jueves, 11 de marzo de 2010

Un cuento para compartir.

Aclaración: amigos como este cuento es muy largo,como muchos de los que escribo, lo publicaré en tres o cuatro entradas. Pertenece a "Veinte Cuentos Prescindibles" e integra "Búsqueda Insensata".Gracias.

Insight

No se debe escribir cuando no se tiene nada para comunicar. Cuando se tiene la cabeza vacía de ideas. La cabeza podrida como me gusta decir. De lo contrario todo lo que se escribe son simples palabreríos. Como una especie de vagar sin rumbo, de caminar distraído sin saber adonde se va o sin saber siquiera si se deseamos realmente ir a alguna parte. Carencia de metas. Carencia de ambiciones. Y nos ponemos a pensar, que cosa decir. ¡Si lo que quizás tenemos que comunicar es simplemente nuestro silencio! El silencio habla en ocasiones, con más claridad que muchos discursos. Además el silencio nos permite encontrarnos con nosotros mismos. Reconocernos. Detener ese deambular.
Es probable que en su duración germinen palabras dignas de ser dichas. Como crisálidas emergiendo.
No es necesario escribir a cualquier precio. De cualquier modo. Nadie nos puede obligar. No somos una máquina que escupe textos. No debemos serlo además. De eso estoy convencido.
Ahora cuando creemos que debemos comunicar algo, debemos evaluar la mejor forma de hacerlo. ¿Cuántas veces vemos en nuestra mente lo que queremos transmitir y no encontramos las palabras para hacerlo? Muchas. Por lo menos en mi caso. Yo no soy de los más lúcidos para escribir, por lo tanto se me hace difícil traducir en palabras las experiencias o acontecimientos que deseo narrar.
Además muchas veces dudo. Dudo si lo que estoy por contar realmente vale la pena, y a veces me embarco en largas jornadas de lecturas, tratando de encontrar alguien que hable de algo parecido. Busco similitudes. Similitudes que me permitan alejarme de la incertidumbre que me inmoviliza. De la duda. Del miedo al ridículo en definitiva.
A veces caigo en profundos pozos depresivos, potenciados por la fatiga de tanto leer y buscar. Yo me pregunto ¿cómo es posible que yo quiera contar o reflexionar sobre tal o cual cosa, cuando nadie lo hizo antes? Y no encuentro respuestas . Comienzo a sentirme un gran tonto, una persona incapaz de encontrar un tema que pueda interesar a los demás. Debo identificar alguien que, antes que yo, escribió sobre lo mismo. En ocasiones lo encuentro. Alguien que antes escribió sobre un tema similar al que yo me propongo encarar en mi obra. Debo confesar que muchas veces me limita el idioma, pues yo solo entiendo el castellano, el inglés y algo el italiano. Autores franceses , alemanes, rusos sino han sido previamente traducidos a alguno de los idiomas que yo domino, o por lo menos entiendo, aunque no los domine, escapan a mi escrutinio. Ni que hablar de autores africanos o asiáticos. A veces me despierto en medio de la noche luego de haber soñado con un ignoto personaje de Turkmenistán, Mongolia o alguna remota isla de la Polinesia, que simplemente me sonríe burlón mientras me muestra un texto, que no logro comprender. En mis más terribles pesadillas es un chino que me hace entrar en su casa de una enorme ciudad que parece Shangai o por lo menos la Shangai que veo en los documentales y luego de invitarme con té, comienza a mirarme y sonreírse hasta que por último, de bajo un almohadón extrae un cuaderno lo abre y me muestra los caracteres chinos, que por supuesto yo no entiendo, y comienza a reírse con un desparpajo impropio de un oriental y señalándome con el dedo se mofa de tal forma que me despierto.
En el supuesto que yo encuentre el texto que busco, a veces luego de meses y meses de hurgar en cientos y a veces miles de libros. Comienzo la otra etapa de mi valuación.
Entonces evalúo como lo encaró. Como elaboró el relato, si lo hizo de la misma forma que yo tengo pensado hacerlo o de una manera diferente. Por ejemplo si se constituyó como un narrador omnisciente y omnipresente o si lo hizo primera persona, con un punto de vista limitado. Muchas veces me siento contrariado por la forma como éste, especie de antepasado en el tema, encaró el trabajo que yo me apronto a abordar. Me siento tan contrariado que soy presa de ataques de furia, y destruyo el libro con mis propias manos primero separando los folios por el lomo y luego cortando las hojas en pedacitos, cada vez más pequeños con los que construyo un pequeño montículo que enciendo con un fósforo. Como una pira funeraria. Si la pira funeraria de mi proyecto. Y es en ese momento donde nuevamente opto por el silencio. Permanezco largo tiempo en silencio . A veces días o semanas otras veces meses. Silencio absoluto únicamente interrumpido por los sonidos de las cosas cotidianas, pero ni una sola palabra. Ni una sola. Mis labios permanecen sellados, a nos ser algún suspiro involuntario , un tosido o un estornudo nada sale de ellos. Me miro al espejo y me veo callado como una estatua. Solo abro la boca para lavarme los dientes. Como dije antes el silencio comunica más que muchos discursos. De tanto en tanto paso frente a la pequeña montaña de cenizas, que nunca barro hasta que aparece otro proyecto.
Una vez mientras vivía esos lapsos de silencio, involuntariamente conocí una escritora, si es que puede denominársele de ésa manera. Una escritora muy prolífica. Según sus propias palabras, al parecer escribía como hablaba con la misma incontinencia. Yo viajo en el 107 a diario, lo abordo en la esquina de Corrientes y Mendoza, ése era un día particularmente caluroso, a las tres de la tarde el sol caía inclemente sobre mi cabeza. Unos minutos antes había comprado una tarjeta de pasajes en el quiosco de la esquina de 3 de Febrero, como estaba inmerso en mi mutismo total me manejaba exclusivamente con señas y gestos, el muchacho que atendía esa tarde era nuevo y al parecer particularmente idiota lo que llegó a enfurecerme, a tal punto que casi prorrumpo en insultos, pero para ello tendría que haber roto mi silencio, por lo que me limité a hacerle un gesto con mi mano derecha al retirarme, mi dedo medio extendido y es resto flexionados. Pero a pesar de ello llegué a la parada en un estado de iracundia exacerbada por el calor del astro rey sobre mi frente. Probablemente el hecho de ser calvo me exponga más a la radiación nociva. Sentía el impulso de golpear a alguno de los otros compañeros de parada, pero me contuve. Yo sabía que estaba con la cabeza podrida, muy podrida, hacía cuatro meses que permanecía callado. Yo me conozco. Yo se que muchas veces la frustración de mis proyectos perdidos, transformados en silencio por mi voluntad de no pronunciar palabra alguna, en los casos en que no tengo nada para comunicar, porque soy una especie de bolsa vacía, se puede transformar en la más pura violencia. Eso me ocurrió esa tarde cuando abordé el 107. Ya al subir, lo miré con cara de pocos amigos al chofer, que ignoró mi gesto. Me fui abriendo paso a los empujones y codazos hasta el fondo del coche y en cuanto un anciano se levantó de su asiento alejé de un empellón a otro viejo y me senté. Ninguna palabra vacua.
Mi gestualidad reemplazaba con ventaja cualquier verbalización de mi estado de ánimo. Recuerdo que cuando el vehículo dobló por Urquiza, en la primer parada subieron las dos mujeres, el coche llamativamente se había descongestionado de pasajeros, solo unos pocos permanecían parados. Las dos mujeres quedaron de pie justo delante de mi ubicación y una de ellas, la que luego me enteraría era escritora, no dejaba de hablar. Hablaba y hablaba con un derroche de palabras enfermizo. Las que parecían brotar de un manantial inagotable, de un enorme yacimiento de vocablos.
Explotado de forma irracional por esta parlanchina desmadrada. Mi primer reacción fue visceral. Una especie de temblor tibio comenzó a crecer dentro de mi tórax. Un movimiento sísmico del espíritu, que amenazó con destruir las murallas de mi autocontrol y permitir que un alud de ira sepultara a mi locuaz vecina. Noté como las venas de mi cuello se congestionaban y un rubor caliente invadía mi rostro. Pero semejante amenaza de justicia se vio abortada por un repentino giro en el contenido de la verborrea de aquella mujer. Lo que produjo una especie de suspensión de la pena o de condena en suspenso. De pronto la insoportable conversación de la cual involuntariamente yo era testigo, comenzó a interesarme.

