sábado, 15 de mayo de 2010

Recuerdos de la pasión y la desesperación.

Cuando creía que su vida estaba destinada a ajarse , a secarse como una hoja caída del árbol. A perder poco a poco la vitalidad, por cada uno de sus poros. Lo conoció.
Después de su traumático matrimonio, después de los golpes, los gritos y el desamor. Creyó que todo se terminaba. Que ése era su destino. El de una flor arrancada y tirada a la calle. Castigada por el sol del mediodía , hasta perder su lozanía y su perfume. Hasta convertirse en una masa reseca de tejidos a merced de los elementos. Pisoteada por los coches. Despreciada hasta por los perros en busca de comida. Para ella su separación , fue como una medicación paliativa, que mejoraba su estado, que disminuía el diario sufrimiento de la violencia hogareña. Pero que a su vez la entregaba a los brazos de la soledad, ése cáncer mortal, que paradójicamente tenía el mismo nombre de su hija. Pero entonces lo conoció.
Como si un hada la hubiera repuesto en su antigua rama. La savia de la esperanza comenzó a correr , reconstituyendo los tejidos de su cuerpo de hoja muerta, devolviéndole la lozanía perdida. Retornándola mágicamente a la adolescencia. A esa edad de posibilidades infinitas. Cuando lo miró por primera vez a sus ojos, algo estalló dentro de su alma. Como si todo lo anterior se hubiera borrado mágicamente, como si nunca hubiera existido. Ella bajó de su citroen frente al supermercado, fastidiosa por el calor, tropezó en el cordón de la vereda, nada más que por la torpeza que le provocaba su estado de desesperación, la obsesiva autoconmiseración que la embargaba permanentemente. Se hubiera lastimado , si no fuera por su presencia. Su mágica presencia. Su milagrosa presencia. Él la contuvo en sus brazos y cuando ella levantó su rostro desencajado por el disgusto y la vergüenza, lo vio frente a sí sonriente. Y se produjo el estallido. La revelación.
Lo conoció. Todo lo que pasó después fue vértigo. La transformación del paisaje invernal amarillo y pálido, en la fiesta multicolor de la primavera. Un pasaje sin punto intermedio, desde la sórdida tristeza en la que se encontraba hacia la vorágine incontenible de los sentidos. Una felicidad inasible por simples mortales. Quizás ese fue su renovado pecado original ¿Quién tiene derecho a ser tan feliz? ¿Quién tiene derecho a beber la ambrosia de los dioses? Cuando le diagnosticaron su enfermedad, él lo tomó con entereza. Ella lo tomó con desesperación. Su destino no podía ser el de enfrentarse con una maldad inaudita . Y pensó entonces en encarnar ese amor en un hijo. Él al principio no estuvo de acuerdo. Ella lo convenció. Ella lo atrapó como una planta carnívora. Dispuesta a succionar su vida. Dispuesta a transformarla en otra vida. Dispuesta a transformarla. A burlar los designios de la muerte. Ella lo convenció de retrasar la quimioterapia. Ella lo convenció de que le entregue el hálito de vida que vibraba en sus esperma. Su amor tomaría carnazón en el hijo. En un hijo que no se llamaría Soledad, en un hijo que debería llevar el nombre de la vida. En un hijo que le aseguraría la supervivencia el amor. De ése amor desaforado que le corría por las venas, que la angustiaba y la llenaba. Ese era el origen de su culpa.
El apenas pudo conocer a su hijo, un ser berreante y minúsculo. Pero que representaba la persistencia de su amor para la eternidad. Que representaba la unión de sus genes, la unión definitiva de ellos. La materialización del sueño común.
Cuándo él murió , algo se apagó para siempre en su interior, se trasformó en un alma definitivamente mutilada. Su vida nunca dejó de ser una vida hemipléjica. Pero el niño estaba allí, arrancado de la muerte, rescatado de las tinieblas.
Aquella vieja maldita le había dicho "nunca deberás parir carne de su carne si deseas que él viva” y ésas palabras siempre resonaron en su mente. Más aún después de verla con aquella mirada taciturna , en la vereda de la plaza, el día que bautizaron a Fran, y escucharla decir a su lado “¡pobrecito, ángel de Dios!”

martes, 4 de mayo de 2010

Un fragmento para compartir.


Para cambiar un poco de tono, abandono el cuento y les dejo un fragmento de mi novela "Gallito Ciego"



XIII Bacteria.


Después que Riedel Liand me dejó enfrente a mi edificio. Tomé el ascensor como en un sueño. Mi cuerpo molido me dolía horrores. Entré a mi departamento y me tiré en el sillón del balcón. Miré la ciudad enorme que se revolvía en sus estertores de máquinas y multitudes. Indiferente como un monstruo dormido. Ajena a los pequeños sufrimientos individuales. Me sentí creo que por primera vez en mi vida desolado. El miedo y la paranoia que me habían invadido en las últimas semanas se había transformado en un sentimiento peor, como el de aquel soldado que herido se ve en medio de la nada, abandonado a su suerte. Olvidado de banderas y consignas patrioteras. Lejos de las formaciones y las arengas. Enfrentado a la miseria de su cuerpo lastimado. Invadido por escalofríos y temor. Recordando la tibieza de la cocina de su casa en invierno. Pero no soy un soldado. He cometido actos de una irracionalidad lindera con la locura. Por propia voluntad. O quizás por una temeridad que yo mismo desconozco. “No se olvide de concurrir a la ART” me había dicho el muy hijo de remilputas. Y si para él era solo un empleado. Y no sé por que para mi. dejé en algún momento de serlo. Por que me adentré en todo este asunto más allá de lo necesario. Mucho más allá. Y ahora aquí destrozado en mi cuerpo y mi autoestima. Mastico esta rabia y siento como si la urdimbre de mi cordura comenzara a abrirse, a deshilarse. A volverse una informe masa de hebras. Y realizo un esfuerzo para volver a unirlas, a tejerlas. Fijo mi mirada en los ventanales que brillan con el sol, como una miríada de papelitos metalizados pegados a las moles impersonales. Y pienso como ése pequeñito rectángulo de cielo reflejado cubre un pequeño mundo. Un microcosmos. Y me imagino a mi mismo así. Solo un habitante más de uno de esos micromundos con mi pequeño retazo de cielo. Un ser muy poco más importante que una bacteria. Una bacteria suicida. Temeraria. Estúpida. Cierro los ojos y nuevamente me invade la rabia, esa rabia indiscriminada. Veo al desgraciado de la campera gris, acompañando a las ancianas, siento náuseas, creo que voy a vomitar. Me dirijo al baño, con dificultad por mi brazo enyesado, vomito. Vomito un liquido blanco espumoso. Me mareo. Debo apoyarme en las paredes para ponerme de pie. Camino como un borracho hasta mi cama y me desplomo de espaldas. Vuelvo a cerrar los ojos. Mi micromundo gira como en un torbellino. Y yo periodista-prometedor devenido en detective-bacteria. Por propia voluntad. Sin haber sido incitado ni obligado. Yo individuo ignorado del monstruo urbano. Comienzo a llorar y mis lágrimas se despeñan hacia la almohada como una lluvia gruesa sobre un campo reseco.