martes, 31 de enero de 2012

El Hilo. Cuento. Cuarta Parte

El Hilo. Cuento. Cuarta Parte



Cuando despierto estoy en una oscura pieza y escucho el ruido del cuchillo contra la madera. Me levanté bebí agua fresca de un barril y salí a la calle sin despedirme.  Dos horas después estaba con el reclutador del regimiento de dragones, en una semana saldría con el ayudante mayor Tomás de Rocamora  hacia el Gualeguay en una misión pacificadora de esos parajes salvajes.  En esos días conocí  a Azorín un portugués, el padre de la muñeca de porcelana que conversaba con Omar. Luego lo vi muchas veces ya en el recién bautizado Entre Ríos, durante muchos años él vendió armas y comerció cueros. Azorín además vendía productos de  ultramar, escasos en las décadas que vinieron después, las sangrientas. Años luego por él tuve noticias de mi conocido Pérez de Roldán que al parecer vivía cerca del Luján con su lavandera. Los ríos de este país son como mares marrones  que se internan entre frondas y pastizales. Todo es inmenso en el país de la plata. El nicaragüense Rocamora nos desembarcó en lo que luego sería la Villa de Gualeguaychú y de ahí seguimos por tierra entre montes y cortaderas, cruzando bañados en los que algunos creían aún ver la sangre de los chanás y charrúas exterminados en el cerro de la matanza por Vera Mújica 35 años antes. Es que dicen que ésa sangre no se coagula y sigue manchando las lagunas y los arroyos, es como si la tierra la exudara como si fuera la suya propia.
En las noches de luna  se mueven sombras  entre los troncos flexuosos de los ñandubays y los algarrobos, se escuchan murmullos y quejidos lastimosos y las aguas de los charcos se tiñen con el rojo del exterminio. Rocamora en su expedición de orden sumó más espada y arcabuz, terminando con el pillaje y la depredación. Nosotros fuimos el orden. Nosotros fuimos el virrey. Nosotros  fuimos la muerte.
Fundamos cabildos, fundamos villas, censamos la población, tachamos de la nómina a los que degollamos por forajidos. Y nuevos murmullos romperán el silencio de los montes y nueva sangre teñirá las lagunas. Y sabemos que no será la última, esta tierra que suda  fantasmas nos atrae  y enamora. El aroma dulce de sus noches nos seduce haciéndonos olvidar el horror y las masacres. Mundo de misterios que nos envuelve y atrapa. Y poco a poco vamos perdiendo nuestra extranjería y este país verde nos incorpora, como una esfera.

martes, 24 de enero de 2012

El Hilo. Tercera Parte.

