Sus labios batían sus alas como una mariposa. Y así más recostado que sentado en aquel ómnibus urbano comencé a interesarme en la charla de aquella mujer que resultó ser escritora de libros de autoayuda. Escribía sobre como convivir exitosamente con nuestras mascotas. Explicándonos como comprender las expresiones faciales de nuestro perro, interpretar los distintos movimientos de su cola y todas cosas por el estilo. Al parecer debido al rotundo éxito de su primer libro había continuado escribiendo otros el segundo sobre gatos, el tercero sobre canarios, el cuarto sobre tortugas, el quinto sobre hámster, el sexto sobre pececitos de colores y al parecer estaba preparando otro sobre mascotas exóticas. Cuando por fin recuperé el pleno ejercicio de mis facultades y comprendí que me había pasado por varias cuadras mi destino, había sido informado involuntariamente de reconocer el trino del canario cuando está triste o cuando está en celo, como conocer la opinión de nuestra tortuga sobre la calidad de la lechuga que le damos y quizás adivinar cuando nos mira con ironía o descubrir el malhumor mañanero de los habitantes de nuestra pecera, antes de revolver el agua con nuestro dedo índice. Casi tambaleándome descendí en la primer esquina en que me fue posible y emprendí mi camino a pie. Fue como transitar por una playa desconocida luego de haber sido depositado en ella por las olas embravecidas de una tormenta. Y súbitamente como un rayo de sol que se abre paso entre las nubes grises y pesadas : una idea, como una revelación de mi destino. Una visión que bien podría denominarse mística, como aquella que volteó del caballo a San Pablo o las zarzas incendiadas de Moisés. El ave costera que observaban los antiguos navegantes perdidos en la inmensidad del océano. Así llegó a mí aquella idea. Brusca, cegadora, luminosa. Definitivamente la esperanza de un destino, de un sentido (son anagramas. ¿Será correcto escribir las dos palabras juntas o muy cerca?) para mi vida de escritor frustrado. De escritor estéril. Todos mis proyectos habían sido depositados en sus piras funerarias y se habían convertido en humo elevándose por el aire, volutas de sueños a merced del viento. Yo por fin comprendí porque había nacido. Para qué lo había hecho. Yo, el mismo que piensa que nunca se debe escribir si no se tiene algo para comunicar. Yo, quien cultiva el silencio en inmensas extensiones. Latifundista de callares. Yo debería ser el biógrafo no autorizado de aquella mujer. Su biógrafo definitivo. Quien pusiera el último ladrillo en su edificio. Como quien arroja una puñado de tierra sobre un féretro.Miré un perro que rompía una bolsa de residuos sobre la ochava de una ferretería cerrada y traté de descifrar que cosas pensaba aquel animal por los movimientos de su cola o la forma como con sus patas delanteras rompía el polietileno. Pero nada me transmitían los modos de aquel bicho. Evidentemente necesitaba leer las obras de aquella mujer. La verborrágica. Esa misma noche recorrería las librerías del centro en busca de las obras de aquella, si bien los anaqueles y mesas estaban atestados de libros de autoayuda, no todos eran sobre la conducta de las mascotas lo que acotaba mi búsqueda. Como primer paso para mi proyecto debía conocer su nombre, quizás en la solapa o la contratapa alguna de aquellos engendros tendría la foto de su autora, otro elemento a mi favor. Debía proceder ese mismo día pues no quería olvidarme de su cara. A veces los rostros se van deformando en los recuerdos hasta convertirse en muy diferentes. Perdiendo toda similitud con el original. No quería que eso me ocurriera a mí y terminara realizando la biografía no autorizada de cualquier persona, menos de aquella mujer que había conocido en el 107. Rápidamente terminé con mis actividades del día y casi corriendo regresé a mi departamento. Me día un baño rápido y al atardecer ya estaba caminando hacia las librerías, en las que me sumergí con un frenesí digno de las grandes causas.

jueves, 11 de marzo de 2010

Un cuento para compartir.

Aclaración: amigos como este cuento es muy largo,como muchos de los que escribo, lo publicaré en tres o cuatro entradas. Pertenece a "Veinte Cuentos Prescindibles" e integra "Búsqueda Insensata".Gracias.

