martes, 27 de abril de 2010

Reflexiones de una santa.

Ante tanta discusión sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto y la planificación familiar. Deseo ofrecerles las reflexiones vertidas en este monólogo. Cuando se escuchó aquello de " él que esté libre de pecado que arroje la primera piedra" Juanita se agachó y juntó un mosaico partido de la vereda.

Juanita, vacas conserva y otras bestias.

¡Qué falta de autocrítica! ¡Carajo! Ya las cosas no son como deben ser. Cualquier pelafustán está en la cresta de la ola. ¡Cualquier idiota escribe cualquier cosa! Y sale en el diario La Acción. ¡La gente ya no tiene vergüenza! Fíjese, usted sale tranquila de la misa de diez, hasta quizás pueda ir con algún nietito o ¡Válgame dios! Alguna nietita. Camina tranquila por las diagonales mirando los árboles. Admirando los monumentos. Y de repente sentados en algún banco están esos muchachones, con sus ropas grandes y sus peinados sobre la cara, fumando y riéndose a carcajadas como si estuvieran en un bar de los arrabales. Son todos unos drogadictos, llenos de esos aros que se ponen en las orejas, en la nariz y quien sabe donde más. Esas alimañas son capaces de cualquier cosa. Todos así nomás, con zapatillas. Ninguno con un buen par de zapatos lustrados, ni pantalones bien planchados. ¡Que asco! En nuestra época hubieran venido los agentes de policía y los hubieran sacado a sablazos. Si es que directamente no los metían presos. Malandrines. ¡Qué falta le hace el orden a éste país! Cualquier día se van a sentar frente a la basílica. A fumar y a reírse. A drogarse seguramente. Leonor, me contaba que esos, les ofrecen droga a los niños que salen de la misa para convertirlos en vagos y atorrantes, igual que ellos, e invitarlos a ir a las confiterías y todos esos lugares donde andan de noche. No quiero imaginarme lo que harán con las pobres niñas que salen de la iglesia. Leonor se puso tan colorada de solo pensar en las intenciones de esos sinvergüenzas, que no quise seguir preguntándole. Además, para ser sincera, a mi también me habían empezado a transpirar las palmas de las manos, comencé a sufrir taquicardia, del solo hecho de imaginar que cosas harían esos degenerados con esas niñas inocentes, luego de drogarlas y llevarlas quien sabe donde. ¡Válgame dios! En cualquier momento se van a sentar frente a la basílica y tendremos directamente que evitar cruzar la plaza, tendremos que ir hasta la esquina de Caseros para continuar por 25 de Mayo o lo más seguro por Quiroga y Taboada para tener la Jefatura Departamental cerca, seguramente los policías nos socorrerán enseguida si gritamos. ¡A sí! ¡Yo grito hasta que se me salgan los pulmones para que venga la policía si alguno de esos malvivientes se me acerca! Porque Leonor dice que esos guachos no respetan ni a las mujeres mayores. ¡Qué son capaces de cualquier cosa! El padre Nicanor nos recomienda que a los chicos y sobre todo a las chicas no los dejemos ni mirarlos, que les tapemos los ojos con las manos y no los dejemos volver la cabeza. El padre dice que muchos de esos muchachones están poseídos por el demonio, que él mismo ha visto sus tatuajes, sobre todo en verano cuando andan escasos de ropa y son más peligrosos. El padre se persigna de solo recordar sus visiones. ¡Deben tener tatuadas invocaciones a Lucifer! Y esos tipos que están escribiendo en el diario La Acción, todas esas cosas que no hacen más que incitar a la juventud. ¡Es una vergüenza!
