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Mostrando las entradas etiquetadas como "Veinte Cuentos Prescindibles" -Búsqueda Insensata.

El Hilo. Cuento. Última Entrada

El Hilo. Cuento. Última Entrada. Fue una tarde en un arbolito achaparrado de 3 o 4 metros de altura, de hojas como pequeñas peinetas verde grisáceo, que florece con unos pequeños capullos amarillos y que aquí llaman espinillos o aromos donde me pareció ver al bigovino. Un bigovino igual a los que en aquella lejana mañana de Buenos Aire liberé inconscientemente. Me acerqué sigiloso pero cuando lo hice el pájaro había desaparecido. Varias veces con las primeras luces del alba me pareció escuchar a lo lejos en la foresta espinosa y tupida el gorjeo   alegre. Quizás aquí perdidos entre tanta selva crezcan algunos champiules de fruto carnoso.   Cuando encierro yeguarizos o vacunos cimarrones en largas jornadas de marcha, trato de reconocer entre aromos y algarrobos, talas y aguaribays, timbúes y sauces algún champiul. Lo más parecido es el tala que fructifica con un pequeña baya amarilla y dulce. Creo que los bigovinos me siguieron en mi viaje río arriba y como yo se aquerenci...

El Hilo. Cuento. Cuarta Parte

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El Hilo. Cuento. Cuarta Parte Cuando despierto estoy en una oscura pieza y escucho el ruido del cuchillo contra la madera. Me levanté bebí agua fresca de un barril y salí a la calle sin despedirme.   Dos horas después estaba con el reclutador del regimiento de dragones, en una semana saldría con el ayudante mayor Tomás de Rocamora   hacia el Gualeguay en una misión pacificadora de esos parajes salvajes.   En esos días conocí   a Azorín un portugués, el padre de la muñeca de porcelana que conversaba con Omar. Luego lo vi muchas veces ya en el recién bautizado Entre Ríos, durante muchos años él vendió armas y comerció cueros. Azorín además vendía productos de   ultramar, escasos en las décadas que vinieron después, las sangrientas. Años luego por él tuve noticias de mi conocido Pérez de Roldán que al parecer vivía cerca del Luján con su lavandera. Los ríos de este país son como mares marrones   que se internan entre frondas y pastizales. Todo es inmenso...

El Hilo. Tercera Parte.

El Hilo. Cuento. Tercera Parte   Millones de marcos de arena me cubren y me aplastan. Me sepultan. Y yo pesando una onza me transformo en bigovino en un raro bigovino de los oasis. Me alimento únicamente de dátiles, quizás a eso debo el dulzor de mi canto. Vuelo, vuelo, vuelo soy un ave mágica como supo contarme Omar, el propio Almanzor mandó a buscar hermanos míos al desierto, donde patrullas de beréberes nos buscaron, para apresarnos en jaulas de oro. Ninguna tristeza resiste el escuchar nuestro canto de bigovinos de Sahara o de los oasis o datileros como nos conocen algunos.   Almanzor nos utilizó para curar de la tristeza a una niña en el palacio de Madinat al-Zahra. Y así se ganó la confianza de su padre   Hisham II   quien lo nombró comandante en jefe de sus ejércitos y ministro todopoderoso del   gobierno de Al Andaluz. Quedamos pocos volando por aquí ahora. Nos atrapan también por la rareza de nuestras plumas caudales, que además de bellas y multic...

El Hilo. Cuento. Segunda parte.

El Hilo (Segunda parte) Los bigovinos nórdicos que no conocen los champiules tienen un plumaje uniforme y son enteramente azules. De un azul profundo, que brilla con la luz dando reflejos tornasolados, pero carecen por completo de las plumas verdosas en sus alas.   Sus ojos parecen mirar con   melancolía y siempre está una lágrima a punto de caer de ellos y rodar por su pico, pues bajan la cabeza y se miran las patitas naranjas. El bigovino por regla es más pequeño que una gallina y más grande que un colibrí. Por lo menos todos los que yo he conocido, que en su mayoría son de Andalucía, pues el único hombre que prefería los nórdicos era mi tío, quizás porque era poeta. A los poetas les gusta la melancolía, en cambio a Juan al parecer lo que le gustaba era la lavandera pues sin que yo me diera cuenta y sin despedirse se alejaba con ella calle abajo. Volví quedar solo, en medio de aquella ciudad chata y extraña. Me entretuve un buen rato mirando los bigovinos silenciosos s...

El Hilo. Cuento para ustedes

"El Hilo" es un cuento fantástico, inspirado en la tambien fantástica fundación de la ciudad de Nogoyá por un cura gaucho. Lo publicaré en dos veces, por su extensión o en tres ya veré. Abrazo para todos y espero que les guste y si no les gusta mil disculpas. El Hilo. Cuento histórico fantástico . (Primera parte) El Hilo. Siento el sol sobre mis ojos, casi no puedo ver. Saco mi mano del bolsillo de mi chaqueta y me apantallo. Así puedo observar a los que se ríen, son los tres marineros esos de los corrillos en el castillo de popa. Los que le robaron la lámpara al capitán Ibáñez, para luego molernos a palos a los demás buscándola. Solo para divertirse. Ahora los veo reírse estruendosamente, sacudiéndose en forma espasmódica y señalando algo en la orilla. La goleta bandea suavemente sobre este mar dulce y enorme que se pierde en el horizonte. Aún dormido y helado a pesar del sol brillante, comienzo a pararme. El aire es transparente bajo el cielo celeste de este Julio aus...

Un cuento para compartir.

Aclaración: amigos como este cuento es muy largo,como muchos de los que escribo, lo publicaré en tres o cuatro entradas. Pertenece a "Veinte Cuentos Prescindibles" e integra "Búsqueda Insensata".Gracias. Insight No se debe escribir cuando no se tiene nada para comunicar. Cuando se tiene la cabeza vacía de ideas. La cabeza podrida como me gusta decir. De lo contrario todo lo que se escribe son simples palabreríos. Como una especie de vagar sin rumbo, de caminar distraído sin saber adonde se va o sin saber siquiera si se deseamos realmente ir a alguna parte. Carencia de metas. Carencia de ambiciones. Y nos ponemos a pensar, que cosa decir. ¡Si lo que quizás tenemos que comunicar es simplemente nuestro silencio! El silencio habla en ocasiones, con más claridad que muchos discursos. Además el silencio nos permite encontrarnos con nosotros mismos. Reconocernos. Detener ese deambular. Es probable que en su duración germinen palabras dignas de ser dichas. Como crisálidas...