Insight

No se debe escribir cuando no se tiene nada para comunicar. Cuando se tiene la cabeza vacía de ideas. La cabeza podrida como me gusta decir. De lo contrario todo lo que se escribe son simples palabreríos. Como una especie de vagar sin rumbo, de caminar distraído sin saber adonde se va o sin saber siquiera si se deseamos realmente ir a alguna parte. Carencia de metas. Carencia de ambiciones. Y nos ponemos a pensar, que cosa decir. ¡Si lo que quizás tenemos que comunicar es simplemente nuestro silencio! El silencio habla en ocasiones, con más claridad que muchos discursos. Además el silencio nos permite encontrarnos con nosotros mismos. Reconocernos. Detener ese deambular.
Es probable que en su duración germinen palabras dignas de ser dichas. Como crisálidas emergiendo.
No es necesario escribir a cualquier precio. De cualquier modo. Nadie nos puede obligar. No somos una máquina que escupe textos. No debemos serlo además. De eso estoy convencido.
Ahora cuando creemos que debemos comunicar algo, debemos evaluar la mejor forma de hacerlo. ¿Cuántas veces vemos en nuestra mente lo que queremos transmitir y no encontramos las palabras para hacerlo? Muchas. Por lo menos en mi caso. Yo no soy de los más lúcidos para escribir, por lo tanto se me hace difícil traducir en palabras las experiencias o acontecimientos que deseo narrar.
Además muchas veces dudo. Dudo si lo que estoy por contar realmente vale la pena, y a veces me embarco en largas jornadas de lecturas, tratando de encontrar alguien que hable de algo parecido. Busco similitudes. Similitudes que me permitan alejarme de la incertidumbre que me inmoviliza. De la duda. Del miedo al ridículo en definitiva.
A veces caigo en profundos pozos depresivos, potenciados por la fatiga de tanto leer y buscar. Yo me pregunto ¿cómo es posible que yo quiera contar o reflexionar sobre tal o cual cosa, cuando nadie lo hizo antes? Y no encuentro respuestas . Comienzo a sentirme un gran tonto, una persona incapaz de encontrar un tema que pueda interesar a los demás. Debo identificar alguien que, antes que yo, escribió sobre lo mismo. En ocasiones lo encuentro. Alguien que antes escribió sobre un tema similar al que yo me propongo encarar en mi obra. Debo confesar que muchas veces me limita el idioma, pues yo solo entiendo el castellano, el inglés y algo el italiano. Autores franceses , alemanes, rusos sino han sido previamente traducidos a alguno de los idiomas que yo domino, o por lo menos entiendo, aunque no los domine, escapan a mi escrutinio. Ni que hablar de autores africanos o asiáticos. A veces me despierto en medio de la noche luego de haber soñado con un ignoto personaje de Turkmenistán, Mongolia o alguna remota isla de la Polinesia, que simplemente me sonríe burlón mientras me muestra un texto, que no logro comprender. En mis más terribles pesadillas es un chino que me hace entrar en su casa de una enorme ciudad que parece Shangai o por lo menos la Shangai que veo en los documentales y luego de invitarme con té, comienza a mirarme y sonreírse hasta que por último, de bajo un almohadón extrae un cuaderno lo abre y me muestra los caracteres chinos, que por supuesto yo no entiendo, y comienza a reírse con un desparpajo impropio de un oriental y señalándome con el dedo se mofa de tal forma que me despierto.
En el supuesto que yo encuentre el texto que busco, a veces luego de meses y meses de hurgar en cientos y a veces miles de libros. Comienzo la otra etapa de mi valuación.
