martes, 24 de enero de 2012

El Hilo. Tercera Parte.

El Hilo. Cuento. Tercera Parte



 Millones de marcos de arena me cubren y me aplastan. Me sepultan. Y yo pesando una onza me transformo en bigovino en un raro bigovino de los oasis. Me alimento únicamente de dátiles, quizás a eso debo el dulzor de mi canto. Vuelo, vuelo, vuelo soy un ave mágica como supo contarme Omar, el propio Almanzor mandó a buscar hermanos míos al desierto, donde patrullas de beréberes nos buscaron, para apresarnos en jaulas de oro. Ninguna tristeza resiste el escuchar nuestro canto de bigovinos de Sahara o de los oasis o datileros como nos conocen algunos.  Almanzor nos utilizó para curar de la tristeza a una niña en el palacio de Madinat al-Zahra. Y así se ganó la confianza de su padre  Hisham II  quien lo nombró comandante en jefe de sus ejércitos y ministro todopoderoso del  gobierno de Al Andaluz. Quedamos pocos volando por aquí ahora. Nos atrapan también por la rareza de nuestras plumas caudales, que además de bellas y multicolores como las de ninguno de nuestros congéneres de Andalucía ni de Escandinavia, los beréberes le atribuyen propiedades sobre la virilidad. Los  señores de las taifas, nos mandaron a cazar a mansalva para satisfacer a sus refinadas princesas en sus vestimentas  adornadas por nuestros  colores vivos y en sus lechos por sus virilidades tonificadas.  Yo, vuelo, vuelo, por océanos de médanos, me detengo en las palmeras meciéndome en sus hojas péndulas y canto. Canto como un serafín, como decía Omar los ángeles le cantan al profeta. Veo jaulas de oro que aprisionan mis hermanos y me doy cuenta que estoy solo, que soy el único libre.  Y como un halcón de cetrería me arrojo hacia los cerrojos como aquellos se arrojan hacia el guante de su amo.  Y mientras vuelo canto con el más hermoso de mis cantos. Y embeleso a los guardianes con mi verba canora y con mis dedos naranjas abro los cerrojos de las jaulas y libero a mis hermanos. Los veo volar en todas direcciones silenciosos. Surcar el celeste del cielo con la estela azul de sus vuelos, que dibujan rayos y flores de lis. Círculos y arcos. Somos libres de cantar. No en jaulas de oro en Taifas o palacios sino llevados por el viento.  Miro, miro mis hermanos libres alejarse y me dispongo a seguirlos, por las huellas etéreas que van dejando como rastros de luz, como arroyuelos de viento. Y quiero volar y me detengo a pensar en los champiules, que no conozco, pienso en sus frutos carnosos y húmedos. Frutos que contienen los manantiales y los pozos. Frutos de los que se puede beber, como pequeñas esferas líquidas. Y pienso en los champiules que no conozco y lo veo a Omar, seguramente escondido para oírnos cantar la más bella de las melodías. 
Y me veo rodeado de estatuillas a medio tallar. El agua moja mis plumas y ya no puedo elevarme y la cara de Omar y del cura tallador, ahora me atrapan, veo alejarse la cara de porcelana sobre mi jaula. Y me duermo

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