¿Dónde habrá quedado la moral? Nosotras nunca necesitamos hablar de eso, solo sabíamos que era algo sucio ¡Y nada más! ¡Para qué más! Una está obligada a cumplir con los deberes conyugales como marca la iglesia y nada más. Con la única finalidad de la procreación. Andar escribiendo sobre eso y defendiendo semejantes ejemplos. Son todos unos degenerados ¡pretender enseñarles a los chicos esas chanchadas en las escuelas! Claro, después se convierten en unos depravados como estos llenos de aros que fuman y se ríen en la plaza sin respetar a la gente mayor ni a los jóvenes católicos que salen de misa. Yo en mi casa tengo una foto de la revista Siete Días donde se lo ve al Teniente General Videla en un palco durante un desfile, y me digo si él volviera al poder no pasarían todas éstas cosas. Los marxistas están infiltrados sin duda en el gobierno y son los que corrompen a toda la sociedad. Ellos son los que impulsan todas esas leyes para enseñarle porquerías a los niños, para proveer esas píldoras anticonceptivas ¡Y ahora encima una que le dicen del día después! ¡Qué podemos hacer las personas decentes ante tanta depravación! Yo le digo a Leonor, esto no puede seguir mucho tiempo así. Es como decirle a la juventud que abuse de los pecados de la carne, si todo está bien. ¡Qué falta de autocrítica! Esos pelagatos zurditos que ahora se las dan de sabiondos. Ahora cualquiera es sabiondo, y nos quieren enseñar a la gente normal que es lo que tenemos que hacer con nuestros hijos o nuestros nietos. ¡Hasta sacaron el servicio militar! Donde los jóvenes aprendían a hacerse hombres. Como si quisieran destruir la familia que es el núcleo fundamental de la sociedad occidental y cristiana. La sacrosanta institución del matrimonio destronada de su alto pedestal por la promiscuidad sexual, las conductas casi animales, como la de estos muchachones pervertidos, que pululan en la plaza Libertad. ¡Plaza Libertad! Plaza del Orden se la debería rebautizar y poner a todos estos elementos tras las rejas, a donde pertenecen. Yo le digo a Leonor que esto no puede seguir mucho tiempo así.
Tendríamos que ir a golpear las puertas de los cuarteles donde está la reserva moral de la nación, pedirles que salgan a las calles a restaurar la moral y las buenas costumbres, mancillada por la chusma ignorante, manipulada por estos personajes que detentan el poder. Y si ya no queda gente valerosa capaz de jugarse por la tradición, la patria, la religión y los altos valores de nuestra moral, entonces vamos a pedirles los tanques y los fusiles. Y Leonor, el padre Nicanor y yo, pondremos orden en éste pueblo. Cerraremos y de ser necesario dinamitaremos el diario donde escriben los pervertidores, quemaremos la biblioteca para limpiarla de basura como se hacía antaño con los libros sacrílegos, reduciremos a esas patotas juveniles a sangre y fuego de ser necesario. Encarcelaremos a todos aquellos que digan o piensen cosas inconvenientes. Y entonces por fin renacerá el país glorioso de nuestra juventud. Y podremos caminar con nuestros nietos por la calle y por la plaza sin necesidad de andar pegándole coscorrones o llevándolos de las orejas para que no miren a esos jóvenes perdidos que fuman y se ríen como si estuvieran en un bar de los arrabales y que hasta quizá un día de estos pretendan sentarse frente a la basílica. ¡Sálveme dios!

