El regreso.
He dudado en publicar el cuento en una sola entrada o en varias. Como me estoy volviendo un poco holgazán decidí hacerlo en una sola entrada a pesar de su extensión.
El regreso
Se despertó. Miró el techo en forma distraída. ¿Cómo era posible que alguien regresara luego de 45 años así como así? Constituye un atentado contra su propio recuerdo. O como el amado aquél de Penélope, la de la canción de Serrat no la de Ulises, que quiso hacerlo, un intento imposible. Nunca se regresa.
Pero la pregunta, la verdadera pregunta que rondaba en su cabeza, era como lo habría visto ella. ¿ Qué habría estado buscando? ¿Qué motivó su llegada inesperada? Lo miró con su sonrisa vieja, sus ojos de miel le acariciaron el rostro. Pero Juan, intuyó un secreto reproche.
Con dificultad, se sentó al borde de la cama, se calzo las pantuflas y se dirigió al baño. Mientras se lavaba los dientes, miró su rostro ajado, su cabeza canosa. Bajó la vista hacia el lavatorio. ¿ Qué habrá pensado ella al verlo? Tarea difícil, si las hay, Ámbar siempre había sido un misterio para él. Un enigma indescifrable.
Juan se metió bajo la ducha y dejó que el agua caliente lave sus pensamientos. Luego lo atrapó el día. La vorágine de actividad, el ir de aquí para allá. Solucionar esto y aquello. Pronto fue mediodía, tenía que reunirse con Gustavo. Por el proyecto de la urbanización. La noche lo atrapó agotado e inmerso en dilemas de negocios. Le llamó a Florencia, le dijo que no iría esa noche, como habían acordado, escuchó las quejas de la mujer en su celular, lo apagó, se aflojó la corbata y arrojó el teléfono sobre la cama. Se dijo que quizás Gustavo tenía razón y deberían contratar un estudio que les elaborara un informe de impacto ambiental a medida. Había especialistas en esas tareas. Cosa de presentarlo al municipio, junto con un buen estímulo, incentivando la empatía de sus funcionarios. Algo así como hicieron las tabacaleras en al década del ochenta.
Un hombre Marlboro ambiental. A primera hora de mañana llamaría al estudio para que pusieran manos a la obra. Terminado este proyecto se retiraría de la actividad. Se dedicara a la cría de animales de granja, en su chacra de Entre Ríos, alejado de la locura de la gran ciudad.
El consideraba que edificar en esos bañados no tenia nada de malo, al contrario se le agregaba valor a tierras inútiles, el municipio podría cobrar tasas interesantes, sobre esos terrenos bajos. También la provincia tendría sus grandes beneficios. Y Gustavo, su empresa, él mismo desde ya, esto seria el broche de oro de su vida laboral, lo que le aseguraría un retiro, realmente sin sobresaltos. No estaba dispuesto a permitir que esos fanáticos se lo impidieran, tenían muchos bañados para irse a vivir, si tanto los querían.
Pero Juan estaba cansado. Íntimamente cansado, todo este asunto en realidad no le interesaba realmente. Si, tal vez, como por inercia. Por esa adrenalina que segrega el acto. Actuar es utilizar el mundo para nuestros fines.
Pero desde aquel asunto de los números y más aún luego de su sueño con Ámbar, empezó a perder la pasión por aquello. Por eso quería retirarse, irse, abandonar todo aquello. Huir quizás, de ese frío que se le había metido en los huesos. Su terapeuta, le había hablado del stress, el burn out. Por eso quería irse, buscar la paz en su chacra, adquirida hace menos de un año.
Aunque Juan sabía. Sabía de su mala fe, de su autoengaño. Lo sabia en las tripas.
No era una cuestión de roles o lugares. En sueños se le aparecía nuevamente, aquel asunto de los números. Y ahora la repentina aparición de Ámbar a través de la densa oscuridad del tiempo. Emergiendo del pasado.
Dos años y medio atrás aproximadamente. No recordaba bien si por fines de Abril o mediados de Mayo. Era otoño, una de esas tardecitas templadas, en las que el frío no llega aún. Casi por casualidad se encontró con Maidana. Habían sido muy cercanos en otras épocas, en la universidad. Luego la vida los había separado, Juan se había convertido en un profesional exitoso, en los mejores estudios. Maidana, se había hundido en las ciénagas de al mediocridad.
