miércoles, 1 de junio de 2011

Un cuento para ustedes



 El Nogoyacero

Yo le cuento las cosas como sucedieron y usted me va a entender. No invento nada.
A Ruiz lo encontré en un partido de  pelota, en el frontón del negro Fontana, cerca de Médanos. Ruiz ya no jugaba, tenía el hombro derecho muy afectado. Pero le gustaba apostar y tomarse unas copas en la cantina. Cuando joven cuentan que era pendenciero, pero cuando yo lo conocí ya era un viejo de apariencia mansa. Quizás  por lo del hombro, quien sabe.  No demasiado alto. No estoy diciendo que fuera petiso, pero no era muy alto. Eso sí robusto. Vestía unas bombachas oscuras, botas de media caña , una campera verde militar de tela de avión y lucía una boina negra, media descolorida por el tiempo.  Cuando Ayerza me  lo señaló en forma disimulada, estaba parado de espaldas al mostrador con los brazos cruzados sobre el pecho. Mirando hacia  afuera. Sus ojos no se detenían en ningún punto en particular, saltaban de un sitio a otro. Una quietud solo aparente, expectante.  
No se parecía al hombre  parado en aquella encrucijada polvorienta bajo el sol del mediodía,  tampoco a aquel otro recortado contra el atardecer del riacho Victoria.
Mas allá del tiempo, la fugacidad y la distancia, no lo reconocí. Ruiz, no se parecía a sí mismo. Era como si hubiera sido muchos hombres sucesivamente.
Buscarlo todo este tiempo, fue para mí como buscar un fantasma. Pero ahí estaba , ante mi vista, en esa tarde de domingo, como tantas otras. Casi indiferente.
Respiré hondo y me senté en un rincón alejado , Ayerza salió a ver los jugadores, cuyos gritos se escuchaban , desde el salón , entusiastas.
Recordé entonces la mano flaca de mi madre, tomando la mía aquella última noche, bajo la escasa luz del velador.  Sus ojos hundidos mirándome, tristes. Su voz susurrante hablándome de mi padre. Los únicos recuerdos que tengo de mi padre, son recuerdos ajenos, son los de ella. Incrustados en mi memoria por sus relatos.
Luego sobrevino la soledad, permanecí días enteros sentado en la galería mirando el campo, noches en vela tirado boca arriba mirando los tirantes oscuros del techo, mientras mi madre estrenaba su condición de muerta, y yo la de huérfano.
Ruiz , con un gesto le pidió otra ginebra al negro Fontana y me dirigió una rápida mirada , como barriendo el local, como estudiando la situación. ¿Sabría  quién era yo?
Luego, volvió a adoptar  su postura anterior. No voy a negar que aquella mirada me heló la sangre, me paralizó, pensé en levantarme e irme.
Pero el recuerdo de aquel callejón de Crucecitas 3º me retuvo. Aquél lugar que recorrí , en silencio, buscando entre las pencas y las palmas. Sentado silencioso bajo un algarrobo esperando que el viento me trajera su voz. Esperando que la tierra me devolviera la roja sangre que se había bebido tantos años atrás. Mirando la cruz oxidada que había  puesto mi madre, quien sabe cuanto hace , tanto como mi existencia.
Pero el viento no me trajo ninguna voz ni la tierra me devolvió nada.  Y esa cruz pronto se transformaría en polvo , corrompida por el tiempo. Y no quedaría nada, ni el recuerdo.
Antes de comenzar mi búsqueda, cerré la casa, cubrí los pocos muebles con unas sábanas viejas, y le metí candado a la puerta. Le dije al rengo Esteban , que me cuidara todo, que las vacas se las  prestaba hasta que yo volviera, eran buenas lecheras. Que hasta  tanto, él se manejara como el dueño de todo.  Me miró en silencio, asintió , tomo las llaves y me vio partir fumando bajo un paraíso.
Erré de una changa a otra, por todo el departamento, arrimándome los fines de semana a los boliches, sobre todo a los que tenían cancha. A él le gustaba jugar. Muchos lo habían conocido, pero nadie sabia de su paradero, ni siquiera de sus últimos tiempos , todas las que me contaron eran historias viejas que se remontaban a la época que yo conocía.
Hace un par de años en  Don Cristóbal me encontré con el Vasco Echandía, me contó, que sólo había estado unos pocos años preso , homicidio en riña, me dijo. Lo había encontrado tiempo atrás en las islas con una arreo de un doctor de Victoria. Me dijo que el brazo derecho casi no lo movía, por un accidente que había tenido en Montoya al caerse de un potro. Poco más sabía el Vasco y tampoco yo quería levantar la perdiz, le había preguntado como por casualidad y sin demostrar demasiado interés.
A los pocos días me fui para Victoria.