6 comentarios:

  1. El relato excelente y ya espero la continuación (¿de qué habrá comenzado a hablarle?). También está muy bueno esto de que el personaje justamente sea escritor, hasta resulta gracioso.
    Como siempre, llevás al lector a sentir lo que el personaje siente (esa insoportable sensación de intolerancia no podría estar mejor descripta) y a los espacios que aborda.
    Muy bueno Gustavo.
    Cariños!!

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  2. Gustavo...

    "Una especie de temblor tibio comenzó a crecer dentro de mi tórax. Un movimiento sísmico del espíritu, que amenazó con destruir las murallas de mi autocontrol y permitir que un alud de ira sepultara a mi locuaz vecina"

    espectacular!!
    a veces... ocurre que al leer un texto, este esta narrado tan incomodamente parecido a otro y a otro y a otro... pero... leyéndote amigo querido... uno puede descubrir lo que en definitiva llamamos creatividad!!
    me encanta leerte!!

    hermosos días!!!

    beso!!

    espero lo que sigue!!

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  3. Pasaba por aquí esperando la continuación... De paso hago un poco de presión para que llegue! Ja ja.

    Cariños!

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  4. Maravilloso. Disfruté mucho. El silencio para mí es una forma de vida. Casi nunca, cada vez menos, hablo por hablar, y me doy el lujo por demás egoísta de dejar comentarios sólo en las entradas que me interesaron sobremanera; hasta mis propios textos contienen frases no dichas, apenas sugeridas... El silencio es hermoso. La voz de Dios es una música compuesta de silencios. Un beso desde mi crisálida.

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  5. Hola Genio!!!
    Tus relaros son como la marea...Sin darte cuenta comenzás viendo el agua distante y de golpe, te moja los pies...
    Comemienzo a leer y creo saber el camino, y de golpe, me veo sentada en el 107 mirando tu cara llena de ira con los labios sellados!
    EXCELENTE!!!!!
    Un abrazo!
    Adriana

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  6. Un relato muy bien descrito, parece que voy en el autobús y espero saber de que van hablando las mujeres...voy a por la continuación...(tengo ventaja porque este relato ya ha terminado,,,jejee)...un besote

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