Juan lo vio primero, se esperanzó en que el otro no advirtiese su presencia. Nunca le había gustado ese asunto, de revivir viejos tiempos. Contar anécdotas, reírse de hazañas imposibles, idealizadas por el paso del tiempo. Idealizadas por las frustraciones posteriores. Como una arcadia.
Bajo la mirada hacia la mesa, como enfocado en su celular, mientras sorbía el café. Como si esa actitud los tornara menos visible.
El otro le tocó el hombro. Cuando giró para mirarlo a su lado quedo sorprendido.
A lo lejos lo había reconocido inmediatamente, a pesar de las esporádicas veces en que se habían encontrado en los últimos años. No eran asiduos ni por asomo.
Ahora a su lado se encontraba con el rostro demacrado, de un hombre acabado.
- Sabía que te encontraría aquí – le dijo Maidana, con una voz fatigada.
-No entiendo- le contestó Juan, impostando una sonrisa hipócrita- no te veo hace mucho y estoy aquí de casualidad. Vengo de una reunión aquí enfrente.
-Lo soñé-afirmó su ex camarada.
Juan se tocó el cabello, un tanto inquieto, quizás estaba en presencia de un psiquiátrico. Lo que menos deseaba era un episodio embarazoso. El otro se había sentado enfrente de él, sin ser invitado.
- Me disculparás pero estoy con muy poco tiempo, solo entré para tomar un café y ya me estoy yendo.- dijo Juan.
-Si lo sé- respondió el otro como haciendo un esfuerzo sobrehumano,para hablar. Parecía un hombre a punto de derrumbarse. De colapsar sobre si mismo.- lo soñé.
-Tony, de veras, me dió gusto el verte. Pero estoy apurado, ya tendremos otra oportunidad de encontrarnos y charlar tranquilos- Dijo el arquitecto a su indeseado colega, sabiendo que de lo que de él dependiera, ese encuentro no ocurriría nunca.
Maidana extendió una mano huesuda, como la de un anciano que estuviera lentamente metamorfoseándose en cadáver, y lo tomó de la muñeca. Juan se puso rígido, todos sus músculos se pusieron en alerta. Nunca le gustó que lo tocaran y menos para retenerlo contra su voluntad.
-Tenés que escucharme Juan, solo vine para prevenirte.-dijo soltando la muñeca del otro. Este con un gesto de incomodidad. Se arreglo la manga del saco, con la otra mano. Pensó que si soplaba con fuerza Maidana, se desvanecería como una figura de ceniza.- Tenés que escucharme- insistió el recién llegado- es por los números ¿sabés? Por los números.
Juan, terminó de convencerse que el otro estaba con un problema mental.
-Los números ¿entendés ahora lo que te digo?- dijo Maidana sacando una libreta de su bolsillo. Era una de esas pequeñas agendas de bolsillo, cuyas tapas simulaban cuero.
-Tony, te juro que si pudiera me quedaría a charlar,con vos de lo que quisieras. ¿Números? No sabia te gustaban los juegos de azar. Pero...la verdad ya debo irme.
- Primero de Febrero del 86- dijo con su voz trabajosa- Veintiseis de Octubre del Sesenta y dos. ¿ Te dicen algo esas fechas?- levantó la vista para mirar a Juan que se había puesto de pie.- Te dicen algo esas fechas.
Juan volvió a sentarse. Miró a su antiguo compañero de facultad, con una mezcla de asombro y esceptisismo.
- Una es la fecha de mi nacimiento.
- Si recuerdo tu cumpleaños, y nacimos el mismo año Juan.- los ojos del hombre parecieron opacarse y hundirse más en sus cuencas.- ¿La otra la recuerdas? Yo rendí mi última materia ese día. Primero de Febrero del ochenta y seis.
Súbitamente un recuerdo golpeó la memoria de Juan. Como si una puerta cerrada se abriera luego de muchos años.
