viernes, 19 de marzo de 2010

Insight (tercera parte)

Amigos continúo con mi cuento Insight. Es la tercera entrada y anteúltima.

Insight (tercera parte)

Tuve que contenerme en el Pez Volador para no arrojar los libros de autoayuda que no correspondían a mascotas, como si estuviera removiendo escombros en busca de un sobreviviente en una catástrofe. El hematoma de mi frente había descendido sobre mi párpado superior derecho dándome de alguna forma el aspecto de un boxeador. Un ser temible que de alguna forma intimidaba a los vendedores, en general muy jóvenes, que se apuraban a satisfacer mis inquietudes sobre libros de autoayuda para mascotas, mirándome de reojo como temiendo ser golpeados en cualquier momento. En los dos primeros locales me proporcionaron decenas de libros pero casi todos estaban escritos por hombres, o por extranjeras o no se ajustaban al tipo de mascotas sobre lo que mi presa había escrito. Seguí recorriendo locales hasta muy tarde, sin resultado positivo. De regreso a mi casa consulté catálogos on line sin suerte. Ya casi había decidido retornar a mi mutismo esta vez sin pira posible cuando distraído me acerqué a un quiosco y lo vi, lo ví colgando de un pequeño piolín amarillento sujeto con un broche de la ropa. “Lo que me enseñó Croqueta mi perrita coqueta” subtitulado “manual del buen amo de perros”, “aprenda en poco tiempo a comunicarse con su mascota”. La tapa era de un amarillo brillante y estaba ilustrada por una foto de un perro negro, que a juzgar por el moño rosado que tenía en su cuello debía ser la susodicha Croqueta. Yo aún era un neófito y no podía distinguir a los perros machos de las hembras por su rostro peludo. Ahora si puedo, pero no quiero adelantarme a los acontecimientos. Le solicité al quiosquero que me vendiera el librejo ése, yo había vuelto a hablar desde que me embarqué en el nuevo proyecto, y el hombre lo descolgó informándome que era una persona afortunada ya que era el último ejemplar que le quedaba y al parecer la obra estaba agotada. Le pregunté si tenía otras obras de la misma autora a lo que me contestó que no sabía quien era. Me pidió nuevamente el libro y me pidió que le anotara el nombre de la misma para preguntarle a su distribuidor. Así me enteré que la persona de mis desvelos se llamaba Clara Rosario Perdulari, cosa que confirmé por una foto de contratapa que si bien la mostraba muchísimo más joven que lo que yo la había visto en el 107, confirmaba su identidad sin duda. Recorrí otros quioscos y pude hacerme de “Mi tortuguita Panchita, un ejemplo de vida” “Guía práctica para la cría de tortugas en cautiverio” “Evite que su tortuga se arroje por el balcón” y de “Coquito y yo” “Historia de amor entre una niña solitaria y su hámster”. A pesar de mis progresos me faltaban tres obras. Por lo que me decidí a llamar a la Editorial del Cardal que los había editado.
“Mi canario Serafín” “Un ejemplo de vida” había sido publicado únicamente acompañando las ediciones dominicales de una revista femenina, fue la última obra que conseguí en una mesa de saldos. En la editorial conseguí “Haga de su gato un amigo” “el sencillo camino a la felicidad” y “Mis amiguitos con escamas” “Para que su acuario lo alegre a diario”. Me senté a la mesa de la sala de mi departamento iluminado por la luz del mediodía y desparramé los seis libritos sobre la misma.
¿Cuál leería primero? No fue fácil decidirme por lo que cerrando los ojos tomé una al azar. Mi primer lectura, lo recuerdo bien, fue “Coquito y yo” donde me enteré que la mordedura de hámster puede provocar la gangrena del dedo meñique de una niña de ocho años. Que coquito se escapaba de su jaulita y se comía las patas de los muebles y sus tapizados. Que fue él quien se lo comió a Serafín. Pero no obstante todas estos aparentes aspectos negativos era una amigo maravilloso, para su dueña, la manquita.
Un verdadero idilio entre el animalito y su dueña. Una historia que bien podría definirse como de amor y odio. De encuentro y desencuentro. Una autentica lección de cómo compartir y amar a un animal doméstico. En síntesis una verdadera porquería.