Ruiz dejó su copa sobre el mostrador, y dio unos pasos hasta la puerta, permaneció un rato  recostado contra el marco, habló unas palabras con alguien que estaba afuera, interesándose por los partidos,  luego metió sus manos en los bolsillos y giró , esta vez me miró de forma directa, sonrió.  Sentí mi corazón acelerarse  y un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Pregunté por él como si fuera un familiar lejano, al que quería saludar después de mucho tiempo, hasta que por fin di con un viejo que lo conocía, me dijo que siempre estaba en el puerto los domingos después del mediodía, donde llegan los pescadores a pocos metros de la entrada del camping. Cuando llegué me acerqué al grupo que despanzaba en la orilla bajo el paredón de piedra, y pregunté por él como quien no quiere la cosa. Uno de los isleros casi sin levantar la cabeza señaló hacia el río con el cuchillo ensangrentado y ahí lo ví recostado contra la borda de una barcaza ganadera que giraba río abajo, desde la rada. Me pareció más alto que ahora , quizás por la distancia , instantes después lo perdí de vista tras los árboles. Por eso digo que era como perseguir un fantasma, no volvió al otro día con el barco. Había recogido todas sus pocas cosas y se había ido con unos rosarinos que lo esperaban en el puesto, no sabían nada más.  Hasta dónde yo sé nadie más lo vio por ahí. Se me esfumó, pero era la primera vez que veía al hombre que tanto he buscado. Como una pequeña figura recortada contra la tarde fluvial. ¡Maldito Ruiz! . Esa noche ahogué mi furia con unos vinos.  Al otro día amanecí con renovada esperanza. Si una vez  lo había encontrado , seguramente podría hacerlo de nuevo.
La segunda vez que lo vi fue en uno de mis regresos a mi casa, por pura casualidad.
Una tarde de primavera, jugábamos al truco con el colorado Milano , cuando desde atrás del mostrador , mientras limpiaba las botellas con un trapo rejilla el gordo Osvaldo me dijo que  hacia un rato se había ido el matador de mi padre, que gracias a Dios no lo había encontrado. Lo miré sorprendido. Me dijo que el tipo andaba de paso, que lo habían dejado en el cruce  y se había acercado a tomar algo. Que no pensara yo que él lo había atendido con gusto, pero era un cliente. Estaba envejecido según contó y parecía manco de la derecha, estuvo un rato tranquilo y se fue .
Salí , sin decir nada. Corrí los dos mil metros hasta el cruce con el camino grande y cuando me faltaban ciento cincuenta metros, al salir de la curva lo vi, parado bajo el sol, su figura se me antojó siniestra. Se que me vio  antes de subirse al camión .  Me quedé viendo la nube de polvo, con el tronco doblado y las manos sobre los muslos casi ahogándome por el esfuerzo. La sombra se me había vuelto a escapar. Esta vez lo había encontrado sin buscarlo.
Pasó el tiempo hasta hoy , en que sentado en ésta mesa, lo veo a pocos metros, sin intención de irse y tengo miedo. Ayerza entra, pide un porrón de cerveza, lo trae a la mesa y vuelve a irse. Diciéndome que enseguida regresa.  Volví a recordar la mano flaca de mi madre en la mía. Me puse de pie, venciéndome a mi mismo, saqué el revolver de la cintura y disparé, mientras gritaba ¡Cagaste Ruiz! ¡Esto es por mi padre!  El primer balazo dio en la madera del mostrador, él me miró con asombro, el segundo , el tercer y el cuarto tiro se los di en el pecho. Ya en el suelo de baldosas, mientras se agrandaba el charco de sangre  bajo su espalda me volvió a mirar desconcertado. Ya no sonreía, estaba pálido, sus últimos resuellos fueron como un ronquido. La gente se amontonó en la puerta , pero nadie se animó a entrar.
Alguien se asomó y le preguntó a Ayerza  que había pasado
-¡El Nogoyacero lo mató al hijo de puta de Urdapilleta!
- ¿Y ése no es el que se juntó con tu mujer?-preguntó  la misma voz. Fue cuando busqué la mirada de mi amigo, pero ya se estaba marchando. Si me acuerdo.
De eso me acuerdo , después usted se me tiró encima y me noqueó, como si fuera Carlos Monzón. ¡Tiene buen brazo comisario!
Ahora, me dice que el negro Ruiz murió borracho en una cuneta , hace dos meses en  Gualeguay. Pero no se , para mi buscarlo fue como buscar un fantasma.
Me puedo haber equivocado, no se lo voy a negar. Son cosas que pasan cuando se persiguen sombras. Cuando se tiene miedo en las noches. Cuando se sueña con el asesino de su padre  y con cruces herrumbradas crujiendo en el viento.
Con el tiempo corrompiendo el recuerdo y borrando el pasado. Ya le firmo comisario. Ya le firmo. Le voy a pedir un solo favor. Si no es mucho pedir.
¿Le podrán avisar al rengo Esteban?

5 comentarios:

  1. Eres un genio escribiendo, describes escenas, gestos, detalles, con gran calidad, Es imposible distraerse en la lectura de tus historias. Es un lujo leerte y se aprende en tu blog. ¡Felicitaciones! Un abrazo.

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  2. El manejo del tiempo es fantástico… que bueno volver a retomar tus historias…

    Un abrazo fuerte

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  3. El tiempo, la imagen, el destino, todo se refleja en este cuento. Grande...!

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  4. jaja, muy bueno Gustavo! me encantó, es bueno volver a leerte abrazo grande!

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  5. Muy bueno, muy borgiano. Te felicito!!!

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