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Mostrando las entradas etiquetadas como "Veinte Cuentos Prescindibles" 2009

Un cuento para ustedes:La Morsa Segunda Parte

La Morsa (2º Parte) - Te escucho, si tenés ganas de contarme, te escucho. No te lo tomés así.   Simplemente no tenía idea   de que la cosa era tan grave.-contestó mientras miraba al mozo que había dejado nuevamente la bandeja en la barra y se había dirigido a atender otra mesa. - Me sentí tan mal, como te contaba, que después de despedirme de mi hermana que se volvía a Concepción del Uruguay, me fui al cementerio. Aunque no lo creas, al cementerio, me fui al panteoncito donde están los viejos. Y no sabés lo que me pasó. Mirá por eso me vine acá y no me volví a Paraná.- dijo mientras se ponía de pie para dirigirse al baño. Lo miré bambolearse entre las mesas, como un gigantesco muñeco de gelatina vestido con vaqueros y   camisa cuadriculada.   Miré a Bermúdez, que me respondió a su vez haciendo un gesto de sorpresa arqueando las cejas y abriendo sus párpados en forma   exagerada. -Ni enterado, que éste tenía tantos dramas sino no lo traigo para acá- me dijo- ...

Un cuento para ustedes

  El Nogoyacero Yo le cuento las cosas como sucedieron y usted me va a entender. No invento nada. A Ruiz lo encontré en un partido de   pelota, en el frontón del negro Fontana, cerca de Médanos. Ruiz ya no jugaba, tenía el hombro derecho muy afectado. Pero le gustaba apostar y tomarse unas copas en la cantina. Cuando joven cuentan que era pendenciero, pero cuando yo lo conocí ya era un viejo de apariencia mansa. Quizás   por lo del hombro, quien sabe.   No demasiado alto. No estoy diciendo que fuera petiso, pero no era muy alto. Eso sí robusto. Vestía unas bombachas oscuras, botas de media caña , una campera verde militar de tela de avión y lucía una boina negra, media descolorida por el tiempo.   Cuando Ayerza me   lo señaló en forma disimulada, estaba parado de espaldas al mostrador con los brazos cruzados sobre el pecho. Mirando hacia   afuera. Sus ojos no se detenían en ningún punto en particular, saltaban de un sitio a otro. Una quietud solo ...

Un cuento para ustedes.

Ludmila Las gruesas gotas de lluvia caían sobre los coches estacionados adelante del pabellón internacional. Cuando Tito terminó de estacionar el Peugeot miró a través del parabrisas, ligeramente empañado, la silueta del edificio deformada por los torrentes de agua, que actuaban como lentes. Maldijo el no traer paraguas ni impermeable. Tomó La Nación que estaba tirada en el asiento trasero y la usó a modo de paraguas mientras corría sobre el hormigón mojado. Al llegar bajo el alto techo del andén donde estacionan los taxis, casi resbala sobre los mosaicos rojizos. Se detuvo un momento para tomar aliento. Miró hacia ambos lados del pasillo semicircular, los viajeros arrastraban valijones y tenían ese aire de desorientación encubierta que tienen los recién desembarcados. Tito pensó, que aún tenía unos minutos para acercarse al sector de arribos y se quedó bajo el anden mirando llover. En forma automática se llevó la mano al bolsillo interno de su campera y extrajo un atado ...

Un cuento para compartir.

El viejo Estacionó la camioneta detrás de un Duna blanco. Rogó que luego arrancara pues esa mañana había tenido que empujarla. Con el tránsito de esa hora sería muy engorroso hacerlo en ese lugar. Tomó la carpeta con los bosquejos que estaba un poco sucia con grafito. Trató de limpiarla pero fue inútil, tomó un trapo que tenía junto al parabrisas y lo volvió a intentar, el resultado fue desastroso ahora al grafito se le agregaba un trazo de grasa como hecho con un pincel ancho. Maldijo en voz baja, abrió la carpeta sobre el asiento de cuerina negra y extrajo los bosquejos. Arrojó la carpeta impresentable al piso del vehículo del lado del acompañante. Arrolló los papeles formando un cilindro y cerró la puerta, la cerradura hace meses que no funcionaba, pero llamarlo al cerrajero significaría mucha plata, que no estaba dispuesto a regalar. Últimamente los cerrajeros cobraban muy caro y los pocos que había en la ciudad estaban de acuerdo en sus tarifas astronómicas. Una especie de oli...

Un cuento para ustedes

Una carta absurda. Estimado profesor Corbalan: He meditado mucho sobre su teoría. Creo que si se demostrase verdadera, aún hoy tendría consecuencias mucho más importantes y cercanas que las que usted expuso en nuestra reciente charla. Sus sesudos estudios me han dejado en un estado de permanente turbulencia del espíritu. Lo que para muchos es algo casi indiferente, lo considero crucial, con inimaginables consecuencias para la humanidad. Mirando desde el balcón los transeúntes, me es difícil creer que caminen tan campantes por las aceras o conduzcan sus automóviles con total naturalidad ante la verdad que se cierne sobre sus existencias. Como una espada de Damocles he imaginado. Y he sonreído, con esa sonrisa entre paternal y cínica que tenemos los poseedores de esa revelación que escuché de sus labios. Respetuosamente profesor, me animo o mejor dicho me atrevo a afirmar(porque expresar lo que voy a expresar ante una eminencia gris como ust...