El Hilo. Cuento. Tercera Parte



 Millones de marcos de arena me cubren y me aplastan. Me sepultan. Y yo pesando una onza me transformo en bigovino en un raro bigovino de los oasis. Me alimento únicamente de dátiles, quizás a eso debo el dulzor de mi canto. Vuelo, vuelo, vuelo soy un ave mágica como supo contarme Omar, el propio Almanzor mandó a buscar hermanos míos al desierto, donde patrullas de beréberes nos buscaron, para apresarnos en jaulas de oro. Ninguna tristeza resiste el escuchar nuestro canto de bigovinos de Sahara o de los oasis o datileros como nos conocen algunos.  Almanzor nos utilizó para curar de la tristeza a una niña en el palacio de Madinat al-Zahra. Y así se ganó la confianza de su padre  Hisham II  quien lo nombró comandante en jefe de sus ejércitos y ministro todopoderoso del  gobierno de Al Andaluz. Quedamos pocos volando por aquí ahora. Nos atrapan también por la rareza de nuestras plumas caudales, que además de bellas y multicolores como las de ninguno de nuestros congéneres de Andalucía ni de Escandinavia, los beréberes le atribuyen propiedades sobre la virilidad. Los  señores de las taifas, nos mandaron a cazar a mansalva para satisfacer a sus refinadas princesas en sus vestimentas  adornadas por nuestros  colores vivos y en sus lechos por sus virilidades tonificadas.  Yo, vuelo, vuelo, por océanos de médanos, me detengo en las palmeras meciéndome en sus hojas péndulas y canto. Canto como un serafín, como decía Omar los ángeles le cantan al profeta. Veo jaulas de oro que aprisionan mis hermanos y me doy cuenta que estoy solo, que soy el único libre.  Y como un halcón de cetrería me arrojo hacia los cerrojos como aquellos se arrojan hacia el guante de su amo.  Y mientras vuelo canto con el más hermoso de mis cantos. Y embeleso a los guardianes con mi verba canora y con mis dedos naranjas abro los cerrojos de las jaulas y libero a mis hermanos. Los veo volar en todas direcciones silenciosos. Surcar el celeste del cielo con la estela azul de sus vuelos, que dibujan rayos y flores de lis. Círculos y arcos. Somos libres de cantar. No en jaulas de oro en Taifas o palacios sino llevados por el viento.  Miro, miro mis hermanos libres alejarse y me dispongo a seguirlos, por las huellas etéreas que van dejando como rastros de luz, como arroyuelos de viento. Y quiero volar y me detengo a pensar en los champiules, que no conozco, pienso en sus frutos carnosos y húmedos. Frutos que contienen los manantiales y los pozos. Frutos de los que se puede beber, como pequeñas esferas líquidas. Y pienso en los champiules que no conozco y lo veo a Omar, seguramente escondido para oírnos cantar la más bella de las melodías. 
Y me veo rodeado de estatuillas a medio tallar. El agua moja mis plumas y ya no puedo elevarme y la cara de Omar y del cura tallador, ahora me atrapan, veo alejarse la cara de porcelana sobre mi jaula. Y me duermo

sábado, 21 de enero de 2012

El Hilo. Cuento. Segunda parte.

El Hilo (Segunda parte)



