Un cuento

Por Gustavo Cresta ( único culpable de esto. Integra “Cuentos Prescindibles”)

La espera.

Con el aurícular en la mano permanecí quieto un largo rato. Paralizado por lo que había escuchado. Luego, lentamente colgué y me senté en el sillón, debajo de la lámpara, mi sitio favorito para leer. Cerré mis ojos cansados, me quité los anteojos y esperé su llegada.
Jimena bajó corriendo las escaleras de la facultad, su pelo castaño, caía en ondas móviles sobre los blancos hombros de su guardapolvo. Sonreía. Sonreía y miraba hacia la plazoleta jalonada de palmeras de Avenida Francia.
Yo parado allí la veía, arrobado, encandilado por su belleza. Quieto, esperando. Esperando su abrazo, sentir el perfume de su cuello junto a mi cara y su tibieza.
Si, su tibieza suave, que me atraía como un imán. La ví mirar alternadamente el tránsito de Santa Fe y la avenida, parada en el cordón de granito. El viento mecía su guardapolvo desprendido dejando ver su figura y ocultándola nuevamente. Como quien muestra una golosina en la palma de la mano, a un niño, abriendo y cerrando el puño.
Cuando sentí el roce suave de su cuerpo junto al mío un temblor sacudió mi interior, como me ocurría siempre que la estrechaba en mis brazos.
Caminamos juntos bajo el tibio sol del mediodía, encendidos por la pasión de nuestro amor. Perplejos por descubrirnos el uno al otro. Navegantes de esos mares interiores que despiertan los sentimientos. Adelantados en los inexplorados y misteriosos recovecos del otro. Descubridores de maravillas ocultas en esa otra persona que se cuelga de nuestro brazo. Conquistadores de su voluntad de amar y conquistados a la vez por ese silencioso ejército de encantos que nos asedian. Colonizados finalmente por caricias y besos exóticos, que se van mestizando con los nuestros para formar una identidad común. Una nueva raza, la de los amantes.
Sentados en la mesa del café de calle Córdoba, Jimena me miró con sus ojos, esos ojos en los que habitaba el océano. Yo pensaba que ella era marítima, en más de un aspecto, no solo en el color azul grisáceo de su mirada. En la sal de su piel en la pasión, en las rompientes de sus caderas contra la costa de mi cuerpo. En la calma chicha de después, en el arrullo de caracola de su respiración suave. Jimena ola, yo peñón.
Pero quizás nuestro amor era como un huracán del trópico, creciendo en intensidad en forma incontrolable. Turbulento, implacable. Sobrecogedor pero destructivo.
Por días , meses, años, fuimos consumiendo nuestro tiempo, ése que nos fue destinado.
Ella me miró con sus ojos de cielo. Yo me sentía pájaro en ese firmamento. Libre de volar a los confines de la felicidad. Pero sentada frente a mí dejó de sonreír, acarició el dorso de mis dedos con su yemas húmedas, y el cielo se llenó de lluvia, el mar desbordó por sus párpados y rodó por sus mejillas. Jimena, me dijo adiós. Y yo navegante, adelantado, conquistador y conquistado, colonizador mestizado, pájaro caído, permanecí en silencio, aturdido. Solo.
Como ahora, tantos años después, sentado aquí. Esperando que llegue lo que espero, mirando en silencio el teléfono gris y mudo. Viejo y cansado, rodeado de éstos libros multicolores, que ya no quiero leer. Es que ella se ha muerto y el sueño no llega.
Como nunca llegó el olvido.

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