martes, 17 de enero de 2012

El Hilo. Cuento para ustedes

"El Hilo" es un cuento fantástico, inspirado en la tambien fantástica fundación de la ciudad de Nogoyá por un cura gaucho. Lo publicaré en dos veces, por su extensión o en tres ya veré. Abrazo para todos y espero que les guste y si no les gusta mil disculpas.

El Hilo. Cuento histórico fantástico. (Primera parte)


El Hilo.

Siento el sol sobre mis ojos, casi no puedo ver. Saco mi mano del bolsillo de mi chaqueta y me apantallo. Así puedo observar a los que se ríen, son los tres marineros esos de los corrillos en el castillo de popa. Los que le robaron la lámpara al capitán Ibáñez, para luego molernos a palos a los demás buscándola. Solo para divertirse. Ahora los veo reírse estruendosamente, sacudiéndose en forma espasmódica y señalando algo en la orilla. La goleta bandea suavemente sobre este mar dulce y enorme que se pierde en el horizonte. Aún dormido y helado a pesar del sol brillante, comienzo a pararme. El aire es transparente bajo el cielo celeste de este Julio austral. Un viento fino corta el rostro soplando desde el sur suavemente. Me prendo la chaqueta  sin la protección de la borda me cala hasta los huesos. Los tres hombres me dan ahora la espalda pero continúan riéndose y hablando por lo bajo.  El viento cede un instante y el olor a orines sube desde la sentina como una marea de amoníaco espesa.  Miro la costa baja y llena de camalotes y junquillos y al costado del muelle creo ver poniéndose de pie ayudado por una mujer a Juan el otro muchacho que viajaba en la goleta, Juan Pérez de Roldán, miro un tablón  y un barril e imagino como lo han arrojado, con esa catapulta improvisada. Ellos siguen riendo. Ahora Juan y la mujer, que parece ser joven, están hablando con un religioso que camina por la costa y que parece hacerles gestos admonitorios. No puedo escuchar lo que dice, pero el viento que otra vez sopla suave desde el sur, me trae como el eco de las palabras. Como leves aplausos sobre el agua. Sonidos que me llegan a través de las carcajadas paroxísticas de los tres que murmuran caminando hacia la popa y que de vez en cuando lo miran a Juan que ahora se está limpiando ayudado por la mujer mientras el  monje se aleja a paso sostenido en dirección del Fuerte.  Decido bajar a la villa junto con Omar un negro morisco, marinero rudo, pero hombre bueno.  Subimos a la chalupa y remo los pocos metros que nos separan de la playa lodosa junto a la estructura de palo a pique del embarcadero. Bajamos encallando la endeble embarcación en la costa.  Caminamos por esa tierra polvorienta de la que llaman Santa María de los Buenos Aires, que por cierto son buenos, que llenan los pulmones y destapan la nariz. Capital Virreinal desde hace cinco años. Próspera por la ley de libre comercio de 1778, nido de contrabandistas portugueses y británicos. Hogar de comerciantes que trabajan mancomunadamente con los anteriores en post del bienestar personal. Tierra que sueño sea el ingreso a mi prosperidad. Tierra que miro asombrado. De ella quiero aprender el arte de aumentar mi hacienda. Aunque en mi caso sería más apropiado decir la forma de tener alguna moneda en mis bolsillos hambrientos. Tanto tiempo navegando me hace sentir inseguro en la tierra firme. Camino por la recova cuando veo el pliego pegado en la pared un exhorto del Virrey Don Juan José Vértiz  y Salcedo pidiendo hombres para el regimiento de dragones. Leí con dificultad lo que allí estaba escrito, nadie me puede ayudar Omar es analfabeto y los dos o tres vendedores que se encontraban esa mañana también.  Si puedo enrolarme en el regimiento lo agradecerá mi estomago y mi tesoro exhausto, por escaso y por carecer de ingresos. Compré unas empanadas a una negra gorda con las últimas monedas. Omar se despidió de mí y se perdió por una callejuela estrecha. Doblando una esquina me encontré casi de frente con Juan Pérez de Roldan, mi compañero de viaje, el catapultado, me contó que lo habían arrojado a tierra firme con una catapulta improvisada con  un madero y un barril, pero cayó en la cesta de una lavandera. Se reía de esta casualidad. Para mí, Juan siempre fue un tanto tonto. En el momento que lo encontré miraba una jaula grande en la que saltaban dos o tres bigovinos de Andalucía. Reconozco los bigovinos de Andalucía por las plumas verdosas del extremo de sus alas, el bigovino nórdico es de plumaje uniforme y carece de esta característica distintiva. Por supuesto en caso de escuchar su canto es muy fácil distinguir uno de otro.
Mientras el bigovino de Andalucía tiene un canto alegre, compuesto de dos o tres trinos diferentes. Como especie de estrofas canoras, lo que hace que su canto sea alegre hermoso variado, el nórdico solo emite un susurro lastimoso que recuerda el de las pequeñas palomitas tórtolas. Pero a diferencia de estas los bigovinos, que de por sí son pájaros sumamente ariscos, solo cantan al amanecer  y en el ocaso, pero en general cuando ya el sol se ha escondido o antes de que se eleve. Omar que tiene algo de moro y andaluz en su sangre negra, me contaba que en su infancia se escondía para tratar de ver  a los bigovinos, éstos son amantes del fruto carnoso de un árbol muy raro llamado champiul, por lo tanto escondido cerca de éstos él los esperaba. Omar por supuesto se refiere exclusivamente a los bigovinos de Andalucía donde él creció, pues en los países bajos o escandinavia no crecen los champiules que son propios de climas cálidos. Omar piensa que al fruto de los champiules debe el bigovino de Andalucía la belleza de su plumaje y la riqueza de su canto. Yo a los bigovinos nórdicos solo los he visto en cautiverio, un tío mío tenía dos o tres en su casa de los pirineos y cuando venía a visitarnos a Astorga los traía en una jaula, pues decía que son pájaros muy melancólicos y que suelen morir de tristeza

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