Los bigovinos nórdicos que no conocen los champiules tienen un plumaje uniforme y son enteramente azules. De un azul profundo, que brilla con la luz dando reflejos tornasolados, pero carecen por completo de las plumas verdosas en sus alas.  Sus ojos parecen mirar con  melancolía y siempre está una lágrima a punto de caer de ellos y rodar por su pico, pues bajan la cabeza y se miran las patitas naranjas. El bigovino por regla es más pequeño que una gallina y más grande que un colibrí. Por lo menos todos los que yo he conocido, que en su mayoría son de Andalucía, pues el único hombre que prefería los nórdicos era mi tío, quizás porque era poeta. A los poetas les gusta la melancolía, en cambio a Juan al parecer lo que le gustaba era la lavandera pues sin que yo me diera cuenta y sin despedirse se alejaba con ella calle abajo. Volví quedar solo, en medio de aquella ciudad chata y extraña. Me entretuve un buen rato mirando los bigovinos silenciosos saltando de un lugar a otro. Luego seguí mi camino. A las pocas cuadras me encontré con  un religioso que tallaba leños con su cuchillo. Sus trabajos eran extremadamente toscos, me detuve casi inconscientemente a mirarlo sorprendido por la enorme cantidad de estatuillas que rodeaban el banco de madera en que se encontraba sentado. Le pregunté que estaba haciendo, mirándome silencioso al principio luego comenzó a hablar con palabras lentas, casi silabeadas que salían de su boca en un parto difícil. Así me contó que quería realizar una talla de la virgen del carmen, pero que él no sabía tallar por eso insistía una y otra vez para mejorar su técnica. Miré el ejército de estatuillas desparramadas por el piso y noté que algunas solo parecían astillas mientras que otras ya tenían alguna forma lejanamente humana. Lo dejé al tal Quiroga y Taboada que así dijo llamarse y continué en la búsqueda de mi destino. Mi nombre es Hilarión Azcurragaray, aún no me he presentado, pero nadie me conoce ni nunca me han conocido por ese nombre, todos me llaman el Hilo, así a secas, mi padre era nacido en una pequeña aldea junto al mar cantábrico pero de muy joven recaló en León, pero siempre añoró el mar. Cuando quedé huérfano a causa de una extraña tos que afectó a mis padres, los busqué en el mar. Y éste me trajo aquí, a esta tierra de los buenos aires, a esta tierra de la plata, donde el sol y el viento frío de Julio me despertaron entre risas y barro.  Donde al principio creí que labraría mi futuro como el monje aquel labraba la madera, con una perseverancia rayana con la locura. Pero pronto me di cuenta que este era solo un puerto, una escala hacia mi verdadero destino. Un destino sombreado de algarrobos y aguaribays, perfumado de arroyos y de trébol.
De sangre y desencuentros.  De santidad e infierno.  Un destino alejado de la capital virreynal, del poder del puerto. Ese poder arribado. Poder que baja por los muelles de este mar dulce y que se derrama en menos de quinientas manzanas de la ciudad de Pedro de Mendoza y Juan de Garay. Pero en ese momento yo creía encontrarme en mi lugar. Caminando distraído me encontré nuevamente en la callejuela de los Bigovinos y vi a Omar sentado junto a una mujer joven. Ataviada con un vestido celeste pálido con cuello y puños blancos.  Extenuado por mi caminata matinal me detuve junto a ellos, sin pensar siquiera en la oportunidad de mi presencia. Ellos al principio no parecieron verme y continuaron conversando casi en susurros. Súbitamente mareado observaba el contraste de la piel blanca como de porcelana de la muchacha y la tez oscura de mi amigo que susurraba cosas en su oído. Poco a poco aquellas figuras fueron transformándose como en sueños. La tierra americana comenzó a ceder bajo el peso de mis pies, como una arena movediza. Médanos. Médanos como los de los cuentos del norte de África. Cuentos del Sahara,  y yo enterrándome lentamente en aquellas profundidades, en miles de millones de granos dorados que me devoran, que me rodean