martes, 13 de abril de 2010

Un cuento para compartir

Las voces

¡Mierda que hace calor! Parece que todo el año será bravo. Unos calores insoportables. Dicen que es el cambio climático y que se yo que otras cosas más. Ayer antes de encontrarte, estuve conversando con una gente que hace mucho que está acá y me dijeron que no erra. No erra un solo día sin que el calor sea insoportable. Para colmo, no hay sombra. Yo he caminado varias leguas y no vi un solo árbol. ¡Ni uno! Los días son muy largos también y las noches cortas e infectadas con esos mosquitos gigantes que no dejan de picarte y que son enormes como murciélagos vampiros de los que veíamos en San Jaime de la Frontera cuando andábamos por allá. ¿Te acordás de San Jaime? Tampoco, bueno no tiene mayor importancia. Es que hace mucho que te fuiste y por eso muchas cosas no las sabés o te la has olvidado. Pero todo vuelve González, mirá así como nos volvimos a encontrar ahora. Cuando parecía que nunca volveríamos a estar juntos. A pesar de que las cosas cambian, como nosotros, ya no somos los muchachos que supimos ser. Ya el lomo siente el peso de la bolsa de años que lleva encima y se empieza a doblar. Y la mano no la tenemos tan firme como antes. ¡Sí, las cosas cambian!, nosotros nos vamos volviendo cada vez más y más viejos. He notado que aquí como que se envejece más rápido o será el tiempo que pasa más rápido porque cada uno de éstos días tan largos deben ser varios días de allá.
Pero yo te cuento como me pasó lo que me pasó, porque vos tenés que saberlo. A pesar que estás así, que parece que ni de mí te acordás. ¿Será este calor seco que te ha achicharrado los sesos? ¡Ni un árbol! Que distinto allá el calor es húmedo y al borde de los arroyos las arboledas son como culebras gigantes que corren entre las lomadas. ¿No te acordás? No es nada, no te amargues, yo te voy contar todo despacio y te voy a explicar, lo que necesites. ¡No puedo creer que no te acuerdes! Si debe ser el calor.
Además González vos hace mucho que te fuiste y por eso muchas cosas no las sabés.
Todo cambió en éstos últimos años. Por eso no te ubicás. Pero seguro que alguna vez anduviste por ese lugar. Sé que si. Se que anduviste por ahí porque yo te acompañé. Muchas veces me pregunto ¿por qué? No debí hacerlo, pero lo hice y no se puede llorar sobre la leche derramada. Yo siempre paso por ahí porque me queda camino al trabajo. A la madrugada está oscuro. Muy oscuro. El terreno queda al lado de la cementera. Ahora es un terreno. Así me dijeron una vez en la municipalidad: “tiene que decir terreno, porque esta en el área urbana del ejido, nada de quinta ni de chacra amigo, se dice terreno” De ahí en más siempre a todos los sitios les digo terreno.
No, a la cementera seguro no la conociste. La armaron mucho después de tu partida. A espaldas de las luces, del otro lado del alambrado perimetral. Tendrá cuarenta metros de frente por cien o ciento cincuenta de largo, ahí está el terreno.
Está lleno de chatarra desde hace algunos años. De chatarra y de pilas de desechos de hormigón que forman pequeñas montañas. La verdad que no se como llegaron esas cosas ahí. Pero ya hace varios años que el descampado comenzó a llenarse de esa mugre y últimamente está así . Además como te imaginaras entre todas esas cosas crecen los yuyos. Arbustos, cardos , enredaderas , es una selva.
Yo , a pesar de ser un hombre grande siempre me alejo de esos matorrales. No se si decirte miedo, pero uno siente un recelo, una precaución.
Pensar que todo eso en otros años era una huerta liadísima. Ya ni los frutales del fondo quedan, se habrán ido secando o los habrán cortado. Si con vos entramos entre los almácigos y las hileras de plantas de tomate. ¡Que calor González!