-O quizás el cuatro de agosto de milnueve catorce , te diga algo Juan.- La puerta terminó de abrirse.
-Hay Tony… ¿a qué viene todo esto? Debe hacer cinco años que no nos vemos. Nos encontramos en forma fortuita y comienzas a recitarme fechas. Que sinceramente no termino de comprender como las tienes presentes. Las dos primeras puedo entenderlo, aunque yo no recuerdo tu cumpleaños. Pero la tercera... no comprendo como.
- Nunca te acordaste de los cumpleaños de nadie Juan. Ni siquiera de Ambar creo.- Maidana hizo un silencio, como estudiado- Bueno la tercera fecha, tuve que buscarla, investigar hasta que la encontré. Un amigo me la consiguió. No es tan dificil, cuesta un sellado.
Juan no salía de su estupor. Pidió otro café para él y uno para Tony. Había logrado captar su atención. O su curiosidad.
El timbre lo sobresaltó. Miró automáticamente la pantalla del celular apagado que yacía sobre la cama, salió de la habitación. Por al pantalla de la mirilla digital vio a Florencia que de alguna forma había subido hasta su departamento. Nuevamente la puerta y ahora no solo el timbre. Unos golpes con los nudillos rompieron el silencio. Le abrió, disimulando su fastidio. La mujer entró presurosa, mirando a su alrededor. Como buscando indicios.
Por la mañana, desde su cama vio el saludo de ella, desde la puerta del dormitorio, aún con la taza de café en la mano. Cerró los ojos y permaneció largo rato en un duermevela incierto. El rostro de Maidana borroso, como de humo, apareció en sus ensoñaciones. Los números… los malditos números volvían. Abrió los ojos sobresaltado y se sentó, ya eran las ocho de la mañana. El cuarto estaba iluminado por el sol matinal y el perfume de Florencia se desvanecía de a poco.
Gustavo ese día, estuvo particularmente específico y exigía un plazo perentorio para resolver aquel asunto de los humedales. De lo contrario , amenazó , desistiría de financiar aquello. El capital debe estar en continuo movimiento, es un ser vivo, le había dicho secamente. Juan, se retiró preocupado. Pensó en el burn out, en los huevazos que había recibido su auto, por parte de aquellos energúmenos, cuando se dio a conocer el proyecto. Y ahora esto. Pensó en Ambar como no lo hacía desde décadas atrás. Desde otra vida. Miraba pasar la ciudad desde la ventanilla del Uber, el ruido de la calle era tan intenso que se parecía al silencio. Eso pensaba Juan, el silencio absoluto y el ruido más alienante se parecen. ¡ Cuánta contaminación sonora y visual ! ¡y se preocupan por los humedales! Llegado a su oficina comenzó a contactarse con sus operadores en terreno. Con Alaguíbez había mantenido una larga conversación durante el viaje, de las oficinas de Gustavo a las suyas. Explicándole, a su empleadora, la situación en que se encontraban. El súbito cambio de actitud de Gustavo. Dolores Alaguibez, provenía de una familia de urbanizadores, el real state era su ecosistema. Le dio una serie de instrucciones y ella misma se encargaría de buscar otro financiador, de ser necesario. Para última hora de la tarde , todo parecía bastante encaminado. De habilitaciones habían dado la luz verde, todo convenientemente aceitado por los buenos oficios de Riedel Liand. Todo sería con máxima discreción y se aplicaría la política de hecho consumado.
Cenó frugalmente a la vuelta de su casa. Su día había sido largo. Pero al parecer fructífero, aunque nunca hay que anticiparse a los hechos, ni pecar de excesivo optimismo.
Fue pasada la medianoche, cuando lo despertó la obsesión subyacente. Los números, los pertinaces. El rostro de ceniza de Maidana, le hablaba.
- ¡Pero Juan es posible que no entiendas! Yo estoy aquí porque debo hacerlo. Me lo mandan los sueños. Yo descubrí lo de los números hace mucho tiempo. Y traté de vivir con ello. Hace 25 o 30 años no se con exactitud el lapso de tiempo.
