sábado, 25 de febrero de 2012

¿Hasta cuándo tantas muertes?

La vida humana es el valor supremo. Sin ella todos los demás son superfluos. Sin embargo el interés por el lucro es mucho más valorado en la República Argentina. Citando a Mafalda "nadie amasa fortuna sin hacer harina a los demás". La tragedia ferroviaria que ocurrió el 22 de Febrero en la Estación de Once en la Capital Federal es un claro ejemplo de ello. ¿Hasta cuándo? Las autoridades competentes, los responsables de los controles, los empresarios desde luego, deben responder por estas 51 muertes y por estos 740 heridos. Deben además responder por las condiciones imfrahumanas en que viaja nuestra gente: trabajadores, estudiantes, gente común. Gente de a pie, como dice el gaucho, que debe tomar el tren para ir a trabajar, a estudiar o a realizar un trámite. ¡Basta de declamar, basta de derivar responsabilidades en los otros! ¿Este es el país que tendría el TREN BALA? ¿Los vagones de dos pisos con aire acondicionado? ¡Basta de mentiras! Las formaciones son de los años sesenta. ¡Más de cincuenta años! ¡Por favor! Es hora de invertir en infraestructura ferroviaria, vial, portuaria, energética. Dejémosle a nuestros hijos un país con una posibilidad de desarrollo sustentable.  Valoremos la vida. No esperemos un nuevo desastre.

martes, 7 de febrero de 2012

El Hilo. Cuento. Última Entrada

El Hilo. Cuento. Última Entrada.


Fue una tarde en un arbolito achaparrado de 3 o 4 metros de altura, de hojas como pequeñas peinetas verde grisáceo, que florece con unos pequeños capullos amarillos y que aquí llaman espinillos o aromos donde me pareció ver al bigovino. Un bigovino igual a los que en aquella lejana mañana de Buenos Aire liberé inconscientemente. Me acerqué sigiloso pero cuando lo hice el pájaro había desaparecido. Varias veces con las primeras luces del alba me pareció escuchar a lo lejos en la foresta espinosa y tupida el gorjeo  alegre. Quizás aquí perdidos entre tanta selva crezcan algunos champiules de fruto carnoso.  Cuando encierro yeguarizos o vacunos cimarrones en largas jornadas de marcha, trato de reconocer entre aromos y algarrobos, talas y aguaribays, timbúes y sauces algún champiul. Lo más parecido es el tala que fructifica con un pequeña baya amarilla y dulce. Creo que los bigovinos me siguieron en mi viaje río arriba y como yo se aquerenciaron.
Desde que el Marques de Loreto le quitó poder a Rocamora, quizás por celos o desconfianza. Quizás solo por la fidelidad de éste al virrey Vértiz y Salcedo. Muchos nos fuimos transformando en paisanos. Yo acompañe una mañana a Azorín al norte del Gualeguay a  un paraje conocido como Nogoyá que pertenece a la jurisdicción del Cabildo de Santa Fe, no se que lo llevaba realmente por esos lugares. Pero yo me quedé para siempre y para mi sorpresa me reencontré un par de  veces con Quiroga y Taboada el cura tallador, quien de vez en cuando subía desde Gualeguay. El recuerdo que más indeleble  permanece en mi memoria es el de una tarde cuando recién había yo llegado a aquel paraje de bandidos escuché el canto inconfundible de un bigovino. Fue entonces que montando mi tordillo nuevo, me lancé al monte raudamente para tratar de encontrarlo. Anduve un buen rato siguiendo el rastro sonoro del ave. Pero en lugar de encontrarla, lo encontré al cura tallador bajo un aguaribay con una pequeño hacha de mano y un cuchillo tallando su obsesión. Esta vez con éxito relativo. Es la imagen que entronizó luego en la capilla. Pero yo vi con mis ojos como a cada golpe de cuchillo , aparecía parte un rostro como si se tratara de una forma preexistente en el corazón de la madera aquella, madera agonizante recién talada. Así como la virgen de Lujan no quiso  seguir viajando en aquel carretón,  la virgen del Carmen apareció en la madera de aquel árbol  a pesar de la torpeza del cura. Emergió, como emerge un sueño. Como las formas del amanecer nacen de la oscuridad de la noche. Y donde todo era negrura se enseñorean los colores de las cosas. Nunca más vi ningún bigovino y me han dicho que en Andalucía ya casi no hay.  Esta mañana el sol me ha dado en los ojos, ojos mucho más viejos y en lugar de risas me rodearon recuerdos, que como las sombras de los chanás y los charrúas acechan por todos lados, negándose a desaparecer como aquella sangre que pisaron nuestro caballos.