Miranda, ¿Te acordás de Miranda? , vos lo tenés que haber conocido, claro cuando era chico, ahora ya tiene como treinta largos, el hijo de Hortensio Benavides, a éste también le dicen Vizcacha como al padre. Si , seguro que lo conociste al vizcacha Miranda, si vivía a pocas cuadras de tu casa, lo que pasa es que no te acordás González. Se te achicharraron los sesos tanto estar aquí. No recordás tus vecinos. Bueno, el fue el primero en contarme lo de las voces. Fue una noche, un sábado a la noche en el bar de Lucho. Una noche de invierno lluviosa, recuerdo que hacía un frío negro y un viento que hacía golpear las gotas de lluvia contra los vidrios de la puerta a pesar del toldito de la vereda. Como extraño ese fresco de las noches de invierno, parece mentira. ¿Y bares aquí no hay bares? Aquí la sed permanece hasta secarnos. Bueno, te contaba. Nos estábamos tomando la última copita , ya era tarde y con esa noche tan perra éramos los únicos que quedábamos en el lugar.
-¿ Se vuelve por aquí adentro a su casa o se va por el boulevard?- me preguntó
- Pero con que necesidad voy a dar semejante vuelta m’hijo –le contesté.
-¡Yo ni loco paso por ahí adentro, por delante de ése baldío lleno de mugre!- me dijo mientras hacía girar el vaso de vino entre sus dedos.
-¿Por qué eso?- le contesté risueño, pero recordando que yo siempre me arrimaba con la bicicleta contra el otro cordón , cada madrugada, sin saber bien por que.
- Mire-me dijo serio- en ése lugar , me contó mi madre, los mataron a los García cuando ella era chica. Los mataron a todos y nunca se supo de los asesinos. Nada se supo. Y desde ésa época el lugar está maldito. Se escuchan voces, voces que llaman a la gente.
-¿voces?- le pregunté entre divertido y curioso.
- Si, voces , susurros , gritos. Muchos lo han escuchado, lo que pasa es que muchos tienen vergüenza de contarlo. – me dijo poniéndose de pie y estirándome la mano en un saludo, lo vi alejarse por el boulevard envuelto en su campera impermeable azul, luego pagué y me fui.
Mirá como son las cosas González. Y ahora me encuentro con vos aquí, después de tantos años. Tantos que ya casi no te acordás de nada.
Me fui caminando con cuidado, por el suelo mojado y por los vinos, las dos cosas te pueden hacer caer y el golpe es el mismo. Doblé la esquina alejándome del boulevard rumbo al este. Subí el cierre de mi campera hasta la barbilla y me acomodé la gorra con la visera casi cayendo sobre mis ojos para protegerme del viento y la lluvia. Al doblar la curva ¿no me digas que no te acordás que esa calle tiene una curva? Seguro que ya te ubicaste. Al doblar la curva vi las luces de la cementera, iluminando las montañas de canto rodado y los silos enormes. Miré hacia atrás y por un instante me pareció ver los álamos finitos esos que rodeaban el boulevard en aquella época, cuando lo recorrimos con vos viniendo desde el puente de fierro. ¿Te acordás la luna? Y la sombra de los álamos como barrotes de sombra sobre el camino abovedado de tierra. Miré nuevamente hacia delante, dejando atrás ese pasado que se me atravesó en el camino, seguro a causa del vino. Vi, como te decía, las luces de la cementera, lámparas de sodio sobre altas columnas blancas. Antes, a su espalda como te contaba, la maraña oscura del baldío de los García, al acercarme sentí el silbido del viento entre la chatarra y los escombros. Me reí, “las voces del vizcacha chico” pensé.
Hundí las manos en los bolsillos y seguí avanzando. Fue cuando escuché, primero como un rumor de voces lejanas, como susurros de miedo en la oscuridad y luego escuché mi nombre . Me llamaron con claridad, giré la cabeza y vi aquello , horrendo, venir hacia mí. ¿ Sabés algo González? No los tendríamos que haber matado a todos, aquella noche. ¿A los gurises para qué? En eso se nos fue la mano Gonzalez. Y las cosas vuelven. Como esas voces que me esperaron. Que me esperaron para traerme con vos. ¿Para qué los matamos a los gurises González? ¡Que calor!
Esas voces como perros fantasmales entre la llovizna. Una jauría salida de huecos en la noche. De huecos fríos Gonzalez. Sucios. Llenos del odio y la furia de la espera.
Me lo imaginé. Si, me lo imaginé, vos también las escuchaste, pero hace muchos años.
Antes, antes que todo cambie. ¿Seguís sin acordarte? Bueno mejor así. Eso es bueno, lo único bueno de éstas llamas aquí abajo, de éste calor sin sombras, en el infierno que nos merecemos, es que al parecer te traen el olvido.

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