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Fragmento para compartir

El Éxodo de los Oludos Los niños descalzos caminaban por la tierra abrasiva de las serranías, su piel salpicada de pústulas amarillentas, sus pies cubiertos de excoriaciones. Las viejas sucias y harapientas caminaban con la cabeza gacha , envueltas en sus ropas negras, de tanto en tanto rascaban su cabeza ,mata grasienta y pululante de piojos. Asían sus hatos con manos crispadas, las venas azuladas transparentándose en su piel de pergamino Los hombres, magros, sudorosos, con los ojos midriáticos del espanto cerraban la marcha, atreviéndose apenas a mirar hacia atrás. En el Este la gruesa columna de humo negro se elevaba al cielo. Villa La Ola terminaba de hundirse en las fauces del fuego que llegó del mar. Una marcha errante sin destino, una huída, diáspora de los aterrados que ingresaban en el olvido o la negación.

Fragmento para compartir Las Brumas del Destino

La caída. A lo lejos logró vislumbrar la salida, oscuras figuras aparecían y desaparecían. Marchándose hacia los confines de su campo visual. Palpó la rugosa superficie de la pared a su lado, tratando de buscar un punto de apoyo. Un puerto, aunque sea precario, en aquella tempestad de los sentidos. Logró avanzar unos pasos. Bruscamente el piso se levantó hacia él, golpeándolo en la frente y la nariz. Luego permaneció vertical como una pared impidiéndole continuar. Recordó el camino cubierto de hierbas que avanzaba entre hileras paralelas de viejos paraísos, con sus rugosos troncos , socavados, con secretas oquedades y cubiertos de protuberancias ,cómo cúpulas abolladas, que les daban una pátina de antigüedad, parecían impregnar el aire de misterios olvidados, de fuerzas que a través de ocultas puertas al pasado, retornaran del ayer. Manos lo asían por los hombros y trataban de tirarlo hacia atrás , él se aferraba como un gato, a la pared piso. La tarde de invierno era recorrida por rá...

Un cuento para compartir

Transmuro. ¿Qué quiere que le diga? Yo, la verdad que soy un tipo temperamental. No, no le estoy diciendo que ando por la vida de estallido en estallido, porque la cosa no es así. Pero tengo un temperamento sanguíneo, un tanto colérico. En ocasiones me ocurre lo de los otros días. La verdad que fue una situación particular. ¿Qué quiere que le diga? Yo cuido mucho mis cosas. Y no perjudico a nadie o por lo menos eso creo. La primera vez, porque le aclaro que la de los otros días no fue la primera vez, sino la décima o la undécima. Como le decía, la primera vez, estaba yo leyendo tranquilo al lado de la biblioteca de madera, la que está contra la pared de mi dormitorio y en el silencio de esa hora de la madrugada escuché un sonido sordo. Un sonido grave, de muy poca intensidad, como un roce, seguido de un crujido suave. Recuerdo que estaba leyendo el Poema 12 de Oliverio Girondo, es que tengo una memoria fotográfica. Fue cuando escuche aquello, como pasos atrás de la pared. Imaginé la...

Fragmento para compartir.

Otra vez, las notas. “Me siento como el loco Santella, ése del cuento de Facu, al que le robaron el alma, pero yo no la puedo encontrar, no sé donde está escondida, y ella vaga sin mí” “Veo como si estuviera subido a un árbol, ellas no me ven. Estoy escondido entre el follaje de la noche oscura. La luna nueva asoma en el cielo negro.” “Siento la escarcha quebrarse bajo mis pies, y sin embargo no tengo frío, estoy desnudo y no tengo frío” “El tiempo ha pasado, lo veo en el color de los campos y en las ramas casi desnudas de los árboles. Las golondrinas se han marchado. Pero yo no tengo noción del tiempo. El hoy, el ayer y el mañana se me confunden.” “Me siento caer con el viento y remolinear entre la hojarasca. Soy una hoja más, reseco y liviano a merced de las ráfagas” “Yo soy el despojado. Me acerco como un ladrón hacia la luz. Y mis pasos no se escuchan. Ellas no me ven. Sigiloso me aproximo como un descastado”. La mujer guardó los arrugados papeles en un sobre y dejó éste entre la...

Un cuento para compartir.

Euclides “Epifanio Reyes era un hombre muy inocente. Aún creía en cosas que sus coetáneos habían desechado desde mucho antes de su pubertad. Sobre todo lo demás, esta calidad de crédulo, era la característica definitoria de su personalidad. Una cruz cuyo peso por supuesto él no sentía. Era incapaz de hacerlo. Como no tenía noción del ridículo aquella nochecita parado con el ramo de gladiolos amarillos, envueltos en unas hojas del Diario Nogoyá que apenas los ocultaban, frente a las pícaras miradas de los muchachos reunidos en el Bar Plaza.” Euclides cerró el libro con fuerza, de tal forma que un sonido seco como un aplauso invadió la pequeña sala, y quedó resonando en el ambiente por unos momentos. Él en realidad no valoraba en lo más mínimo lo escrito por aquella persona, pero hubiera sido políticamente incorrecto decirlo. O por lo menos decirlo en éste momento. Lo que si le había gustado de aquel engendro eran las tapas duras. Él siempre había gustado de los libros de tapas duras. P...

Fragmento de "Las Brumas del Destino" para compartir

El amor. Ami caminaba con las últimas luces de la tarde, por calle Alem , acercándose a la esquina de Moreno cuando Fran la encontró. Se detuvo sonriente junto al cordón y la invitó a subir, ella lo miró perpleja, fue una verdadera sorpresa. - ¿A quién querés más a mí o a tu moto?- Le preguntó tiempo después , con una voz insinuante casi susurrada sobre su pecho. - ¡A mi moto por supuesto! .- contestó él , con simulada arrogancia. - ¡ Sos , muy malo! .-le dijo ella. Un par de horas antes él había llegado a su casa, donde ella como casi siempre se encontraba sola. Escuchaban FM y comentaban sobre acontecimientos escolares, el cuarto año era el más interesante, los profesores eran buena gente. Ese año , pensaban, sería el último de estudio realmente, en quinto se dedicarían a preparar su viaje de fin de curso y a viajar. Él la miró largamente, si bien parecía escucharla , su pensamiento se había detenido en la belleza de s...

Fragmento de "Los Custodios del Sello" para compartir.

Nogoyá alrededor de 1966 Primer conocimiento El cielo plomizo cubría la ciudad mojada por el aguacero de verano. Contra el cordón de granito un torrente corría hacia el Este, formando borbollones y pequeñas olas sobre los adoquines del pavimento. Los barcos de papel cabeceaban y daban bandazos raudos en su viaje de bautismo y despedida hasta encallar en algún depósito de limo o en algún adoquín arrecife. Naufragios mínimos que causaban algarabías y risas en los niños arrodillados en la vereda. Astilleros de infancia restituían naves a la flotilla diezmada con la expectativa de que alguna de ellas llegara al lejano arroyo, en un viaje mágico que la mente de la niñez extendía hasta el río Paraná. Corríamos por la vereda con la vista atenta en los ingenios de papel que flotaban llevados por la corriente, de tanto en tanto nos deteníamos bajo algún falso plátano de corteza blanquecina y sentados en sus raíces contemplábamos alguno en dificultades hasta que se hundía despedazado en la corri...