- Tony no entiendo nada, en eso estas en lo cierto- había dicho en aquel café de otoño, dos años atrás- podrías ser más explícito. Porque realmente estoy apurado y tengo cosas que hacer. Fue un gran gusto el verte-mintió- pero no puedo, quedarme mucho tiempo más.
- Yo fuí allá en mi pueblo, Saladillo, al cementerio. A visitar la tumba de mi madre, había pasado por el geriátrico a ver a mi padre antes. Pero luego del ACV había perdido el habla. No dejaba de llorar al verme, no se si por mí o por él. Me avergüenza decir que pensé, que mejor hubiera estado muerto.
Volviendo a los números. Agachado sobre la sepultura, miré los números metálicos, que indicaban con una estrella su nacimiento y con una cruz su muerte. Los limpié con una franela húmeda que mi hermana me había dado en una bolsa ziploc. Repentinamente, del fondo de mi cerebro quizás por deformación profesional, en forma involuntaria me encontré sumando las cifras de su nacimiento. Y luego sumé las cifras de mi nacimiento. Y… coincidían… entonces lo supe.
- ¿Qué cosa?- dijo Juan terminando su segundo café- ¿que cosa supiste Tony?
- Que el dia de mi muerte, sumadas sus cifras, sería coincidente con el la suma de las cifras de la fecha de su muerte. No creas Juan que eso cambió mi vida. No en realidad no, solo persistió como una sombra en el rabillo del ojo. Un sacerdote amigo, me regaló una medalla de San Miguel Arcángel y me sentí protegido.
- Bueno, excelente historia. ¿Ahora que carajo tengo que ver yo en todo esto?- le preguntó Juan, con un poco disimulable fastidio.
-Tenés que ver y no tenés que ver. Los sueños, por eso por los sueños Juan. Desde el trece de Noviembre, soñé casi todas las noches con vos.
-¿ Qué decis? ¿Vos estás bien de la cabeza Tony? Te puedo recomendar un buen psiquiatra- dijo Juan más molesto aún.
- No, Juan, ya no lo necesito. Ya no necesito nada, solo que me escuches. El primer sorprendido por esos sueños fui yo. Me pregunté el porque de soñar con alguien con quien había perdido hace muchos años la asiduidad de su compañía. Las primeras veces te veía del otro lado de la calle, distante. Unas noches después me miraste sin reconocerme. Algunos meses después te saludé cuando bajabas del ascensor que yo esperaba. Todo sin ningún sentido. Pero hace unas semanas, soñé con mi último examen… y la muerte de tu madre. Y lo comprendí todo.
01+02+8+6 = 17 y 2+6+1+0+6+2 = 17 y busque entonces el nacimiento de tu madre lo encontré en su acta de defunción 0+4+0+8+1+4= 17. Supe que tenía que transmitirte esto, pero no sabía donde encontrarte hasta que anoche soñé este lugar y esta charla.- Maidana quedó callado como alguien que agotó sus palabras. Su rostro pareció más demacrado aún. Se puso de pie, extendió la mano hacia Juan que lo miraba atónito y le dijo
- Adiós Juan, cumplí con decírtelo, no creo volvamos a vernos, el trece de noviembre me diagnosticaron un cáncer de colon terminal y se la fecha de mi muerte. Lamento llevarme este recuerdo tuyo y que vos te lleves este recuerdo mío. Ambos deberíamos recordarnos en aquellos años felices de nuestra juventud.- dicho esto se alejó rumbo a la salida y se perdió en el tránsito del atardecer.
Juan se levantó , se dio una ducha fría, extrajo un alprazolam de 2mg de su mesa de luz y se volvió a acostar. Poco a poco el sueño lo atrapó en su mucílago, ella le tomo la mano y la llevó a su mejilla. Su sonrisa blanca, sus ojos pardos claros como miel. Su voz que le susurraba desde más allá del tiempo. Comprendió como lo había hecho Maidana años atrás. Acercó sus labios a los de ella y la besó, Ambar había regresado a buscarlo.
A media mañana, su secretaria avisó que Juan no contestaba, la policía ingresó al medio día de aquel siete de octubre del veinticinco. Muerte natural dictaminó el forense. Seguramente el stress, aunque se murió sonriendo.
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