Los Perros y el cazador

Monte Santiagueño mediados de 1996

“Volverán a la tarde, ladrarán como perros” Salmo59-6

A pesar de ser principios de Agosto el calor era insoportable en el apostadero.
Flores Schneider estaba impaciente., hacia dos horas que esperaba la aparición de ésa maldita chancha por el sendero. No soportaba más esperar, la paciencia del cazador no era su fuerte, a él lo entusiasmaba la aventura, el vértigo, el enfrentarse con su presa el disparar su fúsil. Descendió por la escalera de madera y comenzó a caminar por el estrecho sendero, sus perros entrenados lo seguían sedientos de sangre. De pronto inquietos comenzaron a ladrar y salieron disparados tras la maraña de espinas. Flores Schneider corrió tras ellos, habían identificado la chancha, seguro que sí.
Guiado por el estruendo de los ladridos divisó su jauría que rodeaba el animal bajo un algarrobo enorme, apuró aún más su carrera, de pronto el suelo cedió bajo su pie derecho, una cueva había atrapado su bota, al caer con todo el peso escucho el crepitar de su pierna al fracturarse, tocó su pantalón húmedo de sangre tibia y palpó el extremo distal de su tibia fracturada emergiendo de la piel “Carajo” dijo.”Como salgo de ésta” pensó. Con esfuerzo paso sus manos debajo de la rodilla derecha y traccionó la pierna y el píe fuera del hoyo. “Seguramente podré arrastrarme hasta el apostadero donde están los muchachos” pensó .Realizó varios disparos para llamar la atención pero nadie concurrió seguramente pensaban que estaría ultimando al jabalí .Comenzó a arrastrarse de regreso, un extraño silencio se produjo en el monte. El aliento del animal en su nuca tibio y húmedo, como el beso apasionado de una mujer pero con el hálito inmundo de la muerte. El Dogo lamió su pierna lastimada Flores Schneider agradeció al cariñoso animal con una palmada en la cabeza, fue su último acto voluntario antes de la mordida inicial, pronto la jauría entera se arrojó sobre él.
Cuando lo encontraron solo quedaban huesos y vísceras, el cuero cabelludo estaba casi intacto bajo el casco de corcho. Un viento húmedo y cálido revolvía la hojarasca, una sombra se movía en la espesura con el silencio de la muerte. Uno de las baqueanos fue el encargado de sacrificar los perros. A cientos de kilómetros en la campiña entrerriana una mujer temblorosa y agitada levantaba el teléfono con su mano derecha para recibir la terrible noticia de la trágica muerte de su esposo, con la mano izquierda apretaba la cabeza de su amante entre sus muslos abiertos. En la espesura del monte vecino extraños chillidos cortaban el silencio del atardecer.

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