Entonces evalúo como lo encaró. Como elaboró el relato, si lo hizo de la misma forma que yo tengo pensado hacerlo o de una manera diferente. Por ejemplo si se constituyó como un narrador omnisciente y omnipresente o si lo hizo primera persona, con un punto de vista limitado. Muchas veces me siento contrariado por la forma como éste, especie de antepasado en el tema, encaró el trabajo que yo me apronto a abordar. Me siento tan contrariado que soy presa de ataques de furia, y destruyo el libro con mis propias manos primero separando los folios por el lomo y luego cortando las hojas en pedacitos, cada vez más pequeños con los que construyo un pequeño montículo que enciendo con un fósforo. Como una pira funeraria. Si la pira funeraria de mi proyecto. Y es en ese momento donde nuevamente opto por el silencio. Permanezco largo tiempo en silencio . A veces días o semanas otras veces meses. Silencio absoluto únicamente interrumpido por los sonidos de las cosas cotidianas, pero ni una sola palabra. Ni una sola. Mis labios permanecen sellados, a nos ser algún suspiro involuntario , un tosido o un estornudo nada sale de ellos. Me miro al espejo y me veo callado como una estatua. Solo abro la boca para lavarme los dientes. Como dije antes el silencio comunica más que muchos discursos. De tanto en tanto paso frente a la pequeña montaña de cenizas, que nunca barro hasta que aparece otro proyecto.
Una vez mientras vivía esos lapsos de silencio, involuntariamente conocí una escritora, si es que puede denominársele de ésa manera. Una escritora muy prolífica. Según sus propias palabras, al parecer escribía como hablaba con la misma incontinencia. Yo viajo en el 107 a diario, lo abordo en la esquina de Corrientes y Mendoza, ése era un día particularmente caluroso, a las tres de la tarde el sol caía inclemente sobre mi cabeza. Unos minutos antes había comprado una tarjeta de pasajes en el quiosco de la esquina de 3 de Febrero, como estaba inmerso en mi mutismo total me manejaba exclusivamente con señas y gestos, el muchacho que atendía esa tarde era nuevo y al parecer particularmente idiota lo que llegó a enfurecerme, a tal punto que casi prorrumpo en insultos, pero para ello tendría que haber roto mi silencio, por lo que me limité a hacerle un gesto con mi mano derecha al retirarme, mi dedo medio extendido y es resto flexionados. Pero a pesar de ello llegué a la parada en un estado de iracundia exacerbada por el calor del astro rey sobre mi frente. Probablemente el hecho de ser calvo me exponga más a la radiación nociva. Sentía el impulso de golpear a alguno de los otros compañeros de parada, pero me contuve. Yo sabía que estaba con la cabeza podrida, muy podrida, hacía cuatro meses que permanecía callado. Yo me conozco. Yo se que muchas veces la frustración de mis proyectos perdidos, transformados en silencio por mi voluntad de no pronunciar palabra alguna, en los casos en que no tengo nada para comunicar, porque soy una especie de bolsa vacía, se puede transformar en la más pura violencia. Eso me ocurrió esa tarde cuando abordé el 107. Ya al subir, lo miré con cara de pocos amigos al chofer, que ignoró mi gesto. Me fui abriendo paso a los empujones y codazos hasta el fondo del coche y en cuanto un anciano se levantó de su asiento alejé de un empellón a otro viejo y me senté. Ninguna palabra vacua.
Mi gestualidad reemplazaba con ventaja cualquier verbalización de mi estado de ánimo. Recuerdo que cuando el vehículo dobló por Urquiza, en la primer parada subieron las dos mujeres, el coche llamativamente se había descongestionado de pasajeros, solo unos pocos permanecían parados. Las dos mujeres quedaron de pie justo delante de mi ubicación y una de ellas, la que luego me enteraría era escritora, no dejaba de hablar. Hablaba y hablaba con un derroche de palabras enfermizo. Las que parecían brotar de un manantial inagotable, de un enorme yacimiento de vocablos.
Explotado de forma irracional por esta parlanchina desmadrada. Mi primer reacción fue visceral. Una especie de temblor tibio comenzó a crecer dentro de mi tórax. Un movimiento sísmico del espíritu, que amenazó con destruir las murallas de mi autocontrol y permitir que un alud de ira sepultara a mi locuaz vecina. Noté como las venas de mi cuello se congestionaban y un rubor caliente invadía mi rostro. Pero semejante amenaza de justicia se vio abortada por un repentino giro en el contenido de la verborrea de aquella mujer. Lo que produjo una especie de suspensión de la pena o de condena en suspenso. De pronto la insoportable conversación de la cual involuntariamente yo era testigo, comenzó a interesarme.