El papel

 

El papel

La señora Ventura, siempre tiene una consulta más que hacer. Yo estoy convencido que debo darle a cada paciente el tiempo que corresponda. No solo tratar su enfermedad sino también escucharlo. La señora Ventura pone a prueba mi disposición. Me da la mano para despedirse y recuerda de pronto algo y vuelve a sentarse. Me quería preguntar esto o aquello. No se si habré dejado translucir un involuntario gesto de fastidio, por ahí mi lenguaje no verbal se escapa a mi dominio. La señora Ventura esta vez me saludó por cuarta o quinta vez, pero no tuvo más consultas que hacer, más allá que gozaba de una salud admirable para su edad. Abrí la puerta de la sala de espera para dejarla salir, mientras la saludaba cortésmente. Parado junto a la puerta estaba él, con sus jeans gastados varios talles más grandes que el suyo, la remera decolorada fuera del pantalón y su infaltable gorra de visera. Su barba de varios días y su bigote negro poco cuidado, eran parte de su identidad. Además de ser un lector empedernido, entre otras cosas de mis pobres escritos. Santi Luna me saludó con su habitual formalismo. “buenas tardes estimado galeno”. A pesar de ser un hombre de mediana edad , mucho más joven que yo, se expresaba de esa forma siempre, desde que lo conozco. Incluso cuando lo encontraba en su bicicleta de reparto en cualquier sitio de la ciudad, en la panadería, en la estación de servicio, en el supermercado , en el correo. No se a ciencia cierta que reparte. Pero era seguro que extendiera su mano diciendo “ se lo saluda apreciado doctor” o cosas por el estilo.

No recuerdo realmente que me consultó esa tarde , no debe haber sido nada muy importante. Controlarse su hipertensión, algún control de laboratorio, una receta. Cosas que de rutinarias escapan a nuestra atención y por lo tanto a nuestra memoria.

Luego seguramente charlamos unos minutos de literatura, de algún libro que había leído en al biblioteca popular. O sobre algunos de los múltiples e inútiles trámites que realizaba para conseguir un subsidio por invalidez. Sin ser invalido.

Santi Luna, independientemente de su solemnidad, era agradable para conversar y en parte me brindaba un descanso entre tanta consulta y tantos problemas de mis otros pacientes.

Gracias por ahora” me dijo al retirarse, muchas veces me “pagaba” con boletas del quini seis, próximas a sortear, que conseguía vaya a saber de donde. Ese día no me dió nada solo la mano y un “ gracias por ahora”.

La tarde se hizo noche y el cansancio me dominaba al terminar la jornada. Me faltaba aún un último esfuerzo. Debía ir a controlar los pacientes operados que permanecían internados en el hospital.

Cerré el consultorio, tomé una botellita de agua mineral, me moje la cabeza me peiné y decidí terminar con mis actividades. El auto estaba estacionado frente al consultorio, como esperándome. Me detuve junto al cordón de la vereda a esperar que el transito me permitiera cruzar la calle, escucho una voz que me llama desde la esquina de calle Tucuman, era Santi Luna, no me alegró esta vez el verlo. Pero, solo se acercó y me dijo que no había conseguido boletas del quini seis. “ Bueno Santi” le dije “no importa, yo no te pedí nada” Me contestó “ ya se que no me pidió nada” estiró su brazo acercándome un papel. “ Es una boleta de la quiniela , ocho mil a la cabeza y siete mil a los diez” . Lo miré con cierta incredulidad y le dije “ Muchas gracias Santi” y se fue caminando de regreso hacia la esquina de calle Tucuman.

Crucé la calle con premura me subí al auto y me dirigí al hospital. Esa jornada, sería complicada hasta el final, por lo que me llevó hora y media la tarea.

Regresé a mi casa, me cambié y me dirigí a un compromiso social ineludible. Por una una otra cosa terminé guardando el auto en el estacionamiento pasada la media noche.

Afortunadamente el día siguiente era Sábado y no tenía guardias. Desayune tranquilamente, mientras escuchaba un poco de radio y dedicaría esa hermosa mañana de fines de Diciembre a bicicletear. Me gusta mucho andar en bicicleta y me relaja mucho. El aire libre, la naturaleza. Chequee que mi bicicleta estuviese en condiciones, una costumbre que tengo siempre,y me dirigí a la puerta de calle. En ese preciso instante comenzó a sonar el timbre con insistencia. “ Carajo” pensé “ justo ahora”. Abrí la puerta y para mi sorpresa Santi Luna estaba parado junto a la puerta, exaltado como fuera de si. Lo miré con cierto recelo. “ Salio a la cabeza” me dijo “ las tres cifras a la cabeza” gritaba. “ En la previa, en la previa” gritaba. Entonces recordé el papel que me haba dado la noche anterior. Empuje, con alguna dificultad, la bicicleta hacia la vereda, tratando de no chocarlo a Santi, que seguía como enajenado. “Bueno después me fijo” le dije montando la bicicleta. El hombre seguía corriendo junto a mí, por el medio de la calle, diciéndome que había salido a la cabeza y dale que dale. Los autos le tocaban bocina, algún conductor gritaba. Lo que aumentó mi incomodidad. “ No se donde lo dejé habrá quedado en el auto, después me fijo” le dije. Pedalee con mas rapidez, y mi última visión de Santi Luna fue parado en la esquina de San Martín y boulevard España, mirándome alejarme. La mañana era diáfana, con una suave brisa del este, la sombra de los árboles en el paseo de los puentes era acogedora. Pedalee por la ruta provincial 13 hacia La Ilusión, me sentí pleno esa mañana. El episodio quedó prontamente en el olvido.Regresé cerca de las once. Luego de bañarme e hidratarme adecuadamente, me acordé del papel y el premio . Me vestí con una ropa liviana acorde a la época del año y me dirigí al estacionamiento, que es un galpón contiguo a la estación de Servicio de 9 de julio y Maipú. Caminé las pocas cuadras hasta allí. Entré al lugar, un poco deslumbrado, por el sol del mediodía. Cuando mi visión se acostumbró a las penumbras pude ver mi auto relucir, impecable, en su sitio habitual. Recordé que le había encargado al lavacoches, la mañana anterior, que lo lavara el día Sábado que yo no lo necesitaría. Lo abrí el olor a silicona y perfume a limón estalló en mi rostro. Parecía nuevo. Obviamente no había ningún papel.

Con cierto alivio y enojo a la vez, eso debe ser lo que llaman resignación, salí del estacionamiento pero esta vez hacia calle nueve de julio, por la entrada principal.

Para mi sorpresa en la estación de servicio, sentado en un banco de plaza junto al local de ventas, estaban Santi Luna, un empleado de la panadería y el playero. Tomaban una prity. Hola le dije “ y salió el número que me dijiste ?” le pregunté, se llevó la botella a la boca, bebió un sorbo y me dijo “ Estimado Galeno, lo que es del viento , el viento se lo lleva”

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