Ahora me miraba y no me veía como una estatua, pues hablaba solo frente al espejo. Poco a poco el párpado se fue desinflamando y el color violáceo se fue tornando verdoso. Y permitía observar mi ojo. Y a su vez a mi ojo observar. Ese ojo que leía las populares obras de Clara Rosario Perdulari, con un esfuerzo excesivo, sin comprender muchas veces esa enorme capacidad de escribir tonterías y lugares comunes. Ese ojo que veía en los parques y las plazas a jóvenes y viejos, mujeres y hombres leyendo esos mismos libros como si estuvieran leyendo La breve historia del tiempo de Hawking o quizás un betseller de Wilbur Smith, o la misma Biblia. Ese ojo que no podía comprender aquel fenómeno. Ese ojo que me miraba a través del espejo, incrédulo, convertido en biógrafo de aquella mujer que destrozaba el idioma. De aquella mujer que envenenaba mentes. De aquella mujer que según sus propias palabras ya había comprado un departamento con las regalías de sus obras, que planeaba irse unos meses al extranjero no bien termine su último libro. Incrédulo de verme a mí, inmerso en esas lecturas. Ese ojo que aún estaba traumatizado por la visión de aquella boca río que inundaba todo de palabras. Ese ojo en fin que no podía comprender que es lo que yo estaba haciendo. Traicionando todos mis principios. Convertido de pronto en un tibio. Un vulgar mediocre. Uno más del montón. Que escribiría paso a paso la vida de aquella escritora de autoayuda, cuya obra despreciaba íntimamente, que hubiera deseado poder girar sobre la órbita para mirar dentro de mi cerebro, que anomalías estaba sufriendo en aquel momento, que raros mecanismos mentales me obligaban a tener mi actual conducta. Todo eso era lo que le ocurría a mi ojo en la medida que la tumefacción del párpado cedía y le permitía volver a ver.Para mi ojo era como si hubiera conciliado el sueño en un lugar y hubiera despertado en otro, como le ocurre a los viajeros, que se internan en el sueño viendo pasar las bocacalles de Boulevard Rondeau y al despertar ven ante sus ojos las serranías Cordobesas o las lomadas Entrerrianas. Pero mi ojo no había realizado un viaje espacial, mi ojo había permanecido todo el tiempo de su oclusión en los lugares habituales y ahora miraba desde el mismo espejo en que había mirado el mediodía aquel antes de ir a tomar el 107. Pero en él habitaba la misma extrañeza que embarga al viajero aquel que aparta los tules del sueño, para ver el mundo y se encuentra en otro sitio, como tele transportado. Yo he descubierto que los ojos tienen una avidez compulsiva por mirar. Los ojos en general no pueden reprimir esa fuerza que los impele a mirar. A ver. A observar todo cuanto se coloca frente a ellos. Es por eso que he concluido que los ojos carecen de voluntad. Porque así como yo permanezco largo tiempo en silencio, porque no tengo nada que valga la pena comunicar. Callado. Y reprimo todo intento instintivo de formular palabra alguna. Así los ojos deberían ser capaces de negarse a ver
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3 comentarios:

  1. Gustavo...

    que increíble capacidad para trasmitir sentimientos, modos, pensamientos, en definitiva... tus personajes se convierten en verdaderos seres muy parecidos a cada uno de nosotros... con todo lo que eso implica...
    sinceramente... me encanta leerte amigo querido!

    hermosos días!!!

    beso!!

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  2. gustavo,
    ay me encantó,,, desde el comienzo, un escritor con todo ese mundo interior que se le sale por todos los poros, envidia, bronca, sobreautoestima, y el otro extremo, la mediocridad con cara de éxito, el duelo eterno de nuestro mercado infame, te leí "todo" y me quedo esperando el final, te felicito y te dejo un besito.

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  3. jajajajajjajajaj...BUENÍSIMO!!!!!!!!!!!!!!!
    Sos genial!!!..No encuentro otra palabra!!!..Me he reido tanto al leer esta 3ª parte!!!!!
    Me mató la imagen del ojo que no podía creer lo que el personaje hacía!!!!! jajajajaja
    Un beso!
    Adriana

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