lunes, 15 de marzo de 2010

Insight (continuación)

Continúo con la publicación de mi cuento Insight, tan largo (en medidas de blog) que lo publicaré en tres o cuatro entradas. Abrazo y paciencia.

Insight ( Segunda Parte)

Justo cuando el 107 cruzaba Ovidio Lagos. Lo recuerdo como una especie de reflejo condicionado, o de asociación perceptiva. En el preciso momento en que yo me disponía a ponerme de pie para golpear a la mujer, el colectivo frenó bruscamente en la esquina de Ovidio Lagos .
Me golpee la cabeza contra la ventanilla provocándome un hematoma en la región frontal. No emití sonido, ningún improperio, nada. Pero levemente mareado caí nuevamente en el asiento. Mi visión se rodeó de un aura blanco verdosa y se estrechó. Los campos periféricos de mi mirada llegaron a desaparecer por varios minutos y fue como encontrarme en un túnel. Y en el centro del túnel aquel, estaba la cara de la mujer habladora, lo comprendí primero por el continuo moverse de sus labios que por las palabras. Que de tantas se me confundían unas con otras como las aves de una bandada, que en el colectivo pierden de alguna forma su individualidad. Lo mismo por un momento ocurrió con el lenguaje desaforado de aquella mujer. No se si atribuirlo al golpe contra la ventanilla o al torrente sonoro, que como una catarata caía de aquella boca. Sus labios batían sus alas como una mariposa. Y así más recostado que sentado en aquel ómnibus urbano comencé a interesarme en la charla de aquella mujer que resultó ser escritora de libros de autoayuda. Escribía sobre como convivir exitosamente con nuestras mascotas. Explicándonos como comprender las expresiones faciales de nuestro perro, interpretar los distintos movimientos de su cola y todas cosas por el estilo. Al parecer debido al rotundo éxito de su primer libro había continuado escribiendo otros el segundo sobre gatos, el tercero sobre canarios, el cuarto sobre tortugas, el quinto sobre hámster, el sexto sobre pececitos de colores y al parecer estaba preparando otro sobre mascotas exóticas. Cuando por fin recuperé el pleno ejercicio de mis facultades y comprendí que me había pasado por varias cuadras mi destino, había sido informado involuntariamente de reconocer el trino del canario cuando está triste o cuando está en celo, como conocer la opinión de nuestra tortuga sobre la calidad de la lechuga que le damos y quizás adivinar cuando nos mira con ironía o descubrir el malhumor mañanero de los habitantes de nuestra pecera, antes de revolver el agua con nuestro dedo índice. Casi tambaleándome descendí en la primer esquina en que me fue posible y emprendí mi camino a pie. Fue como transitar por una playa desconocida luego de haber sido depositado en ella por las olas embravecidas de una tormenta. Y súbitamente como un rayo de sol que se abre paso entre las nubes grises y pesadas : una idea, como una revelación de mi destino. Una visión que bien podría denominarse mística, como aquella que volteó del caballo a San Pablo o las zarzas incendiadas de Moisés. El ave costera que observaban los antiguos navegantes perdidos en la inmensidad del océano. Así llegó a mí aquella idea. Brusca, cegadora, luminosa. Definitivamente la esperanza de un destino, de un sentido (son anagramas. ¿Será correcto escribir las dos palabras juntas o muy cerca?) para mi vida de escritor frustrado. De escritor estéril. Todos mis proyectos habían sido depositados en sus piras funerarias y se habían convertido en humo elevándose por el aire, volutas de sueños a merced del viento. Yo por fin comprendí porque había nacido. Para qué lo había hecho. Yo, el mismo que piensa que nunca se debe escribir si no se tiene algo para comunicar. Yo, quien cultiva el silencio en inmensas extensiones. Latifundista de callares. Yo debería ser el biógrafo no autorizado de aquella mujer. Su biógrafo definitivo. Quien pusiera el último ladrillo en su edificio. Como quien arroja una puñado de tierra sobre un féretro.Miré un perro que rompía una bolsa de residuos sobre la ochava de una ferretería cerrada y traté de descifrar que cosas pensaba aquel animal por los movimientos de su cola o la forma como con sus patas delanteras rompía el polietileno. Pero nada me transmitían los modos de aquel bicho. Evidentemente necesitaba leer las obras de aquella mujer. La verborrágica. Esa misma noche recorrería las librerías del centro en busca de las obras de aquella, si bien los anaqueles y mesas estaban atestados de libros de autoayuda, no todos eran sobre la conducta de las mascotas lo que acotaba mi búsqueda. Como primer paso para mi proyecto debía conocer su nombre, quizás en la solapa o la contratapa alguna de aquellos engendros tendría la foto de su autora, otro elemento a mi favor. Debía proceder ese mismo día pues no quería olvidarme de su cara. A veces los rostros se van deformando en los recuerdos hasta convertirse en muy diferentes. Perdiendo toda similitud con el original. No quería que eso me ocurriera a mí y terminara realizando la biografía no autorizada de cualquier persona, menos de aquella mujer que había conocido en el 107. Rápidamente terminé con mis actividades del día y casi corriendo regresé a mi departamento. Me día un baño rápido y al atardecer ya estaba caminando hacia las librerías, en las que me sumergí con un frenesí digno de las grandes causas.

6 comentarios:

  1. Simplemente paso para decirte que voy a esperar el final. Hasta aquí me encanta el relato.

    Un Abrazo

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  2. Gustavo...

    sinceramente...
    solo una pregunta??
    solo un cuestionamiento??
    solo una inquisición???
    CÓMO SIGUE??

    sin ánimo de presionar...
    demás está agregar que me gusta mucho!!!

    hermosos días amigo querido!!!

    beso!!!

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  3. Suena muy ingeniosa esta hitoria. Te felicito.

    Un placer leerte.
    Saludos.

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  4. realmente una pesadilla buenisimo como siempre

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  5. Hola "cultivador de silencios en inmensas extensiones. Latifundista de callares"...
    Genio de la escritura, estás autorizado por quienes te admiramos a permanecer en silencio...
    PERO NO DEJES DE ESCRIBIR!!!!!
    Un beso
    Adriana

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