lunes, 12 de julio de 2010

Un cuento para compartir

Probablemente este también sea un cuento demasiado largo, pero decidí publicarlo de una. Está dedicado a mi hijo mayor, en cuya compañía paseando una mañana de invierno se me ocurrió la idea. Espero que les guste.



Las Murmuradoras. A Gonza con cariño

Sus cuellos son largos y delgados, siempre andan con sus cabelleras al viento. Escuálidas mujeres que miran sobre los techos. Curiosas y a la vez enigmáticas. Figuras asomadas desde lo alto. Escudriñándolo todo, con insaciable avidez, desde sus balcones etéreos.
Yo mirándolas, silencioso, ahora que lo sé. Sentado aquí, en este banco de madera y escuchándolas murmurar. Al fin y al cabo son viejas y las viejas siempre murmuran. No debería sorprenderme de ello. Pero ahora lo sé. Sé sobre que murmuran éstas viejas que miro callado.
De pronto cierro los ojos y siento su voz en mis oídos y el viento sur suave sobre mi rostro, como una caricia. Como esas caricias frías de las manos enguantadas a la salida de la misa, los domingos a la tardecita. Y esa analogía me conduce hacia los senderos polvorientos de la memoria. En ellos me interné como quien camina distraído por veredas conocidas. Por sitios impregnados de cotidianeidad. Con la naturalidad de los visitantes asiduos. Mis pies transitaron aquellos caminos pisando sobre pasos antiguos, olvidados ahí. Polvos hollados antes. Antes de saber lo que hoy se. Y mis pies de nuevo jóvenes volvieron a cruzar casi corriendo hacia la plaza Libertad, luego de bajar velozmente los escalones del atrio de la basílica. Y entre todas las chicas que caminaban del brazo por los veredones rodeados de césped y flores, entre la constelación de luces, la música de la propaladora, los perfumes incitantes, elevadas sobre todo, estaban ellas, vigilantes. Y yo las ignoraba, con la misma naturalidad con que se ignoran los muebles de la casa, los cuadros descoloridos que cuelgan de las paredes, lo que vemos a diario. Con la misma naturalidad con que ignoramos nuestra mortalidad, por evidente que ella sea, comportándonos como deidades y no como organismos perecederos. Pero a pesar de esta conducta, ellas estaban allí, inmiscuidas en cada pequeño acto de nuestra juventud, ellas, oteándolo todo, recordándolo todo. Especie de registros vivientes, donde han sido anotadas nuestras vidas. Monitores. Libros secretos.
Yo, muy niño, las miraba desde el techo de mi casa, quietas o moviéndose apenas con un cierto balanceo no exento de gracia. Y me refiero a ellas en plural, porque son muchas y viven en distintos puntos de la ciudad. Las hay nogoyaénses del norte, del centro, del sur, del este y del oeste. Del barrio San Blas o de las Ranas, de Lourdes o Santa Teresita. Ellas no son de un solo lugar. No es que sean multitud, apiñadas. Son más vale una tropa dispersa, diseminadas en toda la geografía urbana. Ellas están por todas partes en definitiva. Y yo las miro con mis ojos niños tirado sobre las chapas tibias de la mañana. El sol les ilumina sus melenas lateralmente dándoles el aspecto de seres duales compuestos de luz y de sombras. De densidad y de evanescencia.
Si se me pregunta un momento específico, un instante en que empecé a sospechar de ellas, no podría determinarlo. Lo cierto es que poco a poco me fui internando en el proceso que desemboca en la verdad. Mi grado de sospecha fue cada vez mayor. Desde distintos lugares yo las he observado. Durante distintos momentos. Recuerdo aquella oportunidad desde las ventanas de la sala de cirugía del Hospital San Blas, tendido en mi cama miré hacia fuera, buscando escapar del dolor y el aburrimiento. Y de pronto note su presencia, silenciosa, casi solapada. Giré un poco la cabeza y vi las otras. Esas otras que están ahí, donde todos duermen. Ellas no dejan escapar detalle. Para ellas ninguna precaución es excesiva. Eso, lo aprendí con el tiempo. Por eso permanecen allí, donde su presencia podría considerarse inútil. Y las escucho murmurar, ahora tengo esa capacidad. Puedo escucharlas murmurar y entiendo de que murmuran. Viejas, al fin y al cabo no son otra cosa. Peralta sospechaba que fueran eternas. Viejas eternas.
En realidad, para ser estrictamente sincero, estaba convencido de ello. Él afirmaba que ellas ya habitaban estas tierras antes siquiera que la ciudad se creara en forma espontánea. Esto no es un detalle menor, Nogoyá es una ciudad que se formó de la nada, sin nadie que la fundara. Una ciudad que contradice a Pasteur, ya que reivindica la generación espontánea.
Apareció, como aparecen las estrellas sin causa aparente. Creo estar seguro que es la única ciudad de Entre Ríos y una de las pocas de nuestra América Latina que simplemente se auto creó. ¡Si hasta nos inventamos un fundador y una fecha ficticia de fundación! Como esos niños abandonados que se inventan padres y cumpleaños. ¿Pueblo huérfano o hijo bastardo? Siempre recuerdo esas palabras cuando las miro desde el Este, desde el arroyo, desde ese sitio se puede ver en parte su disposición. Peralta afirma que ellas no fueron ajenas a éste fenómeno, el de la autocreación. Debería decir afirmaba, pero en mi recuerdo lo afirma ahora, en presente.