martes, 17 de enero de 2012

El Hilo. Cuento para ustedes

"El Hilo" es un cuento fantástico, inspirado en la tambien fantástica fundación de la ciudad de Nogoyá por un cura gaucho. Lo publicaré en dos veces, por su extensión o en tres ya veré. Abrazo para todos y espero que les guste y si no les gusta mil disculpas.

El Hilo. Cuento histórico fantástico. (Primera parte)


El Hilo.

Siento el sol sobre mis ojos, casi no puedo ver. Saco mi mano del bolsillo de mi chaqueta y me apantallo. Así puedo observar a los que se ríen, son los tres marineros esos de los corrillos en el castillo de popa. Los que le robaron la lámpara al capitán Ibáñez, para luego molernos a palos a los demás buscándola. Solo para divertirse. Ahora los veo reírse estruendosamente, sacudiéndose en forma espasmódica y señalando algo en la orilla. La goleta bandea suavemente sobre este mar dulce y enorme que se pierde en el horizonte. Aún dormido y helado a pesar del sol brillante, comienzo a pararme. El aire es transparente bajo el cielo celeste de este Julio austral. Un viento fino corta el rostro soplando desde el sur suavemente. Me prendo la chaqueta  sin la protección de la borda me cala hasta los huesos. Los tres hombres me dan ahora la espalda pero continúan riéndose y hablando por lo bajo.  El viento cede un instante y el olor a orines sube desde la sentina como una marea de amoníaco espesa.  Miro la costa baja y llena de camalotes y junquillos y al costado del muelle creo ver poniéndose de pie ayudado por una mujer a Juan el otro muchacho que viajaba en la goleta, Juan Pérez de Roldán, miro un tablón  y un barril e imagino como lo han arrojado, con esa catapulta improvisada. Ellos siguen riendo. Ahora Juan y la mujer, que parece ser joven, están hablando con un religioso que camina por la costa y que parece hacerles gestos admonitorios. No puedo escuchar lo que dice, pero el viento que otra vez sopla suave desde el sur, me trae como el eco de las palabras. Como leves aplausos sobre el agua. Sonidos que me llegan a través de las carcajadas paroxísticas de los tres que murmuran caminando hacia la popa y que de vez en cuando lo miran a Juan que ahora se está limpiando ayudado por la mujer mientras el  monje se aleja a paso sostenido en dirección del Fuerte.  Decido bajar a la villa junto con Omar un negro morisco, marinero rudo, pero hombre bueno.  Subimos a la chalupa y remo los pocos metros que nos separan de la playa lodosa junto a la estructura de palo a pique del embarcadero. Bajamos encallando la endeble embarcación en la costa.  Caminamos por esa tierra polvorienta de la que llaman Santa María de los Buenos Aires, que por cierto son buenos, que llenan los pulmones y destapan la nariz. Capital Virreinal desde hace cinco años. Próspera por la ley de libre comercio de 1778, nido de contrabandistas portugueses y británicos. Hogar de comerciantes que trabajan mancomunadamente con los anteriores en post del bienestar personal. Tierra que sueño sea el ingreso a mi prosperidad. Tierra que miro asombrado. De ella quiero aprender el arte de aumentar mi hacienda. Aunque en mi caso sería más apropiado decir la forma de tener alguna moneda en mis bolsillos hambrientos. Tanto tiempo navegando me hace sentir inseguro en la tierra firme. Camino por la recova cuando veo el pliego pegado en la pared un exhorto del Virrey Don Juan José Vértiz  y Salcedo pidiendo hombres para el regimiento de dragones. Leí con dificultad lo que allí estaba escrito, nadie me puede ayudar Omar es analfabeto y los dos o tres vendedores que se encontraban esa mañana también.  Si puedo enrolarme en el regimiento lo agradecerá mi estomago y mi tesoro exhausto, por escaso y por carecer de ingresos. Compré unas empanadas a una negra gorda con las últimas monedas. Omar se despidió de mí y se perdió por una callejuela estrecha. Doblando una esquina me encontré casi de frente con Juan Pérez de Roldan, mi compañero de viaje, el catapultado, me contó que lo habían arrojado a tierra firme con una catapulta improvisada con  un madero y un barril, pero cayó en la cesta de una lavandera. Se reía de esta casualidad. Para mí, Juan siempre fue un tanto tonto. En el momento que lo encontré miraba una jaula grande en la que saltaban dos o tres bigovinos de Andalucía. Reconozco los bigovinos de Andalucía por las plumas verdosas del extremo de sus alas, el bigovino nórdico es de plumaje uniforme y carece de esta característica distintiva. Por supuesto en caso de escuchar su canto es muy fácil distinguir uno de otro.
Mientras el bigovino de Andalucía tiene un canto alegre, compuesto de dos o tres trinos diferentes. Como especie de estrofas canoras, lo que hace que su canto sea alegre hermoso variado, el nórdico solo emite un susurro lastimoso que recuerda el de las pequeñas palomitas tórtolas. Pero a diferencia de estas los bigovinos, que de por sí son pájaros sumamente ariscos, solo cantan al amanecer  y en el ocaso, pero en general cuando ya el sol se ha escondido o antes de que se eleve. Omar que tiene algo de moro y andaluz en su sangre negra, me contaba que en su infancia se escondía para tratar de ver  a los bigovinos, éstos son amantes del fruto carnoso de un árbol muy raro llamado champiul, por lo tanto escondido cerca de éstos él los esperaba. Omar por supuesto se refiere exclusivamente a los bigovinos de Andalucía donde él creció, pues en los países bajos o escandinavia no crecen los champiules que son propios de climas cálidos. Omar piensa que al fruto de los champiules debe el bigovino de Andalucía la belleza de su plumaje y la riqueza de su canto. Yo a los bigovinos nórdicos solo los he visto en cautiverio, un tío mío tenía dos o tres en su casa de los pirineos y cuando venía a visitarnos a Astorga los traía en una jaula, pues decía que son pájaros muy melancólicos y que suelen morir de tristeza