lunes, 26 de septiembre de 2011

La Morsa Entrada Final

Espero que les haya gustado. Entrego la última parte. Abrazos

La Morsa Entrada Final


-No, yo estoy acostumbrado- dijo el otro mientras pedía otro vaso- a mí no me hace nada. Puedo tomarme una damajuana si quiero, que no me hace nada.-continuó.- Hace quince días salí de gira, como todas las semanas, todo bien, pero cuando volví Mariana me había cambiado la cerradura. No pude entrar. La verdad que me calenté, empecé a patearle la puerta, a gritarle y nada. Me prendí al timbre, cuando me di cuenta estaban todos los vecinos en las puertas mirándome. Pero yo seguí, a mi no me importa lo que dicen los demás, yo seguí, baje del auto la barra de  tiro y  le di a la puerta, a las ventanas a las paredes a todo. Mientras la llamaba a la hija de puta que saliera, que le iba a partir la cabeza en cuatro.- en este punto la morsa adquirió un expresión de ferocidad que terminó de convencer a los últimos parroquianos que quedaban de retirarse, en un momento se puso de pie y empezó a gesticular contra la vidriera repitiendo los gestos que había realizado en la casa de su novia, comenzó a patear las paredes y  las sillas del local, a vociferar cosas irrepetibles, hasta que entre Bermúdez y Raúl lograron calmarlo y sentarlo nuevamente en su silla- Perdón-dijo y comenzó nuevamente a llorar a los gritos- es que cuando me acuerdo de lo que me pasó, me enloquezco.
-Calmáte un poquito, yo no digo que sea lindo que una mina te cambie la cerradura sin avisarte, pero que se yo, no es la única mina que existe, si vos terminaste con tu mujer que llevabas  quince años de casado, no te vas a enloquecer porque una tipa te deje. No será la primera ni la última. No podes tener una actitud así.-le dijo su amigo condescendiente.
-Si en eso tenes razón pero eso no es todo. Lo que pasa es que como yo seguí haciendo quilombo en la calle, vino la policía y me llevó. Después resulta que Mariana me había denunciado por hostigamiento, había declarado que yo era un loco que la perseguía. No puedo acercarme ni a doscientos metros de la casa. Ni siquiera a sacar mis cosas.
-Bueno eso si que es un bajón, loco.
-Si un bajón, sí. Pero eso no es todo.
-Como que no es todo. ¿Qué más te pasó?- quiso saber Bermúdez.
            - Se pudrió todo, eso paso- dijo Domínguez mientras se secaba las lágrimas y yo creí notar un atisbo de furia en sus facciones, lo que me hizo temer lo peor. Tomo medio vaso de vino de un sorbo, encendió su enésimo cigarrillo y mirándolo a los ojos a su interlocutor dijo-¡Todo! Todo se pudrió. Mariana me había pedido que  pusiera todas mis cuentas bancarias a nombre de su hijo, el auto, la quinta de San Benito todo. Yo técnicamente era un indigente. Eso pasó que la  Mariana me dejó en la calle ¡Eso pasó!- dijo poniéndose de pie bruscamente  golpeándose la cabeza contra la pared y arañando el revoque. Bermúdez lo calmó y lo volvió a sentar en al silla. Domínguez permaneció con el rostro entre sus manos, y por primera vez me causó lástima. El otro permaneció callado evidentemente sin argumentos. Yo pensé si realmente sería cierto lo del maleficio de los casinos. Si esa cohorte de jubiladas tendría poder sobre el porvenir de las personas. A esa hora de la madrugada todo era posible.
-Bueno-dijo Bermúdez recuperado del impacto inicial- ya contaste todo ahora calmáte, por lo menos tenés la plata de la casa que vendiste, vos sos un tipo emprendedor y te vas a recuperar.
-¡Es que eso no es todo!-casi gritó la morsa a la vez que se desprendía la camisa de un tirón y se ponía de pie como un Clark Kent obeso y desquiciado.   Simultáneamente vi el enorme tatuaje con el nombre de la psicóloga enmarcado en un corazón que ocupaba todo su pecho y al grupo de viejas que ingresaban al local, quien sabe salidas de donde.  Creo que no pagué salí disparado  a la vereda y me fui casi corriendo a mi casa, aterrorizado por la posibilidad de que me alcance la mala suerte.  Lo que le había pasado a Domínguez ya era bastante.

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