Peralta es cierto tenía algo de loco. Pero ese algo fue posterior a su descubrimiento.
Al descubrimiento casi intuitivo, ¿o quizás habrá sido una revelación? Los elegidos, muchas veces son seres extraños, inesperados. Impensados receptores de algunas verdades. Los elegidos muchas veces caminan por los márgenes de la multitud.
En los años cuarenta cuando él afirma haber tomado cabal conciencia de todo esto, no era fácil contarlo, comunicarlo. Se corría riesgo de ser internado en un hospicio para dementes o a ser excomulgado. No se cual de las dos alternativas era la peor. Así me lo contó él.
Hablar de Darwin era pecado mortal, ni imaginar revelar el secreto de ellas, las murmuradoras.
Además vigilaban. Él sabía que vigilaban, muchas veces truncó por la mitad una frase confidente, al ver un largo cuello o una melena ondulante. Peralta había sido prácticamente condenado a la soledad. Por eso ese rasgo de desequilibrio que de alguna forma caracterizaba su personalidad.
Volviendo al tema central él afirmaba que ellas ya estaban acá antes de que las primeras casas se comenzaran a agrupar en lo que hoy es el límite entre el barrio de las ranas y el de san roque. De alguna forma atrajeron a los primeros habitantes, como quizás antes habrán atraído a los pueblos aborígenes. ¡Quien sabe! Las mujeres tienen esa capacidad de atraernos. Como las Sirenas a los arrecifes.
Ellas además están en una cierta formación. Me refiero a una disposición que no es casual, no es aleatoria. Cada una de ellas está en un punto justo. Ni más acá ni más allá de donde debe estar de acuerdo a un orden que me es desconocido. Por eso le llamo formación, como la de una escuadrilla. Y esto lo descubrí yo. No me lo alcanzó a contar Peralta, si es que él tenía alguna idea al respecto. Sospecho que sí pero nunca me lo comunicó. ¿si ellas estaban antes que el embrión de ciudad empezara a desarrollarse? ¿Quién les indicó ese orden? ¿a qué responde el mismo? ¿Qué patrones han seguido a lo largo del tiempo y como se han mantenido constantes? Si la teoría de Peralta es cierta, nadie más que ellos le pueden haber indicado el orden. En realidad ellas son algo muy distinto a lo que su inocente apariencia nos indica. Ahora lo se. Y debo confesar que temo que ellas se enteren. Y aquí sentado mirándolas y escuchándolas silencioso, tengo un poco de miedo. Ellas son por así decirlo bivalentes. Tienen capacidad de recepción y de transmisión. Inspiran y expiran. Son como ojos orientados hacia el espacio, o como bocas o como oídos. Nos ven, nos degustan, nos oyen. Quizás hasta nos huelen o nos tocan. Como hicieron antes con otros, con los pueblos originarios, con los españoles, con los patriotas, con los federales, con los unitarios, con el ejército grande, con las milicias de López Jordán, con las fuerzas represoras de Sarmiento, con los radicales de Irigoyen, con los peronistas de Evita y el general. Con todos en fin y ahora con nosotros. Ahora mismo me estoy dando cuenta que su disposición espacial es por así decirlo, un figura. Un signo. Quizás un código. Un código que ellos utilizarán para volver.
Una criptoescritura cuyas letras son ellas, antenas vivientes. Sirenas. Obeliscos vivos. Volver, si es que realmente se han ido, sino están escondidos tras la luna o en el cono de sombras de Marte esperando. Como esperan los científicos el proceso de sus experimentos. Pacientes. Esperando y recibiendo la información que ellas les envían. ¡Que continuamente les han estado enviando a lo largo de siglos!
Sabemos que hay una especie de logia que las protege. Nunca ninguna de ellas cayó por mano del hombre. Logia integrada por iniciados, por depositarios concientes o inconscientes de la responsabilidad de protegerlas. Si, como lo descubrió Peralta y como yo lo se ahora. Él incluso investigó los sucesivos propietarios de los predios donde ellas habitan. Descubrió muchas cosas. Cuando lo mató la policía caminaba con un hacha por la calle San Martín y en su casa encontraron varias docenas de ellas. Quizás actuó la Logia. Quizás actuaron ellos directamente.
Vuelvo a cerrar los ojos, y las escucho murmurar. Una tras otras, como una cadena de marineros.
Ahora murmuran, las palmeras de Nogoyá. Esas viejas maléficas que nos vigilan e informan todo sobre nuestras vidas, como si llevaran un libro de registro. Un libro diario. Esas malditas espías que me miran desde lo alto de sus largos cuellos, mujeres escuálidas, que comprendo, por fin me han descubierto. Pienso en correr. Pero desisto. ¿Donde podría ir si ellas todo lo ven? En este banco de madera me quedo quieto esperando.
Pronto ellos lo sabrán y adoptarán un correctivo.