Reflexiones de una santa.

Ante tanta discusión sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto y la planificación familiar. Deseo ofrecerles las reflexiones vertidas en este monólogo. Cuando se escuchó aquello de " él que esté libre de pecado que arroje la primera piedra" Juanita se agachó y juntó un mosaico partido de la vereda.

Juanita, vacas conserva y otras bestias.

¡Qué falta de autocrítica! ¡Carajo! Ya las cosas no son como deben ser. Cualquier pelafustán está en la cresta de la ola. ¡Cualquier idiota escribe cualquier cosa! Y sale en el diario La Acción. ¡La gente ya no tiene vergüenza! Fíjese, usted sale tranquila de la misa de diez, hasta quizás pueda ir con algún nietito o ¡Válgame dios! Alguna nietita. Camina tranquila por las diagonales mirando los árboles. Admirando los monumentos. Y de repente sentados en algún banco están esos muchachones, con sus ropas grandes y sus peinados sobre la cara, fumando y riéndose a carcajadas como si estuvieran en un bar de los arrabales. Son todos unos drogadictos, llenos de esos aros que se ponen en las orejas, en la nariz y quien sabe donde más. Esas alimañas son capaces de cualquier cosa. Todos así nomás, con zapatillas. Ninguno con un buen par de zapatos lustrados, ni pantalones bien planchados. ¡Que asco! En nuestra época hubieran venido los agentes de policía y los hubieran sacado a sablazos. Si es que directamente no los metían presos. Malandrines. ¡Qué falta le hace el orden a éste país! Cualquier día se van a sentar frente a la basílica. A fumar y a reírse. A drogarse seguramente. Leonor, me contaba que esos, les ofrecen droga a los niños que salen de la misa para convertirlos en vagos y atorrantes, igual que ellos, e invitarlos a ir a las confiterías y todos esos lugares donde andan de noche. No quiero imaginarme lo que harán con las pobres niñas que salen de la iglesia. Leonor se puso tan colorada de solo pensar en las intenciones de esos sinvergüenzas, que no quise seguir preguntándole. Además, para ser sincera, a mi también me habían empezado a transpirar las palmas de las manos, comencé a sufrir taquicardia, del solo hecho de imaginar que cosas harían esos degenerados con esas niñas inocentes, luego de drogarlas y llevarlas quien sabe donde. ¡Válgame dios! En cualquier momento se van a sentar frente a la basílica y tendremos directamente que evitar cruzar la plaza, tendremos que ir hasta la esquina de Caseros para continuar por 25 de Mayo o lo más seguro por Quiroga y Taboada para tener la Jefatura Departamental cerca, seguramente los policías nos socorrerán enseguida si gritamos. ¡A sí! ¡Yo grito hasta que se me salgan los pulmones para que venga la policía si alguno de esos malvivientes se me acerca! Porque Leonor dice que esos guachos no respetan ni a las mujeres mayores. ¡Qué son capaces de cualquier cosa! El padre Nicanor nos recomienda que a los chicos y sobre todo a las chicas no los dejemos ni mirarlos, que les tapemos los ojos con las manos y no los dejemos volver la cabeza. El padre dice que muchos de esos muchachones están poseídos por el demonio, que él mismo ha visto sus tatuajes, sobre todo en verano cuando andan escasos de ropa y son más peligrosos. El padre se persigna de solo recordar sus visiones. ¡Deben tener tatuadas invocaciones a Lucifer! Y esos tipos que están escribiendo en el diario La Acción, todas esas cosas que no hacen más que incitar a la juventud. ¡Es una vergüenza!
¿Dónde habrá quedado la moral? Nosotras nunca necesitamos hablar de eso, solo sabíamos que era algo sucio ¡Y nada más! ¡Para qué más! Una está obligada a cumplir con los deberes conyugales como marca la iglesia y nada más. Con la única finalidad de la procreación. Andar escribiendo sobre eso y defendiendo semejantes ejemplos. Son todos unos degenerados ¡pretender enseñarles a los chicos esas chanchadas en las escuelas! Claro, después se convierten en unos depravados como estos llenos de aros que fuman y se ríen en la plaza sin respetar a la gente mayor ni a los jóvenes católicos que salen de misa. Yo en mi casa tengo una foto de la revista Siete Días donde se lo ve al Teniente General Videla en un palco durante un desfile, y me digo si él volviera al poder no pasarían todas éstas cosas. Los marxistas están infiltrados sin duda en el gobierno y son los que corrompen a toda la sociedad. Ellos son los que impulsan todas esas leyes para enseñarle porquerías a los niños, para proveer esas píldoras anticonceptivas ¡Y ahora encima una que le dicen del día después! ¡Qué podemos hacer las personas decentes ante tanta depravación! Yo le digo a Leonor, esto no puede seguir mucho tiempo así. Es como decirle a la juventud que abuse de los pecados de la carne, si todo está bien. ¡Qué falta de autocrítica! Esos pelagatos zurditos que ahora se las dan de sabiondos. Ahora cualquiera es sabiondo, y nos quieren enseñar a la gente normal que es lo que tenemos que hacer con nuestros hijos o nuestros nietos. ¡Hasta sacaron el servicio militar! Donde los jóvenes aprendían a hacerse hombres. Como si quisieran destruir la familia que es el núcleo fundamental de la sociedad occidental y cristiana. La sacrosanta institución del matrimonio destronada de su alto pedestal por la promiscuidad sexual, las conductas casi animales, como la de estos muchachones pervertidos, que pululan en la plaza Libertad. ¡Plaza Libertad! Plaza del Orden se la debería rebautizar y poner a todos estos elementos tras las rejas, a donde pertenecen. Yo le digo a Leonor que esto no puede seguir mucho tiempo así.
Tendríamos que ir a golpear las puertas de los cuarteles donde está la reserva moral de la nación, pedirles que salgan a las calles a restaurar la moral y las buenas costumbres, mancillada por la chusma ignorante, manipulada por estos personajes que detentan el poder. Y si ya no queda gente valerosa capaz de jugarse por la tradición, la patria, la religión y los altos valores de nuestra moral, entonces vamos a pedirles los tanques y los fusiles. Y Leonor, el padre Nicanor y yo, pondremos orden en éste pueblo. Cerraremos y de ser necesario dinamitaremos el diario donde escriben los pervertidores, quemaremos la biblioteca para limpiarla de basura como se hacía antaño con los libros sacrílegos, reduciremos a esas patotas juveniles a sangre y fuego de ser necesario. Encarcelaremos a todos aquellos que digan o piensen cosas inconvenientes. Y entonces por fin renacerá el país glorioso de nuestra juventud. Y podremos caminar con nuestros nietos por la calle y por la plaza sin necesidad de andar pegándole coscorrones o llevándolos de las orejas para que no miren a esos jóvenes perdidos que fuman y se ríen como si estuvieran en un bar de los arrabales y que hasta quizá un día de estos pretendan sentarse frente a la basílica. ¡